Archivo de la etiqueta: Astronomía

SOLSTICIOS Y RECUERDOS DEL FIN DEL MUNDO

Pues bien, de nuevo os tengo algo abandonados. Debo reconocer que en la última semana he estado especialmente ocupado, que no preocupado. El caso es que con el fin del mundo, el solsticio de invierno y los fastos navideños que ya tenemos encima, sobre mi cabeza revolotea la sensación de estar viviendo en Macondo.

Nada nuevo bajo el sol. Por la mañana el soniquete (insoportable cuando compruebas nuevamente que no te ha tocado ni el reintegro) de la lotería. Por la tarde inexistente, la noche más larga del año (en el hemisferio norte) negándonos la luz. En la televisión anuncios de perfumes y juguetes y un forastero gordo vestido de rojo y riendo “Jo,jo,jo”. En la radio, que apago, entrevistan a una numeróloga que vaticina el próximo apocalipsis (en minúscula, que ya llevamos varios)loteria

Al final, tras comprobar que mis boletos no están premiados, alguien me dice “Lo que importa es la salud” y le respondo “No lo pongo en duda, pero, en primer lugar hoy me duele la cabeza, la espalda, me estoy quedando calvo, me gotea la nariz, me rasca la garganta y cierto malestar en el estómago me anticipa otros dolores. Y en segundo lugar, tal y como vamos, la salud será sólo para los que puedan pagársela.

Pues sí, es víspera de navidad, y ese es mi sentido del humor. Mientras Papá Noël nos llena de amor y paz y sonrisas, mi cara se vuelve más y más parecida a la de una de las muchas malvadas de Disney (no sé que escoger si a la madrastra de Blancanieves o Cruella de Vil). Pero el caso es que hubo un tiempo en que hasta canté villancicos y colgué adornos de espumillón por la casa. Sí hubo una vez en que fui un niño.abeja maya

Y siendo un niño, allá por el 81 o el 82, viví mi primer “fin del mundo”. No recuerdo como se iba a dar en aquella ocasión. Sé que entonces no estaban de moda los meteoritos, y que la única maya que conocía era una abeja. Tal vez se pensara en la Guerra Nuclear (motivos había) El caso es que al hablar del fin del mundo, mi entonces cabecita infantil pensó en una tapia en un callejón estrecho (curiosamente similar a uno que conocía y me producía cierto miedo). Más allá de la tapia se encontraría el cielo, el vacío con las estrellas. Más acá de la tapia, el mundo con su forma de disco plano de vinilo, que había podido comprobar empíricamente en mis viajes en coche cuando el paisaje era llano.

tierrasol1

Desde entonces ya he vivido otros 3 ó 4 finales del mundo. No es de extrañar que me esté quedando calvo y que cada día sea más descreído. Pero ya no hablaré más de ellos, no se lo merecen. Lo único especial que no hice ayer fue no bajar la basura por si acaso. En caso de acabarse el mundo, podía pillarme leyendo, trabajando, comiendo, fumando, tomando café, o incluso subiendo las escaleras, pero no me apeteció que me sorprendiera sacando la basura. De todas maneras, procuré vigilar que no llegara la calabaza gigantesca que nos iba a devorar (sí también existió esa hipótesis)

tierrasol2

Tiempo después, y es que en el 81 y 82 yo era muy niño, aprendí que la tierra no era circular, sino esférica. Más adelante, aprendí que era la tierra la que giraba en torno al sol y que la órbita no era circular sino elíptica, estando entonces la tierra más cerca o más lejos del sol según la época del año. ¡Eureka! mi mente rápidamente relacionó unas cosas con otras, e interrumpiendo la clase deduje en voz alta que entonces sería Verano cuando estábamos cerca del sol, e Invierno cuando estuviéramos lejos. Mi decepción fue mayúscula cuando la maestra dijo que no. Mi piel tomó el color de una calabaza (apocalíptica, desde luego) cuando  los demás niños empezaron a reír al comprobar que (¡por fin!) había fallado. “Lo que pasa es que en invierno los rayos del sol llegan menos inclinados y el sol está menos alto, y al revés en el verano. Además cuando en el norte es verano, en la mitad sur es invierno y cuando en el norte es invierno, en el sur es verano”

tierrasol3

Ciertamente, esto fue para mí todo un descubrimiento. De hecho, al llegar a casa, empecé a garabatear en el cuaderno tratando de desentrañar la causa de que los rayos llegaran con más o menos inclinación. El resultado fue curioso. Mi idea de “arriba” y “abajo” no tenía aún que ver con la gravedad (lamentablemente a mí no me cayó ninguna ¿calabaza? en la cabeza). Pido disculpas a mis lectores del sur a los que puse “patas arriba”

solsticios

Bastaría con girar unos 30º el dibujo y hacer que lo que se incline más o menos sea el eje de rotación de la tierra y tendríamos la interpretación correcta. Una pequeña cuestión de perspectiva. 

Tres cuestiones más:

El afelio (punto en que la tierra se encuentra más próxima al sol) coincide con el invierno septentrional, nada que ver con mi feliz hipótesis.

Aprovechando que por estas tierras tenemos poca luz, es mi deseo llenar mi pinacoteca de luz, pero eso será en breve.

finisterreEl fin del mundo que quiero conocer, un año de estos, se encuentra en Galicia y era considerado en Fin de la Tierra antes de que conociéramos que al otro lado del “charco” teníamos tantos amigos. El cabo de Finisterre (Fisterra en gallego), punto más occidental de la Península Ibérica.

DOBLEMENTE ERRANTE

No está claro si los hombres alzaron la vista al cielo por curiosidad o por necesidad. Me inclino a pensar que fue por una mezcla de ambas. Lo cierto es que los astrónomos de la antigüedad estudiaron los cielos para predecir las estaciones y crear los calendarios. Los cielos se convirtieron pronto, por sus cambios regulares, en un reflejo de la aspiración humana de trascendencia. En un reflejo del deseo de algo más allá de nuestro alcance más ordenado, más perfecto, más longevo.

Con el estudio de esta esfera de estrellas fijas, se observó que existían otras que cambiaban su posición entre las constelaciones. Su movimiento, también regular, presentaba ciertos caprichosos avances y retrocesos que supondrían un quebradero de cabeza para las teorías geocéntricas. Un quebradero que Copérnico, finalmente resolvería situando al Sol en el centro. Por su movimiento, regular pero aparentemente caprichoso, estas otras estrellas “no fijas” se llamarían planetas, de la palabra griega para “errante”.

De modo que, esos cuerpos celestes que se desplazan en nuestro cielo a través de las constelaciones zodiacales, y nuestro propio terruño azul pálido, son cuerpos errantes. Errantes en su giro elíptico en torno al Sol.

La prensa ha decidido denominar al cuerpo celeste CFBDSIR J214947.2-040308.9 como “el planeta errante”. Yo decido denominar a esa prensa como errática o “herrática” que suena más parecido a herradura y a quien las calza. Otro sector de la prensa, tal vez más pendiente a la etimología de las palabras, decidió con más acierto llamarlo “planeta vagabundo”. Lo cierto es que el planeta o cuerpo en cuestión se desplaza perdido, solitario, ligado tal vez a un grupo de estrellas jóvenes situadas a unos 150 años luz (casi nada)

Sin entrar a valorar en que la potencia de nuestros nuevos telescopios y las nuevas técnicas nos están abriendo a un Universo más variado y lleno de objetos de lo que sospechábamos hasta hace apenas 10 ó 15 años, mi mente se interna en las profundidades de su memoria lectora.

George R. R. Martin, lanzado a la popularidad de las masas tras los éxitos de la serie de HBO “Juego de Tronos” basada en su ¿heptalogía? “Canción de Hielo y Fuego”; ya era conocido antes. Era conocido por ser un prestigioso autor de relatos y novelas de Ciencia Ficción y por haber ganado premios internacionales. Tal vez no fuera un Philipp K. Dick, pero a mi memoria acuden con la fuerza del agua que brota de un manantial las primeras palabras de su obra “Muerte de la luz”

Prólogo

 Un vagabundo, una esfera errante, el paria de la creación: este mundo era todas esas cosas.

Hacía siglos que caía, solo y sin rumbo, a través de los fríos y solitarios espacios interestelares. Sus cielos desolados habían visto generaciones de estrellas sucediéndose unas a otras en suntuosos enjambres. No pertenecía a ninguna de ellas. Era un mundo autosuficiente en, y para sí mismo. En cierto sentido ni siquiera formaba parte de la galaxia; sin itinerario fijo, surcaba el plano galáctico como un clavo al atravesar la tabla de una mesa redonda. No formaba parte de nada.

Y la nada estaba muy cerca. En el alba de la historia humana, este vagabundo atravesó una nube de polvo interestelar que cubría una región minúscula cerca del borde superior de la gran lente de la galaxia. Más allá flotaba un puñado de estrellas, no más de treinta. Después el vacío, una noche vastísima y desconocida.

Allí, mientras caía por esa zona fronteriza, el mundo errante bogó entre naciones devastadas.

Primero lo descubrieron los Imperiales de la Tierra, en plena fiebre de embriaguez expansiva, cuando el Imperio Federal de la Vieja Tierra aún intentaba gobernar a todos los mundos del reinohumano a través de abismos inmensos e imposibles. Un bombardero llamado Mao Tse-tung, averiado durante una misión contra los hranganos, con los tripulantes muertos en sus puestos y los motores encendiéndose y apagándose alternativamente, fue la primera nave del reinohumano que traspasó el Velo del Tentador.

El Mao era una ruina sin aire, repleta de cadáveres grotescos que se contoneaban por los corredores y una vez por siglo chocaban contra los tabiques; pero las computadoras de a bordo aún funcionaban y cumplían obstinadamente con sus ritos, escrutando atentamente el espacio, y cuando el planeta sin nombre pasó a pocos minutos-luz de la nave fantasma, quedó registrado en sus mapas. Casi siete siglos más tarde un carguero de Tóber tropezó con el Mao Tse-tung y con ese registro.

Por entonces no era novedad; ese mundo ya había sido redescubierto.

Quien lo descubrió por segunda vez fue Celia Marcyan, cuyo Perseguidor de Sombras circunvoló el planeta un día entero, durante la generación del interregno que siguió al colapso. Pero el planeta errante no tenía nada que pudiera interesar a Celia; sólo una roca, y hielo, y una noche interminable. De modo que ella siguió su camino poco después. Sin embargo sentía afición por los nombres, y antes de partir bautizó a ese mundo; lo llamó Worlorn, y nunca dijo porqué ni qué significaba. Y Worlorn le quedó. Y Celia partió hacia otros mundos y otras historias.

El próximo visitante fue Kleronomas, en di-46. Su nave de reconocimiento sobrevoló rápidamente el planeta y trazó mapas de las extensiones desiertas. Worlorn reveló sus secretos a los sensores de Kleronomas; era un planeta más vasto y rico que la mayoría, con océanos helados y una atmósfera helada que sólo esperaban la liberación.

Algunos dicen que Tomo y Walberg fueron los primeros en desembarcar en Worlorn, en di-97, mientras acometían la trasnochada empresa de atravesar la galaxia. ¿Cierto? Probablemente no. No hay mundo humano que no tenga su anécdota sobre Tomo y Walberg, pero la Prostituta Soñadora no regresó jamás…, y nadie puede saber dónde desembarcó.

Los contactos visuales posteriores fueron más realistas y menos legendarios. Worlorn, vagabundo, inútil y sólo marginalmente interesante, se transformó en un lugar común en las cartas estelares del Confín, ese puñado de mundos escasamente colonizados entre los gases brumosos del Velo del Tentador y el Gran Mar Negro.

Luego, en di-446, un astrónomo de Lobo se dedicó a estudiar sistemáticamente a Worlorn, y por primera vez alguien se tomó la molestia de atar todos los cabos sueltos. Entonces las cosas cambiaron. El nombre del astrónomo lobuno era Ingo Haapala, y salió de su sala de computación visiblemente excitado, algo frecuente en las gentes de Lobo. Pues Worlorn iba a tener un día, un día largo y brillante.

La constelación llamada La Rueda de Fuego ardía en los cielos de todos los mundos exteriores, una maravilla visible aun en la Vieja Tierra. El centro de la formación era la supergigante roja, el Cubo de la Rueda, el Ojo del Infierno, el Gordo Satanás…, tenía muchos nombres. En órbita alrededor de ella, equidistantes, cuidadosamente dispuestas como seis canicas de llama roja rodando por el mismo surco estaban las otras: los Soles Troyanos, los Hijos de Satanás, la Corona del Infierno. Los nombres no importaban. Lo que importaba era la Rueda misma, el enorme amo rojo al que seis estrellas amarillas de tamaño mediano rendían homenaje: el sistema estelar múltiple más desconcertante —y curiosamente el más estable— que se había descubierto hasta entonces. La Rueda fue un suceso pasajero, un nuevo misterio para la humanidad ahíta de los viejos misterios. En los mundos más civilizados, los científicos propusieron teorías para explicarla; más allá del Velo Tentador, se organizó un culto religioso, y hombres y mujeres hablaban de una raza extinguida de ingenieros estelares que habían desplazado soles enteros para erigirse un monumento a ellos mismos. Tanto la especulación científica como la adoración supersticiosa se propagaron febrilmente varias décadas y progresivamente perdieron impulso; poco después el asunto cayó en el olvido.

El hombrelobo Haapala anunció que Worlorn se desplazaría una vez alrededor de la Rueda de Fuego, trazando una hipérbole lenta y ancha, sin entrar realmente en el sistema pero acercándose bastante; cincuenta años de sol; luego se internaría nuevamente en las tinieblas del Confín, más allá de las Estrellas Últimas, para perderse en el Gran Mar Negro del vacío intergaláctico.

Eran los siglos turbulentos en que Alto Kavalaan y los otros mundos exteriores saboreaban por primera vez la soberbia, y ansiaban encontrar un lugar en las descalabradas historias de la humanidad. Y todos saben lo que ocurrió. La Rueda de Fuego siempre había sido la gloria de los mundos exteriores, pero hasta el momento había sido una gloria estéril, sin planetas.

Mientras Worlorn se aproximaba a la luz, hubo un siglo de tormentas: años de hielo derretido y actividad volcánica y terremotos. Una atmósfera helada despertó paulatinamente a la vida, y vientos devastadores aullaron como niños monstruosos. La gente de los mundos exteriores afrontó y combatió estos fenómenos.

Los terraformadores vinieron de Tóber-en-el-Velo, los ingenieros climáticos de Oscuralba, y también acudieron equipos de Lobo y Kimdiss y di-Emerel y el Mundo del Océano Vinonegro. Los hombres de Alto Kavalaan lo supervisaron todo, pues Alto Kavalaan se atribuía la propiedad del planeta errante. La lucha duró más de un siglo, y los que murieron son casi un mito para los hijos del Confín.

Pero finalmente Worlorn fue pacificado. Entonces se fundaron ciudades, y extraños bosques florecieron bajo la luz de la Rueda, y se soltaron animales para dar vida al planeta.

En di-589 se inauguró el Festival del Confín. El Gordo Satanás llenaba un cuarto de cielo, rodeado del esplendor de sus hijos. Ese primer día los toberianos hicieron brillar el estratoescudo, de modo que las nubes y la luz solar se diluían en diseños caleidoscópicos. Transcurrieron los días y llegaron las naves. Desde todos los mundos exteriores, y desde mundos más remotos, de Tara y Daronne, al otro lado del Velo; de Avalon y el Mundo de Jamison, de lugares tan distantes como Nueva Ínsula y Viejo Poseidón, y de la misma Vieja Tierra. Durante cinco años Worlorn se acercó al perihelio, durante cinco años se alejó. En di-599 el Festival terminó.

Worlorn entró en el crepúsculo y se desplazó hacia la noche.

De “Muerte de la luz” por George R. R. Martin.

CIELO E INFIERNO

Una tarde cualquiera de domingo, tal vez fuera en primavera, no lo recuerdo. Mi memoria, cuando retrocede a la infancia y se interna en la década de los 80, se vuelve imprecisa. Sobretodo a la hora de situar en el calendario determinados hechos.

En el 87 y en el 88 ya hacía uso abundante de mi carné de biblioteca y absorbía toda clase de libros de Astronomía, de modo que tuve que ser hacia el 86. En el 90, ya iniciando mi adolescencia, mi cuello estaba encallecido de doblarse hacia los dibujos celestes de las constelaciones boreales.

Dejémoslo, por tanto, en que todo empezó una tarde de domingo, en primavera. La televisión apenas sintonizaba entonces los dos canales estatales. Faltaba poco, no obstante, para que arrancaran las primeras cadenas privadas y la parrilla televisiva se convirtiera en una vorágine de color y ruido. Tan solo dos cadenas, y sin embargo, era fácil que en sus horas de programación (que tampoco abarcaban las 24 horas del día) encontraras algo atractivo.

Había rechazado pasear con la familia y me disponía a salir a la calle para ver si me encontraba con algún amigo. De no ser así llamaría al portero automático (tampoco había teléfonos móviles, ni WhatsApp, ni tan siquiera SMS). Cerré el libro de “Los Cinco” y me encaminé hacia la televisión para apagarla antes de salir. Una música enigmática captó mi atención y en los siguientes 50 minutos nada pudo separarme de la pantalla.

Ante mis ojos comenzaron a desfilar estrellas y galaxias. En mis oídos, la música de Vangelis, un desconocido hasta entonces para mí, conmovía cada célula, desde el vello de los brazos hasta el más profundo tuétano de los huesos. Nacían en mi vida la serie Cosmos y la magia de Vangelis. También yo iniciaba, sin apenas saberlo, mi propio “Viaje Personal”

Tiempo después, cuando Internet abrió ante mí su cosmos de información (no sólo hay juegos, sexo y foros sociales), pude comprobar que nuestra historia comenzó mucho antes. Concretamente hacia el año 1975.

En esa época Carl Sagan era un científico con gran reputación y había iniciado su labor de divulgación hacia la sociedad por la que es más conocido. Carl Sagan compatibilizaba su trabajo en diversas Universidades como Harvard, y Cornell, en el estado de Nueva York, con su trabajo en Observatorios de Radiofísica y en la NASA. Fue Carl Sagan quien proporcionó las instrucciones a la tripulación del Apolo XI antes de partir hacia la luna. El éxito de sus libros y de la serie televisiva (ganadora de un Premio Emmy) le catapultarían al puesto de abanderado de la ciencia. Desde esta posición polemizaría con la política bélica de Reagan y su “Guerra de las Galaxias” en los 80, mostraría su repulsa a la proliferación de armas nucleares y se convertiría, ya en la década de los 90, en el azote de las pseudociencias y las supersticiones.

Por entonces, Evángelos Odiseas Papathanassiou, conocido comercialmente como Vangelis, y mensajero de buenas nuevas en forma de música, había abandonado la banda Aphrodite’s Child en la que se curtió como músico junto con Demis Rousos y un menos conocido Lukas Sideras. En 1975 se ha labrada una reputación componiendo música para documentales y algunas películas independientes. Faltaba poco para que su banda sonora de “Carros de Fuego” le situara en el Olimpo arrebatándole el Oscar al mismísimo John Willians (autor, entre otras BSO, de la de “La Guerra de las Galaxias”, “El violinista en el tejado”, “La lista de Schlinder” y un largo etc.) Durante los días 15 a 17 de septiembre de 1975,  se encerraba en estudios Nemo de Londres para grabar su quinto trabajo en solitario. En el disco enlazó piezas corales con otras de su mágico sintetizador. Mezcló piezas lentas con piezas más rápidas en un claro ejercicio de contraste entre opuestos. El disco se llamará “Heaven and Hell”.

Y mientras Vangelis pulsaba en las teclas la música que llenaría de magia los 13 capítulos de Cosmos, un bebé emitía sus primeros acordes laríngeos y conocía su primer septiembre. El bebé crecería y escucharía y vería la obra varios años después (10 ó 12) en una tarde de domingo. Tal vez fuera en primavera.