DE LAS MOSCAS DEL MERCADO

Está claro que en nuestro ánimo el sol no sale siempre por el mismo sitio. En mi caso, al menos, esto resulta más que evidente. De hecho, en estos momentos en que sufro de un deja-vú oyendo por la radio hablar de “completa normalidad en la jornada electoral” , debo admitir que mis ánimos languidecen, que mis dedos se estremecen ante tanta “normalidad”, y mis palabras flaquean.

Por ello, he decidido no sacudiros hoy con más gomas elásticas ni muelles. Ni siquiera, en mis ansias exhibicionistas, os sacudiré con versos ni in-versos de un ciempiés ni de cien. Hoy cederé el testigo a mi amigo Zarathustra. Mi amigo Zarathustra, que ya me acompañaba en mis descansos en los pasillos y ventanas de la facultad. Mi amigo Zarathustra, siempre a mano en mi mesilla de noche, perennemente empezado, perennemente inacabado.

Le cedo pues la palabra:

“¡Amigo, mío, cobíjate en tu soledad! Te veo ensordecido por el estruendo de los grandes hombres, y afligido por los aguijones de los pequeños.

El bosque y la roca saben callarse dignamente contigo. Vuelve, pues, a asemejarte a tu amado, el árbol de dilatadas ramas, que escucha en silencio, suspendido sobre el mar.

Donde la soledad acaba, allí comienza el mercado, y donde  comienza el mercado comienzan también el ruido de los grandes comediantes y el zumbar de los moscones venenosos.

En el mundo jamás salen a flote las cosas buenas, a menos que alguien las represente: a tales actores el pueblo les llama grandes hombres.

El pueblo comprende poco lo grande, esto es, lo creador. Posee en cambio gran olfato para todos los actores y comediantes que simulan cosas grandes.

El mundo gira en derredor de los inventores de nuevos valores -gira de una manera invisible. Pero el pueblo y la fama giran en derredor de los grandes comediantes. ¡Así marcha el mundo!

El comediante tiene espíritu, pero poca conciencia del espíritu. Cree siempre en aquello que mejor le permite llevar a los otros a creer – a creer en él.

Mañana tendrá una nueva fe, y pasado mañana otra nueva. Al  igual que el pueblo, el comediante tiene sentidos rápidos y presentimientos mudables.

Derribar. -A eso llama demostrar. Enloquecer a las gentes: a eso llama convencer. Y la sangre es, para él, el mejor de los argumentos.

A las verdades introducibles sólo en oídos delicados, les llama mentira, y nada. ¡En verdad, no cree sino en los dioses que arman gran ruido sobre el mundo!

¡Rebosante de bufones solemnes está el mercado! -¡Y el pueblo, entretanto, se vanagloria de sus grandes hombres! Estos son, para él, los señores del momento.

Pero el momento les apremia: y así ellos te apremian a ti. Quieren de ti un “sí” o un “no”. ¡Desgraciado de ti, si intentas situar tu silla entre un pro y un contra!

¡Oh, amante de la verdad, no envidies jamás a esos espíritus acuciantes e incondicionales! La verdad nunca se colgó del brazo de un incondicional.

¡Vuelve a tu refugio y aíslate de la gente atropellada! Solamente en el mercado le asaltan a uno con un “¿sí o no?”.

Todos los pozos profundos son lentos en sus experiencias. Necesitan mucho tiempo para saber qué fue lo que cayó en su fondo.

Todo lo grande se aparta del mercado y de la fama. Apartados han vivido, sin excepción, los inventores de nuevos valores.

¡Amigo mío, escapa a tu soledad! Te veo acribillado por moscones venenosos. ¡Huye de su venganza invisible! No son contra ti sino venganza.

¡No levantes el brazo contra ellos! Son innumerables, y tu destino no es de espantamoscas.

Innumerables son esos pequeños y mezquinos. Muchas torres altivas se vieron arrasadas por gotas de lluvia o por malas hierbas.

Tú no eres una piedra, pero ya te están resquebrajando infinidad de gotas. Bajo tantas, acabarás resquebrajándote.

Harto te veo de moscas venenosas: lleno te veo de picaduras, y ensangrentado por mil ángulos; y tu orgullo ni se resiente siquiera.

Simulando una máxima inocencia, esas moscas quieren chuparte la sangre: sus almas exangües codician sangre -y picotean con la mayor inocencia.

Mas tú, profundo, sufres con profundidad e intensamente: aun cuando tus heridas no sean sino rasguños; y, antes de haberte curado, ya se arrastraba por tu mano la misma larva venenosa.

Paréceme, empero, que tienes demasiado orgullo para matar a esas golosas. ¡Cuidado, no vaya a ser tu destino soportar toda su injusticia venenosa!

Zumban a tu alrededor, incluso con su adulación. Impertinencia son sus elogios. Lo que quieren es estar muy cerca de tu piel y de tu sangre.

Cual si fueras un dios o un demonio, te van adulando, mientras lloriquean ante ti. Pero déjalas: no son más que aduladores y lloricones.

Se presentan también, no pocas veces, entre grandes amabilidades. Tal ha sido siempre la astucia de los cobardes. ¡Sí, los cobardes son astutos!

Mucho reflexionan sobre ti, con su alma mezquina -¡Para ellas fuiste siempre preocupante! Todo aquello sobre lo que se reflexiona mucho, se vuelve preocupante.

Te castigan por tus virtudes. Solamente te perdonan de verdad -tus errores.

Como eres dulce y tienes conciencia recta, dices: “¿Tienen ellos la culpa de la mezquindad de su existencia?” Mas ellos piensan en su alma estrecha: “¡Toda existencia grande es culpable!”

Aun cuando eres suave con ellos, se sienten menospreciados por ti; y te pagan tus bondades con fechorías encubiertas. Tu silencioso orgullo les irrita, y se alegran en cambio cuando alguna vez eres lo bastante modesto para ser vanidoso.

Cuando reconocemos en algún hombre, eso mismo lo hacemos arder en él. ¡Guárdate, pues, de los mezquinos!

En tu presencia se sienten pequeños, y su pequeñez arde y se pone al rojo en contra tuya, con sed de venganza secreta.

¿No has notado cómo enmudecían cuando a ellos te acercabas, y cómo les abandonaba su fuerza, cual el humo de una hoguera que se extingue?

Sí, amigo mío, para tus prójimos eres la conciencia malvada, pues no son dignos de ti. Por ello te odian, y desean chuparte la sangre.

Tus prójimos siempre serán moscas venenosas; lo que en ti es grande -eso es justamente lo que acrecienta su veneno, y les hace más moscas.

Amigo mío, huye a tu soledad, allí donde sopla un viento áspero, recio. Tu destino no es el de espantamoscas.

Así habló Zarathustra.”

De “Así habló Zarathustra” Friedrich Nietzsche.

Traducción de Juan Carlos García Borrón.

Está de sobra que yo trate de comentarlo…

4 pensamientos en “DE LAS MOSCAS DEL MERCADO”

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