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LA SUPERACIÓN DE SÍ MISMO

El título puede sugerir que vamos a hablar de los libros de autoayuda, de psicología peatonal rayando con cartas astrológicas y barajas de tarot, o incluso de la moda mucho más moderna del “coaching”, en la que se nos “enseña” a ser feliz encontrando el sentido de nuestra vida en la competitividad capitalista del neoliberalismo.

Pues no, he desempolvado nuevamente a Nietzsche. He tomado el plumero y luego he abierto las páginas de “Así habló Zarathustra”. Esto es lo que nos cuenta, y no es poco, en este texto se juntan muchos de sus pensamientos fundamentales:

DE LA SUPERACIÓN DE SÍ MISMO

«Voluntad de verdad»: ¿es así como llamáis vosotros, los más sabios, a cuanto os impulsa e inflama?

Voluntad de volver pensable todo lo que existe: ¡así llamo yo a vuestra voluntad!

Queréis hacer pensable cuanto existe: pues, con justificada desconfianza, dudáis de que sea ya pensable.

Mas todo lo existente debe amoldarse y plegarse a vosotros: ¡así lo decreta vuestra voluntad! Debe allanarse y someterse al espíritu, como espejo e imagen reflejada de éste.

¡Así es vuestra voluntad, sapientísimos, una voluntad de poder! Hasta cuando habláis del bien y del mal, y de las valoraciones.

Queréis crear un mundo ante el que podáis arrodillaros: ésa es vuestra última esperanza y vuestra última embriaguez.

Los no sabios, ciertamente, el pueblo, son como el río sobre el que navega una barca: y en la barca se asientan solemnes y embozadas las tablas de valores.

Sobre el río del devenir habéis colocado vuestra voluntad y vuestros valores: lo que es creído por el pueblo como bueno y como malo me revela a mí una vieja voluntad de poder.

¡Oh, hombres sapientísimos! Vosotros sois quienes colocasteis tales pasajeros en la barquilla, y quienes les disteis pompas y nombres vanidosos. ¡Sí, vosotros, y vuestra voluntad de dominio!

Ahora el río lleva vuestra barca: tiene que llevarla. Poco importa que la ola rota espumee y se oponga encolerizada a la quilla.

¡Oh, sapientísimos, no es el río vuestro peligro y el término de vuestro bien y vuestro mal, sino aquella misma voluntad, la voluntad de poder, la inagotable y fecunda voluntad de vida!

Mas para que comprendáis mi palabra sobre el bien y el mal, voy a deciros mi palabra sobre la vida, y sobre la especie de todo cuanto tiene vida.

Yo he seguido las huellas de lo que vive, he recorrido los caminos más grandes y los más pequeños para conocer su especie.

En un espejo de cien facetas he captado su mirada cuando estaba cerrada su boca, a fin de que fuesen sus ojos los que me hablaran. Y sus ojos me han hablado.

Allá donde encontré seres vivos, allí también oí hablar de obediencia, todo ser con vida es obediente.

Y esto es lo segundo: sólo se manda a quien no sabe obedecerse a sí mismo. Así es la especie de los seres vivos.

Mas esto es lo tercero que oí: Mandar es más difícil que obedecer. Y no sólo porque quien manda ha de soportar el peso de quienes obedecen , un peso que fácilmente le aplasta.

En todo mandar he visto siempre un ensayo y un riesgo. Siempre que el ser vivo manda, se arriesga a sí mismo.

Y aun cuando se manda así mismo, tiene que expiar su mandar: tiene que ser juez, y vengador, y víctima de su propia ley.

¿Cómo puede ocurrir así?, me preguntaba. ¿Qué es lo que induce a los seres vivos a obedecer, y a mandar, y a ser obedientes aun mandando?

¡Escuchad, pues, mi palabra, sapientísimos! Examinad con seriedad si he profundizado hasta el corazón de la vida, hasta las raíces mismas de su corazón.

Donde divisé un ser vivo, allí encontré también voluntad de poder: e incluso en la voluntad del siervo encontré la voluntad de ser señor.

Servir al más fuerte, a eso persuade al más débil su voluntad, que quiere ser señora de lo que es más débil todavía: tal es el único goce del que no quiere privarse.

Y así como el menor se entrega al mayor, para dominar y disfrutar de poder sobre el mínimo, así también el mayor se entrega y arriesga la vida por amor al poder.

Tal es la entrega del más fuerte: ser temeridad y riesgo, y un juego de dados con la muerte.

Donde existen sacrificio y servicios, y miradas de amor, allí hay también voluntad de dominio. Por caminos tortuosos se introduce el débil enel fortín, hasta el corazón del poderoso – y le roba el poder.

Este secreto me ha revelado la vida: «Mira -me vino a decir-, yo soy lo que siempre debe superarse a sí mismo.»

Vosotros llamáis a eso voluntad de engendrar, o instinto de los fines, de algo más alto, más alejado, más diverso: pero todo eso es una sola y misma realidad, un único misterio.

Prefiero hundirme en mi ocaso y renunciar a esa única cosa: en verdad, donde haya ocaso y otoño, allí la vida se inmola a sí misma -¡por el poder!

¡Yo tengo que ser combate y devenir, y finalidad, y contradicción de los fines!¡Ay, quien comprenda mi voluntad comprenderá también las sendas tortuosas por las que tengo que caminar!

Cualesquiera cosas que yo crea, y las ame como las ame, pronto tendré que ser su adversario, y el adversario de mi amor: así lo quiere mi voluntad.

Y también tú, hombre del conocimiento, no eres sino un sendero y una huella de mi voluntad: ¡en verdad, mi voluntad de poder sigue igualmente las huellas de tu voluntad de verdad!

No hadado ciertamente en el banco de la verdad quien contra ella lanzó la frase «voluntad de existir»: ¡tal voluntad no existe!

Lo que no existe no puede querer; y lo que está en la existencia, ¿cómo habría de apetecer lo que ya tiene?

Solamente hay voluntad allí donde hay vida: pero no voluntad de vida, sino -tal es mi doctrina- ¡voluntad de poder!

Muchas cosas tiene el viviente en mayor aprecio que su propia vida. Mas en su propio apreciar habla -¡la voluntad de poder!

Eso me enseñó la vida, y por eso resuelvo yo, oh, sabios, hasta el enigma de vuestros corazones.

En verdad os digo, no existen un bien ni un mal imperecederos. Tienen que superarse a sí mismos por sí mismos siempre de nuevo.

Con vuestros valores, con vuestras palabras sobre el bien y el mal, vosotros, los valoradores, ejercéis la violencia, y ése es vuestro oculto amor, el esplendor, la emoción, el desbordamiento de vuestra alma.

Mas de vuestros valores brota una violencia más fuerte y una renovada superación: al chocar con ella se rompen el huevo y la cáscara.

Y quien quiere ser un creador en el bien y en el mal, ése ha de ser primero un destructor, y quebrantar valores.

Así, para realizar el mayor bien hay que cometer el mayor mal: ésa es la bondad creadora.

Hablemos de esto, sapientísimos, aunque haga daño. Peor es callar: todas las verdades calladas se vuelven venenosas.

¡Y rompamos todo aquello que podamos romper a nuestras verdades! ¡Hay aún muchas cosas por edificar!

Así habló Zarathustra.

DE LA CHUSMA

DE LA CHUSMA

(De “Así habló Zarathustra” de Friedrich Nietzsche)

La vida es un manantial de placer; pero donde la chusma va a beber con los demás, allí todos los pozos quedan envenenados.

Por todo lo limpio siento inclinación; pero no soporto ver los hocicos de mofa y la sed
de los impuros.

Han lanzado sus ojos al fondo del pozo: ahora me sube del pozo el reflejo de su repugnante sonrisa.
El agua santa la han envenenado con su lascivia; y como llamaron placer a sus sucios sueños, han envenenado incluso las palabras.

Se enfada la llama cuando ellos ponen al fuego sus húmedos corazones; también el espíritu borbotea y humea cuando la chusma se acerca al fuego.

Dulzona y excesivamente blanda se pone en su mano la fruta: al árbol frutal su mirada lo vuelve fácil de desgajar por el viento y le seca el ramaje.

Y más de uno que se apartó de la vida, se apartó tan sólo de la chusma: no quería compartir pozo y llama y fruta con la chusma.

Y más de uno que se marchó al desierto y padeció sed con los animales rapaces, únicamente quería no sentarse con camelleros sucios en torno a la cisterna.

Y más de uno que vino como aniquilador y como granizada para todos los campos de
frutos, sólo quería meter su pie en la boca de la chusma y así tapar su gaznate.

Y el bocado que más se me ha atragantado no es saber que la vida misma necesita enemistad y muerte y cruces de tortura: -Sino que una vez pregunté, y casi me asfixié con mi pregunta: ¿Cómo? ¿La vida tiene necesidad también de la chusma? ¿Se necesitan pozos envenenados, y fuegos malolientes, y sueños ensuciados, y gusanos en el pan de la vida?

¡No mi odio, sino mi náusea es la que se ha cebado insaciablemente en mi vida! ¡Ay, a menudo me cansé del espíritu cuando encontré que también la chusma es rica de espíritu!

Y a los que dominan les di la espalda cuando vi lo que ellos llaman ahora dominar: chalanear y regatear por el poder – ¡con la chusma!

Entre pueblos de lengua extraña he habitado con los oídos cerrados: para que la lengua
de su chalaneo permaneciese extraña a mí, y su regatear por el poder.

Y tapándome la nariz he pasado con disgusto a través de todo ayer y todo hoy: ¡en verdad, todo ayer y todo hoy hiede a chusma que escribe!

Igual que un lisiado que se hubiera quedado sordo y ciego y mudo: así viví yo largo
tiempo, para no vivir con la chusma del poder, de la pluma y de los placeres.

Fatigosamente subía escaleras mi espíritu, y con cautela; limosnas de placer fueron su alivio; apoyada en el bastón se arrastraba la vida para el ciego.

¿Qué me ocurrió, sin embargo? ¿Cómo me redimí de la náusea? ¿Quién rejuveneció
mis ojos? ¿Cómo volé hasta la altura en la que ninguna chusma se sienta ya junto al pozo? ¿Mi propia náusea me proporcionó alas y me dio fuerzas que presienten las fuentes?

¡En verdad, hasta lo más alto tuve que volar para reencontrar el manantial del placer!

¡Oh, lo encontré, hermanos míos! ¡Aquí en lo más alto brota para mí el manantial del
placer! ¡Y hay una vida de la cual no bebe la chusma con los demás!

¡Casi demasiado violenta resulta tu corriente para mí, fuente del placer! ¡Y a menudo
has vaciado de nuevo la copa queriendo llenarla!

Y todavía tengo que aprender a acercarme a ti con mayor modestia: con demasiada violencia corre aún mi corazón a tu encuentro:

-Mi corazón, sobre el que arde mi verano, el breve, ardiente, melancólico, sobrebienaventurado: ¡cómo apetece mi corazón estival tu frescura!
¡Disipada se halla la titubeante tribulación de mi primavera! ¡Pasada está la maldad de mis copos de nieve de junio! ¡En verano me he transformado enteramente y en mediodía de verano!

Un verano en lo más alto, con fuentes frías y silencio bienaventurado: ¡oh, venid, amigos míos, para que el silencio resulte aún más bienaventurado!

Pues ésta es nuestra altura y nuestra patria: en un lugar demasiado alto y abrupto habitamos nosotros aquí para todos los impuros y para su sed.

¡Lanzad vuestros ojos puros en el manantial de mi placer, amigos míos! ¡Cómo habría él de enturbiarse por ello! ¡En respuesta os reirá con su pureza!

En el árbol Futuro construimos nosotros nuestro nido; ¡águilas deben traernos en sus
picos alimento a nosotros los solitarios!

¡En verdad, no un alimento del que también a los impuros les esté permitido comer! ¡Fuego creerían devorar y se abrasarían los hocicos!

¡En verdad, aquí no tenemos preparadas moradas para impuros! ¡Una caverna de hielo significaría para sus cuerpos nuestra felicidad, y para sus espíritus!

Y cual vientos fuertes queremos vivir por encima de ellos, vecinos de las águilas, vecinos de la nieve, vecinos del sol: así es como viven los vientos fuertes.

E igual que un viento quiero yo soplar todavía alguna vez entre ellos, y con mi espíritu cortar la respiración a su espíritu: así lo quiere mi futuro.

En verdad, un viento fuerte es Zaratustra para todas las hondonadas; y este consejo da a sus enemigos y a todo lo que esputa y escupe:

«¡Guardaos de escupir contra el viento!

Así habló Zaratustra.

LA VERDAD DE LA SANGRE

Muchas veces la confusión se cierne sobre aquellos que piensan acercarse a la obra de F. Nietzsche. La confusión, la falaz identificación de su filosofía con la Alemania nazi, con la violencia, con el fascismo. Si alguien se acerca a este blog buscando “sangre”, se equivocó, aquí no la hay. 

Ya en una entrega anterior 

http://lascosasdeunciempies.com/2011/11/20/de-las-moscas-del-mercado/ 

podíamos apreciar una frase que marcaba la gran distancia, no sólo temporal, sino también conceptual,  con tales “ismos”.

Y es que, así como “La verdad nunca se colgó del brazo de un incondicional”, “la sangre es el peor testimonio de la verdad: la sangre envenena hasta la doctrina más pura, la trueca en ilusión y odio de los corazones”.

DE LOS SACERDOTES

Cierta vez Zarathustra hizo seña a sus discípulos, y les habló así:

«Ahí hay sacerdotes. Aun cuando sean mis enemigos, pasad por su vera en silencio, con las espadas dormidas. También entre ellos hay héroes. Muchos de ellos han sufrido demasiado. – Por eso quieren hacer sufrir a otros.

Son enemigos malos. Nada hay más vengativo que su humildad: fácilmente se mancha quien les ataca. Mas mi sangre es parienta de la suya; y hasta en la suya quiero que sea honrada mi sangre.»

Y cuando hubieron pasado a su lado, a Zarathustra le embargó la tristeza; después de haber luchado algún tiempo con su dolor, habló así:

«Estos sacerdotes me dan lástima; y también me repugnan: si bien esto es para mí lo menos, desde que vivo entre los hombres.

Pero yo sufro y he sufrido con ellos. Réprobos y cautivos son para mí. Aquel a quien llaman ellos su Redentor les ha cargado de cadenas. ¡De cadenas de valores falsos, y de palabras ilusorias! ¡Ah, quién pudiera redimirles de su redenor!

En otro tiempo creyeron llegar a una isla, cuando el mar les arrojaba lejos: pero se trataba de un monstruo dormido.

Valores falsos y palabras ilusorias: ésos son los monstruos peores para los mortales. La fatalidad duerme y aguarda en ellos largo tiempo. Mas al fin llega, despierta y devora aquello que construyó cabañas sobre ella.

¡Mirad las cabañas que se han construido los sacerdotes! Iglesias llaman a sus antros de empalagoso aroma.

¡Qué luz tan falsa la suya, qué aire con olor a moho! ¡Ahí no es lícito al alma subir volando hasta su propia altura!

Pues su fe les exhorta: “¡Subid las escaleras de rodillas, pecadores!”

En verdad, prefiero ver a un hombre sin pudor, antes que los ojos torcidos de ese pudor y esa devoción.

¿Quién creó para sí tales antros y escaleras de mortificación? ¿No sería alguien que quería esconderse y se avergonzaba del cielo puro?

Y sólo cuando el cielo puro mire de nuevo, a través de las bóvedas derruidas, y llegue hasta las hierbas y la roja amapola crecida entre las grietas -sólo entonces querré yo volver mi corazón hacia las moradas de ese dios.

Ellos llamaron Dios a cuanto les contrariaba o causaba dolor: y en verdad, su devoción tuvo mucho de heroísmo.

¡Y no supieron amar a su Dios como no fuera crucificando al hombre!

Como cadáveres quisieron vivir, y amortajaron de negro su propio cadáver: hasta en sus discursos percibo el hedor de las cámaras mortuorias.

Quien vive cerca de ellos vive cerca de negros estanques, y desde éstos el sapo, melancólico, entona sus canciones.

PAra que yo aprendiese a creer en su redentor tendrían que cantarme mejores canciones; y sus discípulos tendrían que parecerme más redimidos.

Desnudos querría vrles, pues solamente la belleza debería predicar penitencia. Mas ¿a quién persuade esa tribulación embozada?

¡En verdad, sus mismos redentores no vinieron de la libertad, ni del séptimo cielo de la libertad! ¡En verdad, no caminaron nunca sobre las alfombras del conocimiento!

De huecos estaba constituido el espíritu de tales redentores. En cada hueco colocaron su quimera, su tapahuecos, al que llamaban Dios.

En su piedad se había ahogado su espíritu, y cuando se henchían y desbordaban de piedad, siempre sobrenadaba en la superficie una gran tontería.

Con celo y griterío conducían su rebaño, por su propia vereda. ¡Como si no existiera más que una vereda que condujera hacia el futuro! En verdad, también esos pastores formaban parte de las ovejas.

Espíritus enanos y almas voluminosas tenían esos pastores; pero, hermanos, ¡cuán diminutos países han sido hasta ahora las almas más voluminosas!

En los senderos que recorrieron escribieron signos de sangre. ¡Y su tontería predicaba que la verdad se demuestra con sangre!

Mas la sangre es el peor testimonio de la verdad: la sangre envenena hasta la doctrina más pura, la trueca en ilusión y odio de los corazones.

Y si alguien entra en la hoguera por defender su doctrina, ¿qué prueba eso? ¡Mejor es que del propio incendio salga la propia doctrina!

Corazón ardiente y cabeza fría: cuando coinciden surge el torbellino, el “redentor”.

¡Ha habido en verdad hombres más grandes y de más alta cuna que esos denominados redentores por el pueblo; esos vientos arrebatadores y violentos!

¡Hermanos míos, si queréis hallar el camino hacia la libertad, tendréis que ser redimidos por hombres más grandes que todos los redentores!

Aún no ha llegado el Superhombre. Mas ya he visto desnudos a los dos hombres, el más grande y el más diminuto.

Aún se parecen demasiado los dos. En verdad, al más grande le hallé todavía -¡demasiado humano!»

Así habló Zarathustra.

¿QUÉ FUE DE ZARATHUSTRA?

Os preguntaréis preguntareis como yo ¿Qué fue de Zarathustra? ¿Por qué el ciempiés no se cansaba de hablar y hablar sobre Zarathustra y Nietzsche y ahora nos viene con cosmos y estrellas? ¿Tal vez se haya apartado al fin del huraño profeta? ¿Habrá abandonado el viejo libro apolillado en un rincón ignoto de la Biblioteca? ¿Habrá quedado la mesilla de la habitación expedita?

No. Zarathustra, cansado de este mundo, marchó a la montaña. Zarathustra quiso dejarnos a nuestro albedrío para que creciéramos, nos conociéramos y nos apartáramos de sus palabras.

[…]Zarathustra calló, como aquel que aún no ha dicho su última palabra. Largo rato permaneció perplejo, sosteniendo con su mano el bastón. Por fin, con la voz nuevamente transformada, habló y dijo:

«Ahora partiré yo solo, queridos discípulos. Y vosotros también partiréis solos. Así lo quiero.

En verdad, éste es mi consejo: ¡Alejaos de mí, y precaveos contra Zarathustra! Mejor aún: ¡Avergonzaos de él! Tal vez os engañó.

El hombre de conocimiento no sólo tiene que saber amar a sus enemigos: tiene además que saber odiar a sus amigos.

Mal se paga al maestro si se permanece siempre discípulo. ¿Por qué no vais a deshojar vosotros mi corona?

Vosotros me veneráis, mas, ¿qué ocurrirá si vuestra veneración se derrumba? ¡Cuidad de que no os aplaste mi estatua!

¿Decís que creéis en Zarathustra? Sin embargo, ¡qué importa Zarathustra! ¿Vosotros sois mis creyentes? No obstante, ¡qué importan los creyentes todos!

Me hallasteis cuando aún no os habíais buscado a vosotros mismos. Así les ocurre a todos los creyentes: por eso es la fe tan poquita cosa.

Ahora os ordeno que me perdáis a mí y os encontréis a vosotros; y solamente cuando hayáis renegado todos de mí, solamente entonces volveré entre vosotros.

En verdad, con otros ojos, hermanos míos, buscaré yo entonces a mis ovejas perdidas; y entonces os amaré con otro amor.

Día llegará en que seáis amigos míos e hijos de una única esperanza. Entonces quiero estar a vuestra vera, por tercera vez, a fin de festejar con vosotros el gran mediodía.

Y el gran mediodía es la hora en que el hombre se halla a mitad de su camino, entre la bestia y el Superhombre, y canta como a su nuevo camino el sendero hacia el atardecer, como su más alta esperanza: pues es el camino hacia una nueva aurora.

Entonces el que se hunde en su ocaso se bendecirá a sí mismo, por ser uno que pasa al otro lado; y el sol de su conocimiento brillará para él en el mediodía.

¡Los dioses han muerto, y ahora queremos que viva el Superhombre! Sea ésta alguna vez, llegado el gran mediodía, nuestra voluntad prostrera.»

Así habló Zarathustra.

[Fragmento de “De la virtud dadivosa” en “Así habló Zarathustra” de F. Nietzsche]

Zarathustra volvió a continuación a la montaña y a la soledad de su cueva, y se apartó de los hombres: como el sembrador que ha lanzado ya su semilla, y espera. Mas pronto su alma se llenó de impaciencia y deseo de aquellos a quienes amaba: pues aún tenía muchas cosas que darles. Esto es, en efecto, lo más difícil: cerrar por amor la mano antes abierta, y conservar el pudor de hacer regalos.

Así transcurrieron para el solitario meses y años; mas su sabiduría crecía y le hacía sufrir con su creciente abundancia.

Una mañana se despertó antes de la aurora, estuvo meditando largo tiempo en su lecho, y al fin habló así a su corazón: 

[Continuará]

[Fragmento de “El niño del espejo” en “Así habló Zarathustra” de F. Nietzsche]

Os adelanto: Zarathustra abandonará la cueva y bajará de la montaña.

DEL CAMINO DEL CREADOR

De “Así habló Zarathustra” de F.Nietzsche.

Hermano mío, ¿quieres marchar a la soledad? ¿Quieres buscar la senda que conduce a ti mismo? Detente un poco, y escúchame.

«El que busca, con facilidad se pierde a sí mismo. Todo aislamiento es culpable», así habla el rebaño. Y tú has venido formando parte del rebaño durante mucho tiempo.

La voz del rebaño retumba todavía en tus oídos. Y dices: «Yo ya no tengo la misma conciencia que vosotros»; mas esas palabras son queja y dolor.

Mira: aquella conciencia única engendró también ese dolor; y en tu aflicción brilla aún el último destello de esa conciencia.

Mas ¿quieres seguir la senda de tu aflicción, el camino que te conduce hacia ti mismo? ¡Muéstrame tu derecho y tus fuerzas p¡ara hacerlo!

¿Eres  tú una nueva fuerza y un nuevo derecho?, ¿un primer movimiento?, ¿una rueda que gira por sí misma? ¿Puedes obligar a las estrellas a que giren a tu alrededor?

¡Ay, existe tanta ansia de elevarse! ¡Existen tantas convulsiones de codicia! ¡Muéstrame que no eres un ambicioso ni un codicioso!

¡Ay, existen tantos grandes pensamientos que hacen el oficio de fuelles: inflan y se quedan más vacíos!

¿Te llamas libre? Quiero que me digas tu pensamiento dominante, y no simplemente que has escapado de un determinado yugo.

¿Eres alguien con derecho a escapar de algún yugo? Pues no faltan quienes perdieron su último valor al escapar de su servidumbre.

¿Libre de qué? ¡Qué importa eso a Zarathustra! Tus ojos deben decirme claramente: libre, ¿para qué?

¿Puedes fijar para ti mismo tu bien y tu mal, y suspender sobre ti tu voluntad propia, como una ley? ¿Puedes ser juez de ti mismo y vengador de tu ley?

Terrible cosa es estar a solas con el juez y con el vengador de la propia ley. Así es arrojada una estrella al solitario espacio sideral y al soplo helado de la soledad.

Hoy te atormenta aún la muchedumbre, a ti, que eres uno solo, hoy conservas aún tu valor y tus esperanzas.

Mas alguna vez la soledad te fatigará, alguna vez fallará tu orgullo, y tu valor rechinará los dientes. Ese día gritarás: «¡Estoy solo!»

Un día dejarás de ver tu altura, y contemplarás demasiado cerca tu bajeza: tu misma elevación te hará temblar como un espectro, y gritará: «¡Todo es falso!»

Sentimientos hay que quieren matar al solitario: cuando no lo consiguen, ellos mismos tienen que morir. Mas ¿eres tú capaz de ser asesino?

¿Conoces ya, hermano mío, el sentido de la palabra desprecio? ¿Sabes lo que tiene que sufrir tu justicia, al ser justo con los que te desprecian?

Tú fuerzas a muchos a cambiar de opinión acerca de ti, y ellos te lo hacen pagar caro. Pasaste cerca de ellos y no te detuviste: jamás te lo perdonarán.

Tú caminas por encima de ellos; pero cuanto más alto subes, tanto más pequeño te ven los ojos de la envidia. El más odiado de todos es el que vuela.

«¿Cómo vais a hacerme justicia? -tienes que decir-.Elijo para mí vuestra injusticia, como la parte que me cupo en suerte.»

Contra el solitario arrojan basuras e injusticia. Mas tú, hermano mío, ¡si quieres ser estrella no tienes que iluminarles menos por eso!

Y ¡guárdate de los buenos y los justos! Con gusto crucificarían a quien se crea sus propias virtudes.- Odian al solitario.

¡Guárdate igualmente de la santa simplicidad! Para ella, no es santo lo que no es simple; también le gusta jugar con fuego – con el fuego de las hogueras para quemar hombres.

¡Líbrate también de tus mismos impulsos de amor! Con excesiva rapidez tiende la mano el solitario a aquel con quien se encuentra. Y existen muchos hombres a quienes no deberías dar la mano, sino la pata; y bueno sería que tu pata tuviera garras.

Pero el peor de los enemigos con quien puedes topar eres tú mismo: a ti mismo te acechas tú, en las cavernas y en los bosques.

¡Oh, solitario, tú recorres el camino que conduce hacia ti mismo! Y ese camino pasa junto a ti mismo y a tus siete demonios.

Para ti mismo llegarás a ser un hereje, y una bruja, y un hechicero, y un loco, y un incrédulo, y un impío, y un malvado.

 

Tienes que querer consumirte en tus propias llamas. Sin antes haberte reducido a cenizas, ¿cómo renovarías tu ser?

¡Solitario, tú sigues el camino del creador! ¡Con tus siete demonios quieres crearte un dios!

¡Solitario, tú sigues el camino del amante! Te amas a ti mismo, y por ello te desprecias, como sólo los amantes saben despreciar.

El enamorado quiere crear, porque desprecia. ¡Qué sabe del amor quien no tuvo que despreciar precisamente lo que amaba!

¡Vuelve a tu soledad con tu amor y tu creación, hermano mío, que luego te seguirá, renqueando, la justicia!

¡Vuélvete a tu soledad, hermano mío, y llévate tus lágrimas! Yo amo a quien quiere crear algo superior a él, y por ello perece.

Así habló Zarathustra.

SUGERENCIAS:

https://lascosasdeunciempies.wordpress.com/2012/02/02/la-vulgaridad/

https://lascosasdeunciempies.wordpress.com/2012/02/14/del-arbol-de-la-montana/