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LOS PRECEPTOS DE LA HOSPITALIDAD: Serie de la Madre de todas las Calamidades (IX)

Pero a Daul’makán le pareció excesivo aquel aplazamiento, y corrió en busca de su hermana Nozhatú, que en aquel instante se disponía a rezar su oración. Dejó que terminara, y después le dijo:
“¡Oh Nozhatú! me mata el deseo de ir al hadj para visitar la tumba del profeta (¡sean con él la oración y la paz!), y he pedido permiso a nuestro padre, pero me lo ha negado. Y mi objeto ahora es proveerme de algún dinero y marcharme secretamente con la peregrinación, sobre todo sin avisar a nuestro padre”. Entonces, Nozhatú, entusiasmada, exclamó: “¡Por Alah sobre ti! Te ruego, ¡oh hermano mío! que me lleves también y no me prives de visitar la tumba del Profeta (¡sean con él la oración y la paz!)” Y él dijo: “¡Así sea! Ven a buscarme cuando caiga la noche. ¡Y sobre todo, cuida de no hablar de ello a nadie!”

Y a media noche se levantó Nozhatú, se vistió de hombre, disfrazándose con la ropa que le había dado su hermano, que era de su misma estatura y de su misma edad, cogió algún dinero y se dirigió hacia la puerta del palacio. Allí le esperaba su hermano Daul’makán con dos camellos. Y ayudó a su hermana a montar en uno de ellos, obligando al animal a agacharse, y después subió él en el segundo camello. Y luego se levantaron los animales y echaron a andar, y los dos hermanos pudieron unirse con los peregrinos y mezclarse con ellos, sin que nadie se enterase de su llegada. Y toda la caravana del Irak salió de Bagdad, emprendiendo el camino de la Meca.

Y Alah había escrito su buena suerte, de modo que no tardaron en llegar sin ningún contratiempo a la Meca Santa.

Y Daul’makán y Nozhatú llegaron al límite de la alegría al verse en el monte Arafat, y cumplir las obligaciones rituales. ¡Y cuál no fue su dicha al dar la vuelta a la Kaaba!

Pero no pudieron contentarse con esta visita a la Meca, y llevaron su devoción hasta el punto de marchar a Medina para venerar la tumba del Profeta (¡sean con él la plegaria y la paz!).

Y cuando se disponía el regreso de la peregrinación a su tierra Daul’makán dijo a Nozhatú: “¡Oh hermana mía! deseo visitar la santa ciudad de Abraham, amigo de Alah, la que los judíos y los cristianos llaman Jerusalén”. Y Nozhatú dijo: “Y yo también lo quisiera, ¡oh hermano mío!” Entonces, después de ponerse de acuerdo sobre este punto, aprovecharon la salida de una pequeña caravana para dirigirse hacia la santa ciudad de Abraham.

Y tras un viaje muy penoso, acabaron por llegar a Jerusalén; pero en el camino sufrieron accesos de calenturas. Y la joven Nozhatú acabó por curarse a los pocos días, pero Daul’makán siguió enfermo, y su estado se fue agravando, de modo que en Jerusalén tuvieron que alquilar una habitación en el khan. Y Daul’makán se tendió en un rincón, vencido por la enfermedad, y la enfermedad empeoró de manera tan grave, que Daul’makán acabó por perder del todo el conocimiento y entró en un período de delirio. Y la buena Nozhatú no le dejaba un instante, y estaba muy preocupada al verse sola en un país extranjero, sin nadie que la ayudara.

Y como la enfermedad proseguía, y duraba bastante tiempo, Nozhatú acabó por agotar sus últimos recursos y no le quedó un dracma en sus manos. Entonces mandó al zoco a uno de los criados del khan, para que le vendiese uno de sus vestidos y le trajese algún dinero. Y el criado así lo hizo. Y Nozhatú siguió vendiendo todos los días algunos de sus efectos para cuidar a su hermano, y de este modo agotó por completo cuanto tenía. Y los únicos bienes que le quedaban era la ropa vieja con que estaba vestida y la estera vieja que les servía de cama a ella y a su hermano. Y al verse en tal indigencia, la pobre Nozhatú lloró en silencio.

Pero aquella misma noche Daul’makán recobró el conocimiento, por voluntad de Alah, y se sintió algo mejor; y volviéndose hacia su hermana, le dijo: “¡Nozhatú! he aquí que he recuperado las fuerzas, y quisiera comerme unos pedacitos de carnero asado”. Y Nozhatú dijo: “¡Oh hermano mío! ¿cómo haremos para comprar carne? Porque no me atrevo a pedir limosna. Pero no te apures, que mañana me pondré a servir en casa de algún rico y ganaré lo necesario. Lo único que siento es que te tendré que dejar solo todo el día; pero ¿qué le vamos a hacer? ¡No hay fuerza y poder más que en Alah el Altísimo! ¡Y Él sólo puede hacernos volver a nuestro país!” Y dichas estas palabras, Nozhatú prorrumpió en sollozos.

Y al día siguiente se levantó al amanecer, y se cubrió la cabeza con un viejo manto de piel de camello que les había dado un camellero, vecino suyo en el khan. Y besó a su hermano, le echó los brazos al cuello, y llorando salió hecha un mar de lágrimas, sin saber exactamente adónde dirigirse.

Daul’makán aguardó todo el día el regreso de su hermana. Pero llegó la noche, y Nozhatú no había vuelto. Y la aguardó toda la noche sin pegar un ojo, y Nozhatú no volvió. Y al otro día, y a la noche siguiente, ocurrió la mismo.

Entonces Daul’makán se vio presa de un temor muy grande al pensar en su hermana, y su corazón empezó a temblar. Y como llevaba dos días sin tomar ningún alimento, se arrastró penosamente hasta la puerta de la habitación, y se puso a llamar al criado del khan, que acabó por oírle. Y Daul’makán le rogó que le ayudase a llegar hasta el zoco. Y el criado se lo echó a hombros, se lo llevó al zoco, y lo dejó junto a una tienda medio derruida, y se fue.

Y todos los transeúntes y mercaderes del zoco se agruparon en derredor de él, y al ver su estado de debilidad, empezaron a lamentarse y a compadecerle. Y Daul’makán, que no tenía ya fuerzas para hablar, les indicó por señas que estaba hambriento. Entonces hicieron una cuestación en su favor, pasando una bandeja entre los mercaderes del zoco, y le compraron comida. Y como la cuestación había producido treinta dracmas, se deliberó sobre lo que sería más conveniente en interés del enfermo. Y un buen anciano del zoco dijo: “Lo mejor es alquilar un camello para transportar a Damasco a este pobre joven, y llevarlo al hospital consagrado a los enfermos por la caridad del califa. Porque aquí se morirá seguramente si se queda abandonado en la calle”. Y a todo el mundo le pareció muy bien; pero como era ya de noche, se aplazó la cosa para el día siguiente. Y dejaron junto a Daul’makán, al alcance de su mano un cántaro de agua y víveres. Y al cerrarse las puertas del zoco, todos se volvieron a sus casas, lamentando la suerte del pobre enfermo. Daul’makán pasó toda la noche sin poder pegar los ojos, preocupado por la suerte de su hermana Nozhatú. Y como estaba tan débil, apenas si pudo comer ni beber.

Al otro día las buenas gentes del zoco alquilaron un camello, y le dijeron al conductor: “¡Oh camellero! vas a llevar en tu camello a este enfermo, y lo transportarás hasta el hospital de Damasco, en donde podrá curarse”. Y el camellero respondió: “Sobre mi cabeza y sobre mis ojos, ¡oh señores!” Pero el malvado camellero pensó: “¿Para qué he de transportar desde Jerusalén a Damasco a un hombre que está próximo a morir?”

Después hizo agacharse a su camello y colocó en él al enfermo. Y cubierto de bendiciones por la gente del zoco, habló a su camello, tiró del ronzal, y el camello se levantó y se puso en camino. Pero apenas había atravesado algunas calles, el camellero se detuvo; y como había llegado frente a la puerta de un hammam, cogió al pobre enfermo, que se había desvanecido, lo dejó sobre un montón de leña que servía para calentar el baño y se fue a toda prisa.

Así es que al amanecer, cuando llegó el encargado del hamman para calentar el baño, se encontró con aquel cuerpo que estaba tendido y como exánime. Y dijo para sí “¿Quién habrá podido dejar aquí este cadáver en vez de enterrarlo?” Y se disponía a empujar el cadáver lejos de la puerta, cuando Daul’makán hizo un movimiento. Y el encargado exclamó: “¡No es un muerto, sino algún aficionado al haschich, que se ha caído esta noche sobre el montón de leña! ¡Oh consumidor de haschich! márchate”. Y al inclinarse para gritárselo en la cara, vio que era un jovencillo, sin asomo de bozo en las mejillas, y de una gran distinción y gran belleza, a pesar de su delgadez y de los estragos de la enfermedad. Y sintiendo una gran piedad hacia él, exclamó: “¡No hay fuerza ni poder más que en Alah! ¡He aquí que acabo de juzgar temerariamente a un pobre joven, extranjero y enfermo, cuando nuestro Profeta (¡sean con él la plegaria y la paz de Alah!) nos ha encargado que evitemos los juicios temerarios y que seamos caritativos y hospitalarios con los extranjeros, singularmente con los extranjeros enfermos!”

Y sin vacilar un momento, se echó a cuestas al joven, volvió a su casa, entró en el aposento de su esposa, y le dejó entre sus manos, encargándole que lo cuidase. Entonces aquella mujer tendió una alfombra en el suelo, puso encima de la alfombra una almohada limpia, y acostó cuidadosamente al huésped enfermo. Y fue a la cocina a encender lumbre, y calentó agua para lavarle las manos, los pies y la cara. Por su parte, el encargado del hamman fue al zoco para comprar perfumes y azúcar, y roció con agua de rosas la cara del joven, y le hizo beber sorbete con azúcar y jarabe de rosas. Después sacó del arca una camisa muy limpia, perfumada con flores de jazmín, y se la puso.

Y con estos cuidados, notó Daul’makán que penetraba en él un gran alivio y que le vivificaba como brisa deliciosa.. .

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGO LA 54ª NOCHE
Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que Daul’makán notó que penetraba en él un gran alivio y que le vivificaba como brisa deliciosa. Y pudo levantar algo la cabeza y apoyarse en los almohadones. Al verlo, se sintió feliz el encargado del hammam, y exclamó: “¡Loor a Alah por la vuelta de la salud! ¡Oh Señor! pido a tu infinita misericordia que concedas la curación a este joven por mediación mía!”

Y durante tres días, aquel hombre estuvo haciendo votos por su curación, y le daba a beber tisanas refrescantes y agua de rosas, prodigándole grandes cuidados. Y las fuerzas empezaron a circular poco a poco por el cuerpo del enfermo. Y al fin pudo abrir los ojos a la luz y respirar sin ningún agobio. Precisamente en el instante en que se sentía mejor, entró el encargado del hamman, y lo encontró sentado en la cama, muy animado, y le dijo: “¿Qué tal estás, hijo mío?” Y Daul’makán le contestó: “Me siento con fuerzas y con buena salud”. Y el encargado del hammam dio gracias a Alah, corrió al zoco, compró diez pollos, los mejores del zoco, y se los llevó a su mujer, y le dijo: “¡Oh hija de mi tío! he aquí diez pollos que te traigo. Hay que matar dos cada día, uno por la mañana y otro por la noche, para servírselos a nuestro enfermo”.

Y en seguida la mujer del encargado del hamman mató un pollo; lo puso a cocer, y se lo llevó al joven, haciendo que bebiese el caldo. Y cuando hubo acabado, le presentó agua caliente para lavarse las manos. Después descansó tranquilamente reclinado en los almohadones, habiéndole tapado bien para que no se enfriara. Y así se durmió hasta la mitad de la tarde.

Entonces la mujer del encargado del hammam se puso a cocer el segundo pollo, se lo llevó después de haberlo trinchado, y le dijo: “¡Come, hijo mío! ¡Y que te haga buen provecho y te devuelva la salud!” Y mientras comía, entró el encargado del hammam, y vio cuán perfectamente seguía su mujer sus instrucciones. Y se sentó a la cabecera de la cama, y dijo al joven: “¿Cómo te encuentras, hijo mío?” Y él contestó: “¡Gracias a Alah, me siento con fuerzas y con buena salud! Y ¡ojalá te recompense Alah por tus beneficios!” Y el encargado del hammam, al oír estas palabras, sintió una gran alegría. Y se fue al zoco, y trajo jarabe de violetas y agua de rosas, y se los hizo beber.

Ahora bien; aquel hombre sólo ganaba cinco dracmas diarios en el hammam. Y de esos cinco dracmas dedicaba dos a Daul’makán para comprar pollos, azúcar, agua de rosas y jarabe de violetas. Y
así siguió, gastando de esta manera, durante un mes entero, al cabo del cual Daul’makán recuperó completamente las fuerzas, habiendo desaparecido todo rastro de enfermedad.

Entonces el encargado y su esposa se alegraron mucho. Y el encargado dijo a Daulmakán: “¡Hijo mío! ¿quieres venir conmigo al hammam para tomar un baño, que te sentará muy bien después de tanto tiempo?” Y Daul’makán dijo: “Ciertamente que sí”. Y el encargado fue al zoco, y volvió con un burrero y un asno; hizo montar a Daul’makán en el borrico, y durante todo el camino hasta el hammam fue a su lado, sosteniéndole con mucho cuidado. Y lo hizo entrar en el hammam, y mientras Daul’makán se desnudaba, el encargado fue al zoco para comprar todas las cosas necesarias para el baño, y cuando volvió dijo: “¡En el nombre de Àlah!”

Y empezó a frotarle el cuerpo a Daul’makán, empezando por los pies. Y entonces entró el amasador del hammam, y quedó confuso al verle desempeñar sus funciones, y se disculpó por el retraso con que había llegado.

Pero el encargado le dijo: “¡Oh compañero! tengo mucho gusto en hacerte un favor y en servir a este joven, que es mi huésped!” Entonces el amasador mandó llamar al barbero y al depilador, y se
pusieron a afeitar y a depilar a Daul’makán; y después le lavaron, sin escatimar el agua. Y el encargado le hizo subir a una tarima, le puso una buena camisa, un ropón de los suyos, un turbante muy lindo, y le ajustó la cintura con un cinturón muy hermoso, de lana de colores. Y así lo volvió a llevar a su casa en el borrico.

Precisamente su mujer lo había preparado todo para recibirle, y la casa estaba lavada por completo, las esteras bien limpias, lo mismo que la alfombra y los almohadones. Y el encargado hizo que se acostase Daul’makán, y le dio un sorbete con azúcar y agua de rosas; y luego le presentó uno de los pollos consabidos, habiéndole trinchado los mejores pedazos.

Y Daul’makán dio las gracias a Alah por el restablecimiento de su salud y le dijo al encargado: “¡Cuán grande es mi agradecimiento por tus buenas acciones y cuidados!” Pero el encargado repuso: “¡Déjate de eso, hijo mío! Lo único que te ruego es que me digas cuál es tu nombre, pues al ver tus modales se adivina que eres persona de distinción”. Y Daul’makán le dijo: “Dime primeramente cómo y dónde me has encontrado, para que luego te cuente mi aventura”.

Entonces el encargado del hammam dijo a Daul’makán: “Sabe que te encontré abandonado sobre un montón de leña delante de la puerta del hammam, una mañana que iba a mi obligación. Y no he sabido quién te había dejado allí, y te recogí en mi casa. Eso es todo”.

Al oír estas palabras, Daul’makán exclamó: “¡Loor a Aquel que devuelve la vida a las osamentas sin vida! Y tú padre, padre mío, sabe ahora que no has favorecido a un ingrato, y espero que en breve tendrás la prueba de ello. Pero te ruego que me digas en qué país estoy”. Y el encargado dijo: “Estás en la ciudad santa de Jerusalén”. Y Daul’makán hubo de lamentar amargamente lo lejos que se encontraba, y sobre todo, al verse separado de su hermana Nozhatú. Y no pudo dejar de llorar. Después contó su aventura al encargado, pero sin revelarle lo noble de su nacimiento. Y recitó estas estrofas:

Me han echado sobre los hombros una carga que no puedo llevar, y su peso me agobia y me ahoga.

Y digo a la amiga, causa de mi dolor, a aquella que es toda mi alma: “¡Oh mi señora! ¿No podrías tener un poco de paciencia para demorar la separación irremediable? Y ella me dice: “¿Qué hablas ahí de paciencia? ¡La paciencia no entra en mis costumbres!”

Entonces el encargado le dijo: “No llores más, hijo mío, y da gracias a Alah por tu curación”. Y Daul’makán preguntó: “¿Qué distancia nos separa de Damasco?” Y cuando le hubieron dicho que seis días de viaje, mostró sus grandes deseos de marchar. Pero el encargado le dijo: “¡Oh joven! ¿Cómo he de dejar que vayas solo a Damasco teniendo tan poca edad? Sí persistes te acompañaré, y veremos si también nos acompaña mi mujer. Y de ese modo viviremos todos en Damasco, el país de Scham, cuyas aguas y frutas ponderan tanto los viajeros”.

Por lo que, dirigiéndose a su esposa, le dijo: “¡Oh hija de mi tío! ¿Quieres acompañarme a esa deliciosa ciudad de Damasco, el país de Scham, o prefieres quedarte aquí y aguardar mi regreso? Porque necesito acompañar a nuestro huésped, ya que me duele mucho separarme de él, y siendo tan joven como es, no puedo dejar que vaya solo, y por caminos que desconoce, a una ciudad muy aficionada, según se dice, a la corrupción y a los excesos”.

Y la mujer del encargado dijo: “Os acompañaré muy gustosa”. Y el encargado se alegró mucho, y dijo: “¡Loado sea Alah, que nos pone de acuerdo, ¡oh hija de mi tío!” Y reunió los efectos y muebles de la casa, como esterillas, almohadas, cacerolas, calderos, morteros, bandejas y colchones, y lo llevó al zoco de los pregoneros, y los subastó. Y de todo sacó cincuenta dracmas, que empezó a gastar alquilando un borrico para el viaje…

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGO LA 55ª NOCHE

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el encargado del hammam alquiló un asno en el cual hizo subir a Daul’makán. Y él y su esposa caminaron detrás del borrico, hasta que divisaron la ciudad de Damasco. Y entraron en ella al caer la noche, yendo a alojarse en el khan. Y el encargado se apresuró a marchar al zoco a comprar de comer y beber para los tres. Y así siguieron las cosas, viviendo todos en el zoco, hasta que al quinto día aquella mujer se sintió enferma, extenuada por el cansancio del viaje, y cogió unas calenturas, de resultas de las cuales murió en pocos días. Y falleció en la gracia y misericordia de Alah.

Daul’makán se afectó mucho, pues se había acostumbrado a aquella caritativa mujer, que le había servido con tanta abnegación. Y le llevó luto en el alma, y se volvió hacia el pobre encargado, que lloraba su pesar, y le dijo: “”No te aflijas, ¡oh padre! pues todos hemos de seguir ese camino, y atravesar la misma puerta”. Y el encargado se volvió hacia Daul’makán, y le dijo: “Que Alah recompense tu compasión, ¡oh hijo mío! ¡Y ojalá un día convierta en alegrías nuestras penas y aparte de nosotros la
amargura!

De todos modos, ¿para qué afligirnos tanto tiempo, cuando todo está escrito? ¡Levantémonos, pues, recorramos esta ciudad de Damasco, que aún no hemos visto, pues quiero que se dilate tu pecho y se alegre tu espíritu!”

Y Daul’makán dijo: “¡Tu pensamiento es para mí una orden!”

Entonces el encargado cogió de la mano a Daul’makán, y salió con él. Y se pusieron a recorrer los zocos y las calles de Damasco. Y acabaron por llegar frente a un edificio, donde estaban las cuadras del walí. Y a la puerta vieron gran número de caballos y mulos, y muchos camellos arrodillados que los camelleros cargaban de almohadones, colchones, fardos, cajones y toda clase de carga. Y había una muchedumbre de esclavos y servidores jóvenes y viejos. Y toda aquella gente gritaba, y hablaba, y armaba un gran tumulto. Y Daul’makán pensó: “¿A quién pertenecerán todos estos esclavos, todos estos caballos y todas estas cajas?”

Y se lo preguntó a uno de los servidores, que le dijo: “Es un regalo del walí de Damasco para el rey Omar Al-Nemán. Y todo eso otro es el tributo anual de la ciudad al mismo rey Omar”.

Y Daul’makán sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, y recitó en voz baja estas estrofas:

Si los amigos que están lejos me acusan por mi silencio y lo interpretan mal, ¿cómo podré contestarles?

Si mi ausencia ha matado en ellos la antigua amistad, ¿qué podré hacer?

Y si sobrellevo mis penas con paciencia, cuando todo lo he perdido, ¿podré seguir respondiendo de la paciencia que me queda?

Después acudieron a su memoria estos otros versos:

Levantó su tienda y se fue muy lejos, huyendo de mis ojos, que lo adoraban.

Huyó de mis ojos, que lo adoraban, cuando todas mis entrañas se estremecían al verle.

Se ha ido muy lejos el hermoso. ¡Oh mi vida! ¡Pero mi deseo está aquí y no se ha marchado!

¡Ay de mí! ¿Te volveré a ver? Y entonces, ¿qué de reproches tendré que hacerte?

Y Daul’makán, recordando estas estrofas, lloró mucho. Y el encargado le dijo: “¡Oh, hijo mío, sé razonable! ¡Ya sabes cuánto ha costado que recuperaras la salud, y ahora vas a recaer con todas esas lágrimas que viertes! ¡Cálmate y no llores más, pues mi pena es grande!” Pero Daul’makán no podía reprimirse, y recordando a su hermana Nozhatú y a su padre, recitó estos versos:

Goza de la tierra y de la vida, pues si la tierra se queda, la vida se marcha.

Ama la vida y goza de la vida, y para eso piensa que la muerte es inevitable.

¡Goza, pues, de la vida! ¡La dicha no tiene más que su tiempo marcado! ¡Apresúrate a gozarla! Y piensa que todo lo demás nada vale.

Porque todo lo demás nada vale. ¡Y fuera del amor a la vida nada recogerás en la tierra!

Porque el mundo debe ser como la habitación del jinete viajero. ¡Amigo, sé el jinete viajero de la tierra!

Cuando acabó de recitar estos versos, que el encargado del hammam había oído extático, y que trató de aprenderlos repitiéndolos varias veces, Daul’makán se quedó muy pensativo. Entonces el encargado, aunque no le quería importunar, acabó por decirle: “¡Oh mi joven señor! creo que todavía piensas en tu país y en tu familia!” Y Daul’makán exclamó: “Sí, ¡oh padre mío! Y como no puedo permanecer aquí un instante más, voy a despedirme de ti, para marcharme con esta caravana, y llegar a cortas jornadas, sin cansarme mucho, a Bagdad, mi ciudad”.

Entonces el encargado del hammam dijo: “¡Y yo iré contigo! Porque no puedo dejarte solo, y como ya he empezado a ser tu guardián, no quiero abandonarte en la mitad del camino”. Y Daul’makan exclamó: “¡Alah pague tu abnegación con toda clase de dones!” Y se alegró muchísimo de aquella buena suerte.

Entonces el encargado rogó a Daul’makán que montara en el borrico. Y dijo: “Irás montado todo el tiempo que quieras, y cuando estés cansado de esa postura, podrás, si quieres, bajar y andar un poco”. Y Daul’makán le dio las gracias, y le dijo: “¡Verdaderamente, lo que haces por mí no lo hace el hermano por su hermano!” .Y después aguardaron que se pusiese el sol y viniese la frescura de la noche, para ponerse en camino con la caravana y salir de Damasco con rumbo a Bagdad.

Y esto es lo que pasó en cuanto a Daul’makán y el encargado del hammam.

Pero en cuanto a la joven Nozhatú…