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LÁGRIMAS EN LA LLUVIA: Instantes de celuloide (VI)

Auténtica ciencia-ficción.

Nada de ficción pseudocientífica o clasificaciones similares. Si a ello le sumamos como soporte una novela de uno de los grandes maestros del género (Philip K. Dick, “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”),  la eterna dialéctica entre ciencia y ética, y la música de un Vangelis en su época de plenitud creativa, el resultado no puede ser otro que escenas tan impactantes como ésta:

DOBLEMENTE ERRANTE

No está claro si los hombres alzaron la vista al cielo por curiosidad o por necesidad. Me inclino a pensar que fue por una mezcla de ambas. Lo cierto es que los astrónomos de la antigüedad estudiaron los cielos para predecir las estaciones y crear los calendarios. Los cielos se convirtieron pronto, por sus cambios regulares, en un reflejo de la aspiración humana de trascendencia. En un reflejo del deseo de algo más allá de nuestro alcance más ordenado, más perfecto, más longevo.

Con el estudio de esta esfera de estrellas fijas, se observó que existían otras que cambiaban su posición entre las constelaciones. Su movimiento, también regular, presentaba ciertos caprichosos avances y retrocesos que supondrían un quebradero de cabeza para las teorías geocéntricas. Un quebradero que Copérnico, finalmente resolvería situando al Sol en el centro. Por su movimiento, regular pero aparentemente caprichoso, estas otras estrellas “no fijas” se llamarían planetas, de la palabra griega para “errante”.

De modo que, esos cuerpos celestes que se desplazan en nuestro cielo a través de las constelaciones zodiacales, y nuestro propio terruño azul pálido, son cuerpos errantes. Errantes en su giro elíptico en torno al Sol.

La prensa ha decidido denominar al cuerpo celeste CFBDSIR J214947.2-040308.9 como “el planeta errante”. Yo decido denominar a esa prensa como errática o “herrática” que suena más parecido a herradura y a quien las calza. Otro sector de la prensa, tal vez más pendiente a la etimología de las palabras, decidió con más acierto llamarlo “planeta vagabundo”. Lo cierto es que el planeta o cuerpo en cuestión se desplaza perdido, solitario, ligado tal vez a un grupo de estrellas jóvenes situadas a unos 150 años luz (casi nada)

Sin entrar a valorar en que la potencia de nuestros nuevos telescopios y las nuevas técnicas nos están abriendo a un Universo más variado y lleno de objetos de lo que sospechábamos hasta hace apenas 10 ó 15 años, mi mente se interna en las profundidades de su memoria lectora.

George R. R. Martin, lanzado a la popularidad de las masas tras los éxitos de la serie de HBO “Juego de Tronos” basada en su ¿heptalogía? “Canción de Hielo y Fuego”; ya era conocido antes. Era conocido por ser un prestigioso autor de relatos y novelas de Ciencia Ficción y por haber ganado premios internacionales. Tal vez no fuera un Philipp K. Dick, pero a mi memoria acuden con la fuerza del agua que brota de un manantial las primeras palabras de su obra “Muerte de la luz”

Prólogo

 Un vagabundo, una esfera errante, el paria de la creación: este mundo era todas esas cosas.

Hacía siglos que caía, solo y sin rumbo, a través de los fríos y solitarios espacios interestelares. Sus cielos desolados habían visto generaciones de estrellas sucediéndose unas a otras en suntuosos enjambres. No pertenecía a ninguna de ellas. Era un mundo autosuficiente en, y para sí mismo. En cierto sentido ni siquiera formaba parte de la galaxia; sin itinerario fijo, surcaba el plano galáctico como un clavo al atravesar la tabla de una mesa redonda. No formaba parte de nada.

Y la nada estaba muy cerca. En el alba de la historia humana, este vagabundo atravesó una nube de polvo interestelar que cubría una región minúscula cerca del borde superior de la gran lente de la galaxia. Más allá flotaba un puñado de estrellas, no más de treinta. Después el vacío, una noche vastísima y desconocida.

Allí, mientras caía por esa zona fronteriza, el mundo errante bogó entre naciones devastadas.

Primero lo descubrieron los Imperiales de la Tierra, en plena fiebre de embriaguez expansiva, cuando el Imperio Federal de la Vieja Tierra aún intentaba gobernar a todos los mundos del reinohumano a través de abismos inmensos e imposibles. Un bombardero llamado Mao Tse-tung, averiado durante una misión contra los hranganos, con los tripulantes muertos en sus puestos y los motores encendiéndose y apagándose alternativamente, fue la primera nave del reinohumano que traspasó el Velo del Tentador.

El Mao era una ruina sin aire, repleta de cadáveres grotescos que se contoneaban por los corredores y una vez por siglo chocaban contra los tabiques; pero las computadoras de a bordo aún funcionaban y cumplían obstinadamente con sus ritos, escrutando atentamente el espacio, y cuando el planeta sin nombre pasó a pocos minutos-luz de la nave fantasma, quedó registrado en sus mapas. Casi siete siglos más tarde un carguero de Tóber tropezó con el Mao Tse-tung y con ese registro.

Por entonces no era novedad; ese mundo ya había sido redescubierto.

Quien lo descubrió por segunda vez fue Celia Marcyan, cuyo Perseguidor de Sombras circunvoló el planeta un día entero, durante la generación del interregno que siguió al colapso. Pero el planeta errante no tenía nada que pudiera interesar a Celia; sólo una roca, y hielo, y una noche interminable. De modo que ella siguió su camino poco después. Sin embargo sentía afición por los nombres, y antes de partir bautizó a ese mundo; lo llamó Worlorn, y nunca dijo porqué ni qué significaba. Y Worlorn le quedó. Y Celia partió hacia otros mundos y otras historias.

El próximo visitante fue Kleronomas, en di-46. Su nave de reconocimiento sobrevoló rápidamente el planeta y trazó mapas de las extensiones desiertas. Worlorn reveló sus secretos a los sensores de Kleronomas; era un planeta más vasto y rico que la mayoría, con océanos helados y una atmósfera helada que sólo esperaban la liberación.

Algunos dicen que Tomo y Walberg fueron los primeros en desembarcar en Worlorn, en di-97, mientras acometían la trasnochada empresa de atravesar la galaxia. ¿Cierto? Probablemente no. No hay mundo humano que no tenga su anécdota sobre Tomo y Walberg, pero la Prostituta Soñadora no regresó jamás…, y nadie puede saber dónde desembarcó.

Los contactos visuales posteriores fueron más realistas y menos legendarios. Worlorn, vagabundo, inútil y sólo marginalmente interesante, se transformó en un lugar común en las cartas estelares del Confín, ese puñado de mundos escasamente colonizados entre los gases brumosos del Velo del Tentador y el Gran Mar Negro.

Luego, en di-446, un astrónomo de Lobo se dedicó a estudiar sistemáticamente a Worlorn, y por primera vez alguien se tomó la molestia de atar todos los cabos sueltos. Entonces las cosas cambiaron. El nombre del astrónomo lobuno era Ingo Haapala, y salió de su sala de computación visiblemente excitado, algo frecuente en las gentes de Lobo. Pues Worlorn iba a tener un día, un día largo y brillante.

La constelación llamada La Rueda de Fuego ardía en los cielos de todos los mundos exteriores, una maravilla visible aun en la Vieja Tierra. El centro de la formación era la supergigante roja, el Cubo de la Rueda, el Ojo del Infierno, el Gordo Satanás…, tenía muchos nombres. En órbita alrededor de ella, equidistantes, cuidadosamente dispuestas como seis canicas de llama roja rodando por el mismo surco estaban las otras: los Soles Troyanos, los Hijos de Satanás, la Corona del Infierno. Los nombres no importaban. Lo que importaba era la Rueda misma, el enorme amo rojo al que seis estrellas amarillas de tamaño mediano rendían homenaje: el sistema estelar múltiple más desconcertante —y curiosamente el más estable— que se había descubierto hasta entonces. La Rueda fue un suceso pasajero, un nuevo misterio para la humanidad ahíta de los viejos misterios. En los mundos más civilizados, los científicos propusieron teorías para explicarla; más allá del Velo Tentador, se organizó un culto religioso, y hombres y mujeres hablaban de una raza extinguida de ingenieros estelares que habían desplazado soles enteros para erigirse un monumento a ellos mismos. Tanto la especulación científica como la adoración supersticiosa se propagaron febrilmente varias décadas y progresivamente perdieron impulso; poco después el asunto cayó en el olvido.

El hombrelobo Haapala anunció que Worlorn se desplazaría una vez alrededor de la Rueda de Fuego, trazando una hipérbole lenta y ancha, sin entrar realmente en el sistema pero acercándose bastante; cincuenta años de sol; luego se internaría nuevamente en las tinieblas del Confín, más allá de las Estrellas Últimas, para perderse en el Gran Mar Negro del vacío intergaláctico.

Eran los siglos turbulentos en que Alto Kavalaan y los otros mundos exteriores saboreaban por primera vez la soberbia, y ansiaban encontrar un lugar en las descalabradas historias de la humanidad. Y todos saben lo que ocurrió. La Rueda de Fuego siempre había sido la gloria de los mundos exteriores, pero hasta el momento había sido una gloria estéril, sin planetas.

Mientras Worlorn se aproximaba a la luz, hubo un siglo de tormentas: años de hielo derretido y actividad volcánica y terremotos. Una atmósfera helada despertó paulatinamente a la vida, y vientos devastadores aullaron como niños monstruosos. La gente de los mundos exteriores afrontó y combatió estos fenómenos.

Los terraformadores vinieron de Tóber-en-el-Velo, los ingenieros climáticos de Oscuralba, y también acudieron equipos de Lobo y Kimdiss y di-Emerel y el Mundo del Océano Vinonegro. Los hombres de Alto Kavalaan lo supervisaron todo, pues Alto Kavalaan se atribuía la propiedad del planeta errante. La lucha duró más de un siglo, y los que murieron son casi un mito para los hijos del Confín.

Pero finalmente Worlorn fue pacificado. Entonces se fundaron ciudades, y extraños bosques florecieron bajo la luz de la Rueda, y se soltaron animales para dar vida al planeta.

En di-589 se inauguró el Festival del Confín. El Gordo Satanás llenaba un cuarto de cielo, rodeado del esplendor de sus hijos. Ese primer día los toberianos hicieron brillar el estratoescudo, de modo que las nubes y la luz solar se diluían en diseños caleidoscópicos. Transcurrieron los días y llegaron las naves. Desde todos los mundos exteriores, y desde mundos más remotos, de Tara y Daronne, al otro lado del Velo; de Avalon y el Mundo de Jamison, de lugares tan distantes como Nueva Ínsula y Viejo Poseidón, y de la misma Vieja Tierra. Durante cinco años Worlorn se acercó al perihelio, durante cinco años se alejó. En di-599 el Festival terminó.

Worlorn entró en el crepúsculo y se desplazó hacia la noche.

De “Muerte de la luz” por George R. R. Martin.

CIELO E INFIERNO

Una tarde cualquiera de domingo, tal vez fuera en primavera, no lo recuerdo. Mi memoria, cuando retrocede a la infancia y se interna en la década de los 80, se vuelve imprecisa. Sobretodo a la hora de situar en el calendario determinados hechos.

En el 87 y en el 88 ya hacía uso abundante de mi carné de biblioteca y absorbía toda clase de libros de Astronomía, de modo que tuve que ser hacia el 86. En el 90, ya iniciando mi adolescencia, mi cuello estaba encallecido de doblarse hacia los dibujos celestes de las constelaciones boreales.

Dejémoslo, por tanto, en que todo empezó una tarde de domingo, en primavera. La televisión apenas sintonizaba entonces los dos canales estatales. Faltaba poco, no obstante, para que arrancaran las primeras cadenas privadas y la parrilla televisiva se convirtiera en una vorágine de color y ruido. Tan solo dos cadenas, y sin embargo, era fácil que en sus horas de programación (que tampoco abarcaban las 24 horas del día) encontraras algo atractivo.

Había rechazado pasear con la familia y me disponía a salir a la calle para ver si me encontraba con algún amigo. De no ser así llamaría al portero automático (tampoco había teléfonos móviles, ni WhatsApp, ni tan siquiera SMS). Cerré el libro de “Los Cinco” y me encaminé hacia la televisión para apagarla antes de salir. Una música enigmática captó mi atención y en los siguientes 50 minutos nada pudo separarme de la pantalla.

Ante mis ojos comenzaron a desfilar estrellas y galaxias. En mis oídos, la música de Vangelis, un desconocido hasta entonces para mí, conmovía cada célula, desde el vello de los brazos hasta el más profundo tuétano de los huesos. Nacían en mi vida la serie Cosmos y la magia de Vangelis. También yo iniciaba, sin apenas saberlo, mi propio “Viaje Personal”

Tiempo después, cuando Internet abrió ante mí su cosmos de información (no sólo hay juegos, sexo y foros sociales), pude comprobar que nuestra historia comenzó mucho antes. Concretamente hacia el año 1975.

En esa época Carl Sagan era un científico con gran reputación y había iniciado su labor de divulgación hacia la sociedad por la que es más conocido. Carl Sagan compatibilizaba su trabajo en diversas Universidades como Harvard, y Cornell, en el estado de Nueva York, con su trabajo en Observatorios de Radiofísica y en la NASA. Fue Carl Sagan quien proporcionó las instrucciones a la tripulación del Apolo XI antes de partir hacia la luna. El éxito de sus libros y de la serie televisiva (ganadora de un Premio Emmy) le catapultarían al puesto de abanderado de la ciencia. Desde esta posición polemizaría con la política bélica de Reagan y su “Guerra de las Galaxias” en los 80, mostraría su repulsa a la proliferación de armas nucleares y se convertiría, ya en la década de los 90, en el azote de las pseudociencias y las supersticiones.

Por entonces, Evángelos Odiseas Papathanassiou, conocido comercialmente como Vangelis, y mensajero de buenas nuevas en forma de música, había abandonado la banda Aphrodite’s Child en la que se curtió como músico junto con Demis Rousos y un menos conocido Lukas Sideras. En 1975 se ha labrada una reputación componiendo música para documentales y algunas películas independientes. Faltaba poco para que su banda sonora de “Carros de Fuego” le situara en el Olimpo arrebatándole el Oscar al mismísimo John Willians (autor, entre otras BSO, de la de “La Guerra de las Galaxias”, “El violinista en el tejado”, “La lista de Schlinder” y un largo etc.) Durante los días 15 a 17 de septiembre de 1975,  se encerraba en estudios Nemo de Londres para grabar su quinto trabajo en solitario. En el disco enlazó piezas corales con otras de su mágico sintetizador. Mezcló piezas lentas con piezas más rápidas en un claro ejercicio de contraste entre opuestos. El disco se llamará “Heaven and Hell”.

Y mientras Vangelis pulsaba en las teclas la música que llenaría de magia los 13 capítulos de Cosmos, un bebé emitía sus primeros acordes laríngeos y conocía su primer septiembre. El bebé crecería y escucharía y vería la obra varios años después (10 ó 12) en una tarde de domingo. Tal vez fuera en primavera.

SOTA, BOSÓN Y REY

Si en estos días hemos sido lo bastante incautos de encender la televisión o la radio a la hora de los noticiarios, lo habremos visto(oído). Los físicos e ingenieros más frikis de la galaxia han conseguido detectar una misteriosa partícula que al parecer “lo explica todo”. No es mi intención extenderme en tecnicismos sobre la susodicha partícula y la mística de la física de partículas subatómicas. Si lo pretendiera no podría. La física moderna es un terreno tremendamente pantanoso en el que sin un gurú guía con tanto conocimiento como aptitud comunicativa tipo Sagan, Asimov, Davies o Hawkings, es fácil verse embarrado en arenas movedizas.

Sin embargo, viendo que los periodistas de este país han recibido la noticia y se han dispuesto a difundirla con resultado dispar, y viendo que los teólogos y monseñores han entrado al trapo y se han embarrado, tal vez algo pueda decir al respecto.

La partícula en cuestión es llamada Bosón de Higgs. Sería fácil decir que su padre o el que la concibió fue ese adorable octogenario emocionado al recibir el aplauso y la noticia. En realidad, en la ciencia moderna los éxitos son siempre muy compartidos. De hecho, miles de personas han participado en el éxito del acelerador de partículas, bien in situ, bien analizando los datos derivados de las colisiones (buscando la aguja, perdón, el ojo de aguja, en un pajar). En realidad su existencia y sus características fueron propuestas hace cincuenta años por tres grupos de físicos casi simultáneamente. Más información en http://es.wikipedia.org/wiki/Boson_de_Higgs . Sin embargo, como si de un actor de Hollywood o un cantante de éxito se tratara, la partícula es más conocida como “la partícula de Dios”.

Llegados aquí, salta a la vista qué ha despertado tanto interés en los periodistas y los clérigos tan, por otra parte, indiferentes a las cuestiones de la ciencia y de la investigación. Sí, ha sido la purpurina, la alfombra roja, los flases de las cámaras y los guiños los que han imantado nuestra atención y las que han desvirtuado nuevamente lo que hay de cierto detrás de los hechos.

¿Por qué llamarla así? Todo surge de la siguiente forma:

1. Un físico decide escribir un libro sobre el modelo estándar de las partículas subatómicas.

2. En el libro habla del Bosón de Higgs y de la extrema dificultad técnica de su detección (se requieren colisiones precisas a muy alta energía)

3. Decide titular el libro “The goddam particle” (es español “La partícula maldita”)

4. El editor decide que el título “The God particle” vende más.

El resto es historia… De modo que la partícula de Dios es “maldita”. Maldita porque transcurren prácticamente 50 años desde que se sospecha su existencia hasta que se “descubre”.

En el periódico “La Razón”, de tendencia conservadora y católica, la noticia viene con el siguiente titular en portada “Dios está detrás de la partícula de Higgs”. Fijando la vista se ve que la declaración es de un monseñor. En las páginas del interior se describe de forma sencilla en que consiste el descubrimiento y su importancia de una forma aséptica, pero acompañada de una viñeta recordando lo costosísimo del experimento y de las declaraciones de un teólogo que asegura que “La física puede que se tambalee pero no así la teología”

Juzguen ustedes, yo me niego a describir más el maltrato a esta noticia. Costosísimos se me antojan las dietas de los políticos y los gastos militares muy por encima de los gastos en Ciencia, Sanidad y Educación.

Lo adecuado para tratar la noticia es decir que se ha detectado una partícula consecuente en sus propiedades con el bosón descrito por Higgs y otros científicos.

La importancia de la partícula es grande, es el naipe que faltaba en la baraja. Teníamos la sota de copas y el rey de copas y necesitábamos el caballo. Los científicos han encontrado una partícula con cuatro peludas patas, un príncipe, una cabeza de caballo y una copa. Hay que ver si juntas conforman la figura esperada. Entonces podremos decir que tenemos una baraja que, curiosamente, y de eso nada oiréis a los teólogos permitiría entender un proceso de creación de la materia del universo sin la intervención de un Dios.