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PERO HAY UN RAYO DE SOL EN LA LUCHA QUE SIEMPRE DEJA LA SOMBRA VENCIDA.

Hoy se cumplen 70 años de la muerte de Miguel Hernández. Soy malo para las fechas. Ha sido preciso ver reflejado el aniversario en otro blog para que funcionara mi memoria.

Memoria… Hermosa palabra. Más hermosa cuando nos falla. Un alzheimer social se cierne sobre nosotros, y no olas de cieno ni conspiraciones judeo-masónicas. Es tanto el bombardeo de imágenes, sensaciones, reclamos y apetitos que apenas recordamos quiénes éramos ayer.

Miguel muere cautivo en Orihuela. Cautivo de los vencedores y de su enfermedad, pero libre de espíritu. Libre porque no cedió, porque pudo congraciarse con el regimen ayudado por los amigos que tenía en aquella orilla. Libre porque no cedió.

Hoy compartiré un poema de su obra Poemas últimos. Se me encoje el alma de pensar como el poeta sentía que le envolvían las sombras.

ETERNA SOMBRA

–     –     –

Yo que creí que la luz era mía

precipitado en la sombra me veo.

Ascua solar, sideral alegría

ígnea de espuma, de luz, de deseo.

–     –     –

Sangre ligera, redonda, granada:

raudo anhelar sin perfil ni penumbra.

Fuera, la luz en la luz sepultada.

Siento que sólo la sombra me alumbra.

–     –     –

Sólo la sombra. Sin rastro. Sin cielo.

Seres. Volúmenes. Cuerpos tangibles

dentro del aire que no tiene vuelo,

dentro del árbol de los imposibles.

–     –     –

Cárdenos ceños, pasiones de luto.

Dientes sedientos de ser colorados.

Oscuridad del rencor absoluto.

Cuerpos lo mismo que pozos cegados.

–     –     –

Falta el espacio. Se ha hundido la risa.

Ya no es posible lanzarse a la altura.

El corazón quiere ser más de prisa

fuerza que ensancha la estrecha negrura.

–     –     –

Carne sin norte que va en oleada

hacia la noche siniestra, baldía.

¿Quién es el rayo de sol que la invada?

Busco. No encuentro ni rastro del día.

–     –     –

Sólo el fulgor de los puños cerrados,

el resplandor de los dientes que acechan.

Dientes y puños de todos los lados.

Más que las manos, los montes se estrechan.

–     –     –

Turbia es la lucha sin sed de mañana.

¡Qué lejanía de opacos latidos!

Soy una cárcel con una ventana

ante una gran soledad de rugidos.

–     –     –

Soy una abierta ventana que escucha,

por donde ver tenebrosa la vida.

Pero hay un rayo de sol en la lucha

que siempre deja la sombra vencida.

ANDE YO CALIENTE Y RÍASE LA GENTE.

 

Entre los grandes escritores del Siglo de Oro de la Literatura española, Luis de Góngora tiene bien ganada la fama de complejo. Su poesía, repleta de figuras y de referencias a la mitología clásica, no resulta fácil de seguir. Su cercanía al rey Felipe III y a las esferas del poder hubo de granjearle grandes enemistades y enfrentamientos. Un claro ejemplo pueden resultar sus enfrentamientos, más allá de las simple cuestiones estéticas, con Francisco de Quevedo y Lope de Vega.

En 1927, al cumplirse 300 años de su muerte, un fecundo grupo de poetas conmemoró el tricentenario de su óbito. Esta generación, conocida en adelante como Generación del 27, dejaría su huella múltiple y heterogénea en nuestra cultura, tomando como punto de referencia a Góngora.

A pesar de la primera referencia, la segunda me acerca a su figura (debo admitir que apenas he leído nada de él). En este primer acercamiento, después de leer y releer sin llegar a sentir ni entender ni al Polifemo ni a la Galatea, al fin encontré algo más cercano a mi corazón. Como no, lo comparto con todos vosotros.

Ande yo caliente y ríase la gente

 
Traten otros del gobierno, del mundo y sus monarquías
mientras gobiernan mis días mantequillas y pan tierno
y las mañanas de invierno, naranjada y aguardiente
y rijijí y rijijá y.. y ríase la gente
Coma en dorada vajilla, el príncipe mil cuidados
como píldoras dorados, que yo en mi pobre mesilla
quiero más a una morcilla que en el asador reviente
y rijijí y rijijá y.. y ríase la gente
Cuando cubra las montañas de blanca nieve el enero
tenga yo lleno el brasero de bellotas y castañas
y quien las dulces patrañas del rey que rabió me cuenten
y rijijí y rijijá y.. y ríase la gente
Busque muy en hora buena, el mercader nuevos soles
yo conchas y caracoles entre la menuda arena
escuchando a Filomena sobre el chopo de la fuente
y rijijí y rijijá y.. y ríase la gente.

Luis de Góngora

UN CAMINO DIFERENTE: Gerardo Diego y el río Duero

Si algo caracteriza a las guerras es la injusticia y el derramamiento de sangre. Cuando una guerra es Guerra Civil, el derramamiento de sangre y la injusticia enfrenta a hermano contra hermano.

Todas las guerras dejan heridas abiertas, pero cuando es una guerra civil las heridas tardan más en cicatrizar. Tal vez la herida más profunda sea la del miedo. Por el miedo, tal vez, de que se volvieran a abrir las viejas heridas, en este país, al llegar la Transición se optó por el borrón y cuenta nueva.

Podríamos discutir sobre la conveniencia o no de desenterrar la Memoria Histórica, sobre el punto de vista que se tiene desde el extranjero sobre nuestras decisiones políticas al respecto. Podríamos, pero no, he venido a hablar de mi libro, señorita…

¡Ay! pues no, ni soy Francisco Umbral (que ya descansa), ni tengo libro, tendré que hablar de alguien.

Al finalizar la guerra, las consecuencias fueron terribles. Un país arruinado, hambriento, enfrentado, desorientado. Ninguna posibilidad de ayuda foránea, ya que Europa y el resto del mundo comenzaban entonces su guerra. Muertos aquí, allí, en todos los bandos (más en unos que en otros), en todas las cunetas. Muertos anónimos y muertos con apellidos. Muertos poetas y muertos labriegos. Y otros muchos, que aunque no murieron, hicieron las maletas y llevaron su obra al exilio.

No fue el caso de Gerardo Diego. Perteneciente a la Generación del 27 como los fallecidos Lorca y Hernández, o el exiliado Rafael Alberti, Gerardo Diego regresó a España. Al estallar la guerra se encontraba de vacaciones en Francia, y al contrario que la gran maýoría de los intelectuales del país, Gerardo Diego apoyó la sublevación militar y al bando nacional.

Suyo es este romance dedicado a la ciudad que habito (Zamora) y a su río Duero:

RÍO DUERO, RÍO DUERO

–     –     –

Río Duero, río Duero,
nadie a acompañarte baja,
nadie se detiene a oír
tu eterna estrofa de agua.

–     –     –

Indiferente o cobarde
la ciudad vuelve la espalda.
No quiere ver en tu espejo
su muralla desdentada.

–     –     –

Tú, viejo Duero, sonríes
entre tus barbas de plata,
moliendo con tus romances
las cosechas mal logradas.

–     –     –

Y entre los santos de piedra
y los álamos de magia
pasas llevando en tus ondas
palabras de amor, palabras.

–     –     –

Quién pudiera como tú,
a la vez quieto y en marcha
cantar siempre el mismo verso
pero con distinta agua.

–     –     –

Río Duero, río Duero,
nadie a estar contigo baja,
ya nadie quiere atender
tu eterna estrofa olvidada

–     –     –

sino los enamorados
que preguntan por sus almas
y siembran en tus espumas
palabras de amor, palabras.