EROS, PLUTO Y LA GLORIA

El olor a tierra mojada penetra a través de la ventana. Por fin el Otoño me envía un mensaje cómplice. El Otoño… Desde la infancia he sido poco convencional en mis preferencias. Se esperaría que mi color favorito fuese el verde, que mi estación favorita la Primavera o a lo sumo el Verano, pero nunca fue así.

Desde que recuerdo, el Otoño ha sido la estación que esperaba, y septiembre, como el mes de sus primeros coletazos, el mes de la vuelta a la rutina (hermosa, maravillosa, feliz rutina), el mes en el que la cena vuelve a servirse de noche. 

Para mi poco convencional decepción infantil, el año no empezaba en septiembre, aunque el curso académico, el año político, el año judicial y otros años sí. Para mi nada excéntrica decepción madura, este año septiembre viene manchado con la subida del impuesto del IVA, pero también viene acompañado de nuevas energías y de ganas de compartir más cosas con vosotros.

Os dejo, esta vez nada tiene que ver con la presentación previa, con la prosa poética de Baudelaire. Un viejo conocido fetiche de quienes tienen a bien visitar esta inconstante bitácora.

Las tentaciones, o Eros, Pluto y la Gloria

     Dos satanes y una diablesa, no menos extraordinaria, subieron la pasada noche por la escalera misteriosa con que el infierno asalta la flaqueza del hombre dormido y se comunica en secreto con él. Y vinieron a colocarse gloriosamente delante de mí, en pie, como sobre un estrado. Un esplendor sulfúreo emanaba de los tres personajes, que resaltaban así en el fondo opaco de la noche. Tenían aspecto tan altivo y dominante, que al pronto los tomé a los tres por verdaderos dioses.

     La cara del primer Satán era de sexo ambiguo, y había también, en las líneas de su cuerpo, la malicia de los antiguos Bacos. Sus bellos ojos lánguidos, de color tenebroso e indeciso, parecían violetas cargadas aún de las densas lágrimas de la tempestad, y sus labios, entreabiertos, pebeteros cálidos, de los que se exhalaba un bienoliente perfume; y cada vez que suspiraba, insectos almizclados iluminábanse en revoloteo al ardor de su hálito.

     Arrollábase a su túnica de púrpura, a manera de cinturón, una serpiente de tonos cambiantes que, levantando la cabeza, volvía languideciente hacia él los ojos de brasa. De ese vivo cinturón colgaban, alternados con ampollas colmadas de licores siniestros, cuchillos brillantes o instrumentos de cirugía. Tenía en la mano derecha otra ampolla, cuyo contenido era de un rojo luminoso, con estas raras palabras por etiqueta: «Bebed; esta es mi sangre, cordial perfecto»; en la izquierda, un violín, que le servía, sin duda, para cantar sus placeres y sus dolores y para extender el contagio de su locura en noches de aquelarre.

     Arrastraban de sus tobillos delicados varios eslabones de una cadena de oro rota, y cuando la molestia que le producía le obligaba a bajar los ojos al suelo, contemplaba vanidoso las uñas de sus pies, brillantes y pulidas como bien labradas piedras.

     Me miró con ojos de inconsolable desconsuelo, que vertían embriaguez insidiosa, y me dijo con voz de encanto: «Si quieres, si quieres, te haré señor de las almas, y serás dueño de la materia viva, más que el escultor pueda serlo del barro, y conocerás el placer, sin cesar renaciente, de salir de ti mismo para olvidarte en los otros y de atraer las almas hasta confundirlas con la tuya.»

     Y yo le contesté: «¡Mucho te lo agradezco! De nada me sirve esa pacotilla de seres que no valen sin duda más que mi pobre yo. Aunque algo me avergüence el recuerdo, nada puedo olvidar; y si no te hubiese conocido, viejo monstruo, tus cuchillos misteriosos, tus ampollas equívocas, las cadenas que te traban los pies, son símbolos que explican con claridad bastante los inconvenientes de tu amistad. Guárdate tus regalos.»

     El segundo Satán no tenía el aspecto a la vez trágico y sonriente, ni las buenas maneras insinuantes, ni la belleza delicada y perfumada del otro. Era un hombre basto, de rostro grueso y sin ojos, cuya pesada panza se desplomaba sobre sus muslos, cuya piel estaba toda dorada e ilustrada, como por un tatuaje, con multitud de figurillas movedizas, que representaban las formas múltiples de la miseria universal Había hombrecillos macilentos que se colgaban voluntariamente de un clavo; había gnomos chicos y deformes, flacos, que pedían limosna más con los ojos suplicantes que con las manos trémulas, y también madres viejas con abortos agarrados a las tetas extenuadas, y otros muchos más había.

     El gordo Satán se golpeaba con el puño la inmensa panza, de donde salía entonces un largo y resonante tintineo de metal, que terminaba en un vago gemido hecho de numerosas voces humanas. Y se reía, mostrando impúdico los dientes estropeados, con enorme risa imbécil, como ciertos hombres de todos los países cuando han comido demasiado bien.

     Y éste me dijo: «Puedo darte lo que todo lo consigue, lo que vale por todo, lo que a todo reemplaza!» Y se golpeó el vientre monstruo, cuyo eco sonante sirvió de comentario a las palabras groseras.

     Me volví con repugnancia y contesté: «No necesito, para mi goce, la miseria de nadie; y no quiero riqueza entristecida, como papel de habitaciones, por todas las desdichas representadas en tu piel.»

     Por lo que toca a la diablesa, mentiría yo si no confesara que a primera vista hallé raro encanto en ella. Para definir tal encanto no lo podría comparar a nada mejor que al de las bellísimas mujeres maduras, que, sin embargo, ya no envejecen, y cuya hermosura conserva la magia penetrante de las ruinas. Tenía a la vez aspecto imperioso y desmadejado, y sus ojos, a pesar del cansancio, conservaban fuerza fascinadora. Lo que más me llamó la atención fue el misterio de su voz, en la que encontraba el recuerdo de las contraltos más deliciosas y un poco también de la ronquera de las gargantas lavadas sin cesar por el aguardiente.

     «¿Quieres conocer mi poderío? -dijo la falsa diosa con su voz encantadora y paradójica-. Escucha.»

     Y se llevó a los labios una trompeta gigantesca y llena de cintas como un mirlitón, con los títulos de todos los periódicos del universo, y a través de la trompeta gritó mi nombre, que rodó así por el espacio con el ruido de cien mil truenos, y volvió a mí repercutido por el eco más lejano del planeta.

     «¡Diablo -salté, casi subyugado-, eso es bonito!» Pero al examinar más atentamente al marimacho seductor me pareció reconocerla vagamente, por haberla visto brincar con algunos pilletes conocidos míos; y el ronco sonar del cobre me trajo a los oídos no sé qué recuerdo de trompeta prostituida.

     Por eso respondí, con todo mi desdén: «¡Vete! ¡No estoy guisado para casarme con la querida de algunos que no quiero nombrar!»

     Tenía yo derecho, ciertamente, a estar orgulloso de tan valerosa abnegación. Mas, por desgracia, me despertó y todas mis fuerzas me abandonaron. «En verdad -me dije-, muy aletargado tenía que estar para mostrar tales escrúpulos. ¡Ay! ¡Si pudiesen volver cuando estoy despierto, no me las daría de tan delicado!»

     Y los invoqué en alta voz, suplicándoles que me perdonaran, ofreciéndoles que me deshonraría lo más a menudo que fuese necesario para merecer sus favores; pero les había ofendido gravemente, sin duda, porque no han vuelto jamás.

EN UN LUGAR DE LA NACIONAL III

16 de junio de 2028, 21:00 horas

La primera ola de calor del verano había golpeado con fuerza. Con la caída de la tarde apenas se había suavizado la temperatura, y Sofía sentía el sudor resbalando por su espalda. El asfalto parecía a punto de hervir bajo las robustas ruedas de su trailer y estaba encantada de terminar por fin su larga jornada de trabajo. Pronto llegaría al motel y….

-¡MOOOOOOOOOOOOOCCCCCCCCCCC!

Sofía bajó la ventanilla e imprecó verbalmente al conductor que había invadido su carril temerariamente. Finalmente en su mano tomó forma un gesto obsceno, y la joven pareció por fin apaciguarse. Volvió a subir la ventanilla. En primavera resultaba agradable viajar con el aire refrescando su cara, pero el tórrido viento del verano no podía competir con el aire acondicionado. Pulsó un botón y cambió de emisora, estaba cansada de ese programa de música con éxitos del verano de 2007. “2007” pensó “el año en que nací yo”. Pasó de largo de un programa deportivo en el que contaban algo de un partido de fútbol suspendido. No le interesaba. Al fin dejó una entrevista al segoviano Eduardo de la Fuente, flamante Premio Nobel de Física del año anterior.

Al fin vio el letrero de la salida 51 a escasos 2 kilómetros, y sonrió. Al llegar a las inmediaciones del desvio, la camionera accionó el intermitente de la derecha y dirigió el camión hacia el amplio aparcamiento del Motel La Corona. Sofía se secó el sudor con una manga de su camisa de cuadros y descendió con agilidad de la cabina. Se quitó la gorra y soltó su media melena dorada por todo arreglo. “Leo volverá a criticar mi desaliño” pensó, pero sin dar más importancia a su aspecto, encaminó su paso decidido hacia la Cafetería.

Al entrar en el recinto sintió la suave caricia del aire acondicionado a 25 ºC y del humidificador. Unos ventiladores movían suavemente el aire del local. Leo conversaba amigablemente con un cliente a la par que le servía un zumo de mil frutas especialidad de la casa. El local no estaba excesivamente concluido en ese momento. Sofía pudo ver a cuatro hombres jugando animadamente al Scrabble en una mesa de la derecha. Dos jóvenes probaban su puntería en una Diana, y un cliente solitario agitaba pensativo el contenido, ya escaso, de su copa en una esquina de la barra.

-¡Sofi! -Leonor sonrió abiertamente y se apresuró a salir de la barra para estrechar en un abrazo a su hermana- ¡Cuánto me alegro de verte! ¿Cómo te ha ido la semana?

-Bueno, las he tenido mejores -Sofía torció el gesto al ver como su hermana la recorría con la mirada de arriba a abajo y mostraba una cierta mueca de disgusto- pero no me quejo.

-Dime ¿Quieres tomar algo?

-Ponme algo bien refrescante, tú ya sabes.

-Prepararé dos y te acompañaré -Leonor se dirigió al cliente con el que hablaba antes de llegar su hermana- no te importa ¿verdad Erick?

Sofía desplazó la vista de Erick a su hermana mayor. Se preguntó si Erick sería el nuevo pretendiente de su hermana. Decidió preguntárselo más tarde, antes tenían otras cosas de las que hablar. Esperando por el zumo vio de reojo como, en la partida de la mesa, una de las parejas celebraba haber encajado una palabra especialmente grande. Luego su mirada se cruzó nuevamente con la del hombre que agitaba su copa semivacía al fondo. Leo llegó con los zumos y se sentó a su lado.

-Dime, ¿has sabido algo de papá?

Sofía negó con la cabeza y lánguidamente contestó.

-No, no he sabido nada. -tragó saliva- Lo lleva fatal desde que Belén lo dejó, lo sabes ¿verdad?

-Si sólo fuera eso… ¿Sabes que al final no le dieron el papel?

Sofía asintió y se mordió el labio. Su padre, de fracaso en fracaso, pasaba por una mala racha seguida por otra peor. Llevaba años divorciado de madre, pero mientras mamá había vuelto a su anterior trabajo de periodista, su padre seguía sin encontrar su lugar en un país y un mundo que había cambiado. Y como bien sabían las hermanas que ahora conversaban en silencio mirándose a la cara una a la otra, no todos los cambios habían sido para mejor.

-¡Eh, princesas! ¿quién me saca un trago? -masculló desde la esquina el cliente solitario.

Las hermanas soltaron una risotada a la par “Princesas, nos ha llamado princesas”…

VERSOS DE LAS 13:50

Dos chuletas con salsa de roquefort y patatas paja doradas

Inmersas en aire de pimienta y brisa de orégano y cerveza bávara.

Empanada fiel, de hojaldre y pimiento y bonito y tomate en salsa.

Tartaletas de manzana con crema y gelatina y canela en rama.

Aroma estival, suspiro de fresas y de miel y de nueces y de nata.