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DUERO Y ROCAS

Sólo tus viejas rocas orilladas

guardan celosas ecos y susurros.

Ancladas en su historia sin futuro,

bostezan su sueño herido sin lágrimas.

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Tan ebrias, orgullosas y apocadas,

desoyen envidiosas el murmullo,

peregrino indolente y profundo,

húmedo verdugo de la guadaña.

–     –     –

De reojo te ven, siempre huyendo

al horizonte, al occidente eterno,

y al cielo desnudo rabiando claman.

–     –     –

Y sobre las rocas, mirando al Duero,

el cielo responde su azul silencio

y lo viste de luto, perla y nácar.

UN CAMINO DIFERENTE: Gerardo Diego y el río Duero

Si algo caracteriza a las guerras es la injusticia y el derramamiento de sangre. Cuando una guerra es Guerra Civil, el derramamiento de sangre y la injusticia enfrenta a hermano contra hermano.

Todas las guerras dejan heridas abiertas, pero cuando es una guerra civil las heridas tardan más en cicatrizar. Tal vez la herida más profunda sea la del miedo. Por el miedo, tal vez, de que se volvieran a abrir las viejas heridas, en este país, al llegar la Transición se optó por el borrón y cuenta nueva.

Podríamos discutir sobre la conveniencia o no de desenterrar la Memoria Histórica, sobre el punto de vista que se tiene desde el extranjero sobre nuestras decisiones políticas al respecto. Podríamos, pero no, he venido a hablar de mi libro, señorita…

¡Ay! pues no, ni soy Francisco Umbral (que ya descansa), ni tengo libro, tendré que hablar de alguien.

Al finalizar la guerra, las consecuencias fueron terribles. Un país arruinado, hambriento, enfrentado, desorientado. Ninguna posibilidad de ayuda foránea, ya que Europa y el resto del mundo comenzaban entonces su guerra. Muertos aquí, allí, en todos los bandos (más en unos que en otros), en todas las cunetas. Muertos anónimos y muertos con apellidos. Muertos poetas y muertos labriegos. Y otros muchos, que aunque no murieron, hicieron las maletas y llevaron su obra al exilio.

No fue el caso de Gerardo Diego. Perteneciente a la Generación del 27 como los fallecidos Lorca y Hernández, o el exiliado Rafael Alberti, Gerardo Diego regresó a España. Al estallar la guerra se encontraba de vacaciones en Francia, y al contrario que la gran maýoría de los intelectuales del país, Gerardo Diego apoyó la sublevación militar y al bando nacional.

Suyo es este romance dedicado a la ciudad que habito (Zamora) y a su río Duero:

RÍO DUERO, RÍO DUERO

–     –     –

Río Duero, río Duero,
nadie a acompañarte baja,
nadie se detiene a oír
tu eterna estrofa de agua.

–     –     –

Indiferente o cobarde
la ciudad vuelve la espalda.
No quiere ver en tu espejo
su muralla desdentada.

–     –     –

Tú, viejo Duero, sonríes
entre tus barbas de plata,
moliendo con tus romances
las cosechas mal logradas.

–     –     –

Y entre los santos de piedra
y los álamos de magia
pasas llevando en tus ondas
palabras de amor, palabras.

–     –     –

Quién pudiera como tú,
a la vez quieto y en marcha
cantar siempre el mismo verso
pero con distinta agua.

–     –     –

Río Duero, río Duero,
nadie a estar contigo baja,
ya nadie quiere atender
tu eterna estrofa olvidada

–     –     –

sino los enamorados
que preguntan por sus almas
y siembran en tus espumas
palabras de amor, palabras.