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PESSOA Y EL FINGIDOR

A pocos kilómetros de mi ciudad, el río Duero se sumerge en los Arribes. El río discurre encañonado constituyéndose en frontera natural entre España y Portugal. Hay numerosos puntos, como la solitaria ermita de Fariza que visité esta primavera (uno de sus almendros nos ilumina con sus flores, hoy tan sólo cáscaras de almendras amargas)

Desde ese punto, es posible ver la otra orilla, a tan sólo 200 ó 300 metros. Tan cercana que pueden oírse los ladridos de los perros del cercano pueblo. Pero para llegar hay que recorrer varios kilómetros hasta el paso fronterizo y su puente sobre el río.

Esa es la historia de dos vecinos que, frecuentemente, se han visto sin mirarse o se han mirado sin verse. Dos vecinos, puerta con puerta, que pocas veces saben algo o se interesan por la vida del otro.

Durante mi infancia, el contacto que tuve con Portugal fue visitar la cercana y fronteriza Miranda do Douro. Luego pasaron muchos años hasta que Portugal volvió a presentárseme. Esta vez fue en forma de música primero, y luego de poesía.

Eran mis años de Universidad y solía enseñar mis poesías a algunos escogidos (no siempre a los ojos más indicados). Entre los elegidos alguien aseguró que se parecían a las letras de un grupo portugués llamado Madredeus. En pocos días me proporcionó un casete con varias canciones del grupo. 

Entré en contacto con un mundo de saudade (nostalgia, melancolía, pérdida, tristeza) y entendí que a mi amigo mis poemas le sonaban a aquello, y que quería conocer más de aquella saudade. 

A mis manos fueron llegando, uno tras otro, grabaciones y originales con los discos y canciones de Madredeus. La voz de Teresa Salgueiro lagrimeaba en mi habitación y poco a poco fui comprendiendo que los vecinos teníamos más en común que una árida frontera.

Al final se presentó la oportunidad: un tren, un amigo que hablaba portugués, un puente, algunas pesetas ahorradas para los bocadillos, y unas tremendas ganas de conocer la capital, Lisboa.

El modesto presupuesto de estudiante no me permitió degustar el bacalhao en un restaurante ni asistir a una velada de Fado en Alfama. Pero mis piernas y mis ánimos me permitieron ascender por Alfama hasta el Castillo de San Jorge, recorrer La Rua das Janelas Verds, subir en el ascensor del ingeniero Eiffel, asomarme al mar desde la Torre de Belem y saborear los pasteis  en la cercana pastelería.

Entre tanto trasiego, mis piernas y mi ansia de ver más cosas se frenaron en tres momentos (aparte de para comer y dormir). Uno fue ante el tríptico de las tentaciones de San Antonio de El Bosco. Otro fue en la pastelería de Belem, y otro, en una de las muchas librerías de la ciudad, ante la mirada penetrante de un poeta portugués que me contemplaba desde las pastas de un libro.

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No tengo claro si era Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos, o era otro de los 72 heterónimos* quien me contemplaba. Sí sé, de buena tinta, que en su documento de identidad rezaba “Fernando António Nogueira Pessoa”

No fue hasta mi regreso a Salamanca que comprendí que me había tropezado con uno(¿72?) de los grandes. Él es el autor de una frase de tal calado como  “Minha pátria é a língua portuguesa” («mi patria es la lengua portuguesa») ¿O fue Bernardo Soares? 

Su voz, transmutada en piedra filosofal con la firma de su heterónimo Bernardo Soares (el más cercano a su presunta personalidad) también nos dejó estas líneas:

Autopsicografía

 

El poeta es un fingidor.

Finge tan completamente

que finge qué es dolor

el dolor que realmente siente.

 

Y, en el dolor que han leído,

a leer sus lectores vienen,

no los dos que él ha tenido,

sino sólo el que no tienen.

 

Y así en la vida se mete,

distrayendo la razón,

y gira, el tren de juguete

que se llama corazón.

Los heterónimos* son algo más que simples pseudónimos. Son personalidades complejas. Vidas incubadas por el propio Pessoa con sus propias personalidades, expresiones, vicios, transgresiones, inmoralidades y sus propias éticas.

¿por qué 72?* Buena pregunta… Pessoa es misterioso, a menudo resulta místico y una lectura de sus textos nos puede aproximar de forma tangencial al esoterismo de finales del siglo XIX y principios del XX. Pessoa era masón, seguidor de la teosofía, cristiano gnóstico y … que curioso ¿72 no son acaso las cartas del tarot y los nombres cabalísticos de Dios?

BATALLITAS DEL ABUELO ENTRE SONAJEROS Y PANDERETAS

Lo siento, Mercedes, pero el abuelo rezungón que llevo dentro, de vez en cuando tiene que salir a pasear. Después de deambular por el Centro Comercial y de asesorar a los obreros que se afanaban en una zanja, el abuelo se dispone a contar una batallita.

En mis años de Facultad, unos profesores dejaron huella en la pizarra y otros más allá de la misma. Uno de este último grupo nos anestesiaba por las tardes paseando entre las mesas y regalándonos el aroma de abundante licor. El hombre, de mediana edad que tres años después dejaría de contarse entre los vivos, se distinguía por hablar claro, tanto de su materia como de su forma de entender la vida. Por lo general, y detrás de su aire socarrón, su carácter por lo general era bueno.

Una tarde de primavera se encontró la clase medio vacía y ese día explotó e hizo que sintiéramos vergüenza de nosotros mismos. “El juego de la oca”, concurso que hacía furor aquel año, había llegado en una de sus pruebas a Salamanca, y multitudes de estudiantes de mi clase, de mi facultad y de las vecinas se arracimaban en las calles atentos al espectáculo.

Mi reacción de sorpresa se reflejaba en el rostro de la mayoría de mis compañeros. Yo mismo, no entendiendo lo que quería decir con que cuando tocaba salir todos juntos no aparecíamos ni la mitad, consideré excesiva su diatriba. “Es que es rojo” me susurró un compañero no tengo claro si compadeciéndose del profesor o con ánimo de acusarle.

El tiempo pasó. Con el paso de los años comencé a entrar en labores de representación de alumnos, en asociaciones, en organizaciones, en comisiones y toda clase de “ciones”. Mis inquietudes no parecían conocer límites y me entregaba con ansias cuasi-mesiánicas a los demás.

Recuerdo que llegó a nuestras manos (en una de las asociaciones) un borrador de un plan que habían estado discutiendo destacadas Universidades europeas en la ciudad de Bolonia. Rápidamente identificamos que en el borrador se hablaba de una Universidad con menos representación de alumnos y profesores y más gestión y dependencia de las empresas. Se convocó una concentración y apenas estuvimos tres docenas de estudiantes a las puertas del rectorado. Éramos unos radicales y protestábamos por algo que no llegaba a ser ni el boceto del borrador de un plan. No había razón para el escándalo que habíamos formado.

Una semana después, subiendo por la calle de Libreros, encontré el Patio Chico repleto de compañeros y de compañeras. Por un momento pensé que habían acudido una semana tarde a la convocatoria, pero no… El problema era que el Rectorado había prohibido celebrar las fiestas universitarias en las facultades. Arranqué el micrófono de la mano a la periodista que me preguntaba por mi opinión y me despaché.

Ha llovido desde entonces. Hoy todos conocemos el Plan Bolonia con sus pros y sus contras. En muchos aspectos la Universidad ya no es la misma que conocí.

¿O tal vez sí?

fiesta universitaria

http://www.laopiniondezamora.es/zamora/2012/03/02/coctel-ingredientes/584006.html

http://comunidad.laopiniondezamora.es/galeria-multimedia/Zamora/estudiantes-manifiestan-contra-recortes/39165/1.html

RELATIVIDADES Y EXCEPCIONES: dos caminos hacia lo fatuo y absurdo.

En mis clases de Bachillerato, en mi adolescencia, tuve profesores profesionales que impartían con eficacia y pulcritud extrema su asignatura. Tuve también profesores desubicados: biólogos enseñando Matemáticas, filólogos ilustrándonos en  Geografía, religiosos adoctrinando en Filosofía, etc. Por último, raros en su especie, pero dejando su profunda impronta en aquellos que les atendían, auténticos maestros (algunos de ellos huesos duros de roer) que enseñaban a vivir y a pensar.

Podría pensarse que de los que más aprendí fue de los pertenecientes al último grupo. En realidad, fueron los segundos, aquellos que inspiraron mi desconfianza, los que me hicieron enarcar una ceja con escepticismo, los que finalmente más me enseñaron. La asepsia de los primeros tal vez me pudieran haber convertido en un voraz competente, pero sus ordenados apuntes y enseñanzas solo sirvieron para sacar nota, pasar curso y pasar página.

Al acabar el Bachillerato, la semilla de la crítica había quedado atrapada en mis surcos y lista para germinar. Al poco de llegar a la Universidad, la actitud alerta ante lo que escuchaba o veía a mi alrededor floreció. Inicialmente pude ver “la paja en el ojo ajeno”, mucho tiempo después aprendí a ver la viga en mis propios ojos.

Una de las mayores paradojas que se dieron en aquellos años fue la falta de capacidad crítica en la mayoría de compañeros de Facultad. Fue inevitable que con el tiempo fuera considerado el “rarito de la clase”. Mi tendencia a replantearme todo, mi negativa a comentar las peripecias de Gran Hermano, y mi compromiso con toda clase de asociaciones culturales, políticas, sociales, etc, me alejaron de mis compañeros. Ellos opinaban que mi actitud era más propia de una carrera de Humanidades o de Letras que de una disciplina científica. ¡Si Da Vinci levantara la cabeza!

En el método científico ninguna hipótesis es aceptada como teoría sin comprobarse experimentalmente. La atención  y la crítica son pues fundamentales en la Ciencia, pero también en la vida. A nadie le apetece que le den gato por liebre y para ello es fundamental no dar nada por válido así como así sin examinarlo antes.

Es sorprendente la cantidad de cosas que damos por ciertas o válidas sin cuestionarnos su validez real. Es frecuente, no solo en la jerga de la calle, sino también en los medios de comunicación oír decir que “todo es relativo”. Es frecuente adjudicar dicha “teoría”, más propia de una mente ausente y trasnochada al pobre de Albert Einstein. Si uno es complaciente, instantáneo y facilón, puede añadir, mostrando su ignorancia absoluta en cristalografía, que “Nada es verdad o mentira,  depende del cristal con el que se mira”.

En la Física hay magnitudes relativas y absolutas. Lo que hace la Teoría de Einstein es cambiar masa, tiempo y espacio, que Newton tomaba como absolutas, y situarlas en el lado de las magnitudes relativas (la masa, la longitud de un cuerpo, el transcurrir del tiempo dependerán de la velocidad del sistema de referencia respecto al que se definan). Así mismo limita la velocidad máxima que puede darse en la transmisión de un fenómeno a la velocidad de la luz en el vacío (constante y absoluta).

Las ideas, que a primera vista pueden parecer extravagantes, y que han generado toda clase de extravagancias y divagaciones ajenas a la ciencia, se ajustan no obstante a la realidad de la naturaleza.El éxito de la teoría está en que se ajusta tanto a velocidades lentas y cuerpos de nuestra magnitud, como a objetos muy masivos y a velocidades cercanas a las de la luz. Por contra las leyes de Newton solo resultan válidas para objetos y velocidades familiares de nuestro entorno.

En realidad es más complejo. Por mucho que me esmere no voy a resumir en dos párrafos todo lo que implica y lo que tantos autores han tratado de explicar en páginas y páginas y estanterías y estanterías. Es más, en mi brevedad, los conceptos que he expuesto son francamente matizables. La cuestión definitiva es que podamos observar lo poco que tiene que ver con aquello de “todo es relativo”. De hecho, Einstein se sentiría muy decepcionado de esta interpretación errónea. Einstein era un gran enemigo de lo indeterminado, del azar y la probabilidad. El grande y revolucionario físico aseguraba “Dios no juega a los dados”. Por cierto, a Einstein le concedieron el Premio Nobel de Física, pero contrariamente a lo que podamos pensar, no fue por su famosa teoría, sino por la interpretación que hizo de otros fenómenos.

Otro dicho, ampliamente equivocado, repugna particularmente a mi sentido de la lógica. Se trata de aquel de “La excepción confirma la regla”. El uso incorrecto y generalizado de esta frase, procedente de su equivalente latina, viene a decir que en un rebaño de 28 ovejas blancas y 2 negras la excepción confirma la regla, de modo que todas las ovejas son blancas…

Absurdo

El verdadero sentido de la frase es el de verificar, poner a prueba. Sería apropiado entonces “La excepción prueba (de poner a prueba) la regla”

Su origen en latín “exceptio probat regulam in casibus non exceptis” corresponde a una expresión jurídica medieval. Viene a decir que si extiste una excepción, debe haber una nueva regla por encima de la inicial que incluya a este otro hecho.

ENCUENTROS CON DON MIGUEL (I): Relato de vecindad.

Iniciar este artículo supone para mí un reto mayúsculo. Desde la veneración y también, por qué no decirlo, desde la crítica, Don Miguel ocupa un alto trono desde el que me observa. Don Miguel es grande, muy grande.

Mi primer contacto con él fue escueto, un nombre, tres lugares, varias obras y una generación de intelectuales y escritores a la que pertenecía. Esa es la pobre información de los temarios de Literatura en el Bachillerato. Tras meses hablando de Mío Cid, la Celestina y la Noche Oscura del Alma, no queda hueco para los siglos XIX y XX.

El siguiente acercamiento fue callejeando. Por entonces yo era poco más que un púber y había iniciado mis estudios de Química en la Universidad de Salamanca. Fascinado por la nueva ciudad que, tomando palabras de otro Miguel (de Cervantes) y puestas en boca de su personaje, el Licenciado Vidriera, “Enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su morada han gustado”, fueron muchas las horas que dediqué a callejear por su casco antiguo. Fue en uno de esos paseos que di con lo que fuera su casa, habilitada ahora como museo, y con su divisa “Antes la verdad que la paz”.

Este segundo acercamiento fue más intenso. Por aquella época, 60 años después de su muerte, Don Miguel de Unamuno era (y es ahora, quince años después) un extraño héroe en la Universidad, una extraña figura que todos alaban y pocos entienden. Una estatua que se venera haciendo la vista gorda de sus aciertos y desaciertos de ser humano, de carne y hueso. En definitiva, y a pesar de ser un patrimonio como la piedra arenisca de Villamayor o el Tormes, un extraño solitario, un perfecto desconocido.

En aquella etapa, en los huecos entre clase y clase, me sentaba en el vano de una ventana de mi Facultad y repartía mis lecturas entre “Del sentimiento trágico de la vida”, “Niebla”, y lecturas de otros pensadores como “Así hablo Zarathustra” de Nietzsche.

Posteriormente, ya dejada atrás mi etapa universitaria, se dio mi tercer encuentro con Don Miguel. Este nuevo encuentro aconteció al final de los cinco años que viví en su ciudad natal, Bilbao.

Unamuno fue bilbaíno en Salamanca y salmantino en Bilbao. Los hombres que brotan por encima de sus raíces y florecen al sol, son grandes hombres, pero a menudo no profetas en su tierra. Los hombres que para florecer pretenden arrancar de cuajo sus raíces del suelo, se marchitan. Extraña reflexión, se me antoja, pero tiene mucho que ver con lo que pretendí en lo que fue una huida hacia adelante en mi vida. (Pronto publicaré un post con una poesía de La Balada del Ciempiés y situaré aquí un enlace https://lascosasdeunciempies.wordpress.com/2012/01/08/runaway-versos-de-una-huida-apresurada/). En esa época quise renunciar a lo que consideraba buscar tres pies al gato. En esa época abracé la noche y sus miserias y pretendí, falsariamente, olvidar lo que hoy y siempre ha constituido mi esencia.

Al final de ese recorrido, di en vivir en el Casco Viejo de Bilbao. Una mañana húmeda de tantas otras, al dar la vuelta a la manzana, reprendí a mi perro que se disponía a orinar en un portal. Al alzar la vista vi la placa de su casa natal, y mi mente me hizo regresar a aquella divisa en su casa museo de Salamanca y al vano de aquella ventana de mi Facultad de Químicas.

Ahora, cuando todo esto parece tan lejano en el tiempo, sostengo junto a mí aquel libro ( “Del sentimiento trágico de la vida”)  que comencé a leer un día de Febrero de 1998. Un libro en el que compendia su pensamiento filosófico y su sentimiento moral. Un libro, publicado por Don Miguel en el año 1912, antes de sus encuentros y desencuentros con la política, antes de su exilio en Fuerteventura, de su elogio y desencanto de la República, de su coqueteo inicial con el alzamiento franquista y su casi-linchamiento por parte de éstos en su amado Paraninfo de la Universidad.

El pasado 31 de diciembre se cumplieron 75 años de su fallecimiento en aquella misma casa en el centro histórico de Salamanca. Su medallón, entre reyes y reinas, forma parte ya de su amada plaza mayor plateresca desde donde observa la terraza del tradicional Café Novelty a la que tantas veces acudió.

Muchas veces se cruzaron nuestros caminos entre Salamanca y Bilbao. Tengo reservado en mis sueños un viaje a Fuerteventura y a Hendaya para volver a cruzarme con usted, Don Miguel. Sé que volveremos a encontrarnos muy pronto, posiblemente en este blog, pero por lo pronto quiero terminar este artículo con aquellas palabras con las que concluyó ese libro para mí tan preciado:

“Y con esto se acaban ya -¡ya era hora!-, por ahora al menos, estos ensayos sobre el sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos, o por lo menos en mí -que soy hombre- y en el alma de mi pueblo, tal como en la mía se refleja.

Espero, lector, que mientras dure nuestra tragedia, en algún estrecho entreacto, volvamos a encontrarnos. Y nos reconoceremos. y perdona si te he molestado más de lo debido e inevitable, más de lo que, al tomar la pluma para distraerte un poco de tus ilusiones, me propuse. ¡Y Dios no te dé paz y sí gloria!

En Salamanca, año de gracia de 1912.”