SE ACABÓ LA RABIA

Tardé en conocer a Mario Benedetti. No fue hasta el cuarto curso de facultad que me tropecé accidentalmente con él. Fue una representación magnífica, “Pedro y el capitán”. Un hueso duro y brutal, toda la crueldad de la tortura, la indignidad de las dictaduras militares y del desprecio por la libertad del hombre.

Durante un tiempo, tal es a menudo mi ignorancia, pensé que Benedetti era un escritor argentino. Lamento el error, no quiero imaginarme lo que me parecería si un estadounidense no supiera distinguir si soy español o ruso por estar en el mismo continente.

No soy un lector fiel. Picoteo aquí y allá, por gusto, sin ambición ni responsabilidad académica. Esto me permite encontrarme con agradables sorpresas y perderme otras muchas. Hablaremos de las sorpresas que encuentro y compartamos uno de ellas. Se trata de un cuento extraído de su libro “Montevideanos”

SE ACABÓ LA RABIA

Aunque la pierna del hombre apenas se movía, Fido, debajo de la mesa, apreciaba grandemente esa caricia en los alrededores del hocico. Esto era casi tan agradable como recoger pedacitos de carne asada directamente de las manos del amo. Hacía ya dos años que, en contra de su vocación y de su contextura (patas gruesas y firmes, cogote robusto, orejas afiladas), Fido se había convertido en un perro de apartamento, condición que parecía avenirse mejor con los cuzcos afeminados, histéricos y meones, que desprestigiaban el segundo piso.

Fido no pertenecía a una raza definida, pero era un animal disciplinado, consciente, que por lo general aplazaba sus necesidades hasta el mediodía, hora en que lo sacaban a la vereda para que efectuara su revista de árboles. Sabía, además, cómo aguantarse en dos patas hasta recibir la orden de descanso, traer el diario en la boca todas las mañanas, emitir un ladrido barítono cuando sonaba el timbre y servir de felpudo a su dueño y señor cuando éste volvía del trabajo. Pasaba la mayor parte del día echado en un rincón del comedor o sobre las baldosaas del cuarto de baño, durmiendo o simplemente contemplando el verde sedante de la bañera.

Por lo general, no molestaba. Cierto que no sentía un afecto especial hacia la mujer, mas como era ella quien se preocupaba de prepararle el sustento y de renovarle el agua, Fido hipócritamente le lamía las manos alguna vez al día, a fin de no perturbar servicios tan vitales. Su preferido era, naturalmente el hombre, y cuando éste, después de almorzar, acariciaba la nuca o la cintura o los senos a la mujer, el perro se agitaba, celoso y receloso, en el rincón más sombrío del comedor.

Los grandes momentos del día eran, sin duda las dos comidas, el paseo diurético por la vereda, y especialmente, este solaz después de la cena, cuando el hombre y la mujer charlaban, distraídos, y él sentía junto al hocico el roce afectuoso de los pantalones de franela.

Pero esta noche Fido estaba extrañamente inquiero. El golpeteo de la cola no era, como en otras sobremesas, una señal de mimo y reconocimiento, una treta habitual de perro viejo. En esta noche el pasado inmediato pesaba sobre él. Una serie de imágenes, bastante recientes, se habían acumulado en sus ojitos llorosos y experimentados. En primer término: el Otro. Sí, una tarde en que estaba solo en el apartamento, durmiendo su siesta frente a la bañera, la mujer llegó acompañada del otro. Fido había ladrado sin timidez, se había comportado como un profeta. El tipo lo había llamado repetidas veces en un falsete cariñoso pero a él no le gustaban aquellos cortantes pantalones negros ni el antipático olor del hombre. Dos o tres veces pudo dominarse y se acercó husmeando, pero al final se había retirado a su rincón del comedor donde el olor de la frutera era más fuerte que el del intruso.

Esa vez la mujer sólo había hablado con el Otro, aunque se había reído como nunca. Pero otro día en que ella estaba sola con Fido y apareció el tipo, se habían tomado de las manos y terminaron abrazándose. Después, aquella cara redonda, con bigote negro y ojos saltones, apareció cada vez con más frecuencia. Nunca pasaban al dormitorio, pero en el sofá hacían cosas que le traían a Fido violentas nostalgias de las perritas de cierta chacra en que transcurriera su cachorrez.

Una tarde -quién sabe por qué- volvieron a notar su presencia. Desde el comienzo, Fido había comprendido que no debía acercarse, que los ladridos proféticos del primer día no podían repetirse. Por su propio bien, por la continuidad de los servicios vitales, por el ansiado paseo a la vereda. No lamía la mano de nadie, pero tampoco molestaba. Y, sin embargo, ellos habían advertido su presencia. En realidad, fue la mujer, y era natural, porque con el tipo no tenía nada en común. Acaso ella tuvo especial conciencia de que el perro existía, de que estaba presente, de que era un testigo, el único. Fido no tenía nada que reprocharle, mejor dicho, no sabía que tenía algo que reprocharle pero estaba allí, en el baño o en el comedor, mirando.

Y bajo esa mirada húmeda, lagañosa, la mujer acabó por sentirse inquieta y no tardó en ser atrapada por un odio violento, insoportable.

Naturalmente, poco de esto había llegado a Fido. Pero una cosa lo alcanzaba y era el rencor con que se le trataba, la desusada rabia con que se admitía su obligada vecindad.

Y ahora que recibía la diaria cuota de afecto, ahora que sentía junto al hocico el roce y el olor preferidos, se sabía protegido y seguro. Pero, ¿y después? Su problema era un recuerdo, el más cercano. hacía un día, dos, tres -un perro no rotula el pasado- el tipo había tenido que irse con apuro (¿por qué?) y había dejado olvidada la cigarrera, una cosa linda, dorada, muy dura, sobre la mesita del living.

La mujer la había guardado, también con apuro (¿por qué?) bajo una cortina de la despensa. Y allí, no bien estuvo solo, fue a olfatearla Fido. Aquello tenía el olor desagradable del tipo, pero era dura, metálica, brillante, una cosa cómoda de lamer, de empujar, de hacer sonar contra las tablas del piso.

La pierna del hombre no se movió más. Fido entendió que por hoy la fiesta había concluido. Perezosamente fue estirando las patas y se levantó. Lamió todavía un pedacito de tobillo que estaba al descubierto, entre el calcetín raído y el pantalón. Después se fue sin gruñir ni ladrar, con paso lento y reumático, a su rincón tranquilo.

Pero sucedió entonces algo inesperado. La mujer entró al dormitorio y regresó en seguida. Ella y el hombre hablaron, al principio relativamente calmos, después a los gritos. De pronto la mujer se calló, descolgó el saco de la percha, se lo puso a los tirones y -sin que el hombre hiciera ningún además para impedirlo- salió a la calle, dando un portazo tan violento que el perro no tuvo más remedio que ladrar.

El hombre quedó nervioso, concentrado. A Fido se le ocurrió que éste era el momento. Nada de venganza; en realidad, no sabía qué era. Pero el instinto le indicaba que éste era el momento.

El hombre estaba tan ensimismado, que no advirtió en seguida que el perro le tiraba de los pantalones. Fido tuvo que recurrir a tres cortos ladridos. Su intención era clara y el hombre, después de vacilar, lo siguió con desgano. No fue muy lejos. Hasta la despensa. Cuando el perro apartó la cortina, el hombre sólo atinó a retroceder, después se agachó y recogió la cigarrera.

En realidad, Fido no esperaba nada. Para él, su hallazgo no tenía demasiada importancia. De modo que cuando el hombre dio aquel bárbaro puñetazo contra la pared y se puso a gritar y a llorar como un cuzco del segundo piso, no pudo menos que, también él, retroceder asustado ante la conmoción que provocara. Se quedó silencioso, pegado al marco de la puerta, y desde allí observó como el hombre con los dientes apretados, gritaba y gemía. Entonces decidió acercarse y lamerlo con ternura, como era su deber.

El hombre levantó la cabeza y vio aquel rabo movedizo, aquel cargoso que venía a compadecerlo, aquel testigo. Todavía Fido jadeó satisfecho, mostrando la lengua húmeda y oscura. Después se acabó. Era viejo, era fiel, era confiado. Tres pobres razones que le impidieron asombrarse cuando el puntapié le reventó el hocico.

(1956)

 

DUDAS RAZONABLES

Es inevitable que, antes o después, en la vida de todo hombre se despierten dudas sobre aquello que las ofrece. Particularizando en los dogmas de la fe cristiana, una duda amarga y frecuente suele ser: “Si Dios es todopoderoso y bueno ¿cómo permite que en su creación reinen el dolor y la injusticia?”

Planteársela a un pastor de la fe puede conducir a una serie de acrobacias lingüísticas que o bien no te convencen en absoluto o bien te hacen sentir estúpido de no entender algo tan sencillo y magnífico.

Detail of a US dollar bill

Una duda menos sencilla sería la de plantearse como puede resultar que Dios sea omnisciente y omnipotente a la vez. Dicho así no parece presentar ninguna contradicción obvia, pero escarbando en el significado nos podemos encontrar con la paradoja. Si Dios es omnisciente es que lo sabe todo, por lo tanto sabe lo que va a suceder. Ahora bien, como es omnipotente y lo puede todo, puede modificar los sucesos a su voluntad. Pero en caso de hacerlo ya no sucede lo que iba a suceder en un primer momento y no sería omnisciente. En caso de no poder alterar los sucesos para no afectar a su omnisciencia, ese no poder rechaza su omnipotencia.

Hermoso galimatías para este domingo de celebración. Ahora que ya hemos hablado desde lo sencillo y lo complejo, recordaremos la inocencia del niño. Contaba yo unos siete u ocho años

(la memoria no me alcanza para tanto) Esperaba en la Plaza Mayor la llegada de la procesión de la Resurrección. Vi llegar a Cristo Resucitado y pregunté al adulto que me acompañaba:

“Si es tan poderoso que puede resucitar ¿cómo es que no pudo vestirse con ropas?”

LOS DETALLES

Pero, definitivamente, si algo hace grande a la Semana Santa que me he empeñado en hacer que entre por vuestros ojos, eso son los pequeños detalles aquí y allá que concentran la belleza. Los detalles y los momentos especiales que me reservo para otra edición.

P.D. Este año ha sido un fiasco y todo lo hemos tenido que ver en videos y en youtube, porque la lluvia (bienvenida sea) ha obligado a suspender casi todo.

EL RELATO DE LA PASIÓN

Todo debió comenzar con los autos en los que se escenificaban los hechos de la Pasión. Cumplían así una doble función, litúrgica y didáctica dirigida a un público no letrado que conocía de esta forma los hechos fundamentales.

Las procesiones de Zamora no son cronológicas, a excepción de las tres principales de Jueves y Viernes Santo. En este especial con el que prometí aburriros hace una semana, procedo a mostrar las imágenes del relato de la Pasión en Zamora.