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EN UN DÍA COMO HOY

Halloween, Halloween, Halloween ¡Pero qué diablos, ánimas y seres de purgatorio! El mercadeo de la ¿Globalización? ¿Anglosajonización? nos ha terminado de volver locos. Los niños salen de las escuelas con dibujos de calabazas, murciélagos y arañas y las costumbres ancestrales de nuestros pueblos se quedan olvidadas en el baúl.

Esta noche, para mí, no es Halloween. Si es preciso apagaré la tele o pondré un vídeo con una película de risa. Tal vez tenga alguna de Cantinflas (Mario Moreno) guardada por ahí. Cualquier cosa menos lo que lleva la corriente. ¿Alguna vez os he confesado que aún no he visto la película Titanic?

Suficiente, ya basta de hacerme el duro: No he visto Titanic, pero he digerido las seis películas (infumable alguna de ellas) de Star Wars, y hasta alguna de Harry Potter. He de reconocer que en distintas tradiciones, incluidas las nuestras, el oscurantismo y la proximidad con la Muerte y el Más Allá (no la revista, el Más Allá de la muerte) forman parte de esta noche.

Es la víspera de Todos los Santos, la noche de Ánimas. En la tradición céltica, festival de Samhain, final de año, año nuevo, la noche en que los espíritus y su mundo se hallan más cerca del nuestro. La noche en la que se abren las puertas que conectan ambos mundos. La noche de la magia y de los rituales. La noche de los Conxuros, de la Santa Compaña.

Os dejo. Disfrutad del día y de la noche. Podéis hacerlo como queráis o sino como no quede más remedio. Con ruido, con silencio, con palomitas de maíz, con películas de terror o con una sonrisa. También podéis, simplemente, dejaros transportar por la música, hay para elegir. Y si os apetece algo más, echad mano a las Leyendas de G.A. Bécquer. Os dejo en buenas manos…

Becquer, Gustavo Adolfo – El Monte de las Animas

PAELL@S: y no hablamos de un plato de arroz.

Cuando  creo haber perdido mi capacidad de asombro, la realidad cotidiana me saca de mi error. Quien me lea con frecuencia habrá notado que me obstino en considerarme más mayor de lo que en realidad soy. En cuanto bajo la guardia descubro que aún puedo sorprenderme, entusiasmarme, decepcionarme, etc. y todo ello con bastante intensidad.

En la meseta del Duero acostumbramos a llamar paella, para inri de los valencianos, a cualquier plato de arroz, sea de verdura, de carne o de pescado. Sin embargo, y como dejo claro desde el título de este artículo, no es mi propósito hablar de cuestiones culinarias.

Me gustaría decir que hoy voy a partir una lanza a favor de nuestros magníficos publicistas. Lamentablemente, hoy tampoco es el día. Ciertamente, la programación de la televisión es soporífera o bien estridente e insoportable. Es frecuente que pasen varios días sin que apriete el interruptor de la caja tonta. Cuando finalmente lo hago, y si no es la televisión pública, muchas veces lo más interesante que echan son los abundantes anuncios (no todos) con que interrumpen indiscriminadamente series, informativos, películas y otras joyas.

Huyendo de la televisión, me refugio en esta pantalla y en este teclado, y a menudo opto por encender la radio para que me acompañe en sordina. La ausencia de imágenes permite comunicar sin acaparar mi atención con juegos de luces, y me dedico a otra cosa mientras la radio acompaña con su letanía.

Los anuncios de la radio son diferentes. En ellos no vale con mostrar una pierna, una melena, una silueta o un busto. En la radio hay que susurrar confidencias, hay que hablar de tú a tú. Y así hablando de tú a tú, esta mañana un anuncio consiguió emocionarme y erizarme los vellos que no sé si tengo en la nuca (no tengo forma de mirar ahí atrás). Tranquilos (y tranquilas) aún no he indicado en que consistía el anuncio y en que mi emoción.

Bien, el anuncio consistía en una voz femenina que, anunciando unos grandes almacenes de este país, nos recordaba que pa’ San Valentín disponen pa’ ellas de los más elegantes perfumes y joyas y pa’ ellos de lo último en tecnología. La emoción fue indignación.

Podemos llenarnos la boca hablando y malgastando saliva con la igualdad de roles entre hombres y mujeres. Podemos hablar de educar a las nuevas generaciones. Podemos sacar todas las leyes del mundo. Yes we can. Al final los comerciantes nos devuelven al redil del consumo y el mal gusto y nos recuerdan que ellos juegan con camiones, al fútbol y otras cosas útiles, y ellas con muñecas y  a cocinitas.

Tal vez, aprovechando que iniciamos la enésima reforma educativa de los últimos veinte años, sea el momento de volver a enseñar a los niños electricidad y a las niñas labores de hogar (mejor no doy ideas).

En definitiva, la publicidad está a nuestro alrededor, vigilad al ir a dormir debajo de vuestra cama. La publicidad nos re-define e insulta más cada día.

SIETE SÍLABAS CAPITALES

En muchas religiones el número siete tiene un carácter sagrado. En nuestra cultura, frecuentemente se le considera un número afortunado. Así como el verde es el color elegido por multitud de gente como su favorito, entre los números, el siete es el mejor candidato para el puesto.

Siete son los colores del arcoíris, siete los cuerpos celestes móviles visibles a simple vista (Sol, Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno). Siete, y de éstos últimos se derivan, los días de la semana.

Siete es el archiconocido y archi-usado último sistema operativo de Microsoft, y Sietes la localidad asturiana en la que fue presentado con bombo y platillo.

Siete son los pecados capitales del hombre, las notas musicales en las escalas diatónicas occidentales, los chakras en el yoga. Siete las Maravillas del mundo antiguo (tocamos a una por cada mil millones de humanos y pronto a menos). Siete son los Sacramentos en la religión católica, los Magníficos, las novias para siete hermanos, los años en el Tibet con Brad Pitt.

Siete las Bellas Artes y sus musas (hasta que llegaron la fotografía y el cine) Siete eran los Enanos de Blancanieves, los anillos “para los Señores Enanos en palacios de Piedra” (Tolkien), las Últimas Palabras de Cristo en la Cruz. Siete, las vidas que tiene un gato, las hijas de Elena (aquí no me sale la cuenta, ¿será que sólo eran tres y ninguna era buena?). Siete las leyes del éxito según un conocido Best seller de Deepak Chopra…

Y podríamos seguir enumerando mas y más ejemplos, pero estas líneas tienen que avanzar, y es preciso hacer un par de definiciones asistidas por el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. Sí, esa que “limpia, fija y da esplendor”:

palabra (del latín parabola) 1.f. Segmento del discurso unificado habitualmente por el acento, el significado y pausas potenciales inicial y final. 2. […]

sílaba (del latín syllaba) 1.f. Sonido o sonidos articulados que constituyen un solo núcleo fónico entre dos depresiones sucesivas de la emisión de voz.

Obsérvese que la palabra, para ser palabra, debe ciertamente poseer un significado, y que la sílaba es únicamente una unidad fónica.

Esto parece fácil de entender, de hecho, en los sistemas educativos se suele enseñar a los niños de corta edad. Pero en el mundo de la “publi y cidad” no parecen tenerlo tan claro.

Ante la contundencia de esta imagen me surgen dos preguntas:

1: ¿a qué escuela habrán ido estos inteligentísimos señores del marketing y de la banca?

2: Si les parece que “ga” y “ran” y “mo” son palabras ¿les dará igual cobrarme 5 que 50 en el próximo recibo?

En definitiva, si el futuro viene asegurado por esas, no presuntas sino falsas, siete palabras; lo que es a mí, se me antoja muy negro.