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LOS PRECEPTOS DE LA HOSPITALIDAD: Serie de la Madre de todas las Calamidades (IX)

Pero a Daul’makán le pareció excesivo aquel aplazamiento, y corrió en busca de su hermana Nozhatú, que en aquel instante se disponía a rezar su oración. Dejó que terminara, y después le dijo:
“¡Oh Nozhatú! me mata el deseo de ir al hadj para visitar la tumba del profeta (¡sean con él la oración y la paz!), y he pedido permiso a nuestro padre, pero me lo ha negado. Y mi objeto ahora es proveerme de algún dinero y marcharme secretamente con la peregrinación, sobre todo sin avisar a nuestro padre”. Entonces, Nozhatú, entusiasmada, exclamó: “¡Por Alah sobre ti! Te ruego, ¡oh hermano mío! que me lleves también y no me prives de visitar la tumba del Profeta (¡sean con él la oración y la paz!)” Y él dijo: “¡Así sea! Ven a buscarme cuando caiga la noche. ¡Y sobre todo, cuida de no hablar de ello a nadie!”

Y a media noche se levantó Nozhatú, se vistió de hombre, disfrazándose con la ropa que le había dado su hermano, que era de su misma estatura y de su misma edad, cogió algún dinero y se dirigió hacia la puerta del palacio. Allí le esperaba su hermano Daul’makán con dos camellos. Y ayudó a su hermana a montar en uno de ellos, obligando al animal a agacharse, y después subió él en el segundo camello. Y luego se levantaron los animales y echaron a andar, y los dos hermanos pudieron unirse con los peregrinos y mezclarse con ellos, sin que nadie se enterase de su llegada. Y toda la caravana del Irak salió de Bagdad, emprendiendo el camino de la Meca.

Y Alah había escrito su buena suerte, de modo que no tardaron en llegar sin ningún contratiempo a la Meca Santa.

Y Daul’makán y Nozhatú llegaron al límite de la alegría al verse en el monte Arafat, y cumplir las obligaciones rituales. ¡Y cuál no fue su dicha al dar la vuelta a la Kaaba!

Pero no pudieron contentarse con esta visita a la Meca, y llevaron su devoción hasta el punto de marchar a Medina para venerar la tumba del Profeta (¡sean con él la plegaria y la paz!).

Y cuando se disponía el regreso de la peregrinación a su tierra Daul’makán dijo a Nozhatú: “¡Oh hermana mía! deseo visitar la santa ciudad de Abraham, amigo de Alah, la que los judíos y los cristianos llaman Jerusalén”. Y Nozhatú dijo: “Y yo también lo quisiera, ¡oh hermano mío!” Entonces, después de ponerse de acuerdo sobre este punto, aprovecharon la salida de una pequeña caravana para dirigirse hacia la santa ciudad de Abraham.

Y tras un viaje muy penoso, acabaron por llegar a Jerusalén; pero en el camino sufrieron accesos de calenturas. Y la joven Nozhatú acabó por curarse a los pocos días, pero Daul’makán siguió enfermo, y su estado se fue agravando, de modo que en Jerusalén tuvieron que alquilar una habitación en el khan. Y Daul’makán se tendió en un rincón, vencido por la enfermedad, y la enfermedad empeoró de manera tan grave, que Daul’makán acabó por perder del todo el conocimiento y entró en un período de delirio. Y la buena Nozhatú no le dejaba un instante, y estaba muy preocupada al verse sola en un país extranjero, sin nadie que la ayudara.

Y como la enfermedad proseguía, y duraba bastante tiempo, Nozhatú acabó por agotar sus últimos recursos y no le quedó un dracma en sus manos. Entonces mandó al zoco a uno de los criados del khan, para que le vendiese uno de sus vestidos y le trajese algún dinero. Y el criado así lo hizo. Y Nozhatú siguió vendiendo todos los días algunos de sus efectos para cuidar a su hermano, y de este modo agotó por completo cuanto tenía. Y los únicos bienes que le quedaban era la ropa vieja con que estaba vestida y la estera vieja que les servía de cama a ella y a su hermano. Y al verse en tal indigencia, la pobre Nozhatú lloró en silencio.

Pero aquella misma noche Daul’makán recobró el conocimiento, por voluntad de Alah, y se sintió algo mejor; y volviéndose hacia su hermana, le dijo: “¡Nozhatú! he aquí que he recuperado las fuerzas, y quisiera comerme unos pedacitos de carnero asado”. Y Nozhatú dijo: “¡Oh hermano mío! ¿cómo haremos para comprar carne? Porque no me atrevo a pedir limosna. Pero no te apures, que mañana me pondré a servir en casa de algún rico y ganaré lo necesario. Lo único que siento es que te tendré que dejar solo todo el día; pero ¿qué le vamos a hacer? ¡No hay fuerza y poder más que en Alah el Altísimo! ¡Y Él sólo puede hacernos volver a nuestro país!” Y dichas estas palabras, Nozhatú prorrumpió en sollozos.

Y al día siguiente se levantó al amanecer, y se cubrió la cabeza con un viejo manto de piel de camello que les había dado un camellero, vecino suyo en el khan. Y besó a su hermano, le echó los brazos al cuello, y llorando salió hecha un mar de lágrimas, sin saber exactamente adónde dirigirse.

Daul’makán aguardó todo el día el regreso de su hermana. Pero llegó la noche, y Nozhatú no había vuelto. Y la aguardó toda la noche sin pegar un ojo, y Nozhatú no volvió. Y al otro día, y a la noche siguiente, ocurrió la mismo.

Entonces Daul’makán se vio presa de un temor muy grande al pensar en su hermana, y su corazón empezó a temblar. Y como llevaba dos días sin tomar ningún alimento, se arrastró penosamente hasta la puerta de la habitación, y se puso a llamar al criado del khan, que acabó por oírle. Y Daul’makán le rogó que le ayudase a llegar hasta el zoco. Y el criado se lo echó a hombros, se lo llevó al zoco, y lo dejó junto a una tienda medio derruida, y se fue.

Y todos los transeúntes y mercaderes del zoco se agruparon en derredor de él, y al ver su estado de debilidad, empezaron a lamentarse y a compadecerle. Y Daul’makán, que no tenía ya fuerzas para hablar, les indicó por señas que estaba hambriento. Entonces hicieron una cuestación en su favor, pasando una bandeja entre los mercaderes del zoco, y le compraron comida. Y como la cuestación había producido treinta dracmas, se deliberó sobre lo que sería más conveniente en interés del enfermo. Y un buen anciano del zoco dijo: “Lo mejor es alquilar un camello para transportar a Damasco a este pobre joven, y llevarlo al hospital consagrado a los enfermos por la caridad del califa. Porque aquí se morirá seguramente si se queda abandonado en la calle”. Y a todo el mundo le pareció muy bien; pero como era ya de noche, se aplazó la cosa para el día siguiente. Y dejaron junto a Daul’makán, al alcance de su mano un cántaro de agua y víveres. Y al cerrarse las puertas del zoco, todos se volvieron a sus casas, lamentando la suerte del pobre enfermo. Daul’makán pasó toda la noche sin poder pegar los ojos, preocupado por la suerte de su hermana Nozhatú. Y como estaba tan débil, apenas si pudo comer ni beber.

Al otro día las buenas gentes del zoco alquilaron un camello, y le dijeron al conductor: “¡Oh camellero! vas a llevar en tu camello a este enfermo, y lo transportarás hasta el hospital de Damasco, en donde podrá curarse”. Y el camellero respondió: “Sobre mi cabeza y sobre mis ojos, ¡oh señores!” Pero el malvado camellero pensó: “¿Para qué he de transportar desde Jerusalén a Damasco a un hombre que está próximo a morir?”

Después hizo agacharse a su camello y colocó en él al enfermo. Y cubierto de bendiciones por la gente del zoco, habló a su camello, tiró del ronzal, y el camello se levantó y se puso en camino. Pero apenas había atravesado algunas calles, el camellero se detuvo; y como había llegado frente a la puerta de un hammam, cogió al pobre enfermo, que se había desvanecido, lo dejó sobre un montón de leña que servía para calentar el baño y se fue a toda prisa.

Así es que al amanecer, cuando llegó el encargado del hamman para calentar el baño, se encontró con aquel cuerpo que estaba tendido y como exánime. Y dijo para sí “¿Quién habrá podido dejar aquí este cadáver en vez de enterrarlo?” Y se disponía a empujar el cadáver lejos de la puerta, cuando Daul’makán hizo un movimiento. Y el encargado exclamó: “¡No es un muerto, sino algún aficionado al haschich, que se ha caído esta noche sobre el montón de leña! ¡Oh consumidor de haschich! márchate”. Y al inclinarse para gritárselo en la cara, vio que era un jovencillo, sin asomo de bozo en las mejillas, y de una gran distinción y gran belleza, a pesar de su delgadez y de los estragos de la enfermedad. Y sintiendo una gran piedad hacia él, exclamó: “¡No hay fuerza ni poder más que en Alah! ¡He aquí que acabo de juzgar temerariamente a un pobre joven, extranjero y enfermo, cuando nuestro Profeta (¡sean con él la plegaria y la paz de Alah!) nos ha encargado que evitemos los juicios temerarios y que seamos caritativos y hospitalarios con los extranjeros, singularmente con los extranjeros enfermos!”

Y sin vacilar un momento, se echó a cuestas al joven, volvió a su casa, entró en el aposento de su esposa, y le dejó entre sus manos, encargándole que lo cuidase. Entonces aquella mujer tendió una alfombra en el suelo, puso encima de la alfombra una almohada limpia, y acostó cuidadosamente al huésped enfermo. Y fue a la cocina a encender lumbre, y calentó agua para lavarle las manos, los pies y la cara. Por su parte, el encargado del hamman fue al zoco para comprar perfumes y azúcar, y roció con agua de rosas la cara del joven, y le hizo beber sorbete con azúcar y jarabe de rosas. Después sacó del arca una camisa muy limpia, perfumada con flores de jazmín, y se la puso.

Y con estos cuidados, notó Daul’makán que penetraba en él un gran alivio y que le vivificaba como brisa deliciosa.. .

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGO LA 54ª NOCHE
Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que Daul’makán notó que penetraba en él un gran alivio y que le vivificaba como brisa deliciosa. Y pudo levantar algo la cabeza y apoyarse en los almohadones. Al verlo, se sintió feliz el encargado del hammam, y exclamó: “¡Loor a Alah por la vuelta de la salud! ¡Oh Señor! pido a tu infinita misericordia que concedas la curación a este joven por mediación mía!”

Y durante tres días, aquel hombre estuvo haciendo votos por su curación, y le daba a beber tisanas refrescantes y agua de rosas, prodigándole grandes cuidados. Y las fuerzas empezaron a circular poco a poco por el cuerpo del enfermo. Y al fin pudo abrir los ojos a la luz y respirar sin ningún agobio. Precisamente en el instante en que se sentía mejor, entró el encargado del hamman, y lo encontró sentado en la cama, muy animado, y le dijo: “¿Qué tal estás, hijo mío?” Y Daul’makán le contestó: “Me siento con fuerzas y con buena salud”. Y el encargado del hammam dio gracias a Alah, corrió al zoco, compró diez pollos, los mejores del zoco, y se los llevó a su mujer, y le dijo: “¡Oh hija de mi tío! he aquí diez pollos que te traigo. Hay que matar dos cada día, uno por la mañana y otro por la noche, para servírselos a nuestro enfermo”.

Y en seguida la mujer del encargado del hamman mató un pollo; lo puso a cocer, y se lo llevó al joven, haciendo que bebiese el caldo. Y cuando hubo acabado, le presentó agua caliente para lavarse las manos. Después descansó tranquilamente reclinado en los almohadones, habiéndole tapado bien para que no se enfriara. Y así se durmió hasta la mitad de la tarde.

Entonces la mujer del encargado del hammam se puso a cocer el segundo pollo, se lo llevó después de haberlo trinchado, y le dijo: “¡Come, hijo mío! ¡Y que te haga buen provecho y te devuelva la salud!” Y mientras comía, entró el encargado del hammam, y vio cuán perfectamente seguía su mujer sus instrucciones. Y se sentó a la cabecera de la cama, y dijo al joven: “¿Cómo te encuentras, hijo mío?” Y él contestó: “¡Gracias a Alah, me siento con fuerzas y con buena salud! Y ¡ojalá te recompense Alah por tus beneficios!” Y el encargado del hammam, al oír estas palabras, sintió una gran alegría. Y se fue al zoco, y trajo jarabe de violetas y agua de rosas, y se los hizo beber.

Ahora bien; aquel hombre sólo ganaba cinco dracmas diarios en el hammam. Y de esos cinco dracmas dedicaba dos a Daul’makán para comprar pollos, azúcar, agua de rosas y jarabe de violetas. Y
así siguió, gastando de esta manera, durante un mes entero, al cabo del cual Daul’makán recuperó completamente las fuerzas, habiendo desaparecido todo rastro de enfermedad.

Entonces el encargado y su esposa se alegraron mucho. Y el encargado dijo a Daulmakán: “¡Hijo mío! ¿quieres venir conmigo al hammam para tomar un baño, que te sentará muy bien después de tanto tiempo?” Y Daul’makán dijo: “Ciertamente que sí”. Y el encargado fue al zoco, y volvió con un burrero y un asno; hizo montar a Daul’makán en el borrico, y durante todo el camino hasta el hammam fue a su lado, sosteniéndole con mucho cuidado. Y lo hizo entrar en el hammam, y mientras Daul’makán se desnudaba, el encargado fue al zoco para comprar todas las cosas necesarias para el baño, y cuando volvió dijo: “¡En el nombre de Àlah!”

Y empezó a frotarle el cuerpo a Daul’makán, empezando por los pies. Y entonces entró el amasador del hammam, y quedó confuso al verle desempeñar sus funciones, y se disculpó por el retraso con que había llegado.

Pero el encargado le dijo: “¡Oh compañero! tengo mucho gusto en hacerte un favor y en servir a este joven, que es mi huésped!” Entonces el amasador mandó llamar al barbero y al depilador, y se
pusieron a afeitar y a depilar a Daul’makán; y después le lavaron, sin escatimar el agua. Y el encargado le hizo subir a una tarima, le puso una buena camisa, un ropón de los suyos, un turbante muy lindo, y le ajustó la cintura con un cinturón muy hermoso, de lana de colores. Y así lo volvió a llevar a su casa en el borrico.

Precisamente su mujer lo había preparado todo para recibirle, y la casa estaba lavada por completo, las esteras bien limpias, lo mismo que la alfombra y los almohadones. Y el encargado hizo que se acostase Daul’makán, y le dio un sorbete con azúcar y agua de rosas; y luego le presentó uno de los pollos consabidos, habiéndole trinchado los mejores pedazos.

Y Daul’makán dio las gracias a Alah por el restablecimiento de su salud y le dijo al encargado: “¡Cuán grande es mi agradecimiento por tus buenas acciones y cuidados!” Pero el encargado repuso: “¡Déjate de eso, hijo mío! Lo único que te ruego es que me digas cuál es tu nombre, pues al ver tus modales se adivina que eres persona de distinción”. Y Daul’makán le dijo: “Dime primeramente cómo y dónde me has encontrado, para que luego te cuente mi aventura”.

Entonces el encargado del hammam dijo a Daul’makán: “Sabe que te encontré abandonado sobre un montón de leña delante de la puerta del hammam, una mañana que iba a mi obligación. Y no he sabido quién te había dejado allí, y te recogí en mi casa. Eso es todo”.

Al oír estas palabras, Daul’makán exclamó: “¡Loor a Aquel que devuelve la vida a las osamentas sin vida! Y tú padre, padre mío, sabe ahora que no has favorecido a un ingrato, y espero que en breve tendrás la prueba de ello. Pero te ruego que me digas en qué país estoy”. Y el encargado dijo: “Estás en la ciudad santa de Jerusalén”. Y Daul’makán hubo de lamentar amargamente lo lejos que se encontraba, y sobre todo, al verse separado de su hermana Nozhatú. Y no pudo dejar de llorar. Después contó su aventura al encargado, pero sin revelarle lo noble de su nacimiento. Y recitó estas estrofas:

Me han echado sobre los hombros una carga que no puedo llevar, y su peso me agobia y me ahoga.

Y digo a la amiga, causa de mi dolor, a aquella que es toda mi alma: “¡Oh mi señora! ¿No podrías tener un poco de paciencia para demorar la separación irremediable? Y ella me dice: “¿Qué hablas ahí de paciencia? ¡La paciencia no entra en mis costumbres!”

Entonces el encargado le dijo: “No llores más, hijo mío, y da gracias a Alah por tu curación”. Y Daul’makán preguntó: “¿Qué distancia nos separa de Damasco?” Y cuando le hubieron dicho que seis días de viaje, mostró sus grandes deseos de marchar. Pero el encargado le dijo: “¡Oh joven! ¿Cómo he de dejar que vayas solo a Damasco teniendo tan poca edad? Sí persistes te acompañaré, y veremos si también nos acompaña mi mujer. Y de ese modo viviremos todos en Damasco, el país de Scham, cuyas aguas y frutas ponderan tanto los viajeros”.

Por lo que, dirigiéndose a su esposa, le dijo: “¡Oh hija de mi tío! ¿Quieres acompañarme a esa deliciosa ciudad de Damasco, el país de Scham, o prefieres quedarte aquí y aguardar mi regreso? Porque necesito acompañar a nuestro huésped, ya que me duele mucho separarme de él, y siendo tan joven como es, no puedo dejar que vaya solo, y por caminos que desconoce, a una ciudad muy aficionada, según se dice, a la corrupción y a los excesos”.

Y la mujer del encargado dijo: “Os acompañaré muy gustosa”. Y el encargado se alegró mucho, y dijo: “¡Loado sea Alah, que nos pone de acuerdo, ¡oh hija de mi tío!” Y reunió los efectos y muebles de la casa, como esterillas, almohadas, cacerolas, calderos, morteros, bandejas y colchones, y lo llevó al zoco de los pregoneros, y los subastó. Y de todo sacó cincuenta dracmas, que empezó a gastar alquilando un borrico para el viaje…

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGO LA 55ª NOCHE

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el encargado del hammam alquiló un asno en el cual hizo subir a Daul’makán. Y él y su esposa caminaron detrás del borrico, hasta que divisaron la ciudad de Damasco. Y entraron en ella al caer la noche, yendo a alojarse en el khan. Y el encargado se apresuró a marchar al zoco a comprar de comer y beber para los tres. Y así siguieron las cosas, viviendo todos en el zoco, hasta que al quinto día aquella mujer se sintió enferma, extenuada por el cansancio del viaje, y cogió unas calenturas, de resultas de las cuales murió en pocos días. Y falleció en la gracia y misericordia de Alah.

Daul’makán se afectó mucho, pues se había acostumbrado a aquella caritativa mujer, que le había servido con tanta abnegación. Y le llevó luto en el alma, y se volvió hacia el pobre encargado, que lloraba su pesar, y le dijo: “”No te aflijas, ¡oh padre! pues todos hemos de seguir ese camino, y atravesar la misma puerta”. Y el encargado se volvió hacia Daul’makán, y le dijo: “Que Alah recompense tu compasión, ¡oh hijo mío! ¡Y ojalá un día convierta en alegrías nuestras penas y aparte de nosotros la
amargura!

De todos modos, ¿para qué afligirnos tanto tiempo, cuando todo está escrito? ¡Levantémonos, pues, recorramos esta ciudad de Damasco, que aún no hemos visto, pues quiero que se dilate tu pecho y se alegre tu espíritu!”

Y Daul’makán dijo: “¡Tu pensamiento es para mí una orden!”

Entonces el encargado cogió de la mano a Daul’makán, y salió con él. Y se pusieron a recorrer los zocos y las calles de Damasco. Y acabaron por llegar frente a un edificio, donde estaban las cuadras del walí. Y a la puerta vieron gran número de caballos y mulos, y muchos camellos arrodillados que los camelleros cargaban de almohadones, colchones, fardos, cajones y toda clase de carga. Y había una muchedumbre de esclavos y servidores jóvenes y viejos. Y toda aquella gente gritaba, y hablaba, y armaba un gran tumulto. Y Daul’makán pensó: “¿A quién pertenecerán todos estos esclavos, todos estos caballos y todas estas cajas?”

Y se lo preguntó a uno de los servidores, que le dijo: “Es un regalo del walí de Damasco para el rey Omar Al-Nemán. Y todo eso otro es el tributo anual de la ciudad al mismo rey Omar”.

Y Daul’makán sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, y recitó en voz baja estas estrofas:

Si los amigos que están lejos me acusan por mi silencio y lo interpretan mal, ¿cómo podré contestarles?

Si mi ausencia ha matado en ellos la antigua amistad, ¿qué podré hacer?

Y si sobrellevo mis penas con paciencia, cuando todo lo he perdido, ¿podré seguir respondiendo de la paciencia que me queda?

Después acudieron a su memoria estos otros versos:

Levantó su tienda y se fue muy lejos, huyendo de mis ojos, que lo adoraban.

Huyó de mis ojos, que lo adoraban, cuando todas mis entrañas se estremecían al verle.

Se ha ido muy lejos el hermoso. ¡Oh mi vida! ¡Pero mi deseo está aquí y no se ha marchado!

¡Ay de mí! ¿Te volveré a ver? Y entonces, ¿qué de reproches tendré que hacerte?

Y Daul’makán, recordando estas estrofas, lloró mucho. Y el encargado le dijo: “¡Oh, hijo mío, sé razonable! ¡Ya sabes cuánto ha costado que recuperaras la salud, y ahora vas a recaer con todas esas lágrimas que viertes! ¡Cálmate y no llores más, pues mi pena es grande!” Pero Daul’makán no podía reprimirse, y recordando a su hermana Nozhatú y a su padre, recitó estos versos:

Goza de la tierra y de la vida, pues si la tierra se queda, la vida se marcha.

Ama la vida y goza de la vida, y para eso piensa que la muerte es inevitable.

¡Goza, pues, de la vida! ¡La dicha no tiene más que su tiempo marcado! ¡Apresúrate a gozarla! Y piensa que todo lo demás nada vale.

Porque todo lo demás nada vale. ¡Y fuera del amor a la vida nada recogerás en la tierra!

Porque el mundo debe ser como la habitación del jinete viajero. ¡Amigo, sé el jinete viajero de la tierra!

Cuando acabó de recitar estos versos, que el encargado del hammam había oído extático, y que trató de aprenderlos repitiéndolos varias veces, Daul’makán se quedó muy pensativo. Entonces el encargado, aunque no le quería importunar, acabó por decirle: “¡Oh mi joven señor! creo que todavía piensas en tu país y en tu familia!” Y Daul’makán exclamó: “Sí, ¡oh padre mío! Y como no puedo permanecer aquí un instante más, voy a despedirme de ti, para marcharme con esta caravana, y llegar a cortas jornadas, sin cansarme mucho, a Bagdad, mi ciudad”.

Entonces el encargado del hammam dijo: “¡Y yo iré contigo! Porque no puedo dejarte solo, y como ya he empezado a ser tu guardián, no quiero abandonarte en la mitad del camino”. Y Daul’makan exclamó: “¡Alah pague tu abnegación con toda clase de dones!” Y se alegró muchísimo de aquella buena suerte.

Entonces el encargado rogó a Daul’makán que montara en el borrico. Y dijo: “Irás montado todo el tiempo que quieras, y cuando estés cansado de esa postura, podrás, si quieres, bajar y andar un poco”. Y Daul’makán le dio las gracias, y le dijo: “¡Verdaderamente, lo que haces por mí no lo hace el hermano por su hermano!” .Y después aguardaron que se pusiese el sol y viniese la frescura de la noche, para ponerse en camino con la caravana y salir de Damasco con rumbo a Bagdad.

Y esto es lo que pasó en cuanto a Daul’makán y el encargado del hammam.

Pero en cuanto a la joven Nozhatú…

EL DESTINO DE UNA REINA: Serie de la Madre de Todas las Calamidades (VII)

Entonces Scharkán, trastornado por aquella noticia, apretó las manos y se estrujó la ropa a causa del despecho, pero de todos modos se detuvo. Y exclamó: “¡Ojalá estén ambos bajo la protección de Alah el Altísimo!”

Y su padre que había notado su agitación y su despecho, le dijo: “¡Oh hijo mío! ¿Por qué te pones así? ¿No sabes que la sucesión del trono te ha de corresponder a ti solo cuando yo muera? ¿No te he dado, en primer lugar, la más bella de las tres gemas, llena de maravillas?”

Pero Scharkán no se sintió en disposición de contestarle, y no queriendo contrariar ni apenar a su padre, salió del salón del trono con la cabeza baja. Y se dirigió hacia el aposento de Abriza; y Abriza se levantó en seguida para recibirle, y le dio las gracias por lo que había hecho por ella, y le rogó que se sentara a su lado. Después, al verle entristecido y con cara sombría, le dirigió tiernas preguntas. Y Scharkán le contó el motivo de su pena, y añadió: “Pero lo que más me preocupa, ¡oh Abriza! es que he sorprendido en mi padre intenciones nada dudosas respecto a ti, y he visto que sus ojos se encendían con el deseo de poseerte.

¿Qué dices a eso?” Y ella contestó: “¡Puedes tranquilizar tu alma, ¡oh Scharkán! pues tu padre no me poseerá como no sea muerta! ¿No le bastan sus trescientas sesenta mujeres y aun todas las otras, cuando así codicia mi virginidad, que no es para sus dientes? ¡Vive tranquilo, oh Scharkán y no te preocupes!”

Después mandó traer comida y licores, y ambos comieron y bebieron. Y Scharkán, que seguía con el alma apenada, marchó a su casa para dormir aquella noche. Esto en cuanto a Scharkán.

Pero en cuanto al rey Omar Al-Nemán, apenas salió Scharkán, se fue en busca de su esclava Safía, llevando en la mano las dos gemas preciosas, colgadas cada una de una cadena de oro. Y al verle entrar, Safía se puso de pie, y no se sentó hasta que se hubo sentado el rey. Y entonces se le acercaron los dos niños, Nozhatú y Daul’makán. Y el rey los besó, y les colgó al cuello a cada uno una de las preciosas gemas. Y los dos niños se alegraron mucho; y su madre deseó al rey prosperidades y dichas. Entonces el rey le dijo: “¡Oh Safía! eres la hija del rey Afridonios de Constantinia, y nunca me lo has dicho. ¿Por qué me lo has ocultado? Así no he podido tenerte las consideraciones debidas a tu categoría y realzarte en estimación y en honor!”

Y Safía le dijo: “¡Oh rey generoso! ¿y qué más podía anhelar después de cuánto te debo? ¡Me has colmado de dones y de favores, me has hecho madre de dos niños hermosos como la luna!”

Entonces el rey Omar Al-Nemán quedó encantadísimo de aquella respuesta, que encontró delicada y deliciosa, y llena de buen gusto y de cortesía. Y mandó dar a Safía un palacio mucho más bello que el primero, y aumentó considerablemente el tren de su casa y su consignación para gastos. Después volvió a su palacio para juzgar, y nombrar, y destituir, según costumbre.

Pero seguía con el espíritu y el corazón muy atormentados con el recuerdo de la joven reina Abriza. Así es que pasaba las noches en su aposento hablando con ella y dirigiéndole indirectas. Pero Abriza le daba siempre la misma contestación. “¡Oh rey del tiempo! no me inspiran deseos los hombres”. Y esto contribuía a excitar y atormentar más al rey, que acabó por ponerse enfermo. Entonces mandó llamar a su visir Dandán, y le descubrió todo el amor que sentía su corazón por la admirable Abriza, el ningún resultado obtenido y su desesperanza de llegar a poseerla.

Cuando el visir oyó estas palabras, le dijo al rey: “He aquí mi plan: a la caída de la noche, coge un puñado de banj, narcótico seguro, e irás a buscar a Abriza. Y comenzarás a beber con ella, y le deslizarás en la copa unos terrones de banj. Y en cuanto caiga en la cama, serás su dueño; y podrás hacer con ella todo lo que te parezca a propósito para satisfacer tu deseo y calmar tus ardores. Y esta es mi idea”. Y el rey contestó: “Verdad es que tu consejo es excelente, y el único realizable”.

Entonces se levantó, y fue a uno de sus armarios; y sacó un puñado de banj tan puro y tan fuerte, que sólo el olor habría hecho dormir un año entero a un elefante. Se lo guardó en el bolsillo y esperó que llegase la noche. Entonces fue a buscar a la reina Abriza, que se levantó para recibirle, y no se sentó hasta que se sentó el rey y le dio permiso. Y se puso a comer con ella, y expresó el deseo de beber, y en seguida mandó ella traer bebidas en grandes copas de oro y cristal, y todos los accesorios, como frutas, almendras, avellanas, alfónsigos y lo demás.

Y ambos se pusieron a beber, hasta que la embriaguez empezó a perturbar la cabeza de Abriza. Al verlo, sacó el rey los terrones de banj y se los escondió en la mano. Después llenó una copa, se bebió la mitad, deslizó en ella el narcótico discretamente, y se la ofreció a la joven.

Y le dijo: “¡Oh regia joven! toma esta copa y bebe esta bebida de mi deseo”. Y la reina Abriza, inconsciente, se la bebió risueña, y en seguida el mundo empezó a girar delante de sus ojos; y no tuvo
tiempo más que para arrastrarse hasta su lecho, en que cayó pesadamente de espaldas, extendidos los brazos y separadas las piernas. Y dos grandes candelabros estaban colocados uno a la cabecera y otro a los pies de la cama.

Entonces el rey Omar Al-Nemán se aproximó a Abriza, y empezó por desatar los cordones de seda de su ancho pantalón, y no le dejó encima de la piel más que la fina camisa. Levantó el pañal de la camisa, y apareció debajo, entre los muslos, bien alumbrado por la luz de los candelabros, algo que le arrebató el espíritu y la razón. Pero tuvo fuerzas para reprimirse y quitarse también el ropón y los calzones. Y entonces pudo dejarse llevar libremente del extremado ardor que le impulsaba. Y echándose sobre aquel cuerpo juvenil, lo cubrió completamente. Pero ¡quién sabría medir todo lo que pasó entonces!

Y he aquí cómo desapareció y cómo se borró la virginidad de la joven reina Abriza.

Y el rey Omar Al-Nemán, apenas hizo aquello, se levantó y se fue a la habitación contigua en busca de la esclava preferida de Abriza, la fiel Grano de Coral, y le dijo: “¡Corre al aposento de tu ama, que te necesita!” Y Grano de Coral se apresuró a entrar en el aposento de su señora, y la encontró tendida y estropeada, con la camisa levantada, los muslos teñidos en sangre y la cara muy pálida. Y Grano de Coral comprendió que era muy urgente cuidarla. Y en seguida cogió un pañuelo, con el cual limpió delicadamente la cosa más honorable de su ama. Después cogió otro pañuelo, y le secó cuidadosamente el vientre y los muslos. En seguida le lavó la cara, las manos y los pies, y la roció con agua de rosas, y le lavó los labios y la boca con agua de azahar.

Entonces la reina Abriza abrió los ojos, y en seguida se incorporó. Y viendo a su esclava Grano de Coral, le dijo: “¡Grano de Coral! ¿qué me ha sucedido? He aquí que me siento desfallecer.” Y Grano de Coral no pudo hacer más que contarle el estado en que la había encontrado, tendida de espaldas y filtrándosele la sangre por entre los muslos. Y Abriza comprendió entonces que el rey Omar Al-Nemán había satisfecho en ella sus deseos y que había consumado en ella la cosa irreparable. Y tan grande fue su dolor, que mandó a Grano de Coral que negase a todo el mundo la entrada en su aposento. Y le encargó que cuando el rey Omar Al-Nemán fuese a visitarle, le dijese: “Mi ama está enferma y no puede recibir a nadie”.

Y en cuanto lo supo el rey Omar Al-Nemán, empezó a enviarle todos los días esclavos cargados con grandes bandejas llenas de manjares y bebidas, y terrinas con frutas y confitería, y también tazones de porcelana con crema y dulces. Pero ella seguía encerrada en su aposento, hasta que un día notó que le crecía el vientre, que se dilataba su cintura y que seguramente estaba preñada. Entonces aumentó su desesperación y se oscureció el mundo ante sus ojos. Y no quiso escuchar a Grano de Coral, que
intentaba consolarla. Después le dijo: “¡Oh Grano de Coral! yo sola tengo la culpa de verme en este estado, pues no obré bien al dejar a mi padre, a mi madre y a mi reino. ¡Y he aquí que ahora siento asco de mí misma y de la vida! ¡Y se ha desvanecido mi valor y se ha acabado mi fuerza!

Con mi virginidad he perdido toda mi energía, pues mi preñez me incapacita para resistir el choque de un niño. ¡Y ni siquiera podría llevar las riendas de mi corcel, yo que antes me sentía llena de entusiasmo y de vigor! ¿Y qué haré ahora? Si llego a parir en palacio, seré motivo de irrisión para todas las musulmanas, que sabrán cómo he perdido mi virginidad. Y si vuelvo a casa de mi padre, ¿con qué cara me atreveré a mirarle? ¡Oh! ¡Cuán verdaderas son estas palabras del poeta!

¡Amigo! ¡Sabe muy bien que en la desgracia no encontrarás ya ni parientes, ni patria, ni casa que te brinde hospitalidad!

Entonces Grano de Coral le dijo: “¡Oh dueña mía! soy tu esclava, y estoy completamente bajo tu obediencia. ¡Mándame!” Y la reina respondió: “Entonces, ¡oh Grano de Coral! escucha bien lo que voy a decirte. Es absolutamente necesario que yo salga de aquí sin que nadie se entere. Quiero volver, a pesar de todo, a casa de mi padre y de mi madre, porque si el cadáver llega a oler, lo han de aguantar los suyos. Y yo no soy más que un cuerpo sin vida.

Y después de esto sucederá lo que el Señor disponga”. Y Grano de Coral contestó: “¡Oh reina! tu plan es el mejor de todos los planes”. Y desde aquel momento se dedicaron secretamente a los
preparativos de la marcha. Y hubieron de esperar ocasión favorable, que se presentó pronto, y fue la marcha del rey para la caza y la salida de Scharkán para las fronteras del imperio, en donde tenía que inspeccionar las fortalezas. Pero durante este retraso, se aproximaba el día del parto, y Abriza dijo a Grano de Coral: “¡Es indispensable que partamos esta misma noche! Nada podemos hacer contra el Destino, que me ha marcado en la frente y que ha señalado mi parto para dentro de tres o cuatro días. Vámonos, pues todo lo prefiero a parir en este palacio. Y has de buscar un hombre que se avenga a acompañarnos en este viaje, pues yo no tengo fuerzas ni para sostener el arma más ligera”.

Y Grano de Coral contestó: “¡Oh ama mía! Sólo sé de un hombre capaz de acompañarnos y defendernos, y es el negro Moroso, uno de los esclavos más corpulentos del rey Omar Al-Nemán. Le he hecho muchos favores, y además me ha dicho que en otros tiempos fue bandolero y salteador de caminos. Y como es el guardián de la puerta de palacio, iré a buscarle, le daré oro, y le diré que en cuanto lleguemos a nuestro país le proporcionaremos una buena boda con la griega más linda de Kaissaria”.

Entonces Abriza exclamó: “¡Oh Grano de Coral! tráemelo aquí, pero no le digas nada, que yo misma le hablaré”.

En seguida Grano de Coral fue en busca del negro, y le dijo: “¡Oh Moroso! he aquí que ha llegado el día de tu suerte. Y para eso te bastará hacer todo lo que te pida mi ama. ¡Ven, pues!” Y cogiéndole de la mano; lo guió a la habitación de la reina Abriza.

Y el negro Moroso, apenas vio a la reina, se adelantó y besó la tierra entre sus manos. Y ella notó que lo rechazaba su corazón y que su aspecto le desagradaba grandemente. Pero dijo para sí: “¡La necesidad hace ley!”

Y a pesar de todo el horror que sentía, le habló de este modo: “¡Oh Moroso! ¿eres capaz de ayudarnos en las contrariedades del tiempo y de auxiliarnos en nuestros infortunios? Si te revelara mi secreto, ¿serías bastante prudente para no divulgarlo?”

Y el negro Moroso, que al ver a Abriza había sentido inflamarse su corazón, dijo: “¡Oh mi señora! haré todo lo que me mandes”. Y Abriza dispuso: “En ese caso, te pido que nos prepares en seguida dos caballos para nosotras y dos mulas para llevar nuestro equipaje. Y que nos hagas salir de aquí a mí y a esta esclava, Grano de Coral. Y te prometo que en cuanto lleguemos a mi país te casaré con la griega más hermosa que tú elijas. Y te colmaremos de oro y riquezas. Y si deseas volver a tu tierra, te mandaremos, colmado de dones y beneficios”.

Al oír el negro estas palabras, se dilató su pecho de un modo considerable, y exclamó: “¡Oh ama mía! os serviré con mis dos ojos. ¡Voy a preparar las cabalgaduras y todo lo que haga falta!” Y salió en seguida. Y el negro pensaba: “¡Qué suerte la mía! ¡Voy a gozar y a deleitarme con la carne de esas dos lunas! ¡Y si alguna me rechazara, la mataré! ¡Y les robaré todas sus riquezas!” Y resuelto a obrar de este modo, hizo todos los preparativos necesarios. Y a pesar del estado de la reina Abriza, los tres pudieron salir sin que los vieran.

Pero la reina Abriza, que ya padecía los dolores del parto, se vio obligada a interrumpir el viaje al cuarto día. Y como no pudiese aguantar más, dijo al negro: “¡Oh Moroso! ayúdame a apearme, porque mis dolores me anuncian que esto ya llega al fin”. Y dijo a Grano de Coral: “¡Oh Grano de Coral! bájate del caballo y ven a ayudarme”.

Pero cuando los tres se hubieron apeado, el negro Moroso, al ver los encantos de la reina, llegó al límite de la excitación, y su herramienta se enderezó terriblemente, y le levantaba el ropón. Entonces, como ya no pudiese sujetarle, la sacó al aire y se acercó a la joven, que estuvo a punto de desmayarse de indignación y de horror. Y le dijo: “¡Oh señora mía! por favor, déjame poseerte”.

En este momento Schehrazada vio aparecer la mañana y, discreta como siempre, dejó la continuación del relato para el otro día.

PERO CUANDO LLEGO LA 52ª NOCHE
Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el horrible negro dijo a la reina: “¡Oh señora mía! por favor, déjame poseerte”.

Y la reina, indignada, contestó: “¡Oh negro, hijo de negro, hijo de esclavos! ¿Te atreves a exhibirte de ese modo? ¡Qué desesperación verme sin defensa, en manos del último de los esclavos negros! ¡Miserable! ¡ Que el Señor me ayude a salir del estado en que me encuentro, y a curar mis dolencias femeniles que me tienen impotente, y castigaré tu insolencia con mis propias manos! ¡Antes que dejarme tocar por ti, preferiría matarme y acabar con mis padecimientos!”

Y recitó estas estrofas:

¡Oh tú, que no cesas de perseguirme! ¿Cuándo acabarás? Bastante he gustado la amargura de las pruebas a que me ha sometido mi suerte. Confío en que el Señor me libertará de las bestias violadoras.

¿Por qué persistes? ¿No te he dicho que siento horror hacia el libertinaje? ¡Cesa de mirar con la avidez de esos ojos de hambriento miserable!

Y no esperes tocarme, como antes me cortes en pedazos con el filo de tu alfanje, de hoja templada en el Yemen.

¡Y no olvides que soy una de las más puras, una de las más nobles y una de las más sublimes de sangre! ¿Cómo te atreves, ¡oh insolente esclavo! a levantar los ojos hacia mí, cuando estás lejos de pertenecer a una raza elevada y exquisita?

Cuando el negro Moroso hubo oído estos versos, su cara se congestionó de odio, sus facciones se agitaron convulsivamente, sus narices se hincharon, sus gruesos labios se contrajeron, y todo su ser trepidó de furor. Y recitó estas estrofas:

¡Oh mujer! ¡No me rechaces así, pues soy víctima de tu amor, y me han matado tus miradas triunfantes! ¡Mi corazón está hecho pedazos esperándote! ¡Mi cuerpo está completamente extenuado, lo mismo que la paciencia que hasta ahora tuve!

Tu voz, sólo con oírla, me cautiva. Y mientras me mata el deseo, noto que se ha eclipsado mi razón.

Pero te advierto, ¡oh implacable! que aunque cubrieses toda la tierra de soldados y defensores, yo sabría alcanzar el término de mis deseos. Yo sabría beber el agua de que estoy privado, el agua que apagará mi sed.

Al oír estos versos, Abriza, que lloraba de ira, exclamó: “¡Indecente esclavo! ¡Oh perro maldito! ¿Crees que son iguales todas las mujeres? ¿Te atreves a seguir hablándome de ese modo?” Y el negro, viendo que Abriza lo rechazaba en absoluto, ya no pudo reprimir su furor. Y precipitándose sobre ella, con el alfanje en la mano, la cogió por el pelo, y le atravesó el cuerpo de una estocada. Y a manos de aquel negro murió de tal manera la reina Abriza.

CELOS, BATALLAS Y GEMAS: Serie de la Madre de Todas las Calamidades (VI)

Y Scharkán se separó de Abriza, y salió del monasterio. Montó de nuevo en su corcel, cuyas bridas sujetaban dos jóvenes, y se fue. Pasó el puente de cadenas de acero, se internó entre los árboles de la selva, y acabó por llegar al claro situado en medio del bosque. Y apenas había llegado, vio tres jinetes frente a él, que habían detenido bruscamente el galopar de sus caballos. Y Scharkán sacó su rutilante espada, y se cubrió con ella, dispuesto al choque. Pero súbitamente los conoció y le reconocieron, pues
los tres jinetes eran el visir Dandán y los dos emires principales de su séquito. Entonces los tres jinetes se apearon rápidamente, y desearon respetuosamente la paz al príncipe Scharkán, y le expresaron toda la angustia que por su ausencia había sentido el ejército. Y Scharkán les contó la historia con todos sus detalles, desde el principio hasta el fin, y la próxima llegada de la reina Abriza, y la traición proyectada por los embajadores de Afridonios.

Y les dijo: “Es probable que se hayan aprovechado de vuestra ausencia para escaparse y avisar a su rey. Y ¡quién sabe si el ejército enemigo habrá destruido al nuestro! ¡Corramos, pues, junto a nuestros soldados!”

Al galope de sus caballos llegaron al valle donde estaban las tiendas. Y allí reinaba la tranquilidad, pero los embajadores habían desaparecido. Se levantó apresuradamente el campo, partieron para Bagdad, y al cabo de algunos días llegaron a las fronteras, donde ya estaban seguros. Y todos los habitantes de aquellas comarcas se apresuraron a llevarles provisiones para ellos y víveres para los caballos. Y descansaron un poco, y luego reanudaron la marcha. Pero Scharkán confió la dirección de la vanguardia al visir Dandán, y se quedó en la retaguardia con cien jinetes, que escogió uno por uno entre lo más selecto de todos los jinetes. Y dejó que el ejército se le adelantara todo un día. y después se puso en marcha con cien guerreros.

Y cuando habían recorrido ya cerca de dos parasanges (Parseks . 1 parsek = 5 Km) acabaron por llegar a un desfiladero muy angosto situado entre dos altísimas montañas. Y apenas habían llegado, vieron que al otro extremo del desfiladero se levantaba una polvareda muy densa. Y esta polvareda avanzaba rápidamente, y cuando se disipó aparecieron cien jinetes, tan intrépidos como leones, que desaparecían bajo las cotas de malla y las viseras de acero. Y aquellos jinetes, apenas estuvieron al alcance de la voz, gritaron: “¡Apeaos, ¡oh musulmanes! y rendíos a discreción, pues si no, ¡por Mariam y Yuhanna! (María y Jesús) vuestras almas no tardarán en volar de vuestros cuerpos!”

Y Scharkán, al oír estas palabras, vio que el mundo se oscurecía ante su vista. Y dijo, inflamadas sus mejillas y lanzando sus ojos relámpagos de cólera: “¡Oh perros cristianos! ¿Cómo os atrevéis a
amenazarnos después de haber tenido la audacia de atravesar nuestras fronteras y pisar nuestro suelo? ¿Pensáis que podréis escapar de entre nuestras manos y volver a vuestro país?”

Dijo, y gritó a sus guerreros: “¡Oh creyentes! ¡Sus a esos perros!”

Y Scharkán fue el primero en arrojarse sobre el enemigo. Entonces los cien jinetes de Scharkán cayeron sobre los cien jinetes afrangí a todo el galopar de sus caballos, y ambas masas de hombres, con corazones más duros que la roca, se mezclaron.

Y los aceros chocaron con los aceros, las espadas con las espadas, y empezaron a llover golpes. Y crepitando los cuerpos se enlazaban con los cuerpos y los caballos se encabritaban para caer pesadamente sobre los caballos, y no se oía otro ruido que el chasquido de las armas y el choque del metal contra el metal. El combate duró hasta la aproximación de la noche. Y sólo entonces se separaron ambos bandos, y pudieron contarse. Scharkán comprobó que no había entre sus hombres ningún herido grave y exclamó:

“¡Oh compañeros! He navegado toda mi vida por el mar de las ruidosas batallas, en que chocan las oleadas de espadas y lanzas; he combatido con muchos héroes, pero no había encontrado hombres tan intrépidos, guerreros tan valerosos ni héroes tan esforzados como estos adversarios”.

Y los soldados de Scharkán respondieron: “¡Oh príncipe Scharkán! tus palabras han dicho la verdad. Pero sabe que el jefe de esos guerreros es el más admirable de todos y el más heroico. Y además, cada vez que uno de nosotros caía entre sus manos, se apartaba para no matarlo, y le dejaba librarse de la muerte”.

Al oír estas palabras, se quedó muy perplejo Scharkán, pero después dijo: “Mañana nos pondremos en fila y los atacaremos así, pues somos ciento contra ciento. ¡Y pediremos la victoria al Señor del Cielo!” Y confiados en esta resolución, se durmieron todos aquella noche.

En cuanto a los cristianos, he aquí que rodearon a su jefe, y exclamaron: “Hoy no hemos podido dar cuenta de esos musulmanes”. Y el jefe les dijo: “Pero mañana nos pondremos en fila, y los derribaremos uno tras otro”. Y confiados en esta resolución, se durmieron todos también.

Así es que en cuanto brilló la mañana, e iluminó al mundo con su luz, y salió el sol para alumbrar indistintamente la cara de los pacíficos y de los guerreros, y saludó a Mahomed, ornamento de todas las cosas bellas, el príncipe Scharkán montó en su caballo, avanzó entre las dos filas de sus guerreros, y les dijo: “He aquí que nuestros enemigos están en orden de batalla. Lancémonos, pues, sobre ellos, pero uno contra uno. Por lo pronto, que salga de las filas uno de vosotros e invite en alta voz a uno de los guerreros cristianos a combate singular. Después cada cual afrontará a su vez la lucha de este modo”.

Y uno de los jinetes de Scharkán salió de las filas, espoleó a su caballo hacia el enemigo, y gritó: “¡Oh todos vosotros! ¿Hay en vuestras filas algún combatiente, algún campeón bastante intrépido para aceptar la lucha conmigo?”

Apenas había pronunciado estas palabras, salió de entre los cristianos un jinete completamente cubierto de armas y de hierro, y de seda y de oro. Montaba un caballo alazán; su cara era sonrosada, con mejillas vírgenes de pelo.

Llevó su caballo hasta la mitad de la liza, y con la espada levantada se precipitó contra el campeón musulmán, y de un rápido bote de lanza le hizo perder los arzones y le obligó a rendirse al enemigo. Y se lo llevó prisionero, entre los gritos de victoria y de júbilo que lanzaban los guerreros cristianos.

En seguida salió de las filas otro cristiano y avanzó hasta la mitad de la liza, al encuentro de otro musulmán que ya estaba en ella y que era el hermano del prisionero. Y ambos campeones trabaron la lucha, que no tardó en terminar con la victoria del cristiano, pues aprovechando un descuido del musulmán, que no había sabido resguardarse, le dio otro bote de lanza, que le derribó, y se lo llevó prisionero.

Y así siguieron midiendo sus armas, y cada vez se terminaba la lucha con la derrota de un musulmán, vencido por el cristiano. Y así fue hasta que cayó la noche, quedando cautivos veinte guerreros musulmanes.

Scharkán se impresionó mucho al ver este resultado, y reunió a sus compañeros. Y les dijo: “¿No es verdaderamente extraordinario lo que nos acaba de ocurrir?” Mañana avanzaré yo solo frente al enemigo, y provocaré al jefe de esos cristianos. Y luego de vencerle, averiguaré la razón que le ha movido a violar nuestro territorio y a atacarnos. Y si se niega a explicarse, lo mataremos; pero si acepta nuestras proposiciones, haremos las paces con él”. Y tomada esta resolución, se durmieron todos hasta
por la mañana.

Y llegada la mañana, Scharkán montó a caballo y avanzó solo hacia las filas de los enemigos; y vio avanzar, en medio de cincuenta guerreros que se habían apeado, a un jinete, que no era otro que el jefe de los cristianos en persona. Llevaba pendiente de los hombros una clámide de raso azul que flotaba por encima de la cota de malla; blandía desnuda una espada de acero y montaba un caballo negro que llevaba en la frente una estrella blanca del tamaño de un dracma de plata. Y este jinete tenía una cara de niño, con mejillas frescas y sonrosadas y vírgenes de bozo. Y tan hermoso era, que semejaba la luna que sale gloriosamente por el horizonte oriental.

Y cuando estuvo en medio de la liza, este joven jinete se dirigió a Scharkán, y en lengua árabe, con el acento más puro, le dijo: “¡Oh Scharkán, oh hijo de Omar Al-Nemán, que reina en los pueblos y en las ciudades, en las plazas fuertes y en los castillos, prepárate a la lucha, porque será muy dura! ¡Y como eres el jefe de los tuyos y yo el jefe de los míos, queda acordado desde ahora que el vencedor en esta lucha se apoderará de los soldados del vencido y será su dueño!”

Pero ya Scharkán, con el corazón lleno de rabia, semejante al león enfurecido, había lanzado su corcel contra el cristiano. Y chocaron uno contra otro con un empuje heroico, resonando los golpes. Y se
habría creído ver el choque de dos montañas, o la mezcla ruidosa de dos mares que se encontraran. Y no cesaron de combatir desde por la mañana hasta que fue completamente de noche. Y entonces se separaron, y cada cual volvió junto a los suyos.

Luego Scharkán dijo a sus compañeros: “¡En mi vida he encontrado un combatiente como ése! Y lo más extraordinario es que cada vez que su adversario queda descubierto, en lugar de herirle se limita a tocarlo ligeramente en el sitio descubierto con el regatón de la lanza. Nada comprendo de toda esta aventura, pero ¡ojalá hubiese muchos guerreros de tal intrepidez!”

Y al día siguiente se reanudó la lucha del mismo modo y con igual resultado. Y al tercer día, en medio del combate, el hermoso joven lanzó el caballo al galope y lo paró bruscamente, aunque tirando torpemente de las riendas. Entonces el caballo se encabritó, y el joven se dejó derribar, y cayó al suelo, pero como naturalmente.

Y Scharkán saltó del caballo y se precipitó sobre su enemigo con la espada levantada, dispuesto a atravesarlo. Y el hermoso cristiano exclamó: “¿Es así como proceden los héroes? ¿Manda la galantería tratar así a las mujeres?” Al oír estas palabras, Scharkán miró al joven jinete, y habiéndolo examinado bien reconoció a la reina Abriza. Pues era en realidad la reina Abriza, con la cual le había pasado en el monasterio lo que le había pasado.

Y Scharkán arrojó su espada, y se prosternó ante la joven, y besó la tierra entre sus manos, y le dijo: “Pero ¿por qué has obrado así, ¡oh reina!?” Y ella dijo: “He querido experimentarte en el campo de
batalla y ver cuál era tu valor. Pues sabe que todos mis guerreros que han combatido con los tuyos son mis doncellas, y son jóvenes como yo y vírgenes. Y en cuanto a mí, si no hubiera sido por mi caballo, que se encabritó a destiempo, otras cosas habrías visto, ¡oh Scharkán!”

Y Scharkán, sonriendo, dijo: “¡Loor a Alah, que nos ha reunido, ¡oh reina Abriza, soberana de los tiempos!” Y la reina dio en seguida la orden de marcha, y le volvió a Scharkán los veinte prisioneros, uno tras otro. Y todos fueron a arrodillarse delante de la reina, y besaron la tierra entre sus manos.

Y Scharkán se dirigió hacia las hermosas jóvenes, y les dijo: “¡Los reyes se honrarían si pudiesen contar con unos héroes como vosotras!”

Después se levantaron los campamentos, y los doscientos jinetes emprendieron juntos el camino de Bagdad, y anduvieron así seis días completos, al cabo de los cuales vieron relucir a lo lejos las
mezquitas gloriosas de la ciudad de paz.

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGO LA 51ª NOCHE
Ella dijo:

Vieron relucir a lo lejos las mezquitas gloriosas de la ciudad de paz. Y Scharkán rogó a la reina Abriza y a sus compañeras que se quitaran las armaduras y las cambiaran por sus vestidos femeninos. Y sí lo hicieron. Después mandó que se adelantaran algunos de sus soldados y anunciasen a su padre Omar Al-Nemán su llegada y la de la reina Abriza a fin de que saliese a recibirles una digna comitiva. Cuando anocheció echaron pie a tierra, se armaron las tiendas, y durmieron hasta por la mañana.

Y al nacer el día, el príncipe Scharkán y sus jinetes, y la reina Abriza y sus amazonas, volvieron a montar en sus corceles, y tomaron el camino de la ciudad. Y he aquí que salió de la población, yendo a su encuentro, el gran visir Dandán con un acompañamiento de mil jinetes; y se acercó a la joven reina y al valeroso Scharkán, y besó la tierra entre sus manos, y después todos juntos entraron en la ciudad.

Y Scharkán fue el primero en subir al palacio. Y el rey Omar Al-Nemán se levantó para ir a su encuentro, le abrazó y le pidió noticias. Y Scharkán le contó toda su historia con la hija del rey Hardobios de Kaissaria, y la perfidia del rey de Constantinia, y su resentimiento por causa de la esclava Safía, que era la misma hija del rey Afridonios, y le contó también la hospitalidad y los buenos consejos de Abriza, y su última hazaña, con todas sus cualidades de valor y belleza.

Cuando el rey Omar Al-Nemán oyó estas últimas palabras, sintió gran deseo de ver a la joven maravillosa, y todo su ser se encendió al oír estos detalles. Y pensó en las delicias de sentir en su cama la solidez y la esbeltez armoniosa de un cuerpo de doncella tan aguerrida, virgen de varón, y tan amada por sus compañeras de guerra.

Y tampoco desdeñó a estas mismas amazonas, cuyos rostros, bajo los trajes guerreros eran los de un niño de mejillas frescas, sin asomo de pelo ni bozo. Por que el rey Omar Al-Nemán era un anciano admirable, de músculos más ejercitados que los de los jóvenes. Y no temía las luchas de la virilidad, y salía siempre victorioso de entre los brazos de sus mujeres más ardientes.

Pero como Scharkán no podía figurarse que su padre tuviera sus miras respecto a la joven reina, se apresuró a ir a buscarla y se la presentó. Y el rey estaba sentado en su trono, y había despedido a sus chambelanes y a todos sus esclavos, excepto a los eunucos. Y la joven Abriza llegó hasta él, besó la tierra entre sus manos, y le habló con un lenguaje de una pureza y elegancia deliciosas. De modo que el rey Omar Al-Nemán llegó al límite del asombro, le dio gracias, la glorificó por cuanto había hecho con su hijo el príncipe Scharkán, y la invitó a sentarse. Y Abriza, entonces, se sentó, y se quitó el velillo que le cubría la cara, y ¡aquello fue un deslumbramiento! Pero tan gran deslumbramiento, que el rey Omar Al- Nemán estuvo a punto de perder la razón. Y en seguida mandó que preparasen para ella y sus compañeras el más suntuoso aposento, y le señaló un tren de casa digno de su categoría. Y entonces fué cuando la interrogó respecto a las tres gemas preciosas llenas de virtudes.

Y Abriza le dijo: “Esas tres gemas maravillosas, ¡oh rey del tiempo! las tengo yo, pues no me separo nunca de ellas. ¡Y voy a enseñártelas!”

Mandó traer una caja, y sacó de ella un cofrecillo, y de él un estuche de oro cincelado. Y al abrirlo aparecieron las tres gemas, radiantes, blancas y exquisitas. Y Abriza las cogió, se las llevó a los labios una tras otra, y se las ofreció al rey Omar Al-Nemán como regalo por la hospitalidad que le concedía. Y hecho esto, salió.

Y el rey Omar Al-Nemán comprendió que el corazón se le iba con ella. Pero como las gemas estaban allí, brillando, mandó llamar a su hijo Scharkán y le hizo presente de una de ellas. Y Scharkán le preguntó qué iba a hacer con las otras dos gemas, y el rey le dijo: “Se las voy a dar, una a tu hermana la niña Nozhatú, y la segunda a tu hermanito Daul’makán”.

Al oír estas palabras que le hablaban de su hermano Daul’makán, cuya existencia ignoraba por completo, quedó Scharkán desagradablemente sorprendido, pues sólo sabía el nacimiento de Nozhatú. Y volviéndose hacia el rey Omar Al-Nemán, le dijo: “¡Oh padre! ¿tienes otro hijo que no sea yo?” Y contestó el rey: “Ciertamente; un hermano gemelo de Nozhatú, que tiene seis años, hijos ambos de mi esclava Safía, hija del rey de Constantinia”.

Entonces Scharkán, trastornado por aquella noticia, apretó las manos y se estrujó la ropa a causa del despecho, pero de todos modos se detuvo. Y exclamó: “¡Ojalá estén ambos bajo la protección de Alah el Altísimo!”

Y su padre que había notado su agitación y su despecho, le dijo: “¡Oh hijo mío! ¿Por qué te pones así? ¿No sabes que la sucesión del trono te ha de corresponder a ti solo cuando yo muera? ¿No te he dado, en primer lugar, la más bella de las tres gemas, llena de maravillas?”

Pero Scharkán no se sintió en disposición de contestarle, y no queriendo contrariar ni apenar a su padre, salió del salón del trono con la cabeza baja. Y se dirigió hacia el aposento de Abriza; y Abriza se levantó en seguida para recibirle, y le dio las gracias por lo que había hecho por ella, y le rogó que se sentara a su lado. Después, al verle entristecido y con cara sombría, le dirigió tiernas preguntas. Y Scharkán le contó el motivo de su pena, y añadió: “Pero lo que más me preocupa, ¡oh Abriza! es que he sorprendido en mi padre intenciones nada dudosas respecto a ti, y he visto que sus ojos se encendían con el deseo de poseerte.

LA VERDAD SE DESVELA: Serie de la Madre de Todas las Calamidades (V)

…Calló, y sólo el arpa resonó bajo los finos dedos de marfil. Y Scharkán, arrebatado, se sentía perdido en deseos infinitos. Entonces, tras un nuevo preludio, la joven cantó:

¡La amistad verdadera no puede soportar la amargura de la separación! ¡Hasta el sol palidece cuando tiene que dejar a la tierra!

Pero apenas cesó este canto, oyeron un enorme tumulto y un gran vocerío. Y vieron que avanzaba un tropel de guerreros cristianos con las espadas desnudas, y gritaban: “¡He aquí que has caído en nuestras manos! ¡He aquí, oh Scharkán, tu día de perdición!”

Y al oír Scharkán estas palabras, pensó en seguida en una traición, encaminándose sus sospechas contra la joven. Pero cuando se volvía hacia donde estaba, dispuesto a reconvenirla, la vio lanzarse
afuera, muy pálida.

Y la joven llegó ante los guerreros, y les dijo: “¿Qué queréis?” Entonces se adelantó el jefe de los guerreros, y le contestó, después de haber besado la tierra entre sus manos: “¡Oh reina llena de gloria! ¡Oh mi noble señora Abriza, la perla más noble entre las perlas de las aguas! ¿Ignoras la presencia del que está en este monasterio?”

Y la reina Abriza contestó: “¿De quién hablas?” Y él dijo: “Hablo de aquel a quien llaman maestro de héroes, el destructor de ciudades, el terrible Scharkán ibn-Omar Al-Nemán, aquel que no ha dejado una torre sin destruirla, ni una fortaleza sin derribarla. Ahora bien, ¡oh reina Abriza! el rey Hardobios, tu padre y señor nuestro, ha sabido en Kaissaria, su ciudad, por los propios labios de la anciana Madre de todas las Calamidades, que el príncipe Scharkán estaba aquí. Porque la Madre de todas las Calamidades ha dicho al rey que había visto a Scharkán en el bosque, cuando se dirigía a este monasterio. Así, pues, ¡oh reina! tu mérito es inconmensurable, por haber cogido al león en tus redes, facilitándonos la victoria sobre el ejército de los musulmanes”.

Entonces, la joven reina Abriza, hija del rey Hardobios, señora de Kaissaria, miró indignadísima al jefe de los guerreros, y le dijo:

“¿Cuál es tu nombre?” Y el otro contestó: “¡Tu esclavo el patricio Massura ibn-Mossora ibn-Kacherda!”

Y ella le dijo: “¿Y cómo es que has osado, ¡oh insolente Massura! entrar en este monasterio sin avisarme ni pedir permiso?” Y él dijo: “¡Oh mi soberana! Ninguno de los porteros me ha cerrado el camino, pues al contrario, todos nos han guiado hasta la puerta de tu aposento. Y ahora, según las órdenes de tu padre, esperamos que nos entregues a ese Scharkán, el guerrero más formidable entre los musulmanes”. Y la reina Abriza dijo: “¿Pero qué piensas? ¿No sabes que esa Madre de todas las Calamidades es una embustera? ¡Por el Mesías! Aquí hay un hombre, pero no es el Scharkán de quién hablas, sino un extranjero que ha venido a pedirnos hospitalidad, y en seguida se la hemos otorgado generosamente. Y además, aun en el caso de que fuera Scharkán, los deberes de la hospitalidad me mandan protegerle contra todo el mundo.

¡Nunca se dirá que Abriza hizo traición al huésped, después de haber mediado entre ellos el pan y la sal!

De modo que lo que debes hacer, ¡oh patricio Massura! es marcharte en seguida cerca del rey, mi padre; besarás la tierra entre sus manos, y le dirás que la vieja Madre de todas las Calamidades ha mentido y le ha engañado”.

El patricio Massura, dijo: “Reina Abriza, no puedo volver junto al rey Hardobios, tu padre, sin llevar al prisionero, como nos ha mandado”. Ella llena de cólera, dijo: “¿Quién te mete en estas cosas, ¡oh guerrero!? Sólo te toca combatir cuando puedas, pues te pagan para combatir. Pero guárdate de meterte en asuntos que no te incumben. Además, si te atrevieras a atacar a Scharkán, lo pagarás con tu vida y con la vida de todos los guerreros que están contigo. ¡Y he aquí que lo voy a llamar, para que venga con su alfanje y su escudo!”

Y el patricio Massura dijo: “¡Oh qué desgracia la mía! Porque si me libro de tu cólera, caeré en la de tu padre, nuestro rey. Si se presentase ese Scharkán, lo mandaría detener inmediatamente por mis soldados., y lo llevaría prisionero entre las manos de tu padre, el rey de Kaissaria”.

Y Abriza exclamó: “Hablas demasiado para ser un guerrero, ¡oh patricio Massura! ¡Y tus palabras exceden en punto a pretensión e insolencia! ¿Olvidas acaso que sois cien contra uno? Si tu patriciado no te quitó hasta el rastro del valor, combátele de hombre a hombre. Pues si eres vencido, otro ocupará tu puesto, y así sucesivamente, hasta que Scharkán caiga en nuestras manos. ¡Y así se decidirá quién de todos vosotros es el héroe!”

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGO LA 50ª NOCHE
Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que la joven reina Abriza exclamó: “¡Y veremos quién de todos vosotros es el héroe!”

Y el patricio Massura repuso: “¡Por el Mesías! ¡Has hablado muy bien! ¡Yo seré el primero que se presente a luchar!”

Ella dijo: “Pues aguarda que vaya a avisarle y a saber su respuesta. Si acepta, así se hará; si se niega, será de todos modos el huésped protegido”. Y Abriza se apresuró a ir en busca de Scharkán, y le puso al corriente de todo, excepto de quién era ella.

Y Scharkán comprendió que había juzgado mal al dudar de la generosidad de la joven, y se reconvino mucho, y con doble motivo por haberse equivocado al juzgar a la joven y por haberse metido imprudentemente en medio del país de los rumís.

Y después dijo: “¡Oh mi señora! No tengo la costumbre de combatir contra un solo guerrero, sino contra diez a un tiempo, y de esa manera pienso entablar el combate”.

Dijo, y se puso en pie de un salto, y se precipitó al encuentro de los guerreros cristianos. Y llevaba en la mano su alfanje y su escudo.

Cuando el patricio Massura vio que se acercaba Scharkán, saltó sobre él de un brinco, y le atacó furiosamente; pero Scharkán paró el golpe que se le dirigía, y se lanzó contra su adversario como un
león. Y le dio en el hombro un tajo tan terrible, que el alfanje salió brillando por la cadera, después de haberle atravesado el vientre y los intestinos.

Al ver esto, el valor de Scharkán creció considerablemente a los ojos de la reina, que pensó: “¡He aquí el héroe con quien habría yo podido luchar en el bosque!”

Después se volvió hacia los soldados; y les dijo: “¿Qué esperáis para proseguir el combate? ¿No pensáis vengar la muerte del patricio?” Entonces avanzó a grandes pasos un gigante de aspecto
formidable, y cuya cara respiraba una gran energía. Era el propio hermano del patricio Massura. Pero Scharkán no le dio tiempo para más, pues le dio tal tajo en el hombro, que el alfanje salió brillando por la cadera, después de haber atravesado el vientre y los intestinos. Entonces avanzaron otros guerreros, uno a uno, pero Scharkán les hacía sufrir la misma suerte, y para su alfanje era un juego el hacer volar sus cabezas. Y de ese modo mató a cincuenta. Cuando los otros cincuenta que quedaron vieron la suerte que habían corrido sus compañeros, se reunieron en una sola masa, y se precipitaron todos juntos contra Scharkán, pero esto los perdió.

Scharkán los esperaba con toda la bravura de su corazón, más duro que la roca, y los trilló como se trillan los granos en la era, y los desparramó a ellos y a sus almas para siempre.

Entonces la reina Abriza gritó a sus doncellas: “¿Quedan más hombres en el monasterio?” Y ellas contestaron: “No quedan más hombres que los porteros”. Entonces la reina Abriza avanzó al encuentro de Scharkán, y le estrechó entre sus brazos, y le besó con fervor. Después contó el número de muertos, y se encontraron ochenta. En cuanto a los otros veinte combatientes, lograron escaparse, a pesar de su estado, y habían desaparecido.

Y Scharkán pensó entonces en limpiar la hoja ensangrentada de su alfanje. Y arrastrado por Abriza, volvió al monasterio, recitando estas estrofas bélicas:

¡Contra mí se han lanzado furiosamente para combatirme el día de mi valentía! Y he arrojado sus altaneros caballos como pasto a los leones, a mis hermanos los leones.

¡Vamos! ¡Libradme del peso de mi ropa, si queréis!

En el día de mi valentía no he hecho más que pasar, y he aquí a todos los guerreros tendidos en la tierra abrasadora de mi desierto.

Y como habían llegado al salón, la joven Abriza, sonriente de placer cogió la mano de Scharkán y se la llevó a los labios. Después se levantó el vestido, y aparecieron por debajo una cota de malla y una espada de acero fino de la India. Y Scharkán asombrado. preguntó: “¿Para qué son, ¡oh mi señora! esta cota de malla y esta espada?” Y ella dijo: “¡Oh Scharkán! durante el combate me armé apresuradamente por si tenía que correr en tu auxilio, pero no has necesitado de mi brazo!”

Después la reina Abriza mandó llamar a los porteros, y les dijo “¿Cómo es que sin mi permiso habéis dejado penetrar a los hombres del rey?” Y dijeron: “No es costumbre que pidan permiso los hombres del rey, y mucho menos su gran patricio”.

Ella dijo: “¡Sospecho que habéis querido perderme y ocasionar la muerte de mi huésped!

Y rogó a Scharkán que les cortara la cabeza, y Scharkán les cortó la cabeza.

Entonces la reina dijo a sus esclavas: “¡Merecían un castigo más duro!”

Después se volvió hacia Scharkán, y exclamó: “¡He aquí, ¡oh Scharkán! que voy a revelarte lo que ha estado oculto para ti hasta ahora!”

Y dijo así:

“Sabe, ¡oh Scharkán! que soy la hija única del rey griego Hardobios, señor de Kaissaria, y me llamo Abriza. Y tengo por enemiga inexorable a la vieja Madre de todas las Calamidades, que ha sido la
nodriza de mi padre y es muy temida y atendida en palacio. Y la causa de esta enemistad entre ella y yo, es una causa que me dispensarás que te cuente, pues intervienen unas jóvenes en esta historia, y ya conocerás con el tiempo todos los pormenores. Así es que la Madre de todas las Calamidades hará cuanto pueda para perderme, sobre todo ahora que he sido la causa de la muerte del jefe de los patricios y de los guerreros. Y dirá a mi padre que he abrazado vuestra causa. Así es que la única resolución que puedo tomar, mientras la Madre de todas las Calamidades me persiga, es irme lejos de mi familia y de mi país. Y te ruego que me ayudes y obres conmigo como yo he obrado contigo, pues te corresponde parte de culpa de cuanto acaba de pasar”.

Al oír estas palabras, Scharkán sintió que la alegría le hacía perder la razón, y que su pecho se ensanchaba, y se dilataba todo su ser, y dijo: “¡Por Alah! ¿Quién se atreverá a acercarse a ti, mientras mi alma esté en mi cuerpo? Pero ¿podrías sobrellevar realmente el verte alejada de tu padre y de los tuyos? Y ella contestó: “Seguramente que sí”. Entonces Scharkán le hizo que lo jurase, y ella juró. Y después ella dijo: “Ya se ha tranquilizado mi corazón.

Pero tengo que dirigirte otra súplica”. Scharkán dijo: “¿Y cuál es esa súplica?” Y ella contestó: “Que vuelvas a tu país, con todos los soldados”. Pero él dijo: “¡Oh señora mía! Mi padre Omar Al-Nemán me ha mandado a este país de los rumís para combatir y vencer a tu padre, contra el cual nos ha pedido auxilio el rey Afridonios de Constantinia. Pues tu padre ha mandado confiscar un navío cargado de riquezas, entre ellas tres gemas preciosas que poseen admirables virtudes”. Entonces Abriza contestó: “¡Tranquiliza tu alma y endulza tus ojos! Porque he aquí que voy a decirte la verdadera historia de nuestra hostilidad con el rey Afridonios:

“Sabe que nosotros los griegos celebramos una fiesta anual, que es la fiesta de este monasterio. Y cada año en igual fecha acuden aquí todos los reyes cristianos desde todas las comarcas, así como los nobles y los grandes comerciantes. Y también vienen las mujeres y las hijas de los reyes y de los demás; y esta fiesta dura siete días completos. Ahora bien; cierto año fui yo una de las visitantes, y aquí estaba también la hija del rey Afridonios de Constantinia, que se llamaba Safía, y es ahora concubina de tu padre, el rey Omar Al-Nemán, y madre de sus hijos. Pero en aquel momento era todavía doncella. Cuando terminó la fiesta y llegó el séptimo día, que era el día de la marcha, Safía dijo: “No quiero volver por tierra a Constantinia, sino por mar”. Entonces le prepararon una nave, en la cual se embarcó con sus compañeras, y mandó embarcar todas las cosas que le pertenecían; y se dieron a la vela, y zarparon. Pero apenas se había alejado el navío, se levantó viento contrario, que hizo desviarse a la nave de su ruta. Y la Providencia quiso que hubiera precisamente en tales parajes un gran navío lleno de guerreros cristianos de la isla de Kafur, en número de quinientos afrangí.(Francos: nombre dado a los europeos)

Y todos estaban armados y forrados de hierro. Y sólo aguardaban una ocasión como aquélla para lograr botín, pues desde hacía tiempo que andaban por el mar. De modo que en cuanto vieron el navío en que estaba Safía, lo abordaron, le echaron los garfios y se apoderaron de él. Después se dieron de nuevo a la vela llevándolo a remolque. Pero levantó una furiosa tempestad que los arrojó a nuestras costas, desamparados. Entonces se arrojaron sobre ellos nuestros hombres, mataron a los piratas, y se apoderaron a su vez de las sesenta jóvenes entre las cuales se encontraba Safía.

También recogieron todas las riquezas acumuladas en los buques. Vinieron a ofrecer las sesenta jóvenes como regalo a mi padre el rey de Kaissaria, y se guardaron las riquezas. Mi padre escogió para
sí las diez jóvenes más hermosas y distribuyó el resto entre su séquito. Después eligió cinco de las más bellas, y se las envió como regalo a tu padre, el rey Omar Al-Nemán. Y entre esas cinco estaba precisamente Safía, hija del rey Afridonios: pero nosotros no nos lo figurábamos, porque ni ella ni nadie nos había revelado su condición ni su nombre, y he aquí ¡oh Scharkán ! cómo Safía llegó a ser concubina de tu padre, el rey Omar Al-Nemán. Y además, le fue enviada con otros muchos regalos, como sederías, paños y bordados de Grecia. Pero a principios de este año, el rey mi padre recibió una carta del rey Afridonios, padre de Safía. Y en esta carta había cosas que no te sabría repetir. Pero decía lo siguiente:

“Hace dos años que cogiste a unos piratas sesenta jóvenes, una de las cuales era mi hija Safía. Hasta ahora no me he enterado, ¡oh rey Hardobios! porque nada me has dicho.

Esto es la mayor ofensa y el mayor oprobio para mí y alrededor de mí. Por lo tanto, en cuanto recibas mi carta, si no quieres ser mi enemigo, me devolverás a mi hija Safía, intacta e íntegra. Si demoras su envío, te trataré como mereces, y mi cólera y mi resentimiento tomarán represalias terribles contra ti”.

“Y en cuanto mi padre leyó esta carta, se quedó muy perplejo y muy alarmado, pues la joven Safía había sido enviada como regalo a tu padre, el rey Omar Al-Nemán, y no había ninguna probabilidad de que siguiese intacta e íntegra, puesto que ya la había hecho madre el rey Omar Al-Nemán.

“Comprendimos entonces que aquello era una gran calamidad. Y mi padre no tuvo otro recurso que escribirle una carta al rey Afridonios, en que le exponía la situación, y disculpándose con la ignorancia en que había estado respecto a la personalidad de Safía, y jurándoselo mil veces.

“Al recibir la carta de mi padre, el rey Afridonios se enfureció de una manera trágica; se levantó, se sentó, echó espuma, y dijo: “¿Es posible que mi hija, cuya mano se disputaban todos los reyes cristianos, haya llegado a ser una esclava entre las esclavas de un musulmán? ¿Es posible que se haya rendido a sus deseos y compartido su lecho sin contrato legal? ¡Por el Mesías! que he de tomar de ese cabalgador musulmán, no saciado de mujeres, una venganza que hará hablar al Oriente y al Occidente”.

“Y entonces fue cuando el rey Afridonios discurrió enviar embajadores a tu padre con ricos presentes, y hacerle creer que estaba en guerra contra nosotros, y pedirle socorro. Pero en realidad era para hacerte caer a ti, ¡oh Scharkán! y a tus diez mil jinetes en una emboscada.

“En cuanto a las tres gemas maravillosas poseedoras de tantas virtudes, existen realmente. Eran propiedad de Safía, y cayeron en manos de los piratas, y después en las de mi padre, que me las regaló. Y yo las tengo, y ya te las enseñaré. Pero por ahora lo más importante es que busques a tus jinetes y emprendas con ellos el camino de Bagdad, antes de caer en las redes del rey de Constantinia y antes de que os incomuniquen por completo”.

Al oír Scharkán estas palabras, cogió la mano de Abrizia y se la llevó a los labios. Y después dijo: “¡Loor a Alah y a las criaturas de Alah! ¡Loor al que te ha puesto en mi camino, para que seas causa de mi salvación y de la salvación de mis compañeros! Pero ¡oh deliciosa y caritativa reina! Yo no puedo separarme de ti después de cuanto ha pasado, y no permitiré que te quedes aquí sola, pues no sé lo que te puede ocurrir. ¡Ven, Abriza, vamos a Bagdad, donde estarás segura”.

Pero Abriza, que había tenido tiempo para reflexionar, le dijo: “¡Oh Scharkán! date prisa a marcharte. Apodérate de los enviados del rey Afridonios, que están en tus tiendas, oblígalos a confesar la verdad, y de este modo comprobarás mis palabras. Yo te alcanzaré antes de que hayan pasado tres días, y entraremos juntos en Bagdad”.

Después se levantó, se acercó a él, le cogió la cabeza con ambas manos, y le besó. Y Scharkán hizo lo mismo.

Y la reina lloraba lágrimas abundantes.

Y su llanto era capaz de derretir las piedras

Scharkán, al ver llorar aquellos ojos, se enterneció más todavía, y llorando recitó estas dos estrofas:

¡Me despedí de ella, y mi mano derecha enjugaba mis lágrimas, mientras que mi mano izquierda rodeaba su cuello!

Y me dijo, medrosa: “¿No temes comprometerte ante las mujeres de mi tribu?” Y le dije: “¡No lo temo! ¿Acaso el día de la despedida no es el de la traición de los enamorados?”

Y Scharkán se separó de Abriza, y salió del monasterio. Montó de nuevo en su corcel, cuyas bridas sujetaban dos jóvenes, y se fue. Pasó el puente de cadenas de acero, se internó entre los árboles de la selva, y acabó por llegar al claro situado en medio del bosque. Y apenas había llegado, vio tres jinetes frente a él, que habían detenido bruscamente el galopar de sus caballos. Y Scharkán sacó su rutilante espada, y se cubrió con ella, dispuesto al choque. Pero súbitamente los conoció y le reconocieron, pues
los tres jinetes eran el visir Dandán y los dos emires principales de su séquito. Entonces los tres jinetes se apearon rápidamente, y desearon respetuosamente la paz al príncipe Scharkán, y le expresaron toda la angustia que por su ausencia había sentido el ejército. Y Scharkán les contó la historia con todos sus detalles, desde el principio hasta el fin, y la próxima llegada de la reina Abriza, y la traición proyectada por los embajadores de Afridonios.

Y les dijo: “Es probable que se hayan aprovechado de vuestra ausencia para escaparse y avisar a su rey. Y ¡quién sabe si el ejército enemigo habrá destruido al nuestro! ¡Corramos, pues, junto a nuestros soldados!”

PRECUELA: ANTES DE QUE LA MADRE DE TODAS LAS CALAMIDADES ENTRE EN ESCENA (II)

HISTORIA DEL REY OMAR AL – NEMAN Y DE SUS DOS HIJOS SCHARKAN Y DAUL’MAKAN

                Schehrazada dijo al rey Schahriar:

          He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que hubo en la ciudad de Bagdad, después de reinar muchos califas, y antes de que reinaran otros muchos, un rey que se llamaba Omar Al-Nemán.

       

          Era formidable en poderío; había vencido a todos los Cosroes posibles y subyugado a todos los Césares imaginables. Tan ardiente era, que el fuego abrasador no le quemaba. Nadie le podía igualar en las luchas, ni en el campo de carreras. Si se enfurecía, despedían llamas centelleantes las ventanillas de su nariz. Había conquistado todas las comarcas y extendido su dominio por todos los pueblos y ciudades. Con ayuda de Alah había sometido a todas las criaturas y había llevado sus ejércitos victoriosos hasta las tierras más apartadas. Estaban bajo su soberanía el Oriente y el Occidente. Y entre otros países, la India, el Sindh, la China, el Yemen, el Hedjaz, la Abisinia, el Sudán, la Siria la Grecia y las provincias de Diarbekr, así como todas las islas del mar y cuantos ríos ilustres hay en la tierra, como Seihún y Djihán. el Nilo y el Éufrates.

          Había enviado correos a los límites más recónditos de la tierra, para ponerla al corriente de la verdad y notificarle su imperio. Y todos los correos habían regresado para anunciarle que el mundo entero le estaba sometido, y que todos los señores reconocían respetuosamente su supremacía. Y a todos había extendido los beneficios de su generosidad, y anegándolos en las olas de su magnánimo esplendor, había hecho reinar entre ellos la dulce concordia y la paz fecundadora, pues era magnánimo y de alma elevada en verdad.

          Así es que desde todas partes afluían hacia su trono los regalos y los presentes, así como todos los tributos de la tierra, a lo largo y a lo ancho del mundo. Porque era justo y amado en extremo.

          Ahora bien; el rey Omar Al-Nemán tenía un hijo llamado Scharkán. Y Scharkán se llamaba así porque se revelaba como un prodigio entre los prodigios de aquel tiempo, y sobrepujaba en valor a los héroes más animosos, derribados por él en los torneos. Manejaba maravillosamente la lanza, la espada y el carcaj. Por eso le quería su padre con amor sin igual, y lo designaba como sucesor suyo en el trono del reino. Y era cosa segura que, apenas llegado a la edad de hombre, aquel asombroso Scharkán, que sólo tenía veinte años, había visto, con ayuda de Alah, inclinarse todas las cabezas ante su gloria. Tal era su heroísmo y su temeridad, y tanto iluminaba con el esplendor de sus hazañas. Porque ya había tomado por asalto muchas plazas fuertes y ya había reducido muchas comarcas. Y al extender su fama por toda la superficie del universo, crecía sin cesar su poderío y su hermosa altivez.

          Pero el rey Omar Al-Nemán no tenía más hijo que Scharkán. Verdad es que tenía, como lo permiten el Libro Noble y la Sunnat, cuatro mujeres legítimas, pero sólo una de ellas había sido fecunda, y las otras tres habían resultado estériles. Y además de aquellas cuatro mujeres legítimas que habitaban en palacio, tenía el rey Omar trescientas sesenta concubinas, tantas como los días del año copto, y cada una de aquellas mujeres era de distinta raza. Había dado a cada una un aposento reservado e independiente, y estos aposentos estaban agrupados en doce edificios, tantos como los meses del año, construidos todos en el recinto del palacio. Y cada uno de estos edificios contenía treinta concubinas,
cada cual en su habitación, de modo que había trescientos sesenta aposentos reservados. Y el rey Omar, muy equitativo, había dedicado una noche del año a cada una de sus concubinas, de modo que se acostaba una sola noche con cada concubina, a la cual no volvía a ver hasta el año siguiente. Y no dejó de proceder de este modo durante un gran espacio de tiempo y durante toda su vida. Por eso era famoso por su sabiduría admirable y por su probada virilidad.

          Ahora bien; un día, con permiso del Ordenador de todas las cosas, una de las concubinas del rey Omar quedó embarazada, y su preñez fue conocida inmediatamente en todo el palacio. Llegó la noticia hasta el rey, que se alegró hasta el límite de la alegría, y exclamó muy dichoso: “¡Plegue a Alah que toda mi posteridad y toda mi descendencia se compongan sólo de hijos varones!” Después mandó inscribir en un registro la fecha de la preñez, y empezó a colmar a su concubina de toda clase de consideraciones y regalos.

            A todo esto, Scharkán, el hijo del rey …

    En aquel momento de su narración, Schehrazada vio aproximarse la mañana, y discretamente, aplazó su relato para el otro día.

(Pero como nosotros no somos discretos ni tenemos problema porque llegue la mañana, continuamos…)

PERO CUANDO LLEGO LA 45ª NOCHE
Ella dijo:

          A todo esto, Scharkán, el hijo del rey, se enteró del embarazo de la concubina, y experimentó una gran pena, sobre todo al pensar en que el recién llegado pudiera disputarle la sucesión al trono. Y resolvió suprimir al hijo de la concubina, en caso de que fuera varón. Esto en cuanto a Scharkán.

          Por lo que se refiere a la concubina, hay que decir que era una joven griega llamada Safía.

          Había sido enviada como presente al rey Omar por el rey de los griegos de Kaissaria (1) con gran cantidad de regalos magníficos. Entre todas las esclavas del palacio, era ciertamente la más hermosa por su rostro incomparable, la más esbelta de cintura y la más recia de muslos y de hombros. Además, estaba dotada de una inteligencia muy poco común y de cualidades extraordinarias. Durante las noches, que ahora pasaba el rey Omar con ella, sabía decirle palabras muy dulces, que le encantaban los sentidos y le halagaban mucho; palabras penetrantes, muy dulces y muy expresivas. Y no dejó de hacerlo así, hasta que llegó al término de su preñez. Entonces se sentó en la silla de las parturientas, y presa de dolores de parto, empezó a implorar a Alah devotamente. Y Alah la escuchó sin duda alguna y al momento.

(1) Acaso Cesárea de Capadocia.

          Por su parte, el rey Omar encargó a un eunuco que fuera a anunciarle sin demora el nacimiento de la criatura y su sexo. Y por su parte, Scharkán tampoco dejó de hacer el mismo encargo a otro eunuco. Apenas parió Safía, cuando las comadronas recogieron a la criatura y la examinaron, y habiendo visto que era una niña, se apresuraron a anunciárselo a todas las concurrentes y a los eunucos, clamando: “¡Es una niña! ¡Su rostro es más brillante que la luna!”

          Y el eunuco del rey corrió presuroso a referírselo a su amo.

          Y el eunuco de Scharkán corrió también a anunciar la noticia. Y Scharkán se alegró en extremo. 

    Pero apenas habían salido los eunucos, Safía dijo a las comadronas: “¡Aguardad! ¡Noto que mis entrañas contienen otra cosa!” Y empezó a exhalar nuevos lamentos y a sentir nuevos dolores de parto, y luego, con ayuda de Alah, acabó por parir un segundo hijo.

          Y las comadronas se inclinaron rápidamente y examinaron a la criatura; y era un varón que se parecía a la luna llena, con una frente que deslumbraba de blancura y unas mejillas como rosas floridas.

          Así se alegraron mucho las esclavas, las doncellas y todas las que estaban allí, y en cuanto parió Safía, todas las mujeres llenaron el palacio con sus gritos de alegría, gritos penetrantes que llegaban hasta la nota más aguda. Y de tal manera, que todas las demás concubinas lo oyeron y lo entendieron. Y todas adelgazaron de envidia y malestar. 

          En cuanto al rey Omar Al-Nemán, apenas hubo averiguado la noticia, dio gracias a Alah, y acudió al aposento de Safía, se acercó a ella, le cogió la cabeza con las manos y la besó en la frente. Después se inclinó hacia el recién nacido y lo besó, y en seguida todas las esclavas golpearon las panderetas, y las tañedoras de instrumentos pulsaron las cuerdas armoniosas, y las cantadoras entonaron cantos propios del caso.

        Hecho esto, mandó el rey que se llamase al recién nacido Daul’ makán (Luz del lugar) y a la niña Nozhatú-zamán. (Delicias del tiempo) Y todos se inclinaron para decir “Escucho y obedezco”. En seguido eligió las nodrizas y las sirvientas para los dos niños, así como las esclavas y doncellas. Y por último, mandó repartir entre toda la gente de palacio, vinos, bebidas, perfumes y tantas otras cosas, que la lengua sería incapaz de enumerarlas. Cuando los habitantes de Bagdad se enteraron del doble nacimiento, adornaron e iluminaron la ciudad e hicieron grandes demostraciones de regocijo.

          Después llegaron los emires, los visires y los grandes del reino, y presentaron sus homenajes y felicitaciones al rey Omar Al-Nemán por el nacimiento de su hijo Daul’makán y de su hija Nozhatúzamán. Y el rey les dio las gracias, y les regaló trajes de honor, y les colmó de favores y mercedes, y obsequió a todos los circunstantes con gran largueza, tanto a los notables como a la plebe. Y así siguió hasta que transcurrieron cuatro años. Y durante todo aquel tiempo no dejó pasar ni un solo día sin tener noticias de Safía y de los niños. Y no cesó de enviar a Safía gran cantidad de oro y plata, alhajas, orfebrería, vestidos, sedas y otras maravillas. Y tuvo buen cuidado de confiar la educación de los niños y su custodia a los más adictos y avisados de sus servidores. ¡Y esto fue todo!

          En cuanto a Scharkán, como andaba muy lejos guerreando y combatiendo, tomando ciudades, cubriéndose de gloria en las batallas y venciendo a los héroes más valerosos, no había sabido más que el nacimiento de su hermana Nozhatú-zamán. Pero el nacimiento de su hermano Daul’makán, ocurrido después de la salida del eunuco, nadie había pensado en comunicárselo.

        Un día entre los días, estando sentado en su trono el rey Omar Al-Nemán, entraron los chambelanes de palacio, besaron la tierra entre sus manos, y le dijeron: “¡Oh rey! he aquí que llegan enviados del rey Afridonios, soberano de los rumís y de Constantinia la Grande.’ Y solicitan ser recibidos por ti en audiencia y presentarte sus homenajes. De modo que si accedes les daremos entrada, y si no, tu negativa acallará sus réplicas”. Y el rey concedió el permiso.

          Cuando entraron los enviados, el rey los recibió con bondad, les mandó acercarse, les pidió noticias de su salud, y los interrogó acerca del motivo de su visita. Entonces besaron la tierra entre sus manos y dijeron:

          “¡Oh rey grande y venerable, de alma elevada e infinitamente generosa! sabe que el que hacia ti nos ha enviado es el rey Afridonios, señor del país de Grecia y de Jonia y de todos los ejércitos de las comarcas cristianas, y cuya residencia es el trono de Constantinia (Constantinopla).

          Nos encarga te avisemos que acaba de emprender una guerra terrible contra un tirano feroz, el rey Hardobios, dueño de Kaissaria.

          “La causa de esta guerra es la siguiente: un jefe de tribus árabes había encontrado, en un país recién conquistado, un tesoro de las edades remotas, del tiempo de El-Iskandar el de los Dos Cuernos.(1)

(1)Los árabes llaman así a Alejandro Magno, con motivo de su caballo Bucéfalo

          Este tesoro contenía riquezas incalculables, cuya evaluación nos sería imposible; pues, entre otras maravillas encerraba tres gemas tan gordas como huevos de avestruz, pedrerías sin tacha y sin defecto, y que rivalizan en belleza y en valor con todas las pedrerías de la tierra y del agua. Estas tres gemas preciosas están perforadas por el centro para enhebrarlas en un cordón y servir de collar. Tienen inscripciones misteriosas grabadas en caracteres jónicos, pero se sabe que llevan consigo numerosas virtudes, uno de cuyos menores efectos es preservar, a toda persona que se ponga una de ellas al cuello, de todas las enfermedades, y especialmente de calenturas e irritaciones.

          Los recién nacidos son los más sensibles a estas virtudes.

          “Por lo tanto, cuando el jefe árabe se dio cuenta de estos efectos maravillosos y sospechó las demás virtudes misteriosas, pensó que aquella era la mejor ocasión de granjearse la buena voluntad de nuestro rey Afridonios, y se dispuso inmediatamente a enviarle como regalo las tres gemas preciosas, así como una gran parte del tesoro. Mandó, pues, preparar dos naves, una cargada de riquezas, con las tres gemas preciosas destinadas como regalo a nuestro rey, y otra tripulada por hombres que iban como escolta de aquel precioso tesoro, para preservarlo de los ataques de ladrones o enemigos. Sin embargo, estaba seguro de que nadie se atrevería a atacarle, ni a él directamente ni a las cosas enviadas por él y destinadas a nuestro poderoso rey Afridonios, pues el camino que habían de seguir los navíos era por el mar, a cuyo extremo se encuentra Constantinia.

          “Por eso, apenas estuvieron dispuestos los dos navíos, zarparon y se dieron a la vela hacia nuestro país. Pero un día que habían fondeado en una rada, no lejos de nuestra tierra, los asaltaron súbitamente unos soldados griegos de nuestro vasallo el rey Hardobios de Kaissaria, y les arrebataron cuanto allí se había acumulado en riquezas, tesoros y cosas maravillosas, y entre éstas las tres gemas preciosas. Y después mataron a todos los hombres y se apoderaron de las naves.

          “Cuando tal acción llegó a conocimiento de nuestro rey, mandó inmediatamente contra el rey Hardobios un cuerpo de ejército que fue aniquilado. En seguida mandó otro, que fue aniquilado también. Entonces nuestro rey Afridonios se enfureció en extremo, y juró que se pondría personalmente al frente de todos sus ejércitos reunidos y no regresaría hasta haber destruido la ciudad de Kaissaria, asolando todo el reino de Hardobios y arruinando por completo todos los pueblos que de él dependieran.

          “Y ahora, ¡oh sultán lleno de gloria! venimos a reclamar tu auxilio y a solicitar tu eficaz y poderosa alianza. Y al ayudarnos con tus fuerzas y soldados, indudablemente has de acrecentar tu gloria e ilustrarte con nuevas hazañas”.

          “Y he aquí que nuestro rey nos ha cargado con pesados regalos de todas clases, como homenaje a tu generosidad, y te ruega con insistencia que le otorgues el favor de verlos con buenos ojos y aceptarlos con corazón magnánimo”.

     Dichas estas palabras, los enviados se callaron y se prosternaron y besaron la tierra entre las manos del rey Omar Al-Nemán.

          Y he aquí en qué consistían aquellos presentes del rey Afridonios, señor de Constantinia …

En este momento de su narración, Schehrazada vio apuntar la mañana, y se calló discretamente.

(Pero nosotros seguimos un poco más…)

PERO CUANDO LLEGO LA 46ª NOCHE
Ella dijo:

          Y he aquí en qué consistían aquellos presentes del rey Afridonios, señor de Contantinia:

          Había cincuenta muchachas vírgenes, bellas entre las más bellas de las hijas de Grecia. Había cincuenta muchachos, los mejor formados del país de los rumís, y cada uno de aquellos maravillosos jóvenes llevaba un ancho ropón de amplias mangas, todo de seda con dibujos de oro y figuras de colores, y un cinturón de oro con cinceladuras de plata, al cual iba unida una doble falda de brocado y terciopelo, y en las orejas un arete de oro con una perla redonda y blanca que valía más de mil dinares titulados de oro. Y por su parte, las muchachas llevaban también incalculables magnificencias.

          Así es que el rey Omar los aceptó muy complacido, y ordenó que se tratara a los embajadores con todas las consideraciones debidas. Y mandó reunir a los visires para saber su opinión acerca del socorro pedido por el rey Afridonios de Constantinia. Entonces, de entre los visires se levantó un anciano venerable, respetado por todos y asimismo amado por todos. Era el gran visir, llamado Dandán.

          Y el gran visir, llamado Dandán, dijo:

          “Cierto es, ¡oh sultán glorioso! que ese rey Afridonios, señor de Constantinia la Grande, es un cristiano, infiel a la ley de Alah y de su Profeta (¡sean con él la plegaria y la paz!), y que su pueblo es un pueblo de descreídos. Aquel contra el cual pide socorro, es también un infiel y un descreído. Así es que sus asuntos sólo a ellos les importan, y no pueden interesar ni conmover a los creyentes. Pero de todos modos, te invito a otorgar tu alianza al rey Afridonios y a enviarle un ejército, a cuya cabeza pondrás a tu hijo Sharkán, que precisamente acaba de volver de sus expediciones gloriosas. Y esta idea que te propongo es buena por dos razones: la primera, que el rey de los rumís, al enviarte sus embajadores con los regalos que aceptaste, te pide ayuda y protección; la segunda, que como no tenemos nada que temer de ese reyezuelo de Kaissaria, ayudando al rey Afridonios contra su enemigo obtendrás excelentes resultados y te considerarán como el verdadero vencedor. Y esta proeza será conocida de todos los países, y llegará hasta Occidente. Y entonces los reyes de Occidente solicitarán tu amistad y te enviarán portadores de numerosos regalos de todas clases y de presentes extraordinarios”.

          Cuando el sultán Omar Al-Nemán hubo oído las palabras de su gran visir Dandán, expresó un gran contento, las encontró muy dignas de aprobación, y le dio un ropón de honor, diciéndole: “¡Has nacido para ser inspirador y consejero de reyes! Por eso tu presencia es absolutamente necesaria al frente del ejército. En cuanto a mi hijo Scharkán, no mandará más que la retaguardia”.

          Y el rey mandó llamar en el acto a su hijo Scharkán, le dio cuenta de todo lo que había dicho a los enviados y había propuesto el gran visir Dandán, y le encargó que hiciera sus preparativos de marcha. Y también le encargó que no olvidara distribuir entre los soldados, con la largueza de siempre, las donaciones acostumbradas. Y que los eligiera uno por uno entre los mejores del ejército, formando un cuerpo de diez mil jinetes endurecidos por la guerra y las fatigas. Y Scharkán se sometió respetuosamente a las palabras de su padre Omar Al-Nemán.

          Después se levantó y fue a elegir diez mil jinetes entre los mejores. Repartió a manos llenas oro y riquezas, y les dijo: “¡Ahora os doy tres días completos de reposo y libertad!” Y los diez mil arrogantes jinetes, sumisos a su voluntad, besaron la tierra entre sus manos y salieron, colmados de largueza, a equiparse para la marcha.

          Scharkán fue entonces al salón donde estaban las arcas del Tesoro y el depósito de armas y municiones, y eligió las armas más hermosas, las nieladas de oro, con inscripciones de marfil y ébano. Y así escogió cuanto anhelaron su gusto y su preferencia. Marchó después a las caballerizas, donde se veían todos los caballos más bellos de Nedjed y de Arabia, cada uno de los cuales llevaba su genealogía sujeta al cuello en un saquito con labores de seda y oro adornado con una turquesa. Allí escogió los caballos de las razas más famosas, y para sí eligió un bayo oscuro, de piel lustrosa,
ojos a flor de cara, anchos cascos, cola soberbiamente alta y orejas finas como las de las gacelas. Este caballo se lo había regalado a Omar Al-Nemán el jeque de una poderosa tribu árabe, y era de raza seglauíjedrán.(Una de las más hermosas del Norte y centro de Arabia)

          Y transcurridos los tres días, se reunieron los soldados fuera de la población. Y el rey Omar Al- Nemán salió para despedirse de su hijo Scharkán y del gran visir Dandán. Y se acercó a Scharkán, que besó la tierra entre sus manos, y le hizo donación de siete arcas llenas de monedas, y le encargó que se aconsejase del sabio visir Dandán. Y Scharkán lo escuchó con respeto, y así se lo prometió a su padre. Entonces el rey se volvió hacia el visir Dandán, y le recomendó a su hijo Scharkán y a los soldados de Scharkán. Y el visir besó la tierra entre sus manos, y respondió: “Escucho y obedezco”.
Y Scharkán montó en su caballo seglauíjedrán, y mandó desfilar a los jefes de su ejército y a sus diez mil jinetes…  

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