EL CAMELLO, EL LEÓN Y EL NIÑO: Esto no es una nueva fábula de Narnia

Ya he mencionado en más de una ocasión mi admiración por F. Nietzsche y muchos de los mensajes que nos dejó en su enigmática obra “Así habló Zarathustra”

https://lascosasdeunciempies.wordpress.com/2011/11/20/de-las-moscas-del-mercado/

https://lascosasdeunciempies.wordpress.com/2012/01/20/la-picadura-de-la-vibora/

El fragmento que voy a compartir hoy “De las tres transformaciones” , forma parte del principio de su obra.

Mucho se ha hablado sobre Nietzsche. Se puede decir que las SS alemanas se sirvieron de algunos de sus principios (los que les interesaban, claro) para aleccionar a sus huestes. Se puede decir que Nietzsche murió solo, loco y amargado en un sanatorio. Se pueden decir ambas cosaas porque son ciertas, pero es ser bastante injusto con la obra de un gran hombre.

Cuentan que Nietzsche perdió su fe en los hombres y la cordura a un mismo tiempo. Durante años consideré que se trataba de una simple leyenda urbana, pero, a falta de revisar alguna biografía seria, en la Wikipedia aparece la anécdota:

Se cuenta que saliendo de su despacho en Viena, encontró a un cochero castigando cruelmente con la fusta a su caballo. Según la Wikipedia, Nietzsche se abrazó al cuello del caballo interrumpiendo así el castigo. La versión que había llegado hasta mí asegura que arrebató el látigo al cochero y castigó a éste severamente para, luego sí, abrazarse a su amigo el caballo.

Fuera como fuere, mi perro, el que me lame la mano, el que salta y se emociona cuando llego a casa, el que alegra la soledad de tantas horas y se asoma ahora a la pantalla preguntándose qué demonios estaré haciendo, se llama Nietzsche por ello.

Os dejo con Zarathustra:

DE LAS TRES TRANSFORMACIONES.

Voy a hablaros de las tres transformaciones del espíritu: de cómo el espíritu se transforma en camello, el camello en león, y finalmente el león en niño.

Muchas cargas soporta el espíritu cuando está poseído de reverencia, el espíritu vigoroso y sufrido. Su fortaleza pide que se le cargue con los pesos más formidables.

“¿Qué es lo más pesado?”, se pregunta el espíritu sufrido. Y se arrodilla, como el camello, en espera de que le carguen.

“¿Qué es lo más pesado, oh héroes?”, se pregunta el espíritu sufrido para cargar con ello, y que le regocije su fortaleza.

Lo más pesado, ¿no es arrodillarse, para humillar la soberbia? ¿Hacer que la locura resplandezca, para burlarse de la propia sabiduría?

¿O bien separarse de los suyos, cuando todos celebran la victoria? ¿O escalar las elevadas montañas, para tentar al tentador?

¿O acaso alimentarse de las bellotas y los hierbajos del conocimiento, y padecer hambre en el alma por amor a la verdad? ¿O acaso estar enfermo y mandar a paseo a quienes intentan consolarnos, para trabar amistad con los sordos, con aquellos que jamás oyen lo que uno desea?

¿O tal vez zambullirse bajo el agua sucia, cuando es ésta el agua de la verdad, sin apartar de sí las frías ranas y los calientes sapos? ¿O tal vez amar a quienes nos desprecian, y tender la mano a cuantos fantasmas se proponen asustarnos?

Todas esas pesadísimas cargas toma sobre sí el espíritu sufrido; a semejanza del camello, que camina cargado por el desierto, así marcha él hacia su desierto.

Pero en lo más solitario de ese desierto se opera la segunda transformación: en león se transforma el espíritu, que quiere conquistar su propia libertad, y ser señor de su propio desierto.

Aquí busca a su último señor: quiere ser amigo de su señor y su Dios, a fin de luchar victorioso contra el dragón.

¿Cuál es ese gran dragón a quien el espíritu no quiere seguir llamando señor o Dios? Ese gran dragón no es otro que el “tú debes”. Frente al mismo, el espíritu del león dice: yo quiero.

El “tú debes” le sale al paso como un animal escamoso y refulgente en oro, y en cada una de sus escamas brilla con letras doradas el “tú debes”.

Milenarios valores brillan en esas escamas, y el más prepotente de todos los dragones habló así:

“Todos los valores de las cosas brillan en mí. Todos los valores han sido ya creados. Yo soy todos los valores. Por ello, ¡no debe seguir habiendo un “yo quiero”! ” Así habló aquel dragón.

Hermanos míos ¿para qué es necesario en el espíritu un león así? ¿No basta acaso con el animal sufrido, que es respetuoso, y a todo renuncia?

Crear valores nuevos  no es cosa que esté tampoco al alcance del león. Pero sí lo está el propiciarse libertad para creaciones nuevas.

Para crearse libertad, y oponer un sagrado no al deber – para eso hace falta el león.

Crearse el derecho a valores nuevos, ésa es la más tremenda conquista para el espíritu sufrido y reverente. En verdad, para él eso equivale a una rapiña, a algo propio de animales de presa.

Como su cosa más santa, el espíritu amó en su tiempo al tú debes. Hasta en lo más santo tiene ahora que encontrar ilusión y capricho, para robar el quedar libre de su amor: para ese robo es necesario el león.

Mas ahora decidme, hermanos míos: ¿qué es capaz de hacer el niño, que ni siquiera el león haya podido hacer? ¿Para qué, pues, habría de convertirse en niño el león carnicero?

Sí, hermanos míos, para el juego divino del crear se necesita un santo decir “sí”: el espíritu lucha ahora por su  voluntad propia, el que se retiró del mundo conquista ahora su mundo.

Tres transformaciones del espíritu os he mencionado: os he mostrado cómo el espíritu se transforma en camello, luego el camello en león, y finalmente el león en niño.

Así habló Zarathustra.

Y entonces residía en la ciudad llamada “la Vaca de Muchos Colores”

Friedrich Nietzsche “Así habló Zarathustra” (trad. Juan Carlos García Borrón)

4 pensamientos en “EL CAMELLO, EL LEÓN Y EL NIÑO: Esto no es una nueva fábula de Narnia”

  1. Yo, por el contrario, dejándome llevar por el prejuicio (quizás porque nunca quise entender a Regina, mi primera esposa) desdeñé a Nietzsche por estúpidas razones. Hoy, justamente hoy, tus palabras me han hecho ver en mí a un remedo nietzscheano que también se acerca cada vez más a la locura en su camino a la muerte (voy a morir pronto, lo sé). Y lo peor es que no moriré tranquilo, como lo deseaba, porque mi locura, mi demencia, me ha hecho amargarme debido, precisamente, a la incomprensión de los demás y a mi tontedad. Nada de sabiduría en nosotros hay, nada queda… solo palabras, nada somos. Te agradezco enormemente esta lección que guardaré en mi corazón y agregaré, al final, que Freddy y Ponette, mis perros, saludan a Nietzsche, tu fiel can. Desde Guatemala hasta España, un abrazo. JSC

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