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EL DESASOSIEGO DE PESSOA

Entre los 72 heterónimos de F. Pessoa, se dice que Bernardo Soares era el más afín a su auténtica personalidad. Recuérdese que con heterónimos entendemos algo más que pseudónimos. Un pseudónimo es tan solo un nombre, un heterónimo es una personalidad completa con sus vicios y virtudes (ver El fingidor)

 Fue Bernardo Soares, a través de Pessoa (¿O fue Pessoa a través de Soares?) quien nos dejó El libro del desasosiego como obra póstuma que no se publicaría hasta 1982, 57 años después de su muerte. En él el autor nos envuelve en una prosa densa y compleja repleta de… sí, repleta precisamente de eso, de desasosiegos.

Fragmento del Libro del desasosiego.

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Todo se me evapora. Mi vida entera, mis recuerdos, mi imaginación y lo que contiene, mi personalidad, todo se me evapora. Continuamente siento que he sido otro, que he sentido otro, que he pensado otro. Aquello a lo que asisto es un espectáculo con otro escenario. Y aquello a lo que asisto soy yo. Encuentro a veces, en la confusión vacía de mis gavetas literarias, papeles escritos por mí hace diez años, hace quince años, hace quizás más años. Y muchos de ellos me parecen de un extraño; me desreconozco en ellos. Hubo quien los escribió, y fui yo. Los sentí yo, pero fue como en otra vida, de la que hubiese despertado como de un sueño ajeno.Es frecuente que encuentre cosas escritas por mí cuando todavía era muy joven, fragmentos de los diecisiete años, fragmentos de los veinte años. Y algunos tienen un poder de expresión que no recuerdo poder haber tenido en aquel tiempo de mi vida. Hay en ciertas frases, en varios períodos, de cosas escritas a pocos pasos de mi adolescencia, que me parecen producto de tal cual soy ahora, educado por años y por cosas. Reconozco que no soy el mismo que era. Y, habiendo sentido que me encuentro hoy en un progreso grande de lo que he sido, pregunto dónde está el progreso si entonces era el mismo que soy ahora.

Hay en esto un misterio que me desvirtúa y me oprime.

Hace unos días sufrí una impresión espantosa con un breve escrito de mi pasado. Recuerdo perfectamente que mi escrúpulo, por lo menos relativo, por el lenguaje data de hace pocos años. Encontré en una gaveta un escrito mío, mucho más antiguo, en que ese mismo escrúpulo estaba fuertemente acentuado. No me comprendí en el pasado positivamente. ¿Cómo he avanzado hacia lo que ya era? ¿Cómo me he conocido hoy lo que me desconocí ayer? Y todo se me confunde en un laberinto donde, conmigo, me extravío de mí.

Devaneo con el pensamiento, y estoy seguro de que esto que escribo ya lo he escrito. Lo recuerdo. Y pregunto al que en mí presume de ser si no habrá en el platonismo de las sensaciones otra anamnesis más inclinada, otro recuerdo de una vida anterior que apenas sea de esta vida…Dios mío, Dios mío, ¿a quién asisto? ¿Cuántos soy? ¿Quién es yo? ¿Qué es este intervalo que hay entre mí y mí?

PESSOA Y EL FINGIDOR

A pocos kilómetros de mi ciudad, el río Duero se sumerge en los Arribes. El río discurre encañonado constituyéndose en frontera natural entre España y Portugal. Hay numerosos puntos, como la solitaria ermita de Fariza que visité esta primavera (uno de sus almendros nos ilumina con sus flores, hoy tan sólo cáscaras de almendras amargas)

Desde ese punto, es posible ver la otra orilla, a tan sólo 200 ó 300 metros. Tan cercana que pueden oírse los ladridos de los perros del cercano pueblo. Pero para llegar hay que recorrer varios kilómetros hasta el paso fronterizo y su puente sobre el río.

Esa es la historia de dos vecinos que, frecuentemente, se han visto sin mirarse o se han mirado sin verse. Dos vecinos, puerta con puerta, que pocas veces saben algo o se interesan por la vida del otro.

Durante mi infancia, el contacto que tuve con Portugal fue visitar la cercana y fronteriza Miranda do Douro. Luego pasaron muchos años hasta que Portugal volvió a presentárseme. Esta vez fue en forma de música primero, y luego de poesía.

Eran mis años de Universidad y solía enseñar mis poesías a algunos escogidos (no siempre a los ojos más indicados). Entre los elegidos alguien aseguró que se parecían a las letras de un grupo portugués llamado Madredeus. En pocos días me proporcionó un casete con varias canciones del grupo. 

Entré en contacto con un mundo de saudade (nostalgia, melancolía, pérdida, tristeza) y entendí que a mi amigo mis poemas le sonaban a aquello, y que quería conocer más de aquella saudade. 

A mis manos fueron llegando, uno tras otro, grabaciones y originales con los discos y canciones de Madredeus. La voz de Teresa Salgueiro lagrimeaba en mi habitación y poco a poco fui comprendiendo que los vecinos teníamos más en común que una árida frontera.

Al final se presentó la oportunidad: un tren, un amigo que hablaba portugués, un puente, algunas pesetas ahorradas para los bocadillos, y unas tremendas ganas de conocer la capital, Lisboa.

El modesto presupuesto de estudiante no me permitió degustar el bacalhao en un restaurante ni asistir a una velada de Fado en Alfama. Pero mis piernas y mis ánimos me permitieron ascender por Alfama hasta el Castillo de San Jorge, recorrer La Rua das Janelas Verds, subir en el ascensor del ingeniero Eiffel, asomarme al mar desde la Torre de Belem y saborear los pasteis  en la cercana pastelería.

Entre tanto trasiego, mis piernas y mi ansia de ver más cosas se frenaron en tres momentos (aparte de para comer y dormir). Uno fue ante el tríptico de las tentaciones de San Antonio de El Bosco. Otro fue en la pastelería de Belem, y otro, en una de las muchas librerías de la ciudad, ante la mirada penetrante de un poeta portugués que me contemplaba desde las pastas de un libro.

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No tengo claro si era Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos, o era otro de los 72 heterónimos* quien me contemplaba. Sí sé, de buena tinta, que en su documento de identidad rezaba “Fernando António Nogueira Pessoa”

No fue hasta mi regreso a Salamanca que comprendí que me había tropezado con uno(¿72?) de los grandes. Él es el autor de una frase de tal calado como  “Minha pátria é a língua portuguesa” («mi patria es la lengua portuguesa») ¿O fue Bernardo Soares? 

Su voz, transmutada en piedra filosofal con la firma de su heterónimo Bernardo Soares (el más cercano a su presunta personalidad) también nos dejó estas líneas:

Autopsicografía

 

El poeta es un fingidor.

Finge tan completamente

que finge qué es dolor

el dolor que realmente siente.

 

Y, en el dolor que han leído,

a leer sus lectores vienen,

no los dos que él ha tenido,

sino sólo el que no tienen.

 

Y así en la vida se mete,

distrayendo la razón,

y gira, el tren de juguete

que se llama corazón.

Los heterónimos* son algo más que simples pseudónimos. Son personalidades complejas. Vidas incubadas por el propio Pessoa con sus propias personalidades, expresiones, vicios, transgresiones, inmoralidades y sus propias éticas.

¿por qué 72?* Buena pregunta… Pessoa es misterioso, a menudo resulta místico y una lectura de sus textos nos puede aproximar de forma tangencial al esoterismo de finales del siglo XIX y principios del XX. Pessoa era masón, seguidor de la teosofía, cristiano gnóstico y … que curioso ¿72 no son acaso las cartas del tarot y los nombres cabalísticos de Dios?