NICOTINA

NICOTINA

–     –     –

Nadie como tú

Impregnó de amarillo la luz.

Cosió

Opio en la paz de mi boca.

Torturó de anacondas mi pecho.

Inyecto el áspid en mis venas,

Nubes de víboras en mi aliento,

Alado y plomizo cangrejo.

CURIOSIDADes Y CADA CUAL, CON SU QUIMERA

Es innegable que como ser humano experimento una notable atracción hacia todo lo “prohibido”. Esa notable curiosidad, rayana en la temeridad, ha ido unida al hombre desde el antiquísimo mito del pecado original de Adán y Eva.

En nuestro idioma un dicho nos advierte de que “la curiosidad mató al gato”. No obstante como en nuestra cultura decimos que los gatos tienen siete vidas (ojo, los anglosajones, así son ellos, sostienen que nueve), ésto no parece tan grave.

La curiosidad puede decirse que nos hace o nos re-hace. A lo largo de la historia, esta cualidad ha merecido la opinión de muchos grandes nombres:

Blaise Pascal, científico y escritor francés del siglo XVII decía que “una de las principales enfermedades del hombre es su inquieta curiosidad por conocer lo que no puede llegar a saber.”

 José María Eça de Queirós, novelista portugués del siglo XIX la definía como un “impulso humano que oscila entre lo grosero y lo sublime. Lleva a escuchar detrás de las puertas o a descubrir América.”

Albert Einstein, por su parte, aseguró que (y seguramente lo había experimentado en sus propias carnes) “es un milagro que la curiosidad sobreviva a la educación reglada.”

Por otra parte, no es menos humana la necesidad de señalar fronteras y clasificarlo todo. Estos ejercicios de análisis y clasificación pueden resultar muy útiles para enfocar nuestro raciocinio y conocimiento. Menos útiles como colocar los tarros de mermelada en orden alfabético en la despensa. Y francamente estériles como clasificar las obras artísticas y literarias en morales e inmorales.

En este caso en particular, cuando se encuentra nuestra curiosidad con el gusto de clasificar y etiquetar, podría, ya no hablarse de estéril esa clasificación, sino de doblemente inútil. Basta que le digamos a un niño que no se acerque a ese enchufe para que suceda lo que todos nos tememos.

Sin embargo, la curiosidad muchas veces pueril, de aproximarnos a lo que se nos señala como peligroso, que puede acercarnos al accidente fatal, las drogas, el shock eléctrico, etc., es a su vez la madre del conocimiento. Esa doble curiosidad fue la que me acercó un día a Charles Baudelaire.

Este francés, poeta, traductor, crítico de arte, admirador de Delacroix y de Wagner, amén de amante de diversas prostitutas, sifilítico, alcohólic0, drogadicto, etc., aparece etiquetado como uno de los “poetas malditos”. Me pregunto por qué… Escandalizó a la mitad de la sociedad francesa de mediados del siglo XIX, y publicó en 1857 su famoso poemario “Las flores del mal” escandalizando a la otra mitad.

La publicación de estos poemas, considerados como  «ofensas a la moral pública y las buenas costumbres» le condujo a los tribunales. Ante las acusaciones respondió:

“Todos los imbéciles de la burguesía que pronuncian las palabras inmoralidad, moralidad en el arte y demás tonterías me recuerdan a Louise Villedieu, una puta de a cinco francos, que una vez me acompañó al Louvre donde ella nunca había estado y empezó a sonrojarse y a taparse la cara. Tirándome a cada momento de la manga, me preguntaba ante las estatuas y cuadros inmortales cómo podían exhibirse públicamente semejantes indecencias.”

Al escritor se le ordenó suprimir seis de los poemas del volumen y se le impuso una multa de 300 francos. Sin embargo, en 1861 volvió a editar la obra incluyendo 35 poemas nuevos.

Paralelamente a la creación de esos nuevos poemas, se embarcó en la creación de sus “Pequeños poemas en prosa”, obra postuma publicada en 1869 de la que ahora comparto un fragmento:

CADA CUAL, CON SU QUIMERA

Bajo un amplio cielo gris, en una vasta llanura polvorienta, sin sendas, ni césped, sin un cardo, sin una ortiga, tropecé con muchos hombres que caminaban encorvados.

Llevaba cada cual, a cuestas, una quimera enorme, tan pesada como un saco de harina o de carbón, o la mochila de un soldado de infantería romana.

Pero el monstruoso animal no era un peso inerte; envolvía y oprimía, por el contrario, al hombre, con sus músculos elásticos y poderosos; prendíase con sus dos vastas garras al pecho de su montura, y su cabeza fabulosa dominaba la frente del hombre, como uno de aquellos cascos horribles con que los guerreros antiguos pretendían aumentar el terror de sus enemigos.

Interrogué a uno de aquellos hombres preguntándole adónde iban de aquel modo. Me contestó que ni él ni los demás lo sabían; pero que, sin duda, iban a alguna parte, ya que les impulsaba una necesidad invencible de andar.

Observación curiosa: ninguno de aquellos viajeros parecía irritado contra el furioso animal, colgado de su cuello y pegado a su espalda; hubiérase dicho que lo consideraban como parte de sí mismos. Tantos rostros fatigados y serios, ninguna desesperación mostraban; bajo la capa esplenética del cielo, hundidos los pies en el polvo de un suelo tan desolado como el cielo mismo, caminaban con la faz resignada de los condenados a esperar siempre.

Y el cortejo pasó junto a mí, y se hundió en la atmósfera del horizonte; por el lugar donde la superficie redondeada del planeta se esquiva a la curiosidad del mirar humano.

Me obstiné unos instantes en querer penetrar el misterio; mas pronto la irresistible indiferencia se dejó caer sobre mí, y me quedó más profundamente agobiado que los otros con sus abrumadoras quimeras.

LAS BANDERAS

BANDERAS

 Blancas, verdes, rojas o gualdas,

Al cielo se elevan como áspides,

Ninguna ondea sin su viento.

Dominando vaguadas y oteros

Estiercol de un grillete preso,

Rugidos del señor de las espadas,

Adalides de papel, oro y sangre,

Servidoras del dios de los becerros.

DEL AZUL AL GRIS: “Historia de un globo que se nos va de las manos”

Hoy es un día gris. Se podría pensar que me refiero a las nubes y al frío que envuelven este rincón mesetario desde el que escribo. Sería una impresión acertada, sin duda, llevamos dos semanas largas en las que se suceden las nieblas con las tímidas lluvias, y el sol apenas asoma.

Pero voy más allá en mi pensamiento, en realidad es un día gris para toda la humanidad. Más aún para todo el planeta. Hemos globalizado la economía y los mercados (es lo que interesa), y de paso globalizamos el desastre al que nos precipitamos casi todos los seres vivos (no las bacterias ni las cucarachas) en esta azulada arca de Noé.

La Globalización podría ser una palabra hermosa. El término, manoseado por los políticos y periodistas, es relativamente reciente en nuestra historia. Es un término que de por sí resulta sobrecogedoramente soberbio. El planeta está globalizado desde que es planeta. El clima es global: la temperatura y los flujos de las corrientes marinas en nuestras antípodas condicionan las lluvias y las sequías en nuestro hábitat local. Los ecosistemas son globales y particulares a la vez: al extinguirse un eslabón de la cadena no podemos predecir fielmente cuantos eslabones más se verán afectados.,

Aún así, Globalización sería una palabra hermosa si significara que los humanos entendiéramos, todos y cada uno, que formamos parte de un único Globo. Que este Globo está por encima de todos los colores, banderas, partidos, religiones y en definitiva, de los intereses monetarios que se ocultan agazapados detrás de ellos. Sí las Naciones des-Unidas dejaran de ser el refugio del Veto de los poderosos.

Pero está claro, al final la Globalización solamente es la unificación de los mercados, la economía global, que da la vuelta al mundo y se devora a sí misma como una serpiente Uróboros, o si lo preferís servido más sencillo, como una gigantesca pescadilla que se muerde la cola. Al final, creyéndolo o rebelándonos, servimos a ese Único Dios que es el papel moneda y a la selecta élite que se oculta detrás de él.

En los últimos días se ha celebrado la cumbre anual del clima en Durban, esa simpática ciudad de Sudáfrica en la que la Selección Española de Fútbol se encaminó hacia la victoria en el mundial. Si hace año y medio aquella ciudad estaba repleta de periodistas, en esta ocasión puede decirse que no ha acudido ni “El Tato”. En los noticiarios apenas alguna breve reseña insistiendo y acertando en el presumible enésimo fracaso de la cumbre.

Ningún jefe de estado, lejos ha quedado el glamour de otras cumbres como la archiconocida de Kioto, o la de Río de Janeiro. No me consta ni que haya acudido Al Gore, se le debió pasar la fiebre de los documentales. Tan sólo un puñado de científicos y de ¿ministros o sólo secretarios? de Medio Ambiente. Pareciera que ya no habitáramos en el Planeta Tierra. Si un alienígena inteligente nos observara pensaría que en una alucinación colectiva nos creemos habitando el Planeta Moneda.

¡Qué soledad! ¡Qué tristeza! Incluso aquellos periódicos más cercanos a las tesis medioambientales han relegado la noticia a la página 30 en el apartado de Ciencias.

Curiosamente también la Ciencia parece estar en venta. Últimamente no paramos de encontrar planetas candidatos para albergar la vida, a la par que excusas para no respetar el milagroso equilibrio del único que tenemos al alcance de nuestras manos.