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VICTORIOSOS Y RUMIANTES: “La Historia dentro de una piedra envuelta en pañales”

Dos hechos se repiten en la Historia de los hombres, los países, las ideas y las creencias. Uno es que esa Historia la suelen escribir los vencedores, y la adaptan a su mejor interés y mayor gloria.

El otro hecho es que el éxito y la victoria de esos hombres, países, ideas, creencias, suele ir unido a la capacidad que tengan de asimilar y engullir a otros hombres, países, etc. de tal forma que éstos queden convencidos, aun dentro de la panza del pez gordo, de que conservan su esencia.

El éxito de los romanos tenía mucho más que ver con llevar las calzadas, el comercio, el pan y circo, etc., que con la eficacia de sus espadas. Los romanos romanizaban, engullían pueblos, y los galos, ilirios, dálmatas, hispanos, etc. tardaban varias generaciones en darse cuenta de que ya no eran galos, ilirios ni dálmatas ni hispanos.

El cristianismo fue experto en digerir las filosofías griegas y en adaptarlas. El cristianismo engulló y fue engullido por Roma. Conforme se sucedían las generaciones de primeros cristianos Jesús fue quedando más lejos, y las luchas por el poder en el Imperio y por transmitir la “Buena Nueva” a la eternidad de los tiempos, se fundieron en una misma cosa.

Santo Tomás el padre de la escolástica, allá por el siglo XIII reorientó la teología cristiana desde un neoplatonismo hacia un aristotelismo más pragmático. La filosofía cristiana, manando de fuentes tan antagónicas, chocaría de frente en el renacimiento con la revitalización del conocimiento de los clásicos.

El Capitalismo, otro triunfador, ha sido experto en absorber, dentro de su plasticidad al global de la humanidad. Todos, inmersos en el pantano del papel moneda, esclavos del euro y de la perra gorda, esclavos de la necesidad de consumir bienes que antes no necesitábamos.

La Globalización es un pez gordo, tan gordo como fenómeno que es capaz de digerir hasta al propio Capitalismo. Vemos y padecemos las consecuencias de tamaña digestión.

Y por último el tiempo… Einstein lo incorporó como la cuarta dimensión en el engrudo del espacio-tiempo, pero al final, el propio Alberto pereció en sus brazos.

El tiempo es el gran engullidor, el gran digestor. La Historia el gran bolo alimenticio. Ya los griegos, en su mitología, mencionan como Cronos devoraba a sus hijos, conocedor de que uno de ellos lo derrocaría y ocuparía su trono.

Pero como en la mitología, siempre se filtra un rayo de luz por las grietas de los más majestuosos estómagos. Dejan pocos resquicios por los que solo mentes muy atentas se pueden internar, pero se dice que “antes se pilla a un mentiroso que aun cojo” y por la mentira y la incongruencia se desenreda el ovillo de la realidad…

En el caso de la filosofía cristiana, la digestión de ideas tan antagónicas como el platonismo y el aristotelismo, se volvió en indigestión en los albores de la edad moderna. Martín Lutero, Erasmo de Rotterdam incendiaron involuntariamente Europa en lo que sería más de un siglo de guerras de religión.

En la mitología griega Rea oculta a Zeus y engaña a Cronos entregándole una piedra envuelta en pañales. La indigestión propiciaría que Zeus recuperara a sus hermanos y alcanzara el trono de los cielos.

En la Historia, como en la vida, los propios procesos que proporcionan la Victoria y el aliento, son los que facilitan la caída.