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LA VERDAD SE DESVELA: Serie de la Madre de Todas las Calamidades (V)

…Calló, y sólo el arpa resonó bajo los finos dedos de marfil. Y Scharkán, arrebatado, se sentía perdido en deseos infinitos. Entonces, tras un nuevo preludio, la joven cantó:

¡La amistad verdadera no puede soportar la amargura de la separación! ¡Hasta el sol palidece cuando tiene que dejar a la tierra!

Pero apenas cesó este canto, oyeron un enorme tumulto y un gran vocerío. Y vieron que avanzaba un tropel de guerreros cristianos con las espadas desnudas, y gritaban: “¡He aquí que has caído en nuestras manos! ¡He aquí, oh Scharkán, tu día de perdición!”

Y al oír Scharkán estas palabras, pensó en seguida en una traición, encaminándose sus sospechas contra la joven. Pero cuando se volvía hacia donde estaba, dispuesto a reconvenirla, la vio lanzarse
afuera, muy pálida.

Y la joven llegó ante los guerreros, y les dijo: “¿Qué queréis?” Entonces se adelantó el jefe de los guerreros, y le contestó, después de haber besado la tierra entre sus manos: “¡Oh reina llena de gloria! ¡Oh mi noble señora Abriza, la perla más noble entre las perlas de las aguas! ¿Ignoras la presencia del que está en este monasterio?”

Y la reina Abriza contestó: “¿De quién hablas?” Y él dijo: “Hablo de aquel a quien llaman maestro de héroes, el destructor de ciudades, el terrible Scharkán ibn-Omar Al-Nemán, aquel que no ha dejado una torre sin destruirla, ni una fortaleza sin derribarla. Ahora bien, ¡oh reina Abriza! el rey Hardobios, tu padre y señor nuestro, ha sabido en Kaissaria, su ciudad, por los propios labios de la anciana Madre de todas las Calamidades, que el príncipe Scharkán estaba aquí. Porque la Madre de todas las Calamidades ha dicho al rey que había visto a Scharkán en el bosque, cuando se dirigía a este monasterio. Así, pues, ¡oh reina! tu mérito es inconmensurable, por haber cogido al león en tus redes, facilitándonos la victoria sobre el ejército de los musulmanes”.

Entonces, la joven reina Abriza, hija del rey Hardobios, señora de Kaissaria, miró indignadísima al jefe de los guerreros, y le dijo:

“¿Cuál es tu nombre?” Y el otro contestó: “¡Tu esclavo el patricio Massura ibn-Mossora ibn-Kacherda!”

Y ella le dijo: “¿Y cómo es que has osado, ¡oh insolente Massura! entrar en este monasterio sin avisarme ni pedir permiso?” Y él dijo: “¡Oh mi soberana! Ninguno de los porteros me ha cerrado el camino, pues al contrario, todos nos han guiado hasta la puerta de tu aposento. Y ahora, según las órdenes de tu padre, esperamos que nos entregues a ese Scharkán, el guerrero más formidable entre los musulmanes”. Y la reina Abriza dijo: “¿Pero qué piensas? ¿No sabes que esa Madre de todas las Calamidades es una embustera? ¡Por el Mesías! Aquí hay un hombre, pero no es el Scharkán de quién hablas, sino un extranjero que ha venido a pedirnos hospitalidad, y en seguida se la hemos otorgado generosamente. Y además, aun en el caso de que fuera Scharkán, los deberes de la hospitalidad me mandan protegerle contra todo el mundo.

¡Nunca se dirá que Abriza hizo traición al huésped, después de haber mediado entre ellos el pan y la sal!

De modo que lo que debes hacer, ¡oh patricio Massura! es marcharte en seguida cerca del rey, mi padre; besarás la tierra entre sus manos, y le dirás que la vieja Madre de todas las Calamidades ha mentido y le ha engañado”.

El patricio Massura, dijo: “Reina Abriza, no puedo volver junto al rey Hardobios, tu padre, sin llevar al prisionero, como nos ha mandado”. Ella llena de cólera, dijo: “¿Quién te mete en estas cosas, ¡oh guerrero!? Sólo te toca combatir cuando puedas, pues te pagan para combatir. Pero guárdate de meterte en asuntos que no te incumben. Además, si te atrevieras a atacar a Scharkán, lo pagarás con tu vida y con la vida de todos los guerreros que están contigo. ¡Y he aquí que lo voy a llamar, para que venga con su alfanje y su escudo!”

Y el patricio Massura dijo: “¡Oh qué desgracia la mía! Porque si me libro de tu cólera, caeré en la de tu padre, nuestro rey. Si se presentase ese Scharkán, lo mandaría detener inmediatamente por mis soldados., y lo llevaría prisionero entre las manos de tu padre, el rey de Kaissaria”.

Y Abriza exclamó: “Hablas demasiado para ser un guerrero, ¡oh patricio Massura! ¡Y tus palabras exceden en punto a pretensión e insolencia! ¿Olvidas acaso que sois cien contra uno? Si tu patriciado no te quitó hasta el rastro del valor, combátele de hombre a hombre. Pues si eres vencido, otro ocupará tu puesto, y así sucesivamente, hasta que Scharkán caiga en nuestras manos. ¡Y así se decidirá quién de todos vosotros es el héroe!”

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGO LA 50ª NOCHE
Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que la joven reina Abriza exclamó: “¡Y veremos quién de todos vosotros es el héroe!”

Y el patricio Massura repuso: “¡Por el Mesías! ¡Has hablado muy bien! ¡Yo seré el primero que se presente a luchar!”

Ella dijo: “Pues aguarda que vaya a avisarle y a saber su respuesta. Si acepta, así se hará; si se niega, será de todos modos el huésped protegido”. Y Abriza se apresuró a ir en busca de Scharkán, y le puso al corriente de todo, excepto de quién era ella.

Y Scharkán comprendió que había juzgado mal al dudar de la generosidad de la joven, y se reconvino mucho, y con doble motivo por haberse equivocado al juzgar a la joven y por haberse metido imprudentemente en medio del país de los rumís.

Y después dijo: “¡Oh mi señora! No tengo la costumbre de combatir contra un solo guerrero, sino contra diez a un tiempo, y de esa manera pienso entablar el combate”.

Dijo, y se puso en pie de un salto, y se precipitó al encuentro de los guerreros cristianos. Y llevaba en la mano su alfanje y su escudo.

Cuando el patricio Massura vio que se acercaba Scharkán, saltó sobre él de un brinco, y le atacó furiosamente; pero Scharkán paró el golpe que se le dirigía, y se lanzó contra su adversario como un
león. Y le dio en el hombro un tajo tan terrible, que el alfanje salió brillando por la cadera, después de haberle atravesado el vientre y los intestinos.

Al ver esto, el valor de Scharkán creció considerablemente a los ojos de la reina, que pensó: “¡He aquí el héroe con quien habría yo podido luchar en el bosque!”

Después se volvió hacia los soldados; y les dijo: “¿Qué esperáis para proseguir el combate? ¿No pensáis vengar la muerte del patricio?” Entonces avanzó a grandes pasos un gigante de aspecto
formidable, y cuya cara respiraba una gran energía. Era el propio hermano del patricio Massura. Pero Scharkán no le dio tiempo para más, pues le dio tal tajo en el hombro, que el alfanje salió brillando por la cadera, después de haber atravesado el vientre y los intestinos. Entonces avanzaron otros guerreros, uno a uno, pero Scharkán les hacía sufrir la misma suerte, y para su alfanje era un juego el hacer volar sus cabezas. Y de ese modo mató a cincuenta. Cuando los otros cincuenta que quedaron vieron la suerte que habían corrido sus compañeros, se reunieron en una sola masa, y se precipitaron todos juntos contra Scharkán, pero esto los perdió.

Scharkán los esperaba con toda la bravura de su corazón, más duro que la roca, y los trilló como se trillan los granos en la era, y los desparramó a ellos y a sus almas para siempre.

Entonces la reina Abriza gritó a sus doncellas: “¿Quedan más hombres en el monasterio?” Y ellas contestaron: “No quedan más hombres que los porteros”. Entonces la reina Abriza avanzó al encuentro de Scharkán, y le estrechó entre sus brazos, y le besó con fervor. Después contó el número de muertos, y se encontraron ochenta. En cuanto a los otros veinte combatientes, lograron escaparse, a pesar de su estado, y habían desaparecido.

Y Scharkán pensó entonces en limpiar la hoja ensangrentada de su alfanje. Y arrastrado por Abriza, volvió al monasterio, recitando estas estrofas bélicas:

¡Contra mí se han lanzado furiosamente para combatirme el día de mi valentía! Y he arrojado sus altaneros caballos como pasto a los leones, a mis hermanos los leones.

¡Vamos! ¡Libradme del peso de mi ropa, si queréis!

En el día de mi valentía no he hecho más que pasar, y he aquí a todos los guerreros tendidos en la tierra abrasadora de mi desierto.

Y como habían llegado al salón, la joven Abriza, sonriente de placer cogió la mano de Scharkán y se la llevó a los labios. Después se levantó el vestido, y aparecieron por debajo una cota de malla y una espada de acero fino de la India. Y Scharkán asombrado. preguntó: “¿Para qué son, ¡oh mi señora! esta cota de malla y esta espada?” Y ella dijo: “¡Oh Scharkán! durante el combate me armé apresuradamente por si tenía que correr en tu auxilio, pero no has necesitado de mi brazo!”

Después la reina Abriza mandó llamar a los porteros, y les dijo “¿Cómo es que sin mi permiso habéis dejado penetrar a los hombres del rey?” Y dijeron: “No es costumbre que pidan permiso los hombres del rey, y mucho menos su gran patricio”.

Ella dijo: “¡Sospecho que habéis querido perderme y ocasionar la muerte de mi huésped!

Y rogó a Scharkán que les cortara la cabeza, y Scharkán les cortó la cabeza.

Entonces la reina dijo a sus esclavas: “¡Merecían un castigo más duro!”

Después se volvió hacia Scharkán, y exclamó: “¡He aquí, ¡oh Scharkán! que voy a revelarte lo que ha estado oculto para ti hasta ahora!”

Y dijo así:

“Sabe, ¡oh Scharkán! que soy la hija única del rey griego Hardobios, señor de Kaissaria, y me llamo Abriza. Y tengo por enemiga inexorable a la vieja Madre de todas las Calamidades, que ha sido la
nodriza de mi padre y es muy temida y atendida en palacio. Y la causa de esta enemistad entre ella y yo, es una causa que me dispensarás que te cuente, pues intervienen unas jóvenes en esta historia, y ya conocerás con el tiempo todos los pormenores. Así es que la Madre de todas las Calamidades hará cuanto pueda para perderme, sobre todo ahora que he sido la causa de la muerte del jefe de los patricios y de los guerreros. Y dirá a mi padre que he abrazado vuestra causa. Así es que la única resolución que puedo tomar, mientras la Madre de todas las Calamidades me persiga, es irme lejos de mi familia y de mi país. Y te ruego que me ayudes y obres conmigo como yo he obrado contigo, pues te corresponde parte de culpa de cuanto acaba de pasar”.

Al oír estas palabras, Scharkán sintió que la alegría le hacía perder la razón, y que su pecho se ensanchaba, y se dilataba todo su ser, y dijo: “¡Por Alah! ¿Quién se atreverá a acercarse a ti, mientras mi alma esté en mi cuerpo? Pero ¿podrías sobrellevar realmente el verte alejada de tu padre y de los tuyos? Y ella contestó: “Seguramente que sí”. Entonces Scharkán le hizo que lo jurase, y ella juró. Y después ella dijo: “Ya se ha tranquilizado mi corazón.

Pero tengo que dirigirte otra súplica”. Scharkán dijo: “¿Y cuál es esa súplica?” Y ella contestó: “Que vuelvas a tu país, con todos los soldados”. Pero él dijo: “¡Oh señora mía! Mi padre Omar Al-Nemán me ha mandado a este país de los rumís para combatir y vencer a tu padre, contra el cual nos ha pedido auxilio el rey Afridonios de Constantinia. Pues tu padre ha mandado confiscar un navío cargado de riquezas, entre ellas tres gemas preciosas que poseen admirables virtudes”. Entonces Abriza contestó: “¡Tranquiliza tu alma y endulza tus ojos! Porque he aquí que voy a decirte la verdadera historia de nuestra hostilidad con el rey Afridonios:

“Sabe que nosotros los griegos celebramos una fiesta anual, que es la fiesta de este monasterio. Y cada año en igual fecha acuden aquí todos los reyes cristianos desde todas las comarcas, así como los nobles y los grandes comerciantes. Y también vienen las mujeres y las hijas de los reyes y de los demás; y esta fiesta dura siete días completos. Ahora bien; cierto año fui yo una de las visitantes, y aquí estaba también la hija del rey Afridonios de Constantinia, que se llamaba Safía, y es ahora concubina de tu padre, el rey Omar Al-Nemán, y madre de sus hijos. Pero en aquel momento era todavía doncella. Cuando terminó la fiesta y llegó el séptimo día, que era el día de la marcha, Safía dijo: “No quiero volver por tierra a Constantinia, sino por mar”. Entonces le prepararon una nave, en la cual se embarcó con sus compañeras, y mandó embarcar todas las cosas que le pertenecían; y se dieron a la vela, y zarparon. Pero apenas se había alejado el navío, se levantó viento contrario, que hizo desviarse a la nave de su ruta. Y la Providencia quiso que hubiera precisamente en tales parajes un gran navío lleno de guerreros cristianos de la isla de Kafur, en número de quinientos afrangí.(Francos: nombre dado a los europeos)

Y todos estaban armados y forrados de hierro. Y sólo aguardaban una ocasión como aquélla para lograr botín, pues desde hacía tiempo que andaban por el mar. De modo que en cuanto vieron el navío en que estaba Safía, lo abordaron, le echaron los garfios y se apoderaron de él. Después se dieron de nuevo a la vela llevándolo a remolque. Pero levantó una furiosa tempestad que los arrojó a nuestras costas, desamparados. Entonces se arrojaron sobre ellos nuestros hombres, mataron a los piratas, y se apoderaron a su vez de las sesenta jóvenes entre las cuales se encontraba Safía.

También recogieron todas las riquezas acumuladas en los buques. Vinieron a ofrecer las sesenta jóvenes como regalo a mi padre el rey de Kaissaria, y se guardaron las riquezas. Mi padre escogió para
sí las diez jóvenes más hermosas y distribuyó el resto entre su séquito. Después eligió cinco de las más bellas, y se las envió como regalo a tu padre, el rey Omar Al-Nemán. Y entre esas cinco estaba precisamente Safía, hija del rey Afridonios: pero nosotros no nos lo figurábamos, porque ni ella ni nadie nos había revelado su condición ni su nombre, y he aquí ¡oh Scharkán ! cómo Safía llegó a ser concubina de tu padre, el rey Omar Al-Nemán. Y además, le fue enviada con otros muchos regalos, como sederías, paños y bordados de Grecia. Pero a principios de este año, el rey mi padre recibió una carta del rey Afridonios, padre de Safía. Y en esta carta había cosas que no te sabría repetir. Pero decía lo siguiente:

“Hace dos años que cogiste a unos piratas sesenta jóvenes, una de las cuales era mi hija Safía. Hasta ahora no me he enterado, ¡oh rey Hardobios! porque nada me has dicho.

Esto es la mayor ofensa y el mayor oprobio para mí y alrededor de mí. Por lo tanto, en cuanto recibas mi carta, si no quieres ser mi enemigo, me devolverás a mi hija Safía, intacta e íntegra. Si demoras su envío, te trataré como mereces, y mi cólera y mi resentimiento tomarán represalias terribles contra ti”.

“Y en cuanto mi padre leyó esta carta, se quedó muy perplejo y muy alarmado, pues la joven Safía había sido enviada como regalo a tu padre, el rey Omar Al-Nemán, y no había ninguna probabilidad de que siguiese intacta e íntegra, puesto que ya la había hecho madre el rey Omar Al-Nemán.

“Comprendimos entonces que aquello era una gran calamidad. Y mi padre no tuvo otro recurso que escribirle una carta al rey Afridonios, en que le exponía la situación, y disculpándose con la ignorancia en que había estado respecto a la personalidad de Safía, y jurándoselo mil veces.

“Al recibir la carta de mi padre, el rey Afridonios se enfureció de una manera trágica; se levantó, se sentó, echó espuma, y dijo: “¿Es posible que mi hija, cuya mano se disputaban todos los reyes cristianos, haya llegado a ser una esclava entre las esclavas de un musulmán? ¿Es posible que se haya rendido a sus deseos y compartido su lecho sin contrato legal? ¡Por el Mesías! que he de tomar de ese cabalgador musulmán, no saciado de mujeres, una venganza que hará hablar al Oriente y al Occidente”.

“Y entonces fue cuando el rey Afridonios discurrió enviar embajadores a tu padre con ricos presentes, y hacerle creer que estaba en guerra contra nosotros, y pedirle socorro. Pero en realidad era para hacerte caer a ti, ¡oh Scharkán! y a tus diez mil jinetes en una emboscada.

“En cuanto a las tres gemas maravillosas poseedoras de tantas virtudes, existen realmente. Eran propiedad de Safía, y cayeron en manos de los piratas, y después en las de mi padre, que me las regaló. Y yo las tengo, y ya te las enseñaré. Pero por ahora lo más importante es que busques a tus jinetes y emprendas con ellos el camino de Bagdad, antes de caer en las redes del rey de Constantinia y antes de que os incomuniquen por completo”.

Al oír Scharkán estas palabras, cogió la mano de Abrizia y se la llevó a los labios. Y después dijo: “¡Loor a Alah y a las criaturas de Alah! ¡Loor al que te ha puesto en mi camino, para que seas causa de mi salvación y de la salvación de mis compañeros! Pero ¡oh deliciosa y caritativa reina! Yo no puedo separarme de ti después de cuanto ha pasado, y no permitiré que te quedes aquí sola, pues no sé lo que te puede ocurrir. ¡Ven, Abriza, vamos a Bagdad, donde estarás segura”.

Pero Abriza, que había tenido tiempo para reflexionar, le dijo: “¡Oh Scharkán! date prisa a marcharte. Apodérate de los enviados del rey Afridonios, que están en tus tiendas, oblígalos a confesar la verdad, y de este modo comprobarás mis palabras. Yo te alcanzaré antes de que hayan pasado tres días, y entraremos juntos en Bagdad”.

Después se levantó, se acercó a él, le cogió la cabeza con ambas manos, y le besó. Y Scharkán hizo lo mismo.

Y la reina lloraba lágrimas abundantes.

Y su llanto era capaz de derretir las piedras

Scharkán, al ver llorar aquellos ojos, se enterneció más todavía, y llorando recitó estas dos estrofas:

¡Me despedí de ella, y mi mano derecha enjugaba mis lágrimas, mientras que mi mano izquierda rodeaba su cuello!

Y me dijo, medrosa: “¿No temes comprometerte ante las mujeres de mi tribu?” Y le dije: “¡No lo temo! ¿Acaso el día de la despedida no es el de la traición de los enamorados?”

Y Scharkán se separó de Abriza, y salió del monasterio. Montó de nuevo en su corcel, cuyas bridas sujetaban dos jóvenes, y se fue. Pasó el puente de cadenas de acero, se internó entre los árboles de la selva, y acabó por llegar al claro situado en medio del bosque. Y apenas había llegado, vio tres jinetes frente a él, que habían detenido bruscamente el galopar de sus caballos. Y Scharkán sacó su rutilante espada, y se cubrió con ella, dispuesto al choque. Pero súbitamente los conoció y le reconocieron, pues
los tres jinetes eran el visir Dandán y los dos emires principales de su séquito. Entonces los tres jinetes se apearon rápidamente, y desearon respetuosamente la paz al príncipe Scharkán, y le expresaron toda la angustia que por su ausencia había sentido el ejército. Y Scharkán les contó la historia con todos sus detalles, desde el principio hasta el fin, y la próxima llegada de la reina Abriza, y la traición proyectada por los embajadores de Afridonios.

Y les dijo: “Es probable que se hayan aprovechado de vuestra ausencia para escaparse y avisar a su rey. Y ¡quién sabe si el ejército enemigo habrá destruido al nuestro! ¡Corramos, pues, junto a nuestros soldados!”

PRECUELA: ANTES DE QUE LA MADRE DE TODAS LAS CALAMIDADES ENTRE EN ESCENA (II)

HISTORIA DEL REY OMAR AL – NEMAN Y DE SUS DOS HIJOS SCHARKAN Y DAUL’MAKAN

                Schehrazada dijo al rey Schahriar:

          He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que hubo en la ciudad de Bagdad, después de reinar muchos califas, y antes de que reinaran otros muchos, un rey que se llamaba Omar Al-Nemán.

       

          Era formidable en poderío; había vencido a todos los Cosroes posibles y subyugado a todos los Césares imaginables. Tan ardiente era, que el fuego abrasador no le quemaba. Nadie le podía igualar en las luchas, ni en el campo de carreras. Si se enfurecía, despedían llamas centelleantes las ventanillas de su nariz. Había conquistado todas las comarcas y extendido su dominio por todos los pueblos y ciudades. Con ayuda de Alah había sometido a todas las criaturas y había llevado sus ejércitos victoriosos hasta las tierras más apartadas. Estaban bajo su soberanía el Oriente y el Occidente. Y entre otros países, la India, el Sindh, la China, el Yemen, el Hedjaz, la Abisinia, el Sudán, la Siria la Grecia y las provincias de Diarbekr, así como todas las islas del mar y cuantos ríos ilustres hay en la tierra, como Seihún y Djihán. el Nilo y el Éufrates.

          Había enviado correos a los límites más recónditos de la tierra, para ponerla al corriente de la verdad y notificarle su imperio. Y todos los correos habían regresado para anunciarle que el mundo entero le estaba sometido, y que todos los señores reconocían respetuosamente su supremacía. Y a todos había extendido los beneficios de su generosidad, y anegándolos en las olas de su magnánimo esplendor, había hecho reinar entre ellos la dulce concordia y la paz fecundadora, pues era magnánimo y de alma elevada en verdad.

          Así es que desde todas partes afluían hacia su trono los regalos y los presentes, así como todos los tributos de la tierra, a lo largo y a lo ancho del mundo. Porque era justo y amado en extremo.

          Ahora bien; el rey Omar Al-Nemán tenía un hijo llamado Scharkán. Y Scharkán se llamaba así porque se revelaba como un prodigio entre los prodigios de aquel tiempo, y sobrepujaba en valor a los héroes más animosos, derribados por él en los torneos. Manejaba maravillosamente la lanza, la espada y el carcaj. Por eso le quería su padre con amor sin igual, y lo designaba como sucesor suyo en el trono del reino. Y era cosa segura que, apenas llegado a la edad de hombre, aquel asombroso Scharkán, que sólo tenía veinte años, había visto, con ayuda de Alah, inclinarse todas las cabezas ante su gloria. Tal era su heroísmo y su temeridad, y tanto iluminaba con el esplendor de sus hazañas. Porque ya había tomado por asalto muchas plazas fuertes y ya había reducido muchas comarcas. Y al extender su fama por toda la superficie del universo, crecía sin cesar su poderío y su hermosa altivez.

          Pero el rey Omar Al-Nemán no tenía más hijo que Scharkán. Verdad es que tenía, como lo permiten el Libro Noble y la Sunnat, cuatro mujeres legítimas, pero sólo una de ellas había sido fecunda, y las otras tres habían resultado estériles. Y además de aquellas cuatro mujeres legítimas que habitaban en palacio, tenía el rey Omar trescientas sesenta concubinas, tantas como los días del año copto, y cada una de aquellas mujeres era de distinta raza. Había dado a cada una un aposento reservado e independiente, y estos aposentos estaban agrupados en doce edificios, tantos como los meses del año, construidos todos en el recinto del palacio. Y cada uno de estos edificios contenía treinta concubinas,
cada cual en su habitación, de modo que había trescientos sesenta aposentos reservados. Y el rey Omar, muy equitativo, había dedicado una noche del año a cada una de sus concubinas, de modo que se acostaba una sola noche con cada concubina, a la cual no volvía a ver hasta el año siguiente. Y no dejó de proceder de este modo durante un gran espacio de tiempo y durante toda su vida. Por eso era famoso por su sabiduría admirable y por su probada virilidad.

          Ahora bien; un día, con permiso del Ordenador de todas las cosas, una de las concubinas del rey Omar quedó embarazada, y su preñez fue conocida inmediatamente en todo el palacio. Llegó la noticia hasta el rey, que se alegró hasta el límite de la alegría, y exclamó muy dichoso: “¡Plegue a Alah que toda mi posteridad y toda mi descendencia se compongan sólo de hijos varones!” Después mandó inscribir en un registro la fecha de la preñez, y empezó a colmar a su concubina de toda clase de consideraciones y regalos.

            A todo esto, Scharkán, el hijo del rey …

    En aquel momento de su narración, Schehrazada vio aproximarse la mañana, y discretamente, aplazó su relato para el otro día.

(Pero como nosotros no somos discretos ni tenemos problema porque llegue la mañana, continuamos…)

PERO CUANDO LLEGO LA 45ª NOCHE
Ella dijo:

          A todo esto, Scharkán, el hijo del rey, se enteró del embarazo de la concubina, y experimentó una gran pena, sobre todo al pensar en que el recién llegado pudiera disputarle la sucesión al trono. Y resolvió suprimir al hijo de la concubina, en caso de que fuera varón. Esto en cuanto a Scharkán.

          Por lo que se refiere a la concubina, hay que decir que era una joven griega llamada Safía.

          Había sido enviada como presente al rey Omar por el rey de los griegos de Kaissaria (1) con gran cantidad de regalos magníficos. Entre todas las esclavas del palacio, era ciertamente la más hermosa por su rostro incomparable, la más esbelta de cintura y la más recia de muslos y de hombros. Además, estaba dotada de una inteligencia muy poco común y de cualidades extraordinarias. Durante las noches, que ahora pasaba el rey Omar con ella, sabía decirle palabras muy dulces, que le encantaban los sentidos y le halagaban mucho; palabras penetrantes, muy dulces y muy expresivas. Y no dejó de hacerlo así, hasta que llegó al término de su preñez. Entonces se sentó en la silla de las parturientas, y presa de dolores de parto, empezó a implorar a Alah devotamente. Y Alah la escuchó sin duda alguna y al momento.

(1) Acaso Cesárea de Capadocia.

          Por su parte, el rey Omar encargó a un eunuco que fuera a anunciarle sin demora el nacimiento de la criatura y su sexo. Y por su parte, Scharkán tampoco dejó de hacer el mismo encargo a otro eunuco. Apenas parió Safía, cuando las comadronas recogieron a la criatura y la examinaron, y habiendo visto que era una niña, se apresuraron a anunciárselo a todas las concurrentes y a los eunucos, clamando: “¡Es una niña! ¡Su rostro es más brillante que la luna!”

          Y el eunuco del rey corrió presuroso a referírselo a su amo.

          Y el eunuco de Scharkán corrió también a anunciar la noticia. Y Scharkán se alegró en extremo. 

    Pero apenas habían salido los eunucos, Safía dijo a las comadronas: “¡Aguardad! ¡Noto que mis entrañas contienen otra cosa!” Y empezó a exhalar nuevos lamentos y a sentir nuevos dolores de parto, y luego, con ayuda de Alah, acabó por parir un segundo hijo.

          Y las comadronas se inclinaron rápidamente y examinaron a la criatura; y era un varón que se parecía a la luna llena, con una frente que deslumbraba de blancura y unas mejillas como rosas floridas.

          Así se alegraron mucho las esclavas, las doncellas y todas las que estaban allí, y en cuanto parió Safía, todas las mujeres llenaron el palacio con sus gritos de alegría, gritos penetrantes que llegaban hasta la nota más aguda. Y de tal manera, que todas las demás concubinas lo oyeron y lo entendieron. Y todas adelgazaron de envidia y malestar. 

          En cuanto al rey Omar Al-Nemán, apenas hubo averiguado la noticia, dio gracias a Alah, y acudió al aposento de Safía, se acercó a ella, le cogió la cabeza con las manos y la besó en la frente. Después se inclinó hacia el recién nacido y lo besó, y en seguida todas las esclavas golpearon las panderetas, y las tañedoras de instrumentos pulsaron las cuerdas armoniosas, y las cantadoras entonaron cantos propios del caso.

        Hecho esto, mandó el rey que se llamase al recién nacido Daul’ makán (Luz del lugar) y a la niña Nozhatú-zamán. (Delicias del tiempo) Y todos se inclinaron para decir “Escucho y obedezco”. En seguido eligió las nodrizas y las sirvientas para los dos niños, así como las esclavas y doncellas. Y por último, mandó repartir entre toda la gente de palacio, vinos, bebidas, perfumes y tantas otras cosas, que la lengua sería incapaz de enumerarlas. Cuando los habitantes de Bagdad se enteraron del doble nacimiento, adornaron e iluminaron la ciudad e hicieron grandes demostraciones de regocijo.

          Después llegaron los emires, los visires y los grandes del reino, y presentaron sus homenajes y felicitaciones al rey Omar Al-Nemán por el nacimiento de su hijo Daul’makán y de su hija Nozhatúzamán. Y el rey les dio las gracias, y les regaló trajes de honor, y les colmó de favores y mercedes, y obsequió a todos los circunstantes con gran largueza, tanto a los notables como a la plebe. Y así siguió hasta que transcurrieron cuatro años. Y durante todo aquel tiempo no dejó pasar ni un solo día sin tener noticias de Safía y de los niños. Y no cesó de enviar a Safía gran cantidad de oro y plata, alhajas, orfebrería, vestidos, sedas y otras maravillas. Y tuvo buen cuidado de confiar la educación de los niños y su custodia a los más adictos y avisados de sus servidores. ¡Y esto fue todo!

          En cuanto a Scharkán, como andaba muy lejos guerreando y combatiendo, tomando ciudades, cubriéndose de gloria en las batallas y venciendo a los héroes más valerosos, no había sabido más que el nacimiento de su hermana Nozhatú-zamán. Pero el nacimiento de su hermano Daul’makán, ocurrido después de la salida del eunuco, nadie había pensado en comunicárselo.

        Un día entre los días, estando sentado en su trono el rey Omar Al-Nemán, entraron los chambelanes de palacio, besaron la tierra entre sus manos, y le dijeron: “¡Oh rey! he aquí que llegan enviados del rey Afridonios, soberano de los rumís y de Constantinia la Grande.’ Y solicitan ser recibidos por ti en audiencia y presentarte sus homenajes. De modo que si accedes les daremos entrada, y si no, tu negativa acallará sus réplicas”. Y el rey concedió el permiso.

          Cuando entraron los enviados, el rey los recibió con bondad, les mandó acercarse, les pidió noticias de su salud, y los interrogó acerca del motivo de su visita. Entonces besaron la tierra entre sus manos y dijeron:

          “¡Oh rey grande y venerable, de alma elevada e infinitamente generosa! sabe que el que hacia ti nos ha enviado es el rey Afridonios, señor del país de Grecia y de Jonia y de todos los ejércitos de las comarcas cristianas, y cuya residencia es el trono de Constantinia (Constantinopla).

          Nos encarga te avisemos que acaba de emprender una guerra terrible contra un tirano feroz, el rey Hardobios, dueño de Kaissaria.

          “La causa de esta guerra es la siguiente: un jefe de tribus árabes había encontrado, en un país recién conquistado, un tesoro de las edades remotas, del tiempo de El-Iskandar el de los Dos Cuernos.(1)

(1)Los árabes llaman así a Alejandro Magno, con motivo de su caballo Bucéfalo

          Este tesoro contenía riquezas incalculables, cuya evaluación nos sería imposible; pues, entre otras maravillas encerraba tres gemas tan gordas como huevos de avestruz, pedrerías sin tacha y sin defecto, y que rivalizan en belleza y en valor con todas las pedrerías de la tierra y del agua. Estas tres gemas preciosas están perforadas por el centro para enhebrarlas en un cordón y servir de collar. Tienen inscripciones misteriosas grabadas en caracteres jónicos, pero se sabe que llevan consigo numerosas virtudes, uno de cuyos menores efectos es preservar, a toda persona que se ponga una de ellas al cuello, de todas las enfermedades, y especialmente de calenturas e irritaciones.

          Los recién nacidos son los más sensibles a estas virtudes.

          “Por lo tanto, cuando el jefe árabe se dio cuenta de estos efectos maravillosos y sospechó las demás virtudes misteriosas, pensó que aquella era la mejor ocasión de granjearse la buena voluntad de nuestro rey Afridonios, y se dispuso inmediatamente a enviarle como regalo las tres gemas preciosas, así como una gran parte del tesoro. Mandó, pues, preparar dos naves, una cargada de riquezas, con las tres gemas preciosas destinadas como regalo a nuestro rey, y otra tripulada por hombres que iban como escolta de aquel precioso tesoro, para preservarlo de los ataques de ladrones o enemigos. Sin embargo, estaba seguro de que nadie se atrevería a atacarle, ni a él directamente ni a las cosas enviadas por él y destinadas a nuestro poderoso rey Afridonios, pues el camino que habían de seguir los navíos era por el mar, a cuyo extremo se encuentra Constantinia.

          “Por eso, apenas estuvieron dispuestos los dos navíos, zarparon y se dieron a la vela hacia nuestro país. Pero un día que habían fondeado en una rada, no lejos de nuestra tierra, los asaltaron súbitamente unos soldados griegos de nuestro vasallo el rey Hardobios de Kaissaria, y les arrebataron cuanto allí se había acumulado en riquezas, tesoros y cosas maravillosas, y entre éstas las tres gemas preciosas. Y después mataron a todos los hombres y se apoderaron de las naves.

          “Cuando tal acción llegó a conocimiento de nuestro rey, mandó inmediatamente contra el rey Hardobios un cuerpo de ejército que fue aniquilado. En seguida mandó otro, que fue aniquilado también. Entonces nuestro rey Afridonios se enfureció en extremo, y juró que se pondría personalmente al frente de todos sus ejércitos reunidos y no regresaría hasta haber destruido la ciudad de Kaissaria, asolando todo el reino de Hardobios y arruinando por completo todos los pueblos que de él dependieran.

          “Y ahora, ¡oh sultán lleno de gloria! venimos a reclamar tu auxilio y a solicitar tu eficaz y poderosa alianza. Y al ayudarnos con tus fuerzas y soldados, indudablemente has de acrecentar tu gloria e ilustrarte con nuevas hazañas”.

          “Y he aquí que nuestro rey nos ha cargado con pesados regalos de todas clases, como homenaje a tu generosidad, y te ruega con insistencia que le otorgues el favor de verlos con buenos ojos y aceptarlos con corazón magnánimo”.

     Dichas estas palabras, los enviados se callaron y se prosternaron y besaron la tierra entre las manos del rey Omar Al-Nemán.

          Y he aquí en qué consistían aquellos presentes del rey Afridonios, señor de Constantinia …

En este momento de su narración, Schehrazada vio apuntar la mañana, y se calló discretamente.

(Pero nosotros seguimos un poco más…)

PERO CUANDO LLEGO LA 46ª NOCHE
Ella dijo:

          Y he aquí en qué consistían aquellos presentes del rey Afridonios, señor de Contantinia:

          Había cincuenta muchachas vírgenes, bellas entre las más bellas de las hijas de Grecia. Había cincuenta muchachos, los mejor formados del país de los rumís, y cada uno de aquellos maravillosos jóvenes llevaba un ancho ropón de amplias mangas, todo de seda con dibujos de oro y figuras de colores, y un cinturón de oro con cinceladuras de plata, al cual iba unida una doble falda de brocado y terciopelo, y en las orejas un arete de oro con una perla redonda y blanca que valía más de mil dinares titulados de oro. Y por su parte, las muchachas llevaban también incalculables magnificencias.

          Así es que el rey Omar los aceptó muy complacido, y ordenó que se tratara a los embajadores con todas las consideraciones debidas. Y mandó reunir a los visires para saber su opinión acerca del socorro pedido por el rey Afridonios de Constantinia. Entonces, de entre los visires se levantó un anciano venerable, respetado por todos y asimismo amado por todos. Era el gran visir, llamado Dandán.

          Y el gran visir, llamado Dandán, dijo:

          “Cierto es, ¡oh sultán glorioso! que ese rey Afridonios, señor de Constantinia la Grande, es un cristiano, infiel a la ley de Alah y de su Profeta (¡sean con él la plegaria y la paz!), y que su pueblo es un pueblo de descreídos. Aquel contra el cual pide socorro, es también un infiel y un descreído. Así es que sus asuntos sólo a ellos les importan, y no pueden interesar ni conmover a los creyentes. Pero de todos modos, te invito a otorgar tu alianza al rey Afridonios y a enviarle un ejército, a cuya cabeza pondrás a tu hijo Sharkán, que precisamente acaba de volver de sus expediciones gloriosas. Y esta idea que te propongo es buena por dos razones: la primera, que el rey de los rumís, al enviarte sus embajadores con los regalos que aceptaste, te pide ayuda y protección; la segunda, que como no tenemos nada que temer de ese reyezuelo de Kaissaria, ayudando al rey Afridonios contra su enemigo obtendrás excelentes resultados y te considerarán como el verdadero vencedor. Y esta proeza será conocida de todos los países, y llegará hasta Occidente. Y entonces los reyes de Occidente solicitarán tu amistad y te enviarán portadores de numerosos regalos de todas clases y de presentes extraordinarios”.

          Cuando el sultán Omar Al-Nemán hubo oído las palabras de su gran visir Dandán, expresó un gran contento, las encontró muy dignas de aprobación, y le dio un ropón de honor, diciéndole: “¡Has nacido para ser inspirador y consejero de reyes! Por eso tu presencia es absolutamente necesaria al frente del ejército. En cuanto a mi hijo Scharkán, no mandará más que la retaguardia”.

          Y el rey mandó llamar en el acto a su hijo Scharkán, le dio cuenta de todo lo que había dicho a los enviados y había propuesto el gran visir Dandán, y le encargó que hiciera sus preparativos de marcha. Y también le encargó que no olvidara distribuir entre los soldados, con la largueza de siempre, las donaciones acostumbradas. Y que los eligiera uno por uno entre los mejores del ejército, formando un cuerpo de diez mil jinetes endurecidos por la guerra y las fatigas. Y Scharkán se sometió respetuosamente a las palabras de su padre Omar Al-Nemán.

          Después se levantó y fue a elegir diez mil jinetes entre los mejores. Repartió a manos llenas oro y riquezas, y les dijo: “¡Ahora os doy tres días completos de reposo y libertad!” Y los diez mil arrogantes jinetes, sumisos a su voluntad, besaron la tierra entre sus manos y salieron, colmados de largueza, a equiparse para la marcha.

          Scharkán fue entonces al salón donde estaban las arcas del Tesoro y el depósito de armas y municiones, y eligió las armas más hermosas, las nieladas de oro, con inscripciones de marfil y ébano. Y así escogió cuanto anhelaron su gusto y su preferencia. Marchó después a las caballerizas, donde se veían todos los caballos más bellos de Nedjed y de Arabia, cada uno de los cuales llevaba su genealogía sujeta al cuello en un saquito con labores de seda y oro adornado con una turquesa. Allí escogió los caballos de las razas más famosas, y para sí eligió un bayo oscuro, de piel lustrosa,
ojos a flor de cara, anchos cascos, cola soberbiamente alta y orejas finas como las de las gacelas. Este caballo se lo había regalado a Omar Al-Nemán el jeque de una poderosa tribu árabe, y era de raza seglauíjedrán.(Una de las más hermosas del Norte y centro de Arabia)

          Y transcurridos los tres días, se reunieron los soldados fuera de la población. Y el rey Omar Al- Nemán salió para despedirse de su hijo Scharkán y del gran visir Dandán. Y se acercó a Scharkán, que besó la tierra entre sus manos, y le hizo donación de siete arcas llenas de monedas, y le encargó que se aconsejase del sabio visir Dandán. Y Scharkán lo escuchó con respeto, y así se lo prometió a su padre. Entonces el rey se volvió hacia el visir Dandán, y le recomendó a su hijo Scharkán y a los soldados de Scharkán. Y el visir besó la tierra entre sus manos, y respondió: “Escucho y obedezco”.
Y Scharkán montó en su caballo seglauíjedrán, y mandó desfilar a los jefes de su ejército y a sus diez mil jinetes…  

CONTINÚA EN:

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ESTADOS, BANDERAS, NACIONES, MERCADOS Y pueblos

Dos pequeños poemas dedicados a todos los que nos llenan la cabeza hablando de “Estados” y “Naciones” y nos miran torcido cuando decimos “pueblos”

Tristes paños de colores,
jirones ensuciando la mañana,
brisa y rocío,
acero, plomo y sangre rancia.
–     –     –
Enhiestos, fálicos mástiles,
estandartes,
cuernos y orgullosos señores,
triste soberbia la de los tambores.
–     –     –
Campo estéril anegado,
arado sin trigo,
de vino tinto la amapola y el arroyo,
de marzo un almendro sin retoño.
–     –     –
Rojo Marte, negro luto,
lluvia de pavesas y llanto
de flores y colores,
de madera hueca envuelta en paños.

 

 

BANDERAS
 Blancas, verdes, rojas o gualdas,
Al cielo se elevan como áspides,
Ninguna ondea sin su viento.
Dominando vaguadas y oteros
Estiércol de un grillete preso,
Rugidos del señor de las espadas,
Adalides de papel, oro y sangre,
Servidoras del dios de los becerros.

APARECE EN ESCENA LA MADRE DE TODAS LAS CALAMIDADES (I)

RELATOS DE LAS MIL Y UNA NOCHES.

(NOTA: Los relatos son de un tiempo remoto y de una cultura diferente en muchos aspectos de la nuestra. En ocasiones determinados detalles pueden sobresaltar nuestra “elevada moral”. En tales momentos recordad lo dicho)

Y Scharkán montó en su caballo seglauíjedrán, y mandó desfilar a los jefes de su ejército y a sus diez mil jinetes. Después besó la mano del rey Omar Al-Nemán, y acompañado del visir Dandán, lanzó su corcel al galope. Y todos partieron entre los redobles de los tambores de guerra, al son de los pífanos y clarines. Por encima de ellos se desplegaban los estandartes y ondeaban al viento las banderas. Servían de guías los embajadores. Siguieron marchando durante todo el día, y después todo el siguiente, y otros más, y así durante veinte días. Y sólo se detenían de noche para descansar. Y llegaron a un valle cubierto de bosques y lleno de arroyos. Y como era de noche, Scharkán dio orden de acampar e hizo saber que el reposo duraría tres días. Y se apearon los jinetes, armaron las tiendas y se dispersaron por todas partes. Y el visir Dandán mandó colocar su tienda en el centro del valle, y junto a ella las de los enviados del rey Afridonios de Constantinia.

En cuanto a Scharkán, tan pronto como se dispersaron los soldados, mandó a sus guardias que lo dejaran solo y fueran adonde estaba el visir. Y después soltó las riendas a su corcel, pues quería recorrer el valle y poner en práctica los consejos de su padre el rey Omar, el cual le había encargado que tomase todas las precauciones al acercarse al país de los rumís, fueran amigos o enemigos. Y no dejó de galopar hasta que hubo transcurrido la cuarta parte de la noche. Entonces el sueño le cayó pesadamente sobre los párpados y se vio imposibilitado de galopar. Y como tenía la costumbre de dormir encima del caballo, dejó que el caballo anduviera al paso, y así se durmió.

El caballo siguió andando hasta media noche, llegó en medio de un bosque, se detuvo, y golpeó violentamente el suelo con el casco. Y Scharkán se despertó en medio de la selva, que estaba iluminada en aquel momento por la claridad de la luna. Se alarmó al encontrarse en aquel lugar desconocido y solitario, pero dijo en alta voz las palabras que vivifican: “¡No hay poder ni fuerza más que en Alah el Altísimo!” E inmediatamente se reconfortó su alma. Y ya no temía a las bestias feroces del bosque.

Y la luna milagrosa plateaba el claro del bosque, tan bello, que parecía arrancado del paraíso. Y Scharkán oyó, cerca de él, una voz deliciosa. Y risas. ¡Pero qué risas! Si las hubieran oído los humanos, habrían enloquecido por el deseo de beberlas en la misma boca y morir.

En seguida Scharkán saltó del caballo y se internó entre los árboles en busca de la voz. Y anduvo hasta las orillas de un río blanco, de aguas transparentes y cantoras. Y al canto del agua contestaban la voz de los pájaros, el lamento de las gacelas y el concierto hablado de todos los animales. Y juntos formaban un canto armonioso, lleno de esplendor. Y en el suelo se extendía el bordado de flores y plantas, como dice el poeta:

¡Sólo es bella la tierra ¡oh locura mía! cuando se tiñe con sus flores! ¡Sólo es bella el agua cuando se enlaza con las flores! ¡Una al lado de las otras!

¡Gloria al que creó la tierra, las flores y las aguas, y te puso en la tierra, ¡oh locura mía! cerca de las flores y del agua!

Y Scharkán vio en la orilla opuesta, iluminada por la Iuna, la fachada de un monasterio blanco con una alta torre que rasgaba los aires. Este monasterio bañaba su planta en las aguas del río. Frente a él se extendía una pradera en la que estaban sentadas diez esclavas blancas, rodeando a una joven. Y eran como lunas. Iban vestidas con trajes amplios y ligeros. Eran vírgenes, y reunían las maravillas de que habla el poeta:

¡He aquí que la pradera reluce! ¡Porque hay en ella blancas jóvenes de carne ingenua, jóvenes ingenuas y blancas de maravilloso resplandor! ¡Y la pradera tiembla y se estremece!

¡Hermosas y sobrenaturales jóvenes! Una cintura delgada y flexible. Un andar gallardo y melodioso. Y la pradera tiembla y se estremece.

¡Tendida la cabellera, que va desbordándose sobre el cuello como el racimo sobre la cepa! ¡Rubias o morenas, racimos rubios, racimos morenos! ¡Oh graciosas cabelleras!

¡Jóvenes atrayentes y seductoras! ¡Qué encanto el de vuestros ojos! La tentación de vuestros ojos, las flechas de vuestros ojos, hablan de mi muerte!

Y la joven a la que rodeaban las diez esclavas blancas, era la luna llena. Sus cejas se arqueaban espléndidamente; su frente era como la primera claridad de la mañana; sus párpados ostentaban la curva de sus pestañas de terciopelo, y su cabellera se anillaba en las sienes con rizos deliciosos. Era tan admirable como la pinta el poeta en estos versos:

Altiva me ha mirado, ¡pero qué miradas tan deliciosas! ¡Su cintura es recta y dura! ¡Lanzas rectas y duras, encorvaos contusas ante ella!

¡Se adelanta! ¡Hela aquí! ¡Mirad sus mejillas, las flores sonrosadas de sus mejillas! ¡Conozco su dulzura y todo su frescor!

¡Mirad el rizo negro de su cabello sobre el candor de su frente! ¡Es el ala de la noche que reposa en la serenidad de la mañana!

Y era aquella cuya voz había oído Scharkán. Y decía en árabe a las esclavas que estaban con ella: “¡Por el Mesías! Sois unas desvergonzadas; lo que hicisteis es una cosa mala y horrible. Si alguna lo vuelve a hacer, la ataré con el cinturón, y le azotaré las nalgas”. Después se echó a reír, y dijo: “¡Vamos a ver cuál de vosotras podrá vencerme en la lucha! ¡Las que quieran luchar que vengan antes de que se ponga la luna y aparezca la mañana!”

Y una de las jóvenes se levantó y quiso luchar con su ama, pero en seguida fue derribada al suelo; después la segunda, y la tercera, y todas las demás. Y cuando triunfó de todas las esclavas, salió súbitamente del bosque una vieja que, dirigiéndose al grupo, dijo: “¿piensas haber alcanzado un gran triunfo derribando a estas pobres muchachas que no tienen ninguna fuerza? Si verdaderamente sabes luchar, atrévete a luchar conmigo. ¡Soy vieja, pero todavía puedo ser maestra tuya! ¡Ven, pues!”

Pero la joven contuvo su furor, y dijo sonriendo a la vieja: “¡Oh respetable Madre de todas las Calamidades! ¡Por el Mesías! ¿Quieres realmente luchar conmigo, o sólo ha sido una broma?” La vieja respondió: “¡Nada de eso! ¡Mi desafío es formal!”
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

UN POETA COMUNISTA EN LA ALEMANIA NAZI

200px-Bertolt-BrechtEl título, probablemente, te haya traído hasta aquí, pero nuevamente se trata de una trampa. Bertolt Brecht es tan conocido por su oficio de poeta, como por el de dramaturgo. Por otra parte, cuando Hitler se hace con el poder en 1933, Brecht, su familia y amigos huyen de Berlín y, atravesando Praga, Viena y Zurich, llega a su exilio en Dinamarca. Posteriormente se trasladaría a Suecia y a Finlandia. En mayo de 1933 sus libros serían quemados públicamente por los nacionalsocialistas. Evidentemente, un poeta comunista era incompatible con una Alemania nazi.

Bertolt nació en 1898 en el seno de una familia burguesa. A lo largo de los años 20 viviría inmerso en la efervescencia cultural de Berlín. En este tiempo, Brecht estrena obras teatrales, alcanzando su mayor éxito con  La ópera de cuatro cuartos/La ópera de los tres centavos,  una obra en la que, a través de situaciones disparatadas, critica el orden burgués representándolo como una sociedad de delincuentes, prostitutas, vividores y mendigos. En esta época publica sus primeros poemarios en los que muestra un poderoso erotismo enfrentado con la moralidad y repleto, a su vez, de prostitutas y vagabundos. Es en estos años en los que se interesa por el comunismo y entra a formar parte del Partido Comunista.

200px-Cremer_Brecht_2006Durante su etapa de exilio, Bertolt alcanza, en sus obras, la madurez estética en la que, peleado con el ideal burgués en el que había nacido, buscaría siempre el compromiso entre fondo y forma, entre ideal y estética.

Al término de la 2ª Guerra Mundial, Bertolt Brecht regresaría a una Alemania dividida en la que, por órdenes de los aliados, tenía vedada la entrada en la República Federal (Alemania Occidental). Bertolt acabaría sus días en Berlín Este a los 58 años de edad.

Escrito en su tiempo de exilio, entre los años 1937 y 1938, Brecht nos habla de su Alemania en los versos que ahora comparto:

Catón de guerra alemán

  

PARA LOS DE ARRIBA

hablar de comida es bajo.

Y se comprende porque

ya han comido.

 

Los de abajo tienen que irse del mundo

sin saber lo que es

comer buena carne.

 

Para pensar de dónde vienen

y a dónde van,

en las noches hermosas

están demasiado cansados.

 

Todavía no han visto

el vasto mar y la montaña

cuando ya su tiempo ha pasado.

 

Si los que viven abajo

no piensan en la vida de abajo,

jamás subirán.

 

EL PAN DE LOS HAMBRIENTOS HA SIDO COMIDO

 

La carne ya ni se huele. En vano

se ha derramado el sudor del pueblo.

Los laureles

han sido talados.

 

De las chimeneas de las fábricas de municiones

sale humo.

 

EL PINTOR DE BROCHA GORDA HABLA DE GRANDES

TIEMPOS VENIDEROS

 

Los bosques crecen todavía.

Los campos son fértiles todavía.

Las ciudades están en pie todavía.

Los hombres respiran todavía.

 

EN EL CALENDARIO AÚN NO HA SIDO SEÑALADO EL DÍA

 

Todos los meses, todos los días

están libres aún. A uno de los días

le harán una cruz.

 

LOS TRABAJADORES GRITAN POR EL PAN

 

Los comerciantes gritan por los mercados.

Padecía hambre el parado. Ahora

padece hambre quien trabaja.

Las manos que colgaban inútiles vuelven a moverse:

tornean granadas.

 

LOS QUE ROBAN LA CARNE DE LA MESA

 

predican resignación.

Aquellos a los que están destinados los dones

exigen espíritu de sacrificio.

Los hartos hablan a los hambrientos

de los grandes tiempos que vendrán.

Los que llevan la nación al abismo

afirman que gobernar es demasiado dificil

para el hombre sencillo.

 

LOS DE ARRIBA DICEN: LA PAZ Y LA GUERRA

 

son de naturaleza distinta.

Pero su paz y su guerra

son como viento y tormenta.

La guerra nace de su paz

como el hijo de la madre.

Tiene

sus mismos rasgos terribles.

 

Su guerra mata

lo que sobrevive

a su paz.

 

CUANDO EL PINTOR DE BROCHA GORDA HABLA DE PAZ POR

LOS ALTAVOCES,

 

los trabajadores miran el grueso firme

de las autopistas que están haciendo,

y ven

que es para tanques pesados.

 

El pintor de brocha gorda habla de paz.

Irguiendo sus espaldas doloridas,

las grandes manos apoyadas en cañones,

le escuchan los fundidores.

 

Los pilotos de los bombarderos aminoran la marcha de los

motores

 

y oyen

hablar de paz al pintor de brocha gorda.

 

Los leñadores están a la escucha en los bosques silenciosos,

los campesinos dejan los arados y se llevan la mano a la oreja,

se detienen las mujeres que les llevan la comida:

hay un coche con altavoces en el campo de labor. Por ellos

se oye al pintor de brocha gorda exigir la paz.

 

CUANDO LOS DE ARRIBA HABLAN DE PAZ

 

el pueblo llano sabe

que habrá guerra.

 

Cuando los de arriba maldicen la guerra,

ya están escritas las hojas de movilización.

 

LOS DE ARRIBA

 

se han reunido en una sala.

Hombre de la calle:

abandona toda esperanza.

 

Los gobiernos

firman pactos de no agresión.

Hombre pequeño:

escribe tu testamento.

 

HOMBRE DE CHAQUETA RAÍDA:

 

en las fábricas textiles

están tejiendo para ti un capote

que nunca romperás.

 

Hombre que vas al trabajo caminando durante horas

con tus zapatos destrozados: el coche

que te están fabricando

llevará una coraza de hierro.

 

En tu hogar hace falta un envase de leche

y estás fundiendo una gran botella, fundidor,

que no será para leche. ¿Quién

beberá en ella?

 

ES DE NOCHE

 

Las parejas

van a la cama. Las mujeres jóvenes

parirán huérfanos.

 

EN EL MURO HABÍAN ESCRITO CON TIZA:

 

quieren la guerra.

Quien lo escribió

ya ha caído.

 

LOS DE ARRIBA DICEN:

 

éste es el camino de la gloria.

Los de abajo dicen:

éste es el camino de la tumba.

 

LA GUERRA QUE VENDRÁ

 

no es la primera. Hubo

otras guerras.

Al final de la última

hubo vencedores y vencidos.

 

Entre los vencidos, el pueblo llano

pasaba hambre. Entre los vencedores

el pueblo llano la pasaba también.

 

LOS DE ARRIBA DICEN: EN EL EJÉRCITO

 

todos somos iguales.

Por la cocina sabréis

si es verdad.

En los corazones

debe haber el mismo valor.

Pero en los platos hay

dos clases de rancho.

 

LOS TÉCNICOS ESTÁN

 

inclinados sobre las mesas de dibujo:

una cifra equivocada, y las ciudades del enemigo

se salvarán de la destrucción.

 

DE LAS BIBLIOTECAS

 

salen los asesinos.

Estrechando contra sí a los niños,

las madres vigilan el cielo con terror

a que aparezcan en él los descubrimientos de los sabios.

 

EN EL MOMENTO DE MARCHAR, MUCHOS NO SABEN

 

que su enemigo marcha al frente de ellos.

La voz que les manda

es la voz de su enemigo.

Quien habla del enemigo,

él mismo es enemigo.

 

GENERAL, TU TANQUE ES MÁS FUERTE QUE UN COCHE

 

Arrasa un bosque y aplasta a cien hombres.

Pero tiene un defecto:

necesita un conductor.

 

General, tu bombardero es poderoso.

Vuela más rápido que la tormenta y carga más que un elefante.

Pero tiene un defecto:

necesita un piloto.

 

General, el hombre es muy útil.

Puede volar y puede matar.

Pero tiene un defecto:

puede pensar.

 

CUANDO EMPIECE LA GUERRA,

 

quizá vuestros hermanos se transformen

hasta que no se reconozcan ya sus rostros.

Pero vosotros debéis seguir siendo los mismos.

 

Irán a la guerra, no

como a una matanza, sino

como a un trabajo serio. Todo

lo habrán olvidado.

Pero vosotros no debéis olvidar nada.

 

Os echarán aguardiente en la garganta,

como a los demás.

Pero vosotros debéis manteneros serenos.

 

EL FÜHRER OS DIRÁ: LA GUERRA

 

dura cuatro semanas. Cuando llegue el otoño

estaréis de vuelta. Pero

vendrá el otoño y pasará,

vendrá de nuevo y pasará muchas veces, y vosotros

no estaréis de vuelta.

El pintor de brocha gorda os dirá: las máquinas

lo harán todo por vosotros. Sólo unos pocos

tendrán que morir. Pero

moriréis a cientos de miles, nunca

se habrá visto morir a tantos hombres.

Cuando me digan que estáis en el Cabo Norte,

y en Italia, y en el Transvaal, sabré

dónde encontrar un día vuestras tumbas.

 

CUANDO EL TAMBOR EMPIECE SU GUERRA,

 

vosotros debéis continuar la vuestra.

Verá ante sí enemigos, pero,

al volverse, deberá ver también

enemigos detrás;

cuando empiece su guerra

no debe ver sino enemigos en torno.

Todo aquel que avance

empujado por los agentes de las S. S.,

debe avanzar contra él.

 

Las botas serán malas, pero aunque fueran

del mejor cuero, son sus enemigos

quienes deben marchar dentro de ellas.

Vuestro rancho será poco, pero aunque fuera abundante,

no os debe gustar.

Que los agentes de las S. S. no puedan dormir.

Que tengan que controlar arma a arma

para ver si están cargadas. Y que tengan que controlar

si controlan sus controladores.

Todo lo que vaya hacia él debe ser destruido, y todo

lo que venga de él, contra él hay que volverlo.

 

Valeroso será quien combata contra él.

Sabio será quien frustre sus planes.

Sólo quien le venza salvará a Alemania.

 

(1937-38)