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LA VERDAD SE DESVELA: Serie de la Madre de Todas las Calamidades (V)

…Calló, y sólo el arpa resonó bajo los finos dedos de marfil. Y Scharkán, arrebatado, se sentía perdido en deseos infinitos. Entonces, tras un nuevo preludio, la joven cantó:

¡La amistad verdadera no puede soportar la amargura de la separación! ¡Hasta el sol palidece cuando tiene que dejar a la tierra!

Pero apenas cesó este canto, oyeron un enorme tumulto y un gran vocerío. Y vieron que avanzaba un tropel de guerreros cristianos con las espadas desnudas, y gritaban: “¡He aquí que has caído en nuestras manos! ¡He aquí, oh Scharkán, tu día de perdición!”

Y al oír Scharkán estas palabras, pensó en seguida en una traición, encaminándose sus sospechas contra la joven. Pero cuando se volvía hacia donde estaba, dispuesto a reconvenirla, la vio lanzarse
afuera, muy pálida.

Y la joven llegó ante los guerreros, y les dijo: “¿Qué queréis?” Entonces se adelantó el jefe de los guerreros, y le contestó, después de haber besado la tierra entre sus manos: “¡Oh reina llena de gloria! ¡Oh mi noble señora Abriza, la perla más noble entre las perlas de las aguas! ¿Ignoras la presencia del que está en este monasterio?”

Y la reina Abriza contestó: “¿De quién hablas?” Y él dijo: “Hablo de aquel a quien llaman maestro de héroes, el destructor de ciudades, el terrible Scharkán ibn-Omar Al-Nemán, aquel que no ha dejado una torre sin destruirla, ni una fortaleza sin derribarla. Ahora bien, ¡oh reina Abriza! el rey Hardobios, tu padre y señor nuestro, ha sabido en Kaissaria, su ciudad, por los propios labios de la anciana Madre de todas las Calamidades, que el príncipe Scharkán estaba aquí. Porque la Madre de todas las Calamidades ha dicho al rey que había visto a Scharkán en el bosque, cuando se dirigía a este monasterio. Así, pues, ¡oh reina! tu mérito es inconmensurable, por haber cogido al león en tus redes, facilitándonos la victoria sobre el ejército de los musulmanes”.

Entonces, la joven reina Abriza, hija del rey Hardobios, señora de Kaissaria, miró indignadísima al jefe de los guerreros, y le dijo:

“¿Cuál es tu nombre?” Y el otro contestó: “¡Tu esclavo el patricio Massura ibn-Mossora ibn-Kacherda!”

Y ella le dijo: “¿Y cómo es que has osado, ¡oh insolente Massura! entrar en este monasterio sin avisarme ni pedir permiso?” Y él dijo: “¡Oh mi soberana! Ninguno de los porteros me ha cerrado el camino, pues al contrario, todos nos han guiado hasta la puerta de tu aposento. Y ahora, según las órdenes de tu padre, esperamos que nos entregues a ese Scharkán, el guerrero más formidable entre los musulmanes”. Y la reina Abriza dijo: “¿Pero qué piensas? ¿No sabes que esa Madre de todas las Calamidades es una embustera? ¡Por el Mesías! Aquí hay un hombre, pero no es el Scharkán de quién hablas, sino un extranjero que ha venido a pedirnos hospitalidad, y en seguida se la hemos otorgado generosamente. Y además, aun en el caso de que fuera Scharkán, los deberes de la hospitalidad me mandan protegerle contra todo el mundo.

¡Nunca se dirá que Abriza hizo traición al huésped, después de haber mediado entre ellos el pan y la sal!

De modo que lo que debes hacer, ¡oh patricio Massura! es marcharte en seguida cerca del rey, mi padre; besarás la tierra entre sus manos, y le dirás que la vieja Madre de todas las Calamidades ha mentido y le ha engañado”.

El patricio Massura, dijo: “Reina Abriza, no puedo volver junto al rey Hardobios, tu padre, sin llevar al prisionero, como nos ha mandado”. Ella llena de cólera, dijo: “¿Quién te mete en estas cosas, ¡oh guerrero!? Sólo te toca combatir cuando puedas, pues te pagan para combatir. Pero guárdate de meterte en asuntos que no te incumben. Además, si te atrevieras a atacar a Scharkán, lo pagarás con tu vida y con la vida de todos los guerreros que están contigo. ¡Y he aquí que lo voy a llamar, para que venga con su alfanje y su escudo!”

Y el patricio Massura dijo: “¡Oh qué desgracia la mía! Porque si me libro de tu cólera, caeré en la de tu padre, nuestro rey. Si se presentase ese Scharkán, lo mandaría detener inmediatamente por mis soldados., y lo llevaría prisionero entre las manos de tu padre, el rey de Kaissaria”.

Y Abriza exclamó: “Hablas demasiado para ser un guerrero, ¡oh patricio Massura! ¡Y tus palabras exceden en punto a pretensión e insolencia! ¿Olvidas acaso que sois cien contra uno? Si tu patriciado no te quitó hasta el rastro del valor, combátele de hombre a hombre. Pues si eres vencido, otro ocupará tu puesto, y así sucesivamente, hasta que Scharkán caiga en nuestras manos. ¡Y así se decidirá quién de todos vosotros es el héroe!”

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGO LA 50ª NOCHE
Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que la joven reina Abriza exclamó: “¡Y veremos quién de todos vosotros es el héroe!”

Y el patricio Massura repuso: “¡Por el Mesías! ¡Has hablado muy bien! ¡Yo seré el primero que se presente a luchar!”

Ella dijo: “Pues aguarda que vaya a avisarle y a saber su respuesta. Si acepta, así se hará; si se niega, será de todos modos el huésped protegido”. Y Abriza se apresuró a ir en busca de Scharkán, y le puso al corriente de todo, excepto de quién era ella.

Y Scharkán comprendió que había juzgado mal al dudar de la generosidad de la joven, y se reconvino mucho, y con doble motivo por haberse equivocado al juzgar a la joven y por haberse metido imprudentemente en medio del país de los rumís.

Y después dijo: “¡Oh mi señora! No tengo la costumbre de combatir contra un solo guerrero, sino contra diez a un tiempo, y de esa manera pienso entablar el combate”.

Dijo, y se puso en pie de un salto, y se precipitó al encuentro de los guerreros cristianos. Y llevaba en la mano su alfanje y su escudo.

Cuando el patricio Massura vio que se acercaba Scharkán, saltó sobre él de un brinco, y le atacó furiosamente; pero Scharkán paró el golpe que se le dirigía, y se lanzó contra su adversario como un
león. Y le dio en el hombro un tajo tan terrible, que el alfanje salió brillando por la cadera, después de haberle atravesado el vientre y los intestinos.

Al ver esto, el valor de Scharkán creció considerablemente a los ojos de la reina, que pensó: “¡He aquí el héroe con quien habría yo podido luchar en el bosque!”

Después se volvió hacia los soldados; y les dijo: “¿Qué esperáis para proseguir el combate? ¿No pensáis vengar la muerte del patricio?” Entonces avanzó a grandes pasos un gigante de aspecto
formidable, y cuya cara respiraba una gran energía. Era el propio hermano del patricio Massura. Pero Scharkán no le dio tiempo para más, pues le dio tal tajo en el hombro, que el alfanje salió brillando por la cadera, después de haber atravesado el vientre y los intestinos. Entonces avanzaron otros guerreros, uno a uno, pero Scharkán les hacía sufrir la misma suerte, y para su alfanje era un juego el hacer volar sus cabezas. Y de ese modo mató a cincuenta. Cuando los otros cincuenta que quedaron vieron la suerte que habían corrido sus compañeros, se reunieron en una sola masa, y se precipitaron todos juntos contra Scharkán, pero esto los perdió.

Scharkán los esperaba con toda la bravura de su corazón, más duro que la roca, y los trilló como se trillan los granos en la era, y los desparramó a ellos y a sus almas para siempre.

Entonces la reina Abriza gritó a sus doncellas: “¿Quedan más hombres en el monasterio?” Y ellas contestaron: “No quedan más hombres que los porteros”. Entonces la reina Abriza avanzó al encuentro de Scharkán, y le estrechó entre sus brazos, y le besó con fervor. Después contó el número de muertos, y se encontraron ochenta. En cuanto a los otros veinte combatientes, lograron escaparse, a pesar de su estado, y habían desaparecido.

Y Scharkán pensó entonces en limpiar la hoja ensangrentada de su alfanje. Y arrastrado por Abriza, volvió al monasterio, recitando estas estrofas bélicas:

¡Contra mí se han lanzado furiosamente para combatirme el día de mi valentía! Y he arrojado sus altaneros caballos como pasto a los leones, a mis hermanos los leones.

¡Vamos! ¡Libradme del peso de mi ropa, si queréis!

En el día de mi valentía no he hecho más que pasar, y he aquí a todos los guerreros tendidos en la tierra abrasadora de mi desierto.

Y como habían llegado al salón, la joven Abriza, sonriente de placer cogió la mano de Scharkán y se la llevó a los labios. Después se levantó el vestido, y aparecieron por debajo una cota de malla y una espada de acero fino de la India. Y Scharkán asombrado. preguntó: “¿Para qué son, ¡oh mi señora! esta cota de malla y esta espada?” Y ella dijo: “¡Oh Scharkán! durante el combate me armé apresuradamente por si tenía que correr en tu auxilio, pero no has necesitado de mi brazo!”

Después la reina Abriza mandó llamar a los porteros, y les dijo “¿Cómo es que sin mi permiso habéis dejado penetrar a los hombres del rey?” Y dijeron: “No es costumbre que pidan permiso los hombres del rey, y mucho menos su gran patricio”.

Ella dijo: “¡Sospecho que habéis querido perderme y ocasionar la muerte de mi huésped!

Y rogó a Scharkán que les cortara la cabeza, y Scharkán les cortó la cabeza.

Entonces la reina dijo a sus esclavas: “¡Merecían un castigo más duro!”

Después se volvió hacia Scharkán, y exclamó: “¡He aquí, ¡oh Scharkán! que voy a revelarte lo que ha estado oculto para ti hasta ahora!”

Y dijo así:

“Sabe, ¡oh Scharkán! que soy la hija única del rey griego Hardobios, señor de Kaissaria, y me llamo Abriza. Y tengo por enemiga inexorable a la vieja Madre de todas las Calamidades, que ha sido la
nodriza de mi padre y es muy temida y atendida en palacio. Y la causa de esta enemistad entre ella y yo, es una causa que me dispensarás que te cuente, pues intervienen unas jóvenes en esta historia, y ya conocerás con el tiempo todos los pormenores. Así es que la Madre de todas las Calamidades hará cuanto pueda para perderme, sobre todo ahora que he sido la causa de la muerte del jefe de los patricios y de los guerreros. Y dirá a mi padre que he abrazado vuestra causa. Así es que la única resolución que puedo tomar, mientras la Madre de todas las Calamidades me persiga, es irme lejos de mi familia y de mi país. Y te ruego que me ayudes y obres conmigo como yo he obrado contigo, pues te corresponde parte de culpa de cuanto acaba de pasar”.

Al oír estas palabras, Scharkán sintió que la alegría le hacía perder la razón, y que su pecho se ensanchaba, y se dilataba todo su ser, y dijo: “¡Por Alah! ¿Quién se atreverá a acercarse a ti, mientras mi alma esté en mi cuerpo? Pero ¿podrías sobrellevar realmente el verte alejada de tu padre y de los tuyos? Y ella contestó: “Seguramente que sí”. Entonces Scharkán le hizo que lo jurase, y ella juró. Y después ella dijo: “Ya se ha tranquilizado mi corazón.

Pero tengo que dirigirte otra súplica”. Scharkán dijo: “¿Y cuál es esa súplica?” Y ella contestó: “Que vuelvas a tu país, con todos los soldados”. Pero él dijo: “¡Oh señora mía! Mi padre Omar Al-Nemán me ha mandado a este país de los rumís para combatir y vencer a tu padre, contra el cual nos ha pedido auxilio el rey Afridonios de Constantinia. Pues tu padre ha mandado confiscar un navío cargado de riquezas, entre ellas tres gemas preciosas que poseen admirables virtudes”. Entonces Abriza contestó: “¡Tranquiliza tu alma y endulza tus ojos! Porque he aquí que voy a decirte la verdadera historia de nuestra hostilidad con el rey Afridonios:

“Sabe que nosotros los griegos celebramos una fiesta anual, que es la fiesta de este monasterio. Y cada año en igual fecha acuden aquí todos los reyes cristianos desde todas las comarcas, así como los nobles y los grandes comerciantes. Y también vienen las mujeres y las hijas de los reyes y de los demás; y esta fiesta dura siete días completos. Ahora bien; cierto año fui yo una de las visitantes, y aquí estaba también la hija del rey Afridonios de Constantinia, que se llamaba Safía, y es ahora concubina de tu padre, el rey Omar Al-Nemán, y madre de sus hijos. Pero en aquel momento era todavía doncella. Cuando terminó la fiesta y llegó el séptimo día, que era el día de la marcha, Safía dijo: “No quiero volver por tierra a Constantinia, sino por mar”. Entonces le prepararon una nave, en la cual se embarcó con sus compañeras, y mandó embarcar todas las cosas que le pertenecían; y se dieron a la vela, y zarparon. Pero apenas se había alejado el navío, se levantó viento contrario, que hizo desviarse a la nave de su ruta. Y la Providencia quiso que hubiera precisamente en tales parajes un gran navío lleno de guerreros cristianos de la isla de Kafur, en número de quinientos afrangí.(Francos: nombre dado a los europeos)

Y todos estaban armados y forrados de hierro. Y sólo aguardaban una ocasión como aquélla para lograr botín, pues desde hacía tiempo que andaban por el mar. De modo que en cuanto vieron el navío en que estaba Safía, lo abordaron, le echaron los garfios y se apoderaron de él. Después se dieron de nuevo a la vela llevándolo a remolque. Pero levantó una furiosa tempestad que los arrojó a nuestras costas, desamparados. Entonces se arrojaron sobre ellos nuestros hombres, mataron a los piratas, y se apoderaron a su vez de las sesenta jóvenes entre las cuales se encontraba Safía.

También recogieron todas las riquezas acumuladas en los buques. Vinieron a ofrecer las sesenta jóvenes como regalo a mi padre el rey de Kaissaria, y se guardaron las riquezas. Mi padre escogió para
sí las diez jóvenes más hermosas y distribuyó el resto entre su séquito. Después eligió cinco de las más bellas, y se las envió como regalo a tu padre, el rey Omar Al-Nemán. Y entre esas cinco estaba precisamente Safía, hija del rey Afridonios: pero nosotros no nos lo figurábamos, porque ni ella ni nadie nos había revelado su condición ni su nombre, y he aquí ¡oh Scharkán ! cómo Safía llegó a ser concubina de tu padre, el rey Omar Al-Nemán. Y además, le fue enviada con otros muchos regalos, como sederías, paños y bordados de Grecia. Pero a principios de este año, el rey mi padre recibió una carta del rey Afridonios, padre de Safía. Y en esta carta había cosas que no te sabría repetir. Pero decía lo siguiente:

“Hace dos años que cogiste a unos piratas sesenta jóvenes, una de las cuales era mi hija Safía. Hasta ahora no me he enterado, ¡oh rey Hardobios! porque nada me has dicho.

Esto es la mayor ofensa y el mayor oprobio para mí y alrededor de mí. Por lo tanto, en cuanto recibas mi carta, si no quieres ser mi enemigo, me devolverás a mi hija Safía, intacta e íntegra. Si demoras su envío, te trataré como mereces, y mi cólera y mi resentimiento tomarán represalias terribles contra ti”.

“Y en cuanto mi padre leyó esta carta, se quedó muy perplejo y muy alarmado, pues la joven Safía había sido enviada como regalo a tu padre, el rey Omar Al-Nemán, y no había ninguna probabilidad de que siguiese intacta e íntegra, puesto que ya la había hecho madre el rey Omar Al-Nemán.

“Comprendimos entonces que aquello era una gran calamidad. Y mi padre no tuvo otro recurso que escribirle una carta al rey Afridonios, en que le exponía la situación, y disculpándose con la ignorancia en que había estado respecto a la personalidad de Safía, y jurándoselo mil veces.

“Al recibir la carta de mi padre, el rey Afridonios se enfureció de una manera trágica; se levantó, se sentó, echó espuma, y dijo: “¿Es posible que mi hija, cuya mano se disputaban todos los reyes cristianos, haya llegado a ser una esclava entre las esclavas de un musulmán? ¿Es posible que se haya rendido a sus deseos y compartido su lecho sin contrato legal? ¡Por el Mesías! que he de tomar de ese cabalgador musulmán, no saciado de mujeres, una venganza que hará hablar al Oriente y al Occidente”.

“Y entonces fue cuando el rey Afridonios discurrió enviar embajadores a tu padre con ricos presentes, y hacerle creer que estaba en guerra contra nosotros, y pedirle socorro. Pero en realidad era para hacerte caer a ti, ¡oh Scharkán! y a tus diez mil jinetes en una emboscada.

“En cuanto a las tres gemas maravillosas poseedoras de tantas virtudes, existen realmente. Eran propiedad de Safía, y cayeron en manos de los piratas, y después en las de mi padre, que me las regaló. Y yo las tengo, y ya te las enseñaré. Pero por ahora lo más importante es que busques a tus jinetes y emprendas con ellos el camino de Bagdad, antes de caer en las redes del rey de Constantinia y antes de que os incomuniquen por completo”.

Al oír Scharkán estas palabras, cogió la mano de Abrizia y se la llevó a los labios. Y después dijo: “¡Loor a Alah y a las criaturas de Alah! ¡Loor al que te ha puesto en mi camino, para que seas causa de mi salvación y de la salvación de mis compañeros! Pero ¡oh deliciosa y caritativa reina! Yo no puedo separarme de ti después de cuanto ha pasado, y no permitiré que te quedes aquí sola, pues no sé lo que te puede ocurrir. ¡Ven, Abriza, vamos a Bagdad, donde estarás segura”.

Pero Abriza, que había tenido tiempo para reflexionar, le dijo: “¡Oh Scharkán! date prisa a marcharte. Apodérate de los enviados del rey Afridonios, que están en tus tiendas, oblígalos a confesar la verdad, y de este modo comprobarás mis palabras. Yo te alcanzaré antes de que hayan pasado tres días, y entraremos juntos en Bagdad”.

Después se levantó, se acercó a él, le cogió la cabeza con ambas manos, y le besó. Y Scharkán hizo lo mismo.

Y la reina lloraba lágrimas abundantes.

Y su llanto era capaz de derretir las piedras

Scharkán, al ver llorar aquellos ojos, se enterneció más todavía, y llorando recitó estas dos estrofas:

¡Me despedí de ella, y mi mano derecha enjugaba mis lágrimas, mientras que mi mano izquierda rodeaba su cuello!

Y me dijo, medrosa: “¿No temes comprometerte ante las mujeres de mi tribu?” Y le dije: “¡No lo temo! ¿Acaso el día de la despedida no es el de la traición de los enamorados?”

Y Scharkán se separó de Abriza, y salió del monasterio. Montó de nuevo en su corcel, cuyas bridas sujetaban dos jóvenes, y se fue. Pasó el puente de cadenas de acero, se internó entre los árboles de la selva, y acabó por llegar al claro situado en medio del bosque. Y apenas había llegado, vio tres jinetes frente a él, que habían detenido bruscamente el galopar de sus caballos. Y Scharkán sacó su rutilante espada, y se cubrió con ella, dispuesto al choque. Pero súbitamente los conoció y le reconocieron, pues
los tres jinetes eran el visir Dandán y los dos emires principales de su séquito. Entonces los tres jinetes se apearon rápidamente, y desearon respetuosamente la paz al príncipe Scharkán, y le expresaron toda la angustia que por su ausencia había sentido el ejército. Y Scharkán les contó la historia con todos sus detalles, desde el principio hasta el fin, y la próxima llegada de la reina Abriza, y la traición proyectada por los embajadores de Afridonios.

Y les dijo: “Es probable que se hayan aprovechado de vuestra ausencia para escaparse y avisar a su rey. Y ¡quién sabe si el ejército enemigo habrá destruido al nuestro! ¡Corramos, pues, junto a nuestros soldados!”

APARECE EN ESCENA LA MADRE DE TODAS LAS CALAMIDADES (I)

RELATOS DE LAS MIL Y UNA NOCHES.

(NOTA: Los relatos son de un tiempo remoto y de una cultura diferente en muchos aspectos de la nuestra. En ocasiones determinados detalles pueden sobresaltar nuestra “elevada moral”. En tales momentos recordad lo dicho)

Y Scharkán montó en su caballo seglauíjedrán, y mandó desfilar a los jefes de su ejército y a sus diez mil jinetes. Después besó la mano del rey Omar Al-Nemán, y acompañado del visir Dandán, lanzó su corcel al galope. Y todos partieron entre los redobles de los tambores de guerra, al son de los pífanos y clarines. Por encima de ellos se desplegaban los estandartes y ondeaban al viento las banderas. Servían de guías los embajadores. Siguieron marchando durante todo el día, y después todo el siguiente, y otros más, y así durante veinte días. Y sólo se detenían de noche para descansar. Y llegaron a un valle cubierto de bosques y lleno de arroyos. Y como era de noche, Scharkán dio orden de acampar e hizo saber que el reposo duraría tres días. Y se apearon los jinetes, armaron las tiendas y se dispersaron por todas partes. Y el visir Dandán mandó colocar su tienda en el centro del valle, y junto a ella las de los enviados del rey Afridonios de Constantinia.

En cuanto a Scharkán, tan pronto como se dispersaron los soldados, mandó a sus guardias que lo dejaran solo y fueran adonde estaba el visir. Y después soltó las riendas a su corcel, pues quería recorrer el valle y poner en práctica los consejos de su padre el rey Omar, el cual le había encargado que tomase todas las precauciones al acercarse al país de los rumís, fueran amigos o enemigos. Y no dejó de galopar hasta que hubo transcurrido la cuarta parte de la noche. Entonces el sueño le cayó pesadamente sobre los párpados y se vio imposibilitado de galopar. Y como tenía la costumbre de dormir encima del caballo, dejó que el caballo anduviera al paso, y así se durmió.

El caballo siguió andando hasta media noche, llegó en medio de un bosque, se detuvo, y golpeó violentamente el suelo con el casco. Y Scharkán se despertó en medio de la selva, que estaba iluminada en aquel momento por la claridad de la luna. Se alarmó al encontrarse en aquel lugar desconocido y solitario, pero dijo en alta voz las palabras que vivifican: “¡No hay poder ni fuerza más que en Alah el Altísimo!” E inmediatamente se reconfortó su alma. Y ya no temía a las bestias feroces del bosque.

Y la luna milagrosa plateaba el claro del bosque, tan bello, que parecía arrancado del paraíso. Y Scharkán oyó, cerca de él, una voz deliciosa. Y risas. ¡Pero qué risas! Si las hubieran oído los humanos, habrían enloquecido por el deseo de beberlas en la misma boca y morir.

En seguida Scharkán saltó del caballo y se internó entre los árboles en busca de la voz. Y anduvo hasta las orillas de un río blanco, de aguas transparentes y cantoras. Y al canto del agua contestaban la voz de los pájaros, el lamento de las gacelas y el concierto hablado de todos los animales. Y juntos formaban un canto armonioso, lleno de esplendor. Y en el suelo se extendía el bordado de flores y plantas, como dice el poeta:

¡Sólo es bella la tierra ¡oh locura mía! cuando se tiñe con sus flores! ¡Sólo es bella el agua cuando se enlaza con las flores! ¡Una al lado de las otras!

¡Gloria al que creó la tierra, las flores y las aguas, y te puso en la tierra, ¡oh locura mía! cerca de las flores y del agua!

Y Scharkán vio en la orilla opuesta, iluminada por la Iuna, la fachada de un monasterio blanco con una alta torre que rasgaba los aires. Este monasterio bañaba su planta en las aguas del río. Frente a él se extendía una pradera en la que estaban sentadas diez esclavas blancas, rodeando a una joven. Y eran como lunas. Iban vestidas con trajes amplios y ligeros. Eran vírgenes, y reunían las maravillas de que habla el poeta:

¡He aquí que la pradera reluce! ¡Porque hay en ella blancas jóvenes de carne ingenua, jóvenes ingenuas y blancas de maravilloso resplandor! ¡Y la pradera tiembla y se estremece!

¡Hermosas y sobrenaturales jóvenes! Una cintura delgada y flexible. Un andar gallardo y melodioso. Y la pradera tiembla y se estremece.

¡Tendida la cabellera, que va desbordándose sobre el cuello como el racimo sobre la cepa! ¡Rubias o morenas, racimos rubios, racimos morenos! ¡Oh graciosas cabelleras!

¡Jóvenes atrayentes y seductoras! ¡Qué encanto el de vuestros ojos! La tentación de vuestros ojos, las flechas de vuestros ojos, hablan de mi muerte!

Y la joven a la que rodeaban las diez esclavas blancas, era la luna llena. Sus cejas se arqueaban espléndidamente; su frente era como la primera claridad de la mañana; sus párpados ostentaban la curva de sus pestañas de terciopelo, y su cabellera se anillaba en las sienes con rizos deliciosos. Era tan admirable como la pinta el poeta en estos versos:

Altiva me ha mirado, ¡pero qué miradas tan deliciosas! ¡Su cintura es recta y dura! ¡Lanzas rectas y duras, encorvaos contusas ante ella!

¡Se adelanta! ¡Hela aquí! ¡Mirad sus mejillas, las flores sonrosadas de sus mejillas! ¡Conozco su dulzura y todo su frescor!

¡Mirad el rizo negro de su cabello sobre el candor de su frente! ¡Es el ala de la noche que reposa en la serenidad de la mañana!

Y era aquella cuya voz había oído Scharkán. Y decía en árabe a las esclavas que estaban con ella: “¡Por el Mesías! Sois unas desvergonzadas; lo que hicisteis es una cosa mala y horrible. Si alguna lo vuelve a hacer, la ataré con el cinturón, y le azotaré las nalgas”. Después se echó a reír, y dijo: “¡Vamos a ver cuál de vosotras podrá vencerme en la lucha! ¡Las que quieran luchar que vengan antes de que se ponga la luna y aparezca la mañana!”

Y una de las jóvenes se levantó y quiso luchar con su ama, pero en seguida fue derribada al suelo; después la segunda, y la tercera, y todas las demás. Y cuando triunfó de todas las esclavas, salió súbitamente del bosque una vieja que, dirigiéndose al grupo, dijo: “¿piensas haber alcanzado un gran triunfo derribando a estas pobres muchachas que no tienen ninguna fuerza? Si verdaderamente sabes luchar, atrévete a luchar conmigo. ¡Soy vieja, pero todavía puedo ser maestra tuya! ¡Ven, pues!”

Pero la joven contuvo su furor, y dijo sonriendo a la vieja: “¡Oh respetable Madre de todas las Calamidades! ¡Por el Mesías! ¿Quieres realmente luchar conmigo, o sólo ha sido una broma?” La vieja respondió: “¡Nada de eso! ¡Mi desafío es formal!”
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

TERMINA LA HISTORIA DEL MÁS PRUDENTE, DISCRETO Y SILENCIOSO BARBERO: Una aproximación a las 1000 y 1 noches (VIII)

Esta lectura es continuación de:

http://lascosasdeunciempies.com/2013/07/19/penultimo-episodio-de-la-historia-del-prudente-discreto-y-silencioso-barbero-de-las-mil-y-una-noches-una-aproximacion-a-las-1000-y-1-noches-vii/

Además, la historia se ha ido desgranando en los artículos anteriores:

http://lascosasdeunciempies.com/2012/12/17/el-barbero-silencioso-y-nada-locuaz-una-aproximacion-a-las-1000-y-1-noches/

http://lascosasdeunciempies.com/2012/12/23/continua-la-historia-del-barbero-el-samet-el-silencioso-ejemplo-de-virtud-prudencia-y-discrecion-aproximacion-a-las-1000-y-1-noches-ii/

http://lascosasdeunciempies.com/2013/01/03/toma-la-palabra-el-barbero-silencioso-aproximacion-a-las-1000-y-1-noches-iii/

http://lascosasdeunciempies.com/2013/01/19/los-imprudentes-hermanos-del-barbero-una-aproximacion-a-las-1000-y-1-noches-v/

http://lascosasdeunciempies.com/2013/07/15/el-barbero-discreto-y-su-familia-numerosa-nos-acercan-al-desenlace-una-aproximacion-a-las-1000-y-1-noches-vi/

y en la precuela aclaratoria:

http://lascosasdeunciempies.com/2013/01/12/una-precuela-a-la-historia-del-barbero-aproximacion-a-las-mil-y-una-noches-iv/

De manera que, resumiendo:

mili(Sherezade narra a su esposo, el rey Schahriar, la historia de un sastre, un médico judío, un comerciante cristiano y un intendente, acusados de matar al bufón jorabado del sultán. Los reos serán perdonados si con sus historias consiguen sorprender al sultán. En la historia expuesta por el sastre, un joven habla de las calamidades que se suceden tras conocer a un barbero. Posteriormente el barbero cuenta su historia y la de sus seis hermanos. ¿rocambolesco? es así, historias dentro de historias dentro de historias… precisamente como las imágenes de los espejos en las viejas barberías)

CONTINÚA LA HISTORIA DE SCHAKALIK, SEXTO Y ÚLTIMO HERMANO DEL BARBERO

Schakalik contestó: “Este pan es blanquísimo y verdaderamente delicioso; en mi vida he probado otro que se le parezca”. El anciano dijo: “¡Ya lo creo! La negra que lo amasa es una mujer muy hábil. La compré en quinientos dinares de oro. Pero ¡oh huésped! Prueba de esta fuente en que ves esa admirable pasta dorada de kebeba con manteca, cocida al horno. CreO que la cocinera no ha escatimado ni la carne bien machacada, ni el trigo mondado y partido, ni el cardamomo, ni la pimienta. Come, ¡oh pobre hambriento! y dime qué te parecen su sabor y su perfume”.

Y mi hermano respondió: “Esta kebeba es deliciosa para mi paladar, y su perfume me dilata el pecho. Cuanto a la manera de guisarla, he de decirte que ni en los palacios de los reyes se come otra mejor”. Y hablando así, Schakalik empezó a mover las quijadas, a mascar y a tragar como si lo hiciera realmente. Y el anciano dijo: “Así me gusta ¡oh huésped! Pero no creo que merezca tantas alabanzas, porque entonces, ¿qué dirás de ese plato que está a tu izquierda, de esos maravillosos pollos asados, rellenos de alfónsigos, almendras, arroz, pasas, pimienta, canela y carne picada de carnero? ¿Qué te parece el humillo?” Mi hermano exclamó: “¡Alah, Alah! ¡Cuán delicioso es su humillo, qué sabrosos están y qué relleno tan admirable!”

dulces arabesY el anciano dijo: “En verdad eres muy indulgente y muy cortés para mi cocina. Y con mis propios dedos quiero darte a probar ese plato incomparable”. Y el jeique hizo ademán de preparar un pedazo tomado de un plato que estuviese sobre el mantel, y acercándoselo a los labios a   Schakalik, le dijo: “Ten y prueba este bocado, ¡oh huésped! y dame tu opinión acerca de este plato de berenjenas rellenas que nadan en apetitosa salsa”. Mi hermano hizo como si alargase el cuello, abriese la boca y tragara el pedazo, y dijo cerrando los ojos de gusto: “¡Por Alah! “¡Cuán exquisito y cuán en su punto! Sólo en tu casa he probado tan excelentes berenjenas. Todo está preparado con el arte de dedos expertos: la carne de cordero picada, los garbanzos, los piñones, los granos de cardamomo, la nuez moscada, el clavo, el jengibre, la pimienta y las hierbas aromáticas. Y tan bien hecho está, que se distingue el sabor de cada aroma”.

El anciano dijo: “Por eso, ¡oh mi huésped! espero de tu apetito y de tu excelente educación que te comerás las cuarenta y cuatro berenjenas rellenas que hay en ese plato”. Schakalik contestó: “Fácil ha de serme el hacerlo, pues están más sabrosas que el pezón de mi nodriza y acarician mi paladar más deliciosamente que dedos de vírgenes”. Y mi hermano fingió coger cada berenjena una tras otra, haciendo como si las comiese, y meneando la cabeza y dando con la lengua grandes chasquidos. Y al pensar en estos platos se le exasperaba el hambre y se habría contentado con un poco de pan seco, de habas o de maíz. Pero se guardó de decirlo.

Y el anciano repuso: “¡Oh huésped! tu lenguaje es el de un hombre bien educado, que sabe comer en compañía de los reyes y de los grandes. Come, amigo, y que te sea sano y de deliciosa digestión”.

Y mi hermano dijo: “Creo que ya he comido bastante de estas cosas”. Entonces el viejo volvió a palmotear y dispuso: “¡Quitad este mantel y poned el de los postres! ¡Vengan todos los dulces, la repostería y las frutas más escogidas!” Y los esclavos empezaron otra vez a ir y venir, y a mover las manos, y a levantar los brazos por encima de la cabeza, y a cambiar un mantel por otro. Y después, a una seña del viejo, se retiraron.

baño arabeEl anciano dijo a Schakalik: “Llegó, ¡oh huésped! el momento de endulzarnos el paladar. Empecemos por los pasteles. ¿No da gusto ver esa pasta fina, ligera, dorada y rellena de almendra, azúcar y granada, esa pasta de katayefs sublimes que hay en ese plato? ¡Por vida mía! Prueba uno o dos para convencerte. ¿Eh? ¡Cuán en su punto está el almíbar! ¡Qué bien salpicado está de canela! Se comería uno cincuenta sin hartarse, pero hay que dejar sitio para la excelente kenafa que hay en esa bandeja de bronce cincelado. Mira cuán hábil es mi repostera, y cómo ha sabid trenzar las madejas de pasta. Apresúrate a comerla antes de que se le vaya el jarabe y se desmigaje. ¡Es tan delicada! Y esa mahallabieh de agua de rosas, salpicada con alfónsigos pulverizados; y esos tazones llenos de natillas aromatizadas con agua de azahar.

¡Come, huésped, métele mano sin cortedad! ¡Así! ¡Muy bien!” Y el viejo daba ejemplo a mi hermano, y se llevaba la mano a la boca con glotonería, y fingía que tragaba como si fuese de veras, y mi hermano le imitaba admirablemente, a pesar de que el hambre le hacía la boca agua.

El anciano continuó: “¡Ahora, dulces y frutas! Y respecto a los dulces, ¡oh huésped! sólo lucharás con la dificultad de escoger. Delante de ti tienes dulces secos y otros con almíbar. Te aconsejo que te dediques a los secos, pues yo los prefiero, aunque los otros sean también muy gratos. Mira esa
transparente y rutilante confitura seca de albaricoque tendida en anchas hojas. Y ese otro dulce seco de cidras con azúcar cande perfumado con ámbar. Y el otro, redondo, formando bolas sonrosadas, de pétalos de rosa y de flores de azahar. ¡Ese, sobre todo, me va a costar la vida un día! Resérvate, resérvate, que has de probar ese dulce de dátiles rellenos de clavo y almendra. Es de El Cairo, pues en Bagdad no lo saben hacer así. Por eso he encargado a un amigo de Egipto que me mande cien tarros
llenos de esta delicia. Pero no comas tan aprisa, pues por más que tu apetito me honre en extremo, quiero que me des tu parecer sobre ese dulce de zanahorias con azúcar y nueces perfumado con almizcle”.

interior arabeY Schakalik dijo: “¡Oh! ¡Este dulce es una cosa soñada! ¡Cómo adora sus delicias mi paladar! Pero se me figura que tiene demasiado almizcle”.

El anciano replicó: “¡Oh no, oh no! Yo no pienso que sea excesivo, pues no puedo prescindir de ese perfume, como tampoco del ámbar. Y mis cocineros y reposteros lo echan a chorros en todos mis pasteles y dulces. El almizcle y el ámbar son los dos sostenes de mi corazón”.

Y el viejo prosiguió: “Pero no olvides estas frutas, pues supongo que habrás dejado sitio para ellas. Ahí tienes limones, plátanos, higos, dátiles frescos, manzanas, membrillos y muchas más. También hay nueces y almendras frescas y avellanas. Come, ¡oh huésped! que Alah es misericordioso”.

Pero mi hermano, que a fuerza de mascar en balde ya no podía mover las mandíbulas, y cuyo estómago estaba cada vez más excitado por el incesante recuerdo de tanta cosa buena, dijo: “¡Oh señor! He de confesar que estoy ahito, y que ni un bocado me podría entrar por la garganta”.

El anciano replicó: “¡Es admirable que te hayas hartado tan pronto! Pero ahora vamos a beber, que aun no hemos bebido”. Entonces el viejo palmoteó, y acudieron los esclavos con las mangas levantadas y los ropones cuidadosamente recogidos, y fingieron llevárselo todo y poner después en el mantel dos copas y frascos, alcarrazas y tarros magníficos. Y el anciano hizo como si echara vino en las copas, y cogió una copa
imaginaria y se la presentó a mi hermano, que la aceptó con gratitud, y después de llevársela a la boca dijo: “¡Por Alah! ¡Qué vino tan delicioso! E hizo ademán de acariciarse placenteramente el estómago. Y el anciano fingió coger un frasco grande de vino añejo y verterlo delicadamente en la copa, que mi hermano se bebió de nuevo. Y siguieron haciendo lo mismo, hasta que mi hermano hizo como si se viera dominado por los vapores del vino, y empezó a menear la cabeza y a decir palabras atrevidas. Y pensaba: “Llegó la hora de que pague este viejo todos los suplicios que me ha hecho pasar”.

Y como si estuviera completamente borracho, levantó el brazo derecho y descargó tan violento golpe en el cogote del anciano, que resonó en toda la sala. Y alzó de nuevo el brazo, y le dió el segundo golpe más recio todavía. Entonces el anciano exclamó: “¿Qué haces, ¡oh tú el más vil entre los
hombres!”

Mi hermano Schakalik respondió: “¡Oh dueño mío y corona de mi cabeza! soy tu esclavo sumiso, aquel a quien has colmado de dones, acogiéndole en tu mansión y alimentándole en tu mesa con los manjares más exquisitos, como no los probaron ni los reyes. Soy aquel a quien has endulzado con las
confituras, compotas y pasteles más ricos, acabando por saciar su sed con los vinos más deliciosos. Pero bebí tanto, que he perdido el seso. ¡Disculpa, pues, a tu esclavo, que levantó la mano contra su bienhechor! ¡Disculpa, ya que tu alma es más elevada que la mía, y perdona mi locura!”

Entonces el anciano, lejos de encolerizarse, se echó a reír a carcajadas, y acabó por decir: “Mucho tiempo he estado buscando por todo el mundo, entre las personas con más fama de bromistas y divertidas, un hombre de tu ingenio, de tu carácter y de tu paciencia. Y nadie ha sabido sacar tanto partido como tú de mis chanzas y juegos. Hasta ahora has sido el único que ha sabido amoldarse a mi humor y a mis caprichos, conllevando la broma y correspondiendo con ingenio a ella. De modo que no sólo te perdono este final, sino que quiero que me acompañes a la mesa, que está realmente cubierta de manjares, dulces y frutas enumerados. Y en adelante, ya no me separaré jamás de ti”.

cuadroarabeY dió orden a sus esclavos para que los sirvieran en seguida, sin escatimar nada, lo cual se ejecutó puntualmente. Después que comieron los manjares y se endulzaron con pasteles, confituras y frutas, el anciano invitó a Schakalik a pasar con él al segundo comedor, reservado especialmente a las bebidas. Y al entrar fueron recibidos al son de armoniosos instrumentos y con canciones de las esclavas blancas, deliciosas
jóvenes más hermosas que lunas. Y mientras el viejo y mi hermano bebían exquisitos vinos, no cesaron las cantoras de entonar admirables melodías. Y algunas bailaron después como pájaros de alas rápidas.

Y este día de fiesta terminó con besos y goces más positivos que soñados.
Pero el jeique tomó tal afecto a mi hermano, que fue su amigo íntimo y su compañero inseparable, demostrándole un inmenso cariño, y le obsequiaba cada día con mayor regalo. Y no dejaron de comer, beber y vivir deliciosamente durante veinte años más.

Pero tenía que cumplirse lo que había escrito el Destino. Y pasados los veinte años murió el viejo, e inmediatamente el walí mandó embargar todos sus bienes, confiscándolos en provecho propio, pues el jeique carecía de herederos, y mi hermano no era su hijo. Entonces Schakalik, obligado a escaparse por la persecución del walí, tuvo que buscar la salvació huyendo de Bagdad. Y resolvió atravesar el desierto para dirigirse a la Meca y santificarse. Pero cierto día, la caravana a la cual se había unido fué atacada por los nómadas, salteadores de caminos, malos musulmanes que no practicaban los preceptos de nuestro Profeta (¡sean con él la plegaria y la paz de Alah!). Y los viajeros fueron despojados y reducidos a esclavitud, y a Schakalik le tocó el más feroz de aquellos bandidos beduínos, que lo llevó a su tribu y lo hizo su esclavo. Y todos los días le pegaba una paliza y le hacía sufrir todos los suplicios, y le decía: “Debes ser muy rico en tu país, y si no me pagas un buen rescate, acabarás por morir a mis propias manos”.

Y mi hermano, llorando, exclamaba: “¡Por Alah! Nada poseo, ¡oh jefe de los árabes! pues desconozco el camino de la riqueza. Y ahora soy tu esclavo y estoy en tu poder; puedes hacer de mí lo que quieras”.

mujer arabePero el beduíno tenía por esposa a una admirable mujer entre las mujeres, de negras cejas y ojos de noche. Y era ardiente en la copulación. Por eso, cada vez que el beduíno se alejaba de la tienda, esta criatura del desierto iba a buscar a mi hermano para ofrecerle su cuerpo. Y Schakalik, que se diferencia de todos nosotros en no ser gran cabalgador, no podía satisfacer plenamente a la ardorosa beduína, que se insinuaba y ponía en juego todos sus recursos, jugando las caderas, los pechos y el ombligo.

Pero un día que estaban a punto de besarse se precipitó en la tienda el terrible beduíno, y los sorprendió en aquella postura. Y sacó del cinturón un cuchillo tan ancho que de un solo golpe podía rebanar la cabeza de un camello, de una a otra yugular. Y agarró a mi hermano, empezó por cortarle los dos labios, metiéndoselos en la boca, y le dijo: “¡Miserable! ¿Cómo te atreviste a seducir a mi esposa?” Y empuñando el zib de mi hermano se lo cortó de un golpe y luego los compañones. En seguida, arrastrándolo por los pies, lo echó sobre un camello, lo llevó a lo alto de una montaña, lo tiró al suelo y se marchó para seguir su camino. Como la tal montaña está situada en el camino por donde van los peregrinos, algunos de estos peregrinos, que eran de Bagdad, hallaron a Schakalik; y al reconocer al chistosísimo Tarro hendido, que tanto los había hecho reír, vinieron a avisarme, después de haberle dado de comer y beber.

Y fui en su busca, ¡oh Emir de los Creyentes! me lo eché a cuestas, lo traje a Bagdad, y luego de curarle, le he dado con qué mantenerse mientras viva.masarabes

He aquí en pocas palabras, ¡oh Príncipe de los Creyentes! la historia de mis seis hermanos, que habría podido contarte con más detenimiento. Pero he preferido no abusar de tu paciencia, probando de este modo lo poco charlatán que soy, y que además de hermano de mis hermanos podría llamarme su padre, y que el mérito de ellos desaparece al presentarme yo, apellidado el Samet.

Y el califa Montasser Billah se echó a reír a carcajadas y me dijo:
“Efectivamente, ¡oh Samet! hablas bien poco, y nadie podrá acusarte de indiscreción, ni de curiosidad, ni de malas cualidades. Pero tengo mis motivos para exigir que inmediatamente salgas de Bagdad y te vayas a otra parte. Y sobre todo, date prisa”. Y así me desterró el califa, tan injustamente, sin explicarme la causa de aquel castigo. Entonces, ¡oh mis señores! empecé a viajar por todos los climas y todos los países, hasta que supe el fallecimiento de Montaser Billah y el reinado de su sucesor el califa El-Mostasen. Volví a Bagdad enseguida, pero me encontré con que todos mis hermanos habían muerto. Y entonces ese joven que se acaba de marchar tan descortésmente me llamó a su casa para que le afeitase la cabeza. Y contra todo lo que ha dicho puedo aseguraros, ¡oh mis señores! que le hice un grandísimo favor, y a no ser por mi ayuda, probable es que el kadí, padre de la joven, lo hubiese mandado matar. De modo que todo lo que ha dicho es una calumnia, y cuanto ha contado sobre mi supuesta curiosidad, indiscreción, charlatanería y falta de tacto es falso absolutamente, ¡oh vosotros cuantos aquí estáis!”

Tal es, ¡oh rey afortunado! -prosiguió Schehrazada-, la historia en siete partes que el sastre de la China refirió al rey.

Y después añadió: “Cuando el barbero Samet hubo terminado su historia, no necesitamos oír más para convencernos de que era realmente el charlatán más extraordinario y el rapista más indiscreto de toda la tierra. Y quedamos persuadidos de que el joven cojo de Bagdad había sido la víctima de su insoportable indiscreción. Entonces, aunque sus historias nos habían hecho pasar un buen rato, acordamos castigarle. Y nos
apoderamos de él, a pesar de sus chillidos, y lo encerramos en un cuarto oscuro lleno de ratas. Y los demás seguimos comiendo, bebiendo y disfrutando hasta que llegó la hora de la plegaria. Y entonces nos retiramos, y yo fui en busca de mi esposa.

Pero al llegar a mi casa encontré a mi mujer de muy mal humor, y me dijo: “¿Te parece bien dejarme sola mientras andas de diversión con tus amigos? Si no me sacas enseguida a pasear, me presentaré al walí para entablar la demanda de divorcio”.

Y como soy enemigo de disturbios conyugales, quise que hubiera paz, y a pesar del cansancio salí a pasear con mi mujer. Y anduvimos recorriendo calles y jardines hasta la puesta del sol.

Y cuando regresábamos a casa encontramos por casualidad a ese jorobeta que se hallaba a tu servicio, ¡oh rey poderoso y magnánimo! Y el jorobado estaba borracho completamente, diciendo chistes a cuantos le rodeaban, y recitó estos versos:

¡No sé si elegir la copa transparente y coloreada o el vino sutil y purpurino!

¡Porque la copa es como el vino sutil y purpurino, y el vino es como la copa coloreada y transparente!

Y se interrumpía para embromar a los transeúntes o para danzar, golpeando la pandereta. Y yo y mi mujer supusimos que sería para nosotros un agradable comensal, y le convidamos a comer con nosotros. Y juntos comimos, y mi esposa se quedó con nosotros, pues no creía que la presencia de un jorobado fuese como la de un hombre regular, pues de no pensarlo así no habría comido delante de un extraño.

Entonces fue cuando a mi esposa se le ocurrió bromear con el jorobeta y meterle en la boca la comida que lo ahogó. Y en seguida, ¡oh rey poderoso! cogimos el cadáver del jorobeta y lo dejamos en la casa del médico judío que está presente. Y a su vez el médico judío lo dejó en la casa del intendente, que hizo responsable al corredor copto.

Y tal es, ¡oh rey generoso! la más extraordinaria de las historias que te hayan referido. Y esta historia del barbero y sus hermanos es, con seguridad, más sorprendente que la del jorobado”.

salon arabeCuando el sastre hubo acabado de hablar, el rey de la China dijo: “He de confesar que es muy interesante esa historia, y acaso más sugestiva que la del pobre jorobeta. Pero ¿dónde está ese asombroso barbero? Quiero verle y oírle antes de adoptar mi decisión respecto a vosotros cuatro. Después enterraremos a nuestro jorobeta. Y le erigiremos un buen sepulcro por lo mucho que me divirtió en vida, y aun después de muerto, pues me ha dado ocasión de oír la historia del joven cojo, la del barbero con sus seis hermanos y las otras tres historias”.

Y dicho esto, el rey mandó a sus chambelanes que se fuesen con el sastre a buscar al barbero. Y una hora después, el sastre y los chambelanes, que habían ido a sacar al barbero del cuarto oscuro, lo trajeron al palacio y se lo presentaron al rey.

El rey examinó al barbero, y vio que era un anciano jeique lo menos de noventa años, de cara muy negra, barbas muy blancas, lo mismo que las cejas, orejas colgantes y agujereadas, narices de pasmosa longitud y aspecto lleno de presunción y altanería.

Al verlo, el rey de la China se echó a reír ruidosamente y le dijo: “¡Oh silencioso! Me han dicho que sabes contar historias admirables y llenas de maravilla. Quisiera oírte algunas de las que sabes referir tan bien”.

El barbero contestó: “¡Oh rey del tiempo! no te han engañado al ponderarte mis cualidades, pero en primer lugar desearía saber lo que hacen aquí, reunidos, ese corredor nazareno, ese judío, ese musulmán, y ese jorobeta muerto, tumbado en el suelo. ¿De dónde procede esta extraña reunión?”

Y el rey de la China se rió mucho y replicó: “¿Y por qué me interrogas respecto a gente que te es desconocida?”

El barbero dijo: “Pregunto solamente para demostrar a mi rey que no soy un charlatán indiscreto, que no me ocupo nunca en lo que no me importa, y que soy inocente de las calumnias que me dirigen, como la de llamarme hablador y lo demás. Sabe, por lo tanto, que soy digno de ostentar el sobrenombre de Silencioso, pues el poeta dijo:

Cuando tus ojos vean a una persona con un sobrenombre, sabe que, como indagues bien, siempre acabará por surgir el sentido del sobrenombre.

Entonces dijo el rey: “Mucho me agrada este barbero. Voy a contarle la historia del jorobado, y luego las relatadas por el nazareno, el judío, el intendente y el sastre”. Y el rey refirió al barbero todas las historias, sin omitir una particularidad. Pero no es necesario repetirlas.

Cuando el barbero hubo oído las historias y supo la causa de la muerte del jorobado, empezó a menear gravemente la cabeza, y exclamó: “¡Por Alah! ¡Cosa extraordinaria es ésa y me sorprende grandemente! A ver, levantad el velo que cubre el cadáver, que yo lo vea”. Y cuando se descubrió el cadáver, el barbero se sentó en el suelo, puso la cabeza del jorobado en sus rodillas v le miró atentamente a la cara. Y de pronto soltó tal carcajada, que la fuerza de la risa le hizo caer de trasero. Y exclamó: “En verdad, toda muerte tiene una causa entre las causas. Y la causa de la muerte de este jorobado es la cosa más sorprendente de las cosas sorprendentes. Porque merece ser escrita con hermosas letras de oro en los registros del reino, para enseñanza de los hombres futuros”.

Y el rey, pasmado al oír las palabras del barbero, le dijo: “¡Oh barbero, oh Silencioso! explícanos el sentido de tus palabras”.

Y el barbero replicó: “¡Oh rey! te juro por tu gracia y tus beneficios que tu
jorobeta tiene el alma en el cuerpo. Y lo vas a ver”. Y en seguida sacó de su cinturón un frasquito con un ungüento, empapó con él el pescuezo del jorobado y le vendó el cuello con un paño de lana, Después aguardó que transcurriese una hora. Sacó entonces del mismo cinturón unas largas tenazas de hierro, las introdujo en el garguero del jorobado, manipuló en varios sentidos y las sacó al fin, llevando en ellas el pedazo de pescado y la espina, causa de lo ocurrido al jorobeta.

Y éste estornudó estrepitosamente, abrió los ojos, volvió en sí, se palpó la cara con las manos, dió un brinco, se puso de pie y exclamó: “¡La ilah ile Alah! Y Mohamed es el Enviado de Alah! ¡Sean con él la plegaria y la salvación de Alah!”

Y todos los circunstantes quedaron estupefactos y llenos de admiración hacia el barbero. Y después, al reponerse de su emoción, el rey y todos los presentes empezaron a reír a carcajadas al ver la cara del jorobeta. Y el rey dijo: “¡Por Alah! ¡Qué aventura tan prodigiosa! ¡En mi vida he visto nada más sorprendente y extraordinario!” Y añadió: “¡Oh vosotros aquí presentes! ¿Ha visto alguno que así se muera un hombre para resucitar después? Si, gracias a Alah, no hubiese estado aquí este barbero, nuestro jeique Samet, el día de hoy habría sido el último de la vida del jorobado. Y sólo por la ciencia y el mérito de este barbero admirable y lleno de capacidad hemos podido salvar su vida”.

Y todos los presentes dijeron: “Verdad es, ¡oh rey! Pues esta aventura es el prodigio de los prodigios y el milagro de los milagros”.

Entonces el rey de la China, lleno de júbilo, mandó que inmediatamente se escribieran con letras de oro la historia del jorobado y del barbero, y que se conservasen en los archivos del reino. Y así se ejecutó puntualmente. En seguida regaló un magnífico traje de honor a cada uno de los acusados, al médico judío, al corredor nazareno, al intendente y al sastre, y los agregó al servicio de su persona y del palacio, y les mandó hacer las paces con el jorobeta. Y a éste le hizo maravillosos regalos, le colmó de riquezas, le nombró para altos cargos y lo eligió como compañero de mesa y bebida.

Pero aun tuvo más extraordinarias atenciones con el barbero; le hizo vestir un suntuoso traje de honor, mandó que le construyesen un astrolabio todo de oro, otros instrumentos de oro, tijeras y navajas con perlas y pedrería; le nombró barbero y peluquero de su persona y del reino, y también le tomó por compañero íntimo.

Y siguieron viviendo la vida más próspera y más dichosa, hasta que puso término a su felicidad la Arrebatadora de todo goce, la Dislocadora de toda intimidad, la Separadora de los amigos, la Sepultadora, la Invencible, la Inevitable.

¿FIN?

calamidades

Y Schehrazada dijo al rey Schariar, sultán de las islas de la India y de la China: “No creas que esta historia sea más admirable que la del rey Omar Al-Neman, sus dos hijos: Scharkan y Daul’Makan, sus guerras contra los reyes de Caissaria y Constantinia y…

LA MADRE DE TODAS LAS CALAMIDADES”                                        (A partir de Septiembre)

LOS IMPRUDENTES HERMANOS DEL BARBERO: Una aproximación a las 1000 y 1 noches (V)

Esta lectura es continuación de

http://lascosasdeunciempies.com/2013/01/03/toma-la-palabra-el-barbero-silencioso-aproximacion-a-las-1000-y-1-noches-iii/

Además, la historia se ha ido desgranando en los artículos anteriores:

http://lascosasdeunciempies.com/2012/12/17/el-barbero-silencioso-y-nada-locuaz-una-aproximacion-a-las-1000-y-1-noches/ http://lascosasdeunciempies.com/2012/12/23/continua-la-historia-del-barbero-el-samet-el-silencioso-ejemplo-de-virtud-prudencia-y-discrecion-aproximacion-a-las-1000-y-1-noches-ii/

y en la precuela aclaratoria:

http://lascosasdeunciempies.com/2013/01/12/una-precuela-a-la-historia-del-barbero-aproximacion-a-las-mil-y-una-noches-iv/

De manera que, resumiendo:

zoco2(Sherezade narra a su esposo el rey Schahriar la historia de un sastre, un médico judío, un comerciante cristiano y un intendente, acusados de matar al bufón jorabado del sultán. Los reos serán perdonados si con sus historias consiguen sorprender al sultán. En la historia expuesta por el sastre, un joven habla de las calamidades que se suceden tras conocer a un barbero. Posteriormente el barbero cuenta su historia y la de sus seis hermanos. ¿rocambolesco? es así, historias dentro de historias dentro de historias… precisamente como las imágenes de los espejos en las viejas barberías)

Con esta entrega nos aproximamos al desenlace final, pero antes de entrar en materia, una advertencia:

ATENCIÓN: esta lectura no pretende ofender ni mostrar ningún criterio sexista del autor del blog. Si te consideras especialmente sensible o consideras que las palabras pueden ofender tu moral o tu fe, eres libre de no leer. Puede que la lectura no sea apropiada para niños, moralistas o mujeres feministas sin sentido del humor

HISTORIA DE BACBUK, PRIMER HERMANO DEL BARBERO

       Así, ¡oh Emir de los Creyentes! que el mayor de mis hermanos, el que quedó cojo, se llama El-Bacbuk, porque cuando se pone a char­lar parece oírse el ruido que hace un cántaro al vaciarse. Su oficio ha sido el de sastre en Bagdad.

       Ejercía su oficio de sastre en una tiendecilla cuyo propietario era un hombre cuajado de dinero y de riquezas. Este hombre habitaba en lo alto de la misma casa en que estaba situada la tienda de mi herma­no Bacbuk. Y además, en el subterráneo de la casa había un molino donde vivían un molinero y el buey del molinero.

       Pero un día que mi hermano Bacbuk estaba cosiendo, sentado en su tienda, teniendo debajo de él al molinero y al buey del molinero, y encima al enriquecido propietario, he aquí que mi hermano Bacbuk levantó de pronto la cabeza, y vió asomada en una de las ventanas altas a una hermosa mujer como la luna saliente, que se distraía mi­rando a los transeúntes. Y esta mujer era la esposa del propietario de la casa.

       Al verla mi hermano Bacbuk sintió que su corazón se prendaba apasionadamente de ella, y le fué imposible coser ni hacer otra cosa que mirar a la ventana. Y se pasó todo el día como aturdido y en contemplación hasta por la noche. Y al día siguiente, en cuanto ama­neció, se sentó en su sitio de costumbre, y mientras cosía, muy poco a poco, levantaba a cada momento la cabeza para mirar a la ventana. Y a cada puntada que daba con la aguja se pinchaba los dedos, pues tenía los ojos en la ventana constantemente. Y así estuvo varios días, durante los cuales apenas si trabajó ni su labor valió más de un dracma.

       En cuanto a la joven, comprendió en seguida los sentimientos de mi hermano Bacbuk. Y se propuso sacarles todo el partido posible y divertirse a su costa. Y un día que estaba mi hermano más entonte­cido que de costumbre, la joven le dirigió una mirada asesina, que se clavó inmediatamente en el corazón de Bacbuk. Y Bacbuk miró en seguida a la joven, pero de un modo tan ridículo, que ella se quitó de la ventana para reírse a su gusto, y fué tal su explosión de risa, que se cayó de trasero sobre el piso. Pero el infeliz de Bacbuk llegó al límite de la alegría pensando que la joven le había mirado cariñosamente.

       Así es que al día siguiente no se asombró, ni con mucho, mi hermano Bacbuk, cuando vió entrar en su tienda al propietario de la casa, que llevaba debajo del brazo una hermosa pieza de hilo envuel­ta en un pañuelo de seda, y le dijo: “Te traigo esta pieza de tela para que me cortes unas camisas”. Entonces Bacbuk no dudó que aquel hombre estaba allí enviado por su mujer, y contestó: “¡Sobre mis ojos y sobre mi cabeza! Esta misma noche estarán acabadas tus cami­sas”. Y efectivamente, mi hermano se puso a trabajar con tal ahínco, privándose hasta de comer, que por la noche, cuando llegó el pro­pietario de la casa, ya tenía las veinte camisas cortadas, cosidas y empaquetadas en el pañuelo de seda. Y el propietario de la casa le preguntó: “¿Qué te debo?” Pero precisamente en aquel instante se presentó furtivamente en la ventana la joven, y dirigió una mirada a Bacbuk, haciéndole una seña con los ojos, como indicándole que no aceptase nada. Y mi hermano no quiso cobrarle nada al propietario de la casa, por más que en aquella ocasión estuviese muy apurado y cualquier dinero habría sido para él una gran ayuda. Pero se consideró dichoso con trabajar para el marido y favorecerle por amor a la linda cara de la mujer.

       Y al día siguiente al amanecer se presentó el propietario de la casa con otra pieza de tela debajo del brazo, y le dijo a mi hermano Bacbuk: “He aquí que acaban de advertirme en mi casa que necesito también calzoncillos nuevos para ponérmelos con las camisas nuevas. Y te traigo esta otra pieza de tela para que me hagas calzoncillos. Pero que sean muy anchos. Y no escatimes para nada los pliegues ni la tela”. Mi hermano contestó: “Escucho y obedezco”. Y se estuvo tres días completos cose que te cose, sin tomar otro alimento que el estric­tamente necesario, pues no quería perder tiempo, y además no tenía ni un dracma para comprar comida.

minarete

       Y cuando hubo terminado los calzoncillos, los envolvió en el pa­ñuelo, y muy contento, fué a llevárselos él mismo al propietario de la casa.

       No es necesario decir, ¡oh Emir de los Creyentes! que la joven se había puesto de acuerdo con su marido para burlarse del infeliz de mi hermano y hacerle las más sorprendentes jugarretas. Porque cuando mi hermano le presentó los calzoncillos al propietario de la casa, éste hizo como que iba a pagarle, pero inmediatamente apareció en la puerta la linda cara de la mujer, sonriéndole con los ojos y haciéndole señas con las cejas para que no cobrase. 

       Y Bacbuk se negó en redondo a recibir nada del marido. Entonces el marido se ausentó un instante para hablar con su esposa, que había desaparecido tam­bién, y volvió en seguida junto a mi hermano y le dijo: “Para agra­decer tus favores, hemos resuelto mi mujer y yo casarte con nuestra esclava blanca, que es muy hermosa y muy gentil, y de tal suerte serás de nuestra casa”. Y Bacbuk se figuró en seguida que era una excelente astucia de la mujer para que él pudiera entrar con libertad en la casa. Y aceptó en el acto. Y al momento mandaron llamar a la esclava, y la casaron con mi hermano Bacbuk.

       Pero cuando llegó la noche, quiso acercarse Bacbuk a la esclava blanca, y ésta le dijo: “¡No, no! ¡Esta noche no!” Y por mucho que lo deseara Bacbuk, no pudo darle ni siquiera un beso.

       Además, el propietario de la casa había dicho a mi hermano Bacbuk que aquella noche, en lugar de dormir en la tienda, durmiese en el molino que había en el sótano de la casa, a fin de que estuviesen más anchos él y su mujer. Y como la esclava, después de resistirse a la copulación, se subió a casa de su señora, Bacbuk tuvo que acos­tarse solo. Y al amanecer aun dormía Bacbuk, cuando entró el moline­ro y dijo en alta voz: “Ya ha descansado bastante este buey. Voy a engancharlo al molino para moler todo ese trigo que se me está amon­tonando en cantidad considerable”. Y se acercó entonces a mi hermano, fingiendo confundirle con el buey, y le dijo: “¡Vaya, arriba, holgazán, que tengo que engancharte!” Y mi hermano Bacbuk no quiso hablar, tal era su estupidez, y se dejó enganchar al molino. Y el molinero lo ató por la cintura al cilindro del molino, y dándole un fuerte latigazo, exclamó: “¡Yallah!” Y cuando Bacbuk recibió aquel golpe no pudo menos que mugir como un buey. Y el molinero siguió dándole fuertes latigazos y haciéndole dar vueltas al molino durante mucho tiempo. Y mi hermano mugía absolutamente como un buey, y resoplaba al recibir los estacazos.

       Y no tardó en llegar el propietario de la casa, que, al verle en tal estado, dando vueltas y recibiendo golpes, fué en seguida a avisar a su mujer, y ésta envió a la esclava blanca, que desató a mi hermano y le dijo muy compasivamente: “Mi señora acaba de saber el mal trato que te han hecho sufrir, y lo siente muchísimo. Todos lamentamos tus sufrimientos”. Pero el infeliz Bacbuk había recibido tanto palo y esta­ba tan molido, que no pudo contestar palabra.

       Hallándose en tal estado, se presentó el jeique que había escrito su contrato de matrimonio con la esclava blanca. Y le deseó la paz, y le dijo: “¡Concédate Alah larga vida! ¡Así sea bendito tu matrimonio! Estoy seguro de que acabas de pasar una noche feliz y que has gozado los transportes más dulces y más íntimos, abrazos, besos y copulacio­nes desde la noche hasta la mañana”. Y mi hermano Bacbuk le con­testó: “¡Alah confunda a los embaucadores y a los pérfidos de tu clase, traidor a la milésima potencia! Tú me metiste en todo esto para que diese vueltas al molino en lugar del buey del molinero, y eso hasta la mañana”. Entonces el jeique le invitó a que se lo contase todo, y mi hermano se lo contó. Y entonces el jeique le dijo: “Todo eso está muy claro. No es otra cosa sino que tu estrella no concuerda con la estrella de la joven”. Y Bacbuk le replicó: “¡Ah, maldito! Anda a ver si pue­des inventar más perfidias”.    Después mi hermano se fué y volvió a meterse en su tienda, con el fin de aguardar algún trabajo que le per­mitiese ganar el pan, ya que tanto había trabajado sin cobrar.

      Y mientras estaba sentado, hete aquí que se presentó la esclava blanca, y le dijo: “Mi ama te quiere muchísimo, y me encarga te diga que acaba de subir a la azotea para tener el gusto de contemplar­te desde el tragaluz”. Y efectivamente, mi hermano vió aparecer en el tragaluz a la joven, deshecha en lágrimas, y se lamentaba y decía: “¡Oh querido mío! ¿por qué me pones tan mala cara y estás tan enfadado que ni siquiera me miras? Te juro por tu vida que cuanto te ha pasado en el molino se ha hecho a espaldas mías. En cuanto a esa esclava loca, no quiero que la mires siquiera. En adelante, yo sola seré tuya”. Y mi hermano Bacbuk levantó entonces la cabeza y miró a la joven. Y esto le bastó para olvidar todas las tribulaciones pasadas y para hartar sus ojos contemplando aquella hermosura. Des­pués se puso a hablarle por señas, y ella con él, hasta que Bacbuk se convenció de que todas sus desgracias no le habían pasado a él, sino a otro cualquiera.

       Y con la esperanza de ver a la joven, siguió cortando y cosiendo camisas, calzoncillos, ropa interior y ropa exterior, hasta que un día fué a buscarle la esclava blanca, y le dijo: “Mi señora te saluda. Y como mi amo y esposo suyo se marcha esta noche a un banquete que le dan sus amigos, y no volverá hasta la mañana, te aguardará im­paciente mi señora para pasar contigo esta noche entre delicias y lo que sabes”. Y el infeliz de Bacbuk estuvo a punto de volverse loco al oír tal noticia.

       Porque la astuta casada había combinado un último plan, de acuerdo con su marido, para deshacerse de mi hermano, y verse libres, ella y él, de pagarle toda la ropa que le habían encargado. Y el pro­pietario de la casa había dicho a su mujer: “¿Cómo haríamos para que entrase en tu aposento para sorprenderle y llevarle a casa del walí?” Y la mujer contestó: “Déjame obrar a mi gusto, y lo engañaré con tal engaño y lo comprometeré en tal compromiso, que toda la ciudad se ha de burlar de él”.

        Bacbuk no se figuraba nada de esto, pues desconocía en abso­luto todas las astucias y todas las emboscadas de que son capaces las mujeres. Así es que, llegada la noche, fué a buscarle la esclava, y lo lle­vó a las habitaciones de su señora, que en seguida se levantó, le sonrió, y dijo: “¡Por Alah! ¡Dueño mío, qué ansias tenía de verte junto a mí!” Y Bacbuk contestó: “¡Y yo también! ¡Pero démonos prisa, y ante todo, un beso! Y en seguida…”

       ¡Pero aun no había acabado de hablar, cuando se abrió la puerta y entró el marido con dos esclavos negros, que se precipitaron sobre mi hermano Bacbuk, le ataron. le arrojaron al suelo y empezaron por acariciarle la espalda con sus lá­tigos. Después se lo echaron a cuestas para llevarle a casa del walí. Y el walí le condenó a que le diesen doscientos azotes, y después le mon­taron en un camello y le pasearon por todas las calles de Bagdad. Y un pregonero iba gritando: “¡De esta manera se castigará a todo ca­balgador que asalte a la mujer del prójimo!”

       Pero mientras así paseaban a mi hermano Bacbuk, se enfureció de pronto el camello y empezó a dar grandes corcovos. Y Bacbuk, como no podía valerse, cayó al suelo y se rompió una pierna, quedan­do cojo desde entonces. Y Bacbuk, con su pata rota, salió de la ciudad. Pero me avisaron de todo ello a tiempo, ¡oh Príncipe de los Creyentes! y corrí detrás de él, y le traje aquí en secreto, he de confesarlo, y me encargué de su curación, de sus gastos y de todas sus necesidades. Y así seguimos.

Y cuando hube contado esta historia de Bacbuk, ¡oh mis señores! el califa Montasser-Billah se echó a reír a carcajadas, y dijo: “¡Qué bien la contaste! ¡Qué divertido relato!” Y yo repuse: “En verdad que no merezco aún tanta alabanza tuya. Porque entonces, ¿qué dirás cuando hayas oído la historia de cada uno de mis otros hermanos? Pero temo que me tomes por un charlatán indiscreto”.

        Y el califa con­testó:    

        “¡Al contrario, barbero sobrenatural!

        Apresúrate a contarme lo que ocurrió a tus hermanos, para adornar mis oídos con esas histo­rias que son pendientes de oro, y no temas entrar en pormenores.. pues juzgo que tu historia ha de tener tantas delicias como sabor”.

        Y en­tonces dije:

                        HISTORIA DE EL-HADDAR, SEGUNDO HERMANO DEL BARBERO

       “Sabed, pues, ¡oh Emir de los Creyentes! que mi segundo herma­no se llama El-Haddar, porque muge como un camello. Y además está mellado. Como oficio no tiene ninguno, pero en cambio me da muchos disgustos. Juzgad con vuestro entendimiento al oír esta aventura.

       Un día que vagaba sin rumbo por las calles de Bagdad, se le acer­có una vieja y le dijo en voz baja: “Escucha, ¡oh ser humano! Te voy a hacer una proposición, que puedes aceptar o rechazar, según te plazca”. Y mi hermano se detuvo, y dijo: “Ya te escucho”. Y la vieja prosiguió: “Pero antes de ofrecerte esa cosa, me has de asegurar que no eres un charlatán indiscreto”. Y mi hermano respondió: “Puedes decir lo que quieras”. Y ella le dijo: “¿Qué te parecería un hermoso palacio con arroyos y árboles frutales, en el cual corriese el vino en las copas nunca vacías, en donde vieras caras arrebatadoras, besaras mejillas suaves, poseyeras cuerpos flexibles y disfrutaras de otras cosas por el estilo, gozando desde la noche hasta la mañana? Y para disfru­tar de todo eso, no necesitarás más que avenirte a una condición”.     Mi hermano El-Haddar replicó a estas palabras de la vieja: “Pero ¡oh señora mía! ¿cómo es que vienes a hacerme precisamente a mí esa proposición, excluyendo a otro cualquiera entre las criaturas de Alah? ¿Qué has encontrado en mí para preferirme?” Y la vieja contestó: “Ya te he dicho que ahorres palabras, que sepas callar, y conducirte en silencio. Sígueme, pues, y no hables más”.

       Después se alejó precipita­damente. Y mi hermano, con la esperanza de todo lo prometido, echó a andar detrás de ella, hasta que llegaron a un palacio magnífico, en el cual entró la vieja e hizo entrar a mi hermano Haddar. Y mi her­mano vió que el interior del palacio era muy bello, pero que era más bello aún lo que encerraba. Porque se encontró en medio de cuatro muchachas como lunas. Y estas jóvenes estaban tendidas sobre riquí­simos tapices y entonaban con una voz deliciosa canciones de amor.

       Después de las zalemas acostumbradas, una de ellas se levantó, llenó la copa y la bebió. Y mi hermano Haddar le dijo: “Que te sea sano y delicioso, y aumente tus fuerzas”.

       Y se aproximó a la joven, para tomar la copa vacía y ponerse a sus órdenes. Pero ella llenó in­mediatamente la copa y se la ofreció. Y Haddar, cogiendo la copa, se puso a beber. Y mientras él bebía, la joven empezó a acariciarle la nuca; pero de pronto le golpeó con tal saña, que mi hermano acabó por en­fadarse. Y se levantó para irse, olvidando su promesa de soportarlo todo sin protestar. Y entonces se acercó la vieja y le guiñó el ojo, como diciéndole: “¡No hagas eso! Quédate y aguarda hasta el fin”. Y mi hermano obedeció, y hubo de soportar pacientemente todos los capri­chos de la joven. Y las otras tres porfiaron en darle bromas no menos pesadas: una le tiraba de las orejas como para arrancárselas, otra le daba papirotazos en la nariz, y la tercera le pellizcaba con las uñas. Y mi hermano lo tomaba con mucha resignación, porque la vieja le se­guía haciendo señas de que callase.

      viajero arabe Por fin, para premiar su paciencia, se levantó la joven más hermosa y le dijo que se desnudase. Y mi hermano obedeció sin protestar. Y entonces la joven cogió un hisopo, le roció con agua de rosas, y le dijo: “Me gustas mucho, ¡ojo de mi vida! Pero me fastidian las barbas y los bigotes, que pinchan la piel. De modo que, si quieres de mí lo que tú sabes, te has de afeitar la cara”. Y mi hermano contestó: “Pues eso no puede ser, porque sería la mayor vergüenza que me podría ocurrir”. Y ella dijo: “Pues no podré amar­te de otro modo. No hay más remedio”. Y entonces mi hermano dejó que la vieja le llevase a una habitación contigua, donde le cortó la barba y se la afeitó, y después los bigotes y las cejas. Y luego le em­badurnó la cara con coloretes y polvos, y lo condujo a la sala donde estaban las jóvenes. Y al verle les entró tal risa, que se doblaron sobre sus posaderas.

       Después se le acercó la más hermosa de aquellas jóvenes, y le dijo: “¡Oh dueño mío! Tus encantos acaban de conquistar mi alma. Y sólo he de pedirte un favor, y es que así, desnudo como estás y tan lindo, ejecutes delante de nosotras una danza que sea graciosa y su­gestiva”. Y como El-Haddar no pareciese muy dispuesto, prosiguió la joven: “Te conjuro por mi vida a que lo hagas. Y después lograrás de mí lo que tú sabes”. Entonces, al son de la darabuka, manejada por la vieja, mi hermano se ató a la cintura un pañuelo de seda y se puso a bailar en medio de la sala.

       Pero tales eran sus gestos y sus piruetas, que las jóvenes se des­ternillaban de risa, y empezaron a tirarle cuanto vieron a mano: los almohadones, las frutas, las bebidas y hasta las botellas. Y la más bella de todas se levantó entonces y fué adoptando toda clase de pos­turas, mirando a mi hermano con ojos como entornados por el deseo, y después se fué despojando de todas sus ropas, hasta quedarse sólo con la finísima camisa y el amplio calzón de seda.

       El-Haddar, que había interrumpido el baile tan pronto como vió a la joven desnuda, llegó al límite más extremo de la excitación.

       Pero entonces se le acercó la vieja y le dijo: “Ahora te toca correr detrás de ella. Porque cuando se excita con la bebida y con la danza, acostumbra desnudarse por completo, pero no se entrega a ningún amante sin haber examinado su cuerpo desnudo, su zib en erección y su ligereza para correr, juzgándole entonces digno de ella. De modo que la vas a perseguir por todas partes, de habitación en habitación, hasta que la puedas atrapar. Y sólo entonces consentirá que la ca­balgues”.

       Y mi hermano, al oír aquello, se quitó el cinturón de seda y se dispuso a correr. Y la joven se despojó de la camisa y de lo demás, y apareció toda desnuda, cimbreándose como una palmera nueva. Y echó a correr, riéndose a carcajadas y dando dos vueltas al salón. Y mi hermano la perseguía con su zib erguido”.

      En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la ma­ñana, y se calló discretamente.

                                          PERO CUANDO LLEGO LA 31ª  NOCHE

       Ella dijo:

       He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el barbero prosiguió su relato en esta forma:

“Mi hermano Haddar, con su zib erguido, empezó a perseguir a la joven, que, ligera, huía de él y se reía. Y las otras jóvenes y la vieja, al ver correr a aquel hombre con su rostro pintarrajeado, sin barbas, ni bigotes, ni cejas, y erguido su zib hasta no poder más, se morían de risa y palmoteaban y golpeaban el suelo con los pies.

       Y la joven, después de dar dos vueltas a la sala, se metió por un pasillo muy largo, y luego cruzó dos habitaciones, una tras otra, siem­pre perseguida por mi hermano, completamente loco. Y ella, sin dejar de correr, reía con toda su alma, moviendo las caderas.

       Pero de pronto desapareció en un recodo, y mi hermano fué a abrir una puerta por la cual creía que había salido la joven, y se en­contró en medio de una calle. Y esta calle era la calle en que vivían los curtidores de Bagdad. Y todos los curtidores vieron a El-Haddar afei­tado de barbas, sin bigotes, las cejas rapadas y pintado el rostro como una ramera. Y escandalizados, se pusieron a darle correazos, hasta que perdió el conocimiento. Y después le montaron en un burro, poniéndole al revés, de cara al rabo, y le hicieron dar la vuelta a todos los zocos, hasta que lo llevaron al walí, que les preguntó: “¿Quién es ese hom­bre?”

       Y ellos contestaron: “Es un desconocido que salió súbitamente de casa del gran visir. Y lo hemos hallado en este estado”. Entonces el walí mandó que le diesen cien latigazos en la planta de los pies, y lo desterró de la ciudad. Y yo ¡oh Emir de los Creyentes!, corrí en bus­ca de mi hermano, me lo traje secretamente, y le di hospedaje. Y aho­ra lo sostengo a mi costa. Comprenderás, que si yo no fuera un hom­bre lleno de entereza y de cualidades, no habría podido soportar a se­mejante necio.

       Pero en lo que se refiere a mi tercer hermano, ya es otra cosa, como vas a ver.

                          HISTORIA DE BACBAC, TERCER HERMANO DEL BARBERO

“Bacbac el ciego, por otro nombre el Cacareador hinchado, es mi tercer hermano. Era mendigo de oficio, y uno de los principales de la cofradía de los pordioseros de Bagdad, nuestra ciudad.

       Cierto día, la voluntad de Alah y el Destino permitieron que mi hermano llegase a mendigar a la puerta de una casa. Y mi hermano Bacbac, sin prescindir de sus acostumbradas invocaciones para pedir limosna: “¡Oh donador, oh generoso!”, dió con el palo en la puerta. Pero conviene que sepas, ¡oh Comendador de los Creyentes! que mi hermano Bacbac, igual que los más astutos de su cofradía, no con­testaba cuando, al llamar a la puerta de una casa, le decían: “¿Quién es?”

        Y se callaba para obligar a que abriesen la puerta, pues de otro modo, en lugar de abrir, se contentaban con responder desde adentro: “¡Alah te ampare!” Que es el modo de despedir a los mendigos.

       De modo que aquel día, por más que desde la casa preguntasen “¿Quién es?”, mi hermano callaba. Y acabó por oír pasos que se acer­caban, y que se abría la puerta. Y se presentó un hombre al cual Bacbac, si no hubiera estado ciego, no habría pedido limosna seguramente.

        Pero aquel era su Destino. Y cada hombre lleva su Destino atado al cuello. Y el hombre le preguntó: “¿Qué deseas?” Y mi hermano Bacbac respondió: “Que me des una limosna, por Alah el Altísimo”. El hombre volvió a preguntar: “¿Eres ciego?” Y Bacbac dijo, “Sí, mi amo, y muy pobre”. Y el otro repuso: “En ese caso, dame la mano para que te guíe”. Y le dió la mano, y el hombre lo metió en la casa, y lo hizo subir esca­lones y más escalones, hasta que lo llevó a la azotea, que estaba muy alta. Y mi hermano, sin aliento, se decía: “Seguramente, me va a dar las sobras de algún festín”.

       Y cuando hubieron llegado a la azotea, el hombre volvió a pregun­tar: “¿Qué quieres, ciego?” Y mi hermano, bastante asombrado, respon­dió: “Una limosna, por Alah”. Y el otro replicó: “Que Alah te abra el día en otra parte”. Entonces Bacbac le dijo: “¡Oh tú, un tal! ¿no podías haberme contestado así cuando estábamos abajo? A lo cual replicó el otro: “¡Oh tú, que vales menos que mi trasero! ¿por qué no me contes­taste cuando yo preguntaba desde dentro: “¿Quién es? ¿Quién está a la puerta? ¡Conque lárgate de aquí en seguida, o te haré rodar como una bola, asqueroso mendigo de mal agüero!” Y Bacbac tuvo que bajar más que de prisa la escalera completamente solo.

       Pero cuando le quedaban unos veinte escalones dió un mal paso, y fué rodando hasta la puerta. Y al caer se hizo una gran contusión en la cabeza, y caminaba gimiendo por la calle. Entonces varios de sus com­pañeros, mendigos y ciegos como él, al oírle gemir le preguntaron la causa, y Bacbac les refirió su desventura. Y después les dijo: “Ahora tendréis que acompañarme a casa para coger dinero con qué comprar comida para este día infructuoso y maldito. Y habrá que recurrir a nuestros ahorros, que, como sabéis, son importantes, y cuyo depósito me habéis confiado”.zoco

       Pero el hombre de la azotea había bajado detrás de él y le había seguido. Y echó a andar detrás de mi hermano y los otros dos ciegos, sin que nadie se apercibiese, y allí llegaron todos a casa de Bacbac. Entraron, y el hombre se deslizó rápidamente antes de que hubiesen cerrado la puerta. Y Bacbac dijo a los dos ciegos: “Ante todo, regis­tremos la habitación por si hay algún extraño escondido”.

       Y aquel hombre, que era todo un ladrón de los más hábiles entre los ladrones, vió una cuerda que pendía del techo, se agarró de ella, y silenciosamente trepó hasta una viga, donde se sentó con la mayor tranquilidad. Y los dos ciegos comenzaron a buscar por toda la habi­tación, insistiendo en sus pesquisas varias veces, tentando los rincones con los palos. Y hecho esto, se reunieron con mi hermano, que sacó en­tonces del escondite todo el dinero de que era depositario, y lo contó con sus dos compañeros, resultando que tenían diez mil dracmas juntos.

        Después, cada cual cogió dos o tres dracmas, volvieron a meter todo el dinero en los sacos, y los guardaron en el escondite. Y uno de los tres ciegos marchó a comprar provisiones y volvió en seguida, sacando de la alforja tres panes, tres cebollas y algunos dátiles. Y los tres compañe­ros se sentaron en corro y se pusieron a comer.

       Entonces el ladrón se deslizó silenciosamente a lo largo de la cuerda, se acurrucó junto a los tres mendigos y se puso a comer con ellos. Y se había colocado al lado de Bacbac, que tenía un oído exce­lente. Y Bacbac, oyendo el ruido de sus mandíbulas al comer, exclamó: “¡Hay un extraño entre nosotros!” Y alargó rápidamente la mano hacia donde oía el ruido de las mandíbulas, y su mano cayó precisamente sobre el brazo del ladrón. Entonces Bacbac y los dos mendigos se precipitaron encima de él, y empezaron a gritar y a golpearle con sus palos; ciegos como estaban, y pedían auxilio a los vecinos, chillando: “¡Oh musul­manes, acudid a socorrernos! ¡Aquí hay un ladrón! ¡Quiere robarnos el poquísimo dinero de nuestros ahorros!” Y acudiendo los vecinos, vieron a Bacbac, que, auxiliado por los otros dos mendigos, tenía bien sujeto al ladrón, que intentaba defenderse y escapar. Pero el ladrón, cuando llegaron los vecinos, se fingió también ciego, y cerrando los ojos, exclamó: “¡Por Alah! ¡Oh musulmanes! Soy ciego y socio de estos tres, que me niegan lo que me corresponde de los diez mil dracmas de ahorros que poseemos en comunidad. Os lo juro por Alah el Altísimo, por el sultán, por el emir. Y os pido que me llevéis a presencia del walí, donde se comprobará todo”. Entonces llegaron los guardias del walí, se apoderaron de los cuatro hombres y los llevaron entre las manos de walí.

       Y el walí preguntó: “¿Quiénes son esos hombres?” Y el ladrón exclamó: “Escucha mis palabras, ¡oh walí justo y perspicaz! y sabrás lo que debes saber. Y si no quisieras creerme, manda que nos den tormento, a mí primero, para obligarnos a confesar la verdad. Y somete en seguida al mismo tormento a estos hombres para poner en claro este asunto”. Y el walí dispuso: “¡Coged a ese hombre, echadlo en el suelo, y apaleadle hasta que confiese!” Entonces los guardias agarraron al ciego fingido, y uno le sujetaba los pies, y los demás principiaron a darle de palos en ellos. A los diez palos, el supuesto ciego empezó a dar gritos y abrió un ojo, pues hasta entonces los había tenido cerrados. Y después de recibir otros cuantos palos, no muchos, abrió ostensiblemente el otro ojo.

       Y el walí, enfurecido, le dijo: “¿Qué farsa es ésta, miserable em­bustero?” Y el ladrón contestó: “Que suspendan la paliza y lo explicaré todo”. Y el walí mandó suspender el tormento, y el ladrón dijo: “Somos cuatro ciegos fingidos, que engañamos.a la gente para que nos dé limos­na. Pero además simulamos nuestra ceguera para poder entrar fácilmente en las casas, ver las mujeres con la cara descubierta, seducirlas, cabal­garlas y al mismo tiempo examinar el interior de las viviendas y prepa­rar los robos sobre seguro. Y como hace bastante tiempo que ejercemos este oficio tan lucrativo, hemos logrado juntar entre todos hasta diez mil dracmas. Y al reclamar mi parte a estos hombres, no sólo se negaron a dármela, sino que me apalearon, v me habrían matado a golpes si los guardias no me hubiesen sacado de entre sus manos. Esta es la verdad, ¡oh walí! Pero ahora, para que confiesen mis compañeros, tendrás que recurir al látigo, como hiciste conmigo. Y así hablarán.

        Pero que les den de firme, porque de lo contrario no confesarán nada. Y hasta verás cómo se obstinan en no abrir los ojos, como yo hice”.

       Entonces el walí mandó a azotar a mi hermano el primero de todos. Y por más que protestó y dijo que era ciego de nacimiento, le siguieron azotando hasta que se desmayó. Y como al volver en sí tampoco abrió los ojos, mandó el walí que le dieran otros trescientos palos, y luego tres­cientos más, y lo mismo hizo con los otros dos ciegos, que tampoco los pudieron abrir, a pesar de los golpes y a pesar de los consejos que les dirigía el ciego fingido, su compañero improvisado.

       Y en seguida el walí encargó a este ciego fingido que fuese casa de mi hermano Bacbac y trajese el dinero. Y entonces dió a este ladrón dos mil quinientos dracmas, o sea la cuarta parte del dinero, y se quedó con lo demás.

       En cuanto a mi hermano y los otros dos ciegos, el walí les dijo: “¡Miserables hipócritas! ¿Conque coméis el pan que os concede la gracia de Alah, y luego juráis en su nombre que sois ciegos? Salid de aquí y que no se os vuelva a ver en Bagdad ni un solo día”.

       Y yo, ¡oh Emir de los Creyentes! en cuanto supe todo esto salí en busca de mi hermano, lo encontré, lo traje secretamente a Bagdad, lo metí en mi casa, y me encargué de darle de comer y vestirlo mien­tras viva.

       Y tal es la historia de mi tercer hermano, Bacbac el ciego.

       Y al oírla el califa Montasser Billah, dijo: “Que den una gratifica­ción a este barbero, y que se vaya en seguida”. Pero yo, ¡oh mis señores! contesté: “¡Por Alah! ¡Oh Príncipe de los Creyentes! No puedo aceptar nada sin referirte lo que les ocurrió a mis otros tres hermanos”.

       Y con­cedida la autorización prosiguió:

HISTORIA DE EL-KUZ, CUARTO HERMANO DEL BARBERO

       Mi cuarto hermano, el tuerto El-Kuz, El Assuaní, o el botijo irrom­pible, ejercía en Bagdad el oficio de carnicero. Sobresalía en la venta de carne y picadillo, y nadie le aventajaba en criar y engordar carneros de larga cola. Y sabía a quién vender la carne buena y a quién des­pachar la mala. Así es que los mercaderes más ricos y los principales de la ciudad sólo se abastecían en su casa y no compraban más carne que la de sus carneros; de modo que en poco tiempo llegó a ser muy rico y propietario de grandes rebaños y hermosas fincas.

       Y seguía prosperando mi hermano El-Kuz, cuando cierto día entre los días, que estaba sentado en su establecimiento, entró un jeique de larga barba blanca, que le dió dinero y le dijo: “¡Corta carne buena!” Y mi hermano le dió de la mejor carne, cogió el dinero y devolvió el saludo al anciano, que se fué.

       Entonces mi hermano examinó las monedas de plata que le había entregado el desconocido, y vió que eran nuevas, de una blancura des­lumbradora. Y se apresuró a guardarlas aparte en una caja especial, pen­sando: “He aquí unas monedas que me van a dar buena sombra”.

       Y durante cinco meses seguidos el viejo jeique de larga barba blanca fué todos los días a casa de mi hermano, entregándole mone­das de plata completamente nuevas a cambio de carne fresca y de buena calidad. Y todos los días mi hermano cuidaba de guardar aparte aquel dinero. Pero un día mi hermano El-Kuz quiso contar la cantidad que había reunido de este modo, a fin de comprar unos hermosos car­neros, y especialmente unos cuantos moruecos para enseñarles a luchar unos con otros, ejercicio muy gustado en Bagdad, mi ciudad. Y apenas había abierto la caja en que guardaba el dinero del jeique de la barba blanca, vió que allí no había ninguna moneda, sino redondeles de papel blanco. Entonces empezó a darse puñetazos en la cara y en la cabeza, y a lamentarse a gritos. Y en seguida le rodeó un gran grupo de transeúntes, a quienes contó su desventura, sin que nadie pudiera expli­carse la desaparición de aquel dinero. Y El-Kuz seguía gritando y di­ciendo: “¡Haga Alah que vuelva ahora ese maldito jeique para que le pueda arrancar las barbas y el turbante con mis propias, manos!”

       Apenas había acabado de pronunciar estas palabras, cuando apa­reció el jeique. Y el jeique -atravesó por entre el gentío, y llegó hasta mi hermano para entregarle, como de costumbre, el dinero. En seguida mi hermano se lanzó contra él, y sujetándole por un brazo, dijo: “¡Oh musulmanes! ¡Acudid en mi socorro! ¡He aquí al infame ladrón!” Pero el jeique no se inmutó para nada, pues inclinándose hacia mi her­mano le dijo de modo que sólo pudiera oírle él: “¿Qué prefieres, callar o que te comprometa delante de todos? Y te advierto que tu afrenta ha de ser más terrible que la que quieres causarme”.

       Pero El-Kuz contestó: “¿Qué afrenta puedes hacerme, maldito viejo de betún? ¿De qué modo me vas a comprometer?” Y el jeique dijo: “Demostraré que vendes carne humana en vez de carnero”. Y mi hermano repuso: “¡Mientes, oh mil veces embustero y mil veces maldito!” Y el jeique dijo: “El embus­tero y el maldito es quien tiene colgando del gancho de su carnicería un cadáver en vez de un carnero”.

       Mi hermano protestó violentamente, y dijo: “¡Perro, hijo de perro! Si pruebas semejante cosa, te entre­garé mi sangre y mis bienes”. Y entonces el jeique se volvió hacia la muchedumbre y dijo a voces:     “¡Oh vosotros todos, amigos míos! ¿veis a este carnicero? Pues hasta hoy nos ha estado engañando a todos, infringiendo los preceptos de nuestro Libro. Porque en vez de matar carneros degüella cada día a un hijo de Adán y nos vende su carne por carne de carnero, Y para convenceros de que digo la ver­dad, entrad a registrar la tienda”.

Continuará…

     

UNA PRECUELA A LA HISTORIA DEL BARBERO: Aproximación a las mil y una noches (IV)

matrioskasUna cuestión que aumenta la complejidad a la hora de leer o de compartir fragmentos de las Mil y Una noches, es la de que muchas de las historias se encuentran entrelazadas entre sí y, a menudo unas dentro de otras como las matrioskas rusas.

En esta serie que iniciamos con:

http://lascosasdeunciempies.com/2012/12/17/el-barbero-silencioso-y-nada-locuaz-una-aproximacion-a-las-1000-y-1-noches/

y continuamos con:

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hemos realizado esta escueta aclaración:

(Sherezade narra a su esposo el rey Schahriar la historia de un sastre, un médico judío, un comerciante cristiano y un intendente. Dentro de esta historia el Sastre continúa con el siguiente relato ante el sultán que los indultará a todos del homicidio de su bufón jorobado si consiguen sorprenderlo con sus relatos)

Hoy aclararemos porque el sultán condena por homicidio al sastre, el médico, el comerciante y el intendente.

Pero antes una de estas advertencias que tanto nos gustan y divierten:

ADVERTENCIA TIPO CAJETILLA DE TABACO:

 

sevilla arabe

ATENCIÓN: esta lectura no pretende ofender ni mostrar ningún criterio sexista del autor del blog. Si te consideras especialmente sensible o consideras que las palabras pueden ofender tu moral o tu fe, eres libre de no leer. Puede que la lectura no sea apropiada para niños, moralistas o mujeres feministas sin sentido del humor.

HISTORIA DEL JOROBADO CON EL SASTRE, EL CORREDOR NAZARENO,EL INTENDENTE Y EL MÉDICO JUDÍO; LO QUE DE ELLO RESULTÓ Y SUS AVENTURAS SUCESIVAMENTE REFERIDAS

       Entonces Schehrazada dijo al rey Schahriar:

       “He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que en la antigüedad del tiempo y en lo pasado de las edades y de los siglos, hubo en una ciudad de la China un hombre que era sastre y estaba muy satisfecho de su condición. Amaba las distracciones apacibles y tranquilas y de cuando en cuando acostumbraba salir con su mujer, para pasearse y recrear la vista con el espectáculo de las calles y los jardines. Pero cierto día que ambos habían pasado fuera de casa, al regresar a ella, al anoche­cer, encontraron en el camino a un jorobado de tan grotesca facha, que era antídoto de toda melancolía y haría reír al hombre más triste, disipando todo pesar y toda aflicción. Inmediatamente se le acercaron el sastre y su mujer, divirtiéndose tanto con sus chanzas, que le convidaron a pasar la noche en su compañía.

       El jorobado hubo de responder a esta oferta como era debido, uniéndose a ellos, y llegaron juntos a la casa. Entonces el sastre se apartó un momento para ir al zoco antes de que los comerciantes cerrasen su tienda, pues quería com­prar provisiones con qué obsequiar al huésped. Compró pescado frito, pan fresco, limones, y un gran pedazo de halaua para postre.

       Des­pués volvió, puso todas estas cosas delante del jorobado, y todos se sentaron a comer.

Mientras comían alegremente, la mujer del sastre tomó con los de­dos un gran trozo de pescado, y lo metió por broma todo entero en la boca del jorobado, tapándosela con la mano para que no escupiera el pedazo, y dijo: “¡Por Alah! Tienes que tragarte ese bocado de una vez sin remedio, o si no, no te suelto”.

       Entonces el jorobado, tras de muchos esfuerzos, acabó por tragarse el pedazo entero. Pero desgraciadamente para él, había decretado el Destino que en aquel bocado hubiese una enorme espina. Y esta espina se le atravesó en la garganta, ocasionándole en el acto la muerte.

       Al llegar a este punto de su relato, vió Schehrazada, hija del visir, que se acercaba la mañana, y con su habitual discreción no quiso pro­seguir la historia, para no abusar del permiso concedido por el rey Schahriar.

       Entonces su hermana, la joven Doniazada, le dijo: “¡Oh hermana mía! ¡Cuán gentiles, cuán dulces y cuán sabrosas son tus palabras!” Y Schehrazada respondió: “¿Pues qué dirás la noche próxima, cuando oigas la continuación, si es que vivo aún, porque así lo disponga la voluntad de este rey lleno de buenas maneras y de cortesía?”

       Y el rey Schahriar dijo para sí: “¡Por Alah! No la mataré hasta no oír lo que falta de esta historia, que es muy sorprendente”.

       Después el rey Schahriar cogió a Schehrazada entre sus brazos, y pasaron enlazados el resto de la noche, hasta que llegó la mañana. En­tonces el rey se levantó y se fue a la sala de justicia.

       motivos arabesEnseguida entró el visir, y entraron asimismo los emires, los chambelanes y los guar­dias, y el diwán se llenó de gente. El rey empezó a juzgar y a despa­char asuntos, dando un cargo a éste, destituyendo a aquél, sentenciando en los pleitos pendientes, y ocupando su tiempo de este modo hasta acabar el día. Terminado el diwán, el rey volvió a sus aposentos y fue en busca de Schehrazada.

       Doniazada dijo a Schehrazada: “¡Oh hermana mía! Te ruego que nos cuentes la continuación de esa historia del jorobado con el sastre y su mujer”. Y Schehrazada repuso: “¡De todo corazón y como debido homenaje! Pero no sé si lo consentirá el rey”. Entonces el rey se apre­suró a decir: “Puedes contarla”.

        Y Schehrazada dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el sastre vió morir de aquella manera al jorobado, exclamó: “¡Sólo Alah el Altísimo y Omnipotente posee la fuerza y el poder! ¡Qué desdicha que este pobre hombre haya venido a morir precisamente entre nuestras manos!”

 Pero la mujer replicó: “¿Y qué piensas hacer ahora? ¿No conoces estos versos del poeta?

   !Oh alma mía! ¿por qué te sumerges en lo absurdo hasta enfermar? ¿Por qué te preocupas con aquello que te acarreará la pena y la zozobra?

   ¿.No temes al fuego, puesto que vas a sentarte en él? ¿No sabes que quien se acerca al fuego se expone a abrasarse?

      Entonces su marido le dijo: “No sé, en verdad, qué hacer”. Y la mujer respondió: “Levántate, que entre los dos lo llevaremos, tapándole con una colcha de seda, y lo sacaremos ahora mismo de aquí, yendo tú detrás y yo delante. Y por todo el camino irás diciendo en alta voz: “¡Es mi hijo, y ésta es su madre! Vamos buscando a un médico que lo cure. ¿En dónde hay un médico?”

       Al oír el sastre estas palabras se levantó, cogió al jorobado en brazos, y salió de la casa en seguimiento de su esposa. Y la mujer em­pezó a clamar: “¡Oh mi pobre hijo! ¿Podremos verte sano y salvo? ¡Dime! ¿Sufres mucho? ¡Oh maldita viruela! ¿En qué parte del cuer­po te ha brotado la erupción?” Y al oírlos, decían los transeúntes: “Son un padre y una madre que llevan a un niño enfermo de viruelas”. Y se apresuraban a alejarse.

       Así siguieron andando el sastre y su mujer, preguntando por la casa de un médico, hasta que lo llevaron a la de un médico judío. Lla­maron entonces, y en seguida bajó una negra, abrió la puerta, y vio a aquel hombre que llevaba un niño en brazos, y a la madre que lo acompañaba. Y ésta le dijo:        “Traemos un niño para que lo vea el médico. Toma este dinero, un cuarto de dinar, y dáselo adelantado a tu amo, rogándole que baje a ver al niño, porque está muy enfermo”.

       Volvió a subir entonces la criada, y en seguida la mujer del sastre traspuso el umbral de la casa, hizo entrar a su marido, y le dijo: “Deja en seguida ahí el cadáver del jorobado. Y vámonos a escape”. Y el sastre soltó el cadáver del jorobado dejándolo arrimado al muro, sobre un peldaño de la escalera, y se apresuró a marcharse, seguido por su mujer.

       En cuanto a la negra, entró en la casa de su amo el médico judío, y le dijo: “Ahí abajo queda un enfermo, acompañado de un hombre y una mujer, que me han dado para ti este cuarto de dinar para que recetes algo que le alivie”. Y cuando el médico judío vió el cuarto de dinar, se alegró mucho y se apresuró a levantarse; pero con la prisa no se acordó de coger la luz para bajar, por eso tropezó con el jorobado, derribándolo. Y muy asustado, al ver rodar a un hombre, le examinó en seguida, y al comprobar que estaba muerto, se creyó cau­sante de su muerte. Gritó entonces: “¡Oh Señor! ¡Oh Alah justiciero! ¡Por las diez palabras santas!” Y siguió invocando a Harún, a Yus­chach,( Aarón, Josué) hijo de Nun, y a los demás. Y dijo: “He aquí que acabo de tropezar con este enfermo, y le he tirado rodando por la escalera. Pero ¿cómo salgo yo ahora de casa con un cadáver?”

       De todos modos, acabó por cogerlo y llevarlo desde el patio a su habitación, donde lo mostró a su mujer, contando todo lo ocurrido. Y ella exclamó aterro­rizada: “¡No, aquí no lo podemos tener! ¡Sácalo de casa cuanto antes! Como continúe con nosotros hasta la salida del sol, estamos perdidos sin remedio. Vamos a llevarlo entre los dos a la azotea y desde allí lo echa­remos a la casa de nuestro vecino el musulmán. Ya sabes que nuestro vecino es el intendente proveedor de la cocina del rey, y su casa está infestada de ratas, perros y gatos que bajan por la azotea para co­merse las provisiones de aceite, manteca y harina. Por lo tanto, esos bichos no dejarán de comerse este cadáver, y lo harán desaparecer”.

       Entonces el médico judío y su mujer cogieron al jorobado y lo llevaron a la azotea, y desde allí lo hicieron descender pausadamente hasta la casa del mayordomo, dejándolo de pie contra la pared de la cocina. Después se alejaron, descendiendo a su casa tranquilamente.

       Pero haría pocos momentos que el jorobado se hallaba contra la pared, cuando el intendente, que estaba ausente, regresó a su casa, abrió la puerta, encendió una vela, y entró. Y encontró a un hijo de Adán de pie en un rincón, junto a la pared de la cocina. Y el intendente, sorpren­didísimo, exclamó: “¿Qué es eso? ¡Por Alah! He aquí que el ladrón que acostumbraba a robar mis provisiones no era un bicho, sino un ser humano.

       Este es el que me roba la carne y la manteca, a pesar de que las guardo cuidadosamente por temor a los gatos y a los perros. Bien inútil habría sido matar a todos los perros y gatos del barrio, como pensé hacer, puesto que este individuo es el que bajaba por la azotea”.      

        Enseguida agarró el intendente una enorme estaca, yéndose hacia el hombre, y le dió degarrotazos, y  aunque le vio caer, le siguió apaleando. Pero como el hombre no se movía, el intendente advirtió que estaba muerto, y entonces dijo desolado: “¡Sólo Alah el Altísimo y Om­nipotente posee la fuerza y el poder!”

       Después añadió: “Malditas sean la manteca y la carne, y maldita esta noche! Se necesita tener toda la mala suerte que yo tengo para haber matado así a este hombre. Y no sé qué hacer con él”. Después lo miró con mayor atención, compro­bando que era jorobado. Y le dijo: “¿No te bastaba con ser jorobeta? ¿Querías también ser ladrón y robarme la carne y la manteca de mis provisiones? ¡Oh Dios protector, ampárame con el velo de tu poder!” Y como la noche se acababa, el intendente se echó a cuestas al joroba­do, salió de su casa y anduvo cargado con él, hasta que llegó a la entrada del zoco. Paróse entonces, colocó de pie al jorobado junto a una tienda, en la esquina de una bocacalle, y se fue.

       Al poco tiempo de estar allí el cadáver del jorobado, acertó a pasar un nazareno. Era el corredor de comercio del sultán. Y aque­lla noche estaba beodo. Y en tal estado iba al hammam a bañarse. Su borrachera le incitaba a las cosas más curiosas, y se decía:

        “¡Vamos, que eres casi como el Mesías!” Y marchaba haciendo eses y tam­baleándose, y acabó por llegar adonde estaba el jorobado. Y entonces quiso orinar. Pero de pronto vió al jorobado delante de él, apoyado contra la pared. Y al encontrarse con aquel hombre, que seguía in­móvil, se le figuró que era un ladrón y que acaso fuese quien le había robado el turbante, pues el corredor nazareno iba sin nada a la ca­beza. Entonces se abalanzó contra aquel hombre, y le dió un golpe tan violento en la nuca, que lo hizo caer al suelo. Y en seguida empe­zó a dar gritos llamando al guarda del zoco. Y con la excitación de su embriaguez, siguió golpeando al jorobado y quiso estrangularlo, apretándole la garganta con ambas manos. En este momento llegó el guarda del zoco, y vió al nazareno encima del musulmán, dándole golpes y a punto de ahogarlo. Y el guarda dijo: “¡Deja a ese hom­bre, y levántate!” Y el cristiano se levantó.

       Entonces el guarda del zoco se acercó al jorobado, que se halla­ba tendido en el suelo, lo examinó, y vio que estaba muerto. Y gritó entonces: “¿Cuándo se ha visto que un nazareno tenga la audacia de tocar a un musulmán y de matarlo?” Y el guarda se apoderó del nazareno, le ató las manos a la espalda y le llevó a casa del walí.l Y el nazareno se lamentaba y decía: “¡Oh Mesías, oh Virgen! ¿Cómo habré podido matar a ese hombre? ¡Y qué pronto ha muerto, sólo de un puñetazo! Se me pasó la borrachera, y ahora viene la reflexión”.

       Llegados a casa del walí, el nazareno y el cadáver del jorobado quedaron encerrados toda la noche, hasta que el walí se despertó por la mañana. Entonces el walí (gobernador de una provincia por delegación del sultán.) interrogó al nazareno, que no pudo negar los hechos referidos por el guarda del zoco. Y el walí no pudo hacer otra cosa que condenar a muerte a aquel nazareno que había matado a un musulmán. Y ordenó que el portaalfa

nje pregonara por toda la ciudad la sentencia de muerte del corredor nazareno. Luego mandó que levantasen la horca, y que llevasen a ella al sentenciado.

       Entonces se acercó el portaalfanje y preparó la cuerda, hizo el nudo corredizo, se lo pasó al nazareno por el cuello, y ya iba a tirar de él, cuando de pronto el proveedor del sultán hendió la muche­dumbre y abriéndose camino hasta el nazareno que estaba de pie junto a la horca, dijo al portaalfanje:         “¡Detente! ¡Yo soy quien ha matado a ese hombre! Entonces el walí le preguntó: “¿Y por qué le mataste?” Y el intendente dijo: “Vas a saberlo. Esta noche, al entrar en mi casa, advertí que se había metido en ella descolgándose por la terraza, para robarme las provisiones. Y le di un golpe en el pecho con un palo, y en seguida le vi caer muerto. Entonces le cogí a cuestas, y le traje al zoco, dejándole de pie arrimado contra una tienda en tal sitio y en tal esquina. ¡ Y he aquí que ahora, con mi silencio, iba a ser causa de que matasen a este nazareno, después de haber sido yo quien mató a un musulmán! ¡A mí, pues, hay que ahorcarme!”

grabado arabes

Cuando el walí hubo oído las palabras del proveedor, dispuso que soltasen al nazareno, y dijo al portaalfanje: “Ahora mismo ahor­carás a este hombre, que acaba de confesar su delito”.

       Entonces el portaalfanje cogió la cuerda que había pasado por el cuello del cristiano y rodeó con ella el cuello del proveedor, lo lle­vó junto al patíbulo, y lo iba a levantar en el aire, cuando de pronto el médico judío atravesó la muchedumbre, y dijo a voces al portaalfan­je:

        “¡Aguardad! ¡El único culpable soy yo!” Y después contó así la cosa: ” Sabed todos que este hombre me vino a buscar para consul­tarme, a fin de que lo curara. Y cuando yo bajaba la escalera para verle, como era de noche, tropecé con él y rodó hasta lo último de la escalera, convirtiéndose en un cuerpo sin alma. De modo que no deben matar al proveedor, sino a mí solamente”.    

       Entonces el walí dispuso la muerte del médico judío. Y el por­taalfanje quitó la cuerda del cuello del proveedor, y la echó al cuello del médico judío, cuando se vió llegar al sastre, que atropellando a todo el mundo, dijo:

        “¡Detente! Yo soy quien lo maté. Y he aquí lo que ocurrió. Salí ayer de paseo y regresaba a mi casa al anoche­cer. En el camino encontré a este jorobado, que estaba borracho y muy divertido, pues llevaba en la mano una pandereta y se acom­pañaba con ella cantando de una manera chistosísima. Me detuve para contemplarle y divertirme, y tanto me regocijó, que lo convidé a comer en mi casa. Y compré pescado entre otras cosas, y cuando estábamos comiendo, tomó mi mujer un trozo de pescado, que colocó en otro de pan, y se lo metió todo en la boca a este hombre, y el boca­do le ahogó, muriendo en el acto. Entonces lo cogimos entre mi mujer y yo y lo llevamos a casa del médico judío. Bajó a abrirnos una negra, y yo le dije lo que le dije. Después le di un cuarto de dinar para su amo. Y mientras ella subía, agarré en seguida al jorobado y lo puse de pie contra el muro de la escalera, y yo y mi mujer nos fuimos a escape. Entretanto, bajó el médico judío para ver al enfermo; pero tropezó con el jorobado, que cayó en tierra, y el judío creyó que lo había matado él”.

       En este momento, el sastre se volvió hacia el médico judío y le dijo: “¿No fué así?” El médico repuso: “¡Esa es la verdad!” Entonces el sastre, dirigiéndose al walí, exclamó: “¡Hay, pues, que soltar al judío y ahorcarme a mí!”

       El walí, prodigiosamente asombrado, dijo entonces: “En verdad que esta historia merece escribirse en los anales y en los libros”. Des­pués mandó al portaalfanje que soltase al judío y ahorcase al sastre, que se había declarado culpable. Entonces el portaalfanje llevó al sastre junto a la horca, le echó la soga al cuello y dijo: “¡Esta vez va de veras! ¡Ya no habrá ningún otro cambio!” Y agarró la cuerda. ¡He aquí todo por el momento!

       En cuanto al jorobado, no era otro que el bufón del sultán, que ni una hora podía separarse de él. Y el jorobado, después de embo­rracharse aquella noche, se escapó de palacio, permaneciendo ausente toda la noche. Y al otro día, cuando el sultán preguntó por él, le di­jeron: “¡Oh señor, el walí te dirá que el jorobado ha muerto, y que su matador iba a ser ahorcado! Por eso el walí había mandado ahorcar al matador, y el verdugo se preparaba a ejecutarle, pero entonces se presentó un segundo individuo, y luego un tercero, diciendo todos: “¡Yo soy el único que ha matado al jorobado!” Y cada cual contó al walí la causa de la muerte”.

       El sultán, sin querer escuchar más, llamó a un chambelán y le dijo: “Baja en seguida en busca del walí y ordénale que traiga a toda esa gente que está junto a la horca”.

       Y el chambelán bajó, y llegó junto al patíbulo, precisamente cuando el verdugo iba a ejecutar al sastre. Y el chambelán gritó: “¡Detente!” Y en seguida le contó al walí que esta historia del joro­bado había llegado a oídos del rey. Y se lo llevó, y se llevó también al sastre, al médico judío, al corredor nazareno y al proveedor, man­dando transportar también el cuerpo del jorobado, y con todos ellos marchó en busca del sultán.

       Cuando el walí se presentó entre las manos del rey, se inclinó y besó la tierra, y refirió toda la historia del jorobado, con todos sus pormenores, desde el principio hasta el fin. Pero es inútil repetirla.

       El sultán, al oír tal historia, se maravilló mucho y llegó al límite más extremo de la hilaridad. Después mandó a los escribas de palacio que es­cribieran esta historia con agua de oro. Y luego preguntó a todos los pre­sentes: “Habéis oído alguna vez historia semejante a la del jorobado?”

        Entonces el corredor nazareno avanzó un paso, besó la tierra entre las manos del rey, y dijo: “¡Oh rey de los siglos y del tiempo! Sé una historia mucho más asombrosa que nuestra aventura con el jorobado. La referiré, si me das tu venia, porque es mucho más sorprendente, más extraña y más deliciosa que la del jorobado”.

       Y dijo el rey: “¡Ciertamente! Desembucha lo que hayas de decir para que lo oigamos”.

De “Las Mil y Una noches”, traducción de J.C. Mardrus.