CELOS, BATALLAS Y GEMAS: Serie de la Madre de Todas las Calamidades (VI)

Y Scharkán se separó de Abriza, y salió del monasterio. Montó de nuevo en su corcel, cuyas bridas sujetaban dos jóvenes, y se fue. Pasó el puente de cadenas de acero, se internó entre los árboles de la selva, y acabó por llegar al claro situado en medio del bosque. Y apenas había llegado, vio tres jinetes frente a él, que habían detenido bruscamente el galopar de sus caballos. Y Scharkán sacó su rutilante espada, y se cubrió con ella, dispuesto al choque. Pero súbitamente los conoció y le reconocieron, pues
los tres jinetes eran el visir Dandán y los dos emires principales de su séquito. Entonces los tres jinetes se apearon rápidamente, y desearon respetuosamente la paz al príncipe Scharkán, y le expresaron toda la angustia que por su ausencia había sentido el ejército. Y Scharkán les contó la historia con todos sus detalles, desde el principio hasta el fin, y la próxima llegada de la reina Abriza, y la traición proyectada por los embajadores de Afridonios.

Y les dijo: “Es probable que se hayan aprovechado de vuestra ausencia para escaparse y avisar a su rey. Y ¡quién sabe si el ejército enemigo habrá destruido al nuestro! ¡Corramos, pues, junto a nuestros soldados!”

Al galope de sus caballos llegaron al valle donde estaban las tiendas. Y allí reinaba la tranquilidad, pero los embajadores habían desaparecido. Se levantó apresuradamente el campo, partieron para Bagdad, y al cabo de algunos días llegaron a las fronteras, donde ya estaban seguros. Y todos los habitantes de aquellas comarcas se apresuraron a llevarles provisiones para ellos y víveres para los caballos. Y descansaron un poco, y luego reanudaron la marcha. Pero Scharkán confió la dirección de la vanguardia al visir Dandán, y se quedó en la retaguardia con cien jinetes, que escogió uno por uno entre lo más selecto de todos los jinetes. Y dejó que el ejército se le adelantara todo un día. y después se puso en marcha con cien guerreros.

Y cuando habían recorrido ya cerca de dos parasanges (Parseks . 1 parsek = 5 Km) acabaron por llegar a un desfiladero muy angosto situado entre dos altísimas montañas. Y apenas habían llegado, vieron que al otro extremo del desfiladero se levantaba una polvareda muy densa. Y esta polvareda avanzaba rápidamente, y cuando se disipó aparecieron cien jinetes, tan intrépidos como leones, que desaparecían bajo las cotas de malla y las viseras de acero. Y aquellos jinetes, apenas estuvieron al alcance de la voz, gritaron: “¡Apeaos, ¡oh musulmanes! y rendíos a discreción, pues si no, ¡por Mariam y Yuhanna! (María y Jesús) vuestras almas no tardarán en volar de vuestros cuerpos!”

Y Scharkán, al oír estas palabras, vio que el mundo se oscurecía ante su vista. Y dijo, inflamadas sus mejillas y lanzando sus ojos relámpagos de cólera: “¡Oh perros cristianos! ¿Cómo os atrevéis a
amenazarnos después de haber tenido la audacia de atravesar nuestras fronteras y pisar nuestro suelo? ¿Pensáis que podréis escapar de entre nuestras manos y volver a vuestro país?”

Dijo, y gritó a sus guerreros: “¡Oh creyentes! ¡Sus a esos perros!”

Y Scharkán fue el primero en arrojarse sobre el enemigo. Entonces los cien jinetes de Scharkán cayeron sobre los cien jinetes afrangí a todo el galopar de sus caballos, y ambas masas de hombres, con corazones más duros que la roca, se mezclaron.

Y los aceros chocaron con los aceros, las espadas con las espadas, y empezaron a llover golpes. Y crepitando los cuerpos se enlazaban con los cuerpos y los caballos se encabritaban para caer pesadamente sobre los caballos, y no se oía otro ruido que el chasquido de las armas y el choque del metal contra el metal. El combate duró hasta la aproximación de la noche. Y sólo entonces se separaron ambos bandos, y pudieron contarse. Scharkán comprobó que no había entre sus hombres ningún herido grave y exclamó:

“¡Oh compañeros! He navegado toda mi vida por el mar de las ruidosas batallas, en que chocan las oleadas de espadas y lanzas; he combatido con muchos héroes, pero no había encontrado hombres tan intrépidos, guerreros tan valerosos ni héroes tan esforzados como estos adversarios”.

Y los soldados de Scharkán respondieron: “¡Oh príncipe Scharkán! tus palabras han dicho la verdad. Pero sabe que el jefe de esos guerreros es el más admirable de todos y el más heroico. Y además, cada vez que uno de nosotros caía entre sus manos, se apartaba para no matarlo, y le dejaba librarse de la muerte”.

Al oír estas palabras, se quedó muy perplejo Scharkán, pero después dijo: “Mañana nos pondremos en fila y los atacaremos así, pues somos ciento contra ciento. ¡Y pediremos la victoria al Señor del Cielo!” Y confiados en esta resolución, se durmieron todos aquella noche.

En cuanto a los cristianos, he aquí que rodearon a su jefe, y exclamaron: “Hoy no hemos podido dar cuenta de esos musulmanes”. Y el jefe les dijo: “Pero mañana nos pondremos en fila, y los derribaremos uno tras otro”. Y confiados en esta resolución, se durmieron todos también.

Así es que en cuanto brilló la mañana, e iluminó al mundo con su luz, y salió el sol para alumbrar indistintamente la cara de los pacíficos y de los guerreros, y saludó a Mahomed, ornamento de todas las cosas bellas, el príncipe Scharkán montó en su caballo, avanzó entre las dos filas de sus guerreros, y les dijo: “He aquí que nuestros enemigos están en orden de batalla. Lancémonos, pues, sobre ellos, pero uno contra uno. Por lo pronto, que salga de las filas uno de vosotros e invite en alta voz a uno de los guerreros cristianos a combate singular. Después cada cual afrontará a su vez la lucha de este modo”.

Y uno de los jinetes de Scharkán salió de las filas, espoleó a su caballo hacia el enemigo, y gritó: “¡Oh todos vosotros! ¿Hay en vuestras filas algún combatiente, algún campeón bastante intrépido para aceptar la lucha conmigo?”

Apenas había pronunciado estas palabras, salió de entre los cristianos un jinete completamente cubierto de armas y de hierro, y de seda y de oro. Montaba un caballo alazán; su cara era sonrosada, con mejillas vírgenes de pelo.

Llevó su caballo hasta la mitad de la liza, y con la espada levantada se precipitó contra el campeón musulmán, y de un rápido bote de lanza le hizo perder los arzones y le obligó a rendirse al enemigo. Y se lo llevó prisionero, entre los gritos de victoria y de júbilo que lanzaban los guerreros cristianos.

En seguida salió de las filas otro cristiano y avanzó hasta la mitad de la liza, al encuentro de otro musulmán que ya estaba en ella y que era el hermano del prisionero. Y ambos campeones trabaron la lucha, que no tardó en terminar con la victoria del cristiano, pues aprovechando un descuido del musulmán, que no había sabido resguardarse, le dio otro bote de lanza, que le derribó, y se lo llevó prisionero.

Y así siguieron midiendo sus armas, y cada vez se terminaba la lucha con la derrota de un musulmán, vencido por el cristiano. Y así fue hasta que cayó la noche, quedando cautivos veinte guerreros musulmanes.

Scharkán se impresionó mucho al ver este resultado, y reunió a sus compañeros. Y les dijo: “¿No es verdaderamente extraordinario lo que nos acaba de ocurrir?” Mañana avanzaré yo solo frente al enemigo, y provocaré al jefe de esos cristianos. Y luego de vencerle, averiguaré la razón que le ha movido a violar nuestro territorio y a atacarnos. Y si se niega a explicarse, lo mataremos; pero si acepta nuestras proposiciones, haremos las paces con él”. Y tomada esta resolución, se durmieron todos hasta
por la mañana.

Y llegada la mañana, Scharkán montó a caballo y avanzó solo hacia las filas de los enemigos; y vio avanzar, en medio de cincuenta guerreros que se habían apeado, a un jinete, que no era otro que el jefe de los cristianos en persona. Llevaba pendiente de los hombros una clámide de raso azul que flotaba por encima de la cota de malla; blandía desnuda una espada de acero y montaba un caballo negro que llevaba en la frente una estrella blanca del tamaño de un dracma de plata. Y este jinete tenía una cara de niño, con mejillas frescas y sonrosadas y vírgenes de bozo. Y tan hermoso era, que semejaba la luna que sale gloriosamente por el horizonte oriental.

Y cuando estuvo en medio de la liza, este joven jinete se dirigió a Scharkán, y en lengua árabe, con el acento más puro, le dijo: “¡Oh Scharkán, oh hijo de Omar Al-Nemán, que reina en los pueblos y en las ciudades, en las plazas fuertes y en los castillos, prepárate a la lucha, porque será muy dura! ¡Y como eres el jefe de los tuyos y yo el jefe de los míos, queda acordado desde ahora que el vencedor en esta lucha se apoderará de los soldados del vencido y será su dueño!”

Pero ya Scharkán, con el corazón lleno de rabia, semejante al león enfurecido, había lanzado su corcel contra el cristiano. Y chocaron uno contra otro con un empuje heroico, resonando los golpes. Y se
habría creído ver el choque de dos montañas, o la mezcla ruidosa de dos mares que se encontraran. Y no cesaron de combatir desde por la mañana hasta que fue completamente de noche. Y entonces se separaron, y cada cual volvió junto a los suyos.

Luego Scharkán dijo a sus compañeros: “¡En mi vida he encontrado un combatiente como ése! Y lo más extraordinario es que cada vez que su adversario queda descubierto, en lugar de herirle se limita a tocarlo ligeramente en el sitio descubierto con el regatón de la lanza. Nada comprendo de toda esta aventura, pero ¡ojalá hubiese muchos guerreros de tal intrepidez!”

Y al día siguiente se reanudó la lucha del mismo modo y con igual resultado. Y al tercer día, en medio del combate, el hermoso joven lanzó el caballo al galope y lo paró bruscamente, aunque tirando torpemente de las riendas. Entonces el caballo se encabritó, y el joven se dejó derribar, y cayó al suelo, pero como naturalmente.

Y Scharkán saltó del caballo y se precipitó sobre su enemigo con la espada levantada, dispuesto a atravesarlo. Y el hermoso cristiano exclamó: “¿Es así como proceden los héroes? ¿Manda la galantería tratar así a las mujeres?” Al oír estas palabras, Scharkán miró al joven jinete, y habiéndolo examinado bien reconoció a la reina Abriza. Pues era en realidad la reina Abriza, con la cual le había pasado en el monasterio lo que le había pasado.

Y Scharkán arrojó su espada, y se prosternó ante la joven, y besó la tierra entre sus manos, y le dijo: “Pero ¿por qué has obrado así, ¡oh reina!?” Y ella dijo: “He querido experimentarte en el campo de
batalla y ver cuál era tu valor. Pues sabe que todos mis guerreros que han combatido con los tuyos son mis doncellas, y son jóvenes como yo y vírgenes. Y en cuanto a mí, si no hubiera sido por mi caballo, que se encabritó a destiempo, otras cosas habrías visto, ¡oh Scharkán!”

Y Scharkán, sonriendo, dijo: “¡Loor a Alah, que nos ha reunido, ¡oh reina Abriza, soberana de los tiempos!” Y la reina dio en seguida la orden de marcha, y le volvió a Scharkán los veinte prisioneros, uno tras otro. Y todos fueron a arrodillarse delante de la reina, y besaron la tierra entre sus manos.

Y Scharkán se dirigió hacia las hermosas jóvenes, y les dijo: “¡Los reyes se honrarían si pudiesen contar con unos héroes como vosotras!”

Después se levantaron los campamentos, y los doscientos jinetes emprendieron juntos el camino de Bagdad, y anduvieron así seis días completos, al cabo de los cuales vieron relucir a lo lejos las
mezquitas gloriosas de la ciudad de paz.

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGO LA 51ª NOCHE
Ella dijo:

Vieron relucir a lo lejos las mezquitas gloriosas de la ciudad de paz. Y Scharkán rogó a la reina Abriza y a sus compañeras que se quitaran las armaduras y las cambiaran por sus vestidos femeninos. Y sí lo hicieron. Después mandó que se adelantaran algunos de sus soldados y anunciasen a su padre Omar Al-Nemán su llegada y la de la reina Abriza a fin de que saliese a recibirles una digna comitiva. Cuando anocheció echaron pie a tierra, se armaron las tiendas, y durmieron hasta por la mañana.

Y al nacer el día, el príncipe Scharkán y sus jinetes, y la reina Abriza y sus amazonas, volvieron a montar en sus corceles, y tomaron el camino de la ciudad. Y he aquí que salió de la población, yendo a su encuentro, el gran visir Dandán con un acompañamiento de mil jinetes; y se acercó a la joven reina y al valeroso Scharkán, y besó la tierra entre sus manos, y después todos juntos entraron en la ciudad.

Y Scharkán fue el primero en subir al palacio. Y el rey Omar Al-Nemán se levantó para ir a su encuentro, le abrazó y le pidió noticias. Y Scharkán le contó toda su historia con la hija del rey Hardobios de Kaissaria, y la perfidia del rey de Constantinia, y su resentimiento por causa de la esclava Safía, que era la misma hija del rey Afridonios, y le contó también la hospitalidad y los buenos consejos de Abriza, y su última hazaña, con todas sus cualidades de valor y belleza.

Cuando el rey Omar Al-Nemán oyó estas últimas palabras, sintió gran deseo de ver a la joven maravillosa, y todo su ser se encendió al oír estos detalles. Y pensó en las delicias de sentir en su cama la solidez y la esbeltez armoniosa de un cuerpo de doncella tan aguerrida, virgen de varón, y tan amada por sus compañeras de guerra.

Y tampoco desdeñó a estas mismas amazonas, cuyos rostros, bajo los trajes guerreros eran los de un niño de mejillas frescas, sin asomo de pelo ni bozo. Por que el rey Omar Al-Nemán era un anciano admirable, de músculos más ejercitados que los de los jóvenes. Y no temía las luchas de la virilidad, y salía siempre victorioso de entre los brazos de sus mujeres más ardientes.

Pero como Scharkán no podía figurarse que su padre tuviera sus miras respecto a la joven reina, se apresuró a ir a buscarla y se la presentó. Y el rey estaba sentado en su trono, y había despedido a sus chambelanes y a todos sus esclavos, excepto a los eunucos. Y la joven Abriza llegó hasta él, besó la tierra entre sus manos, y le habló con un lenguaje de una pureza y elegancia deliciosas. De modo que el rey Omar Al-Nemán llegó al límite del asombro, le dio gracias, la glorificó por cuanto había hecho con su hijo el príncipe Scharkán, y la invitó a sentarse. Y Abriza, entonces, se sentó, y se quitó el velillo que le cubría la cara, y ¡aquello fue un deslumbramiento! Pero tan gran deslumbramiento, que el rey Omar Al- Nemán estuvo a punto de perder la razón. Y en seguida mandó que preparasen para ella y sus compañeras el más suntuoso aposento, y le señaló un tren de casa digno de su categoría. Y entonces fué cuando la interrogó respecto a las tres gemas preciosas llenas de virtudes.

Y Abriza le dijo: “Esas tres gemas maravillosas, ¡oh rey del tiempo! las tengo yo, pues no me separo nunca de ellas. ¡Y voy a enseñártelas!”

Mandó traer una caja, y sacó de ella un cofrecillo, y de él un estuche de oro cincelado. Y al abrirlo aparecieron las tres gemas, radiantes, blancas y exquisitas. Y Abriza las cogió, se las llevó a los labios una tras otra, y se las ofreció al rey Omar Al-Nemán como regalo por la hospitalidad que le concedía. Y hecho esto, salió.

Y el rey Omar Al-Nemán comprendió que el corazón se le iba con ella. Pero como las gemas estaban allí, brillando, mandó llamar a su hijo Scharkán y le hizo presente de una de ellas. Y Scharkán le preguntó qué iba a hacer con las otras dos gemas, y el rey le dijo: “Se las voy a dar, una a tu hermana la niña Nozhatú, y la segunda a tu hermanito Daul’makán”.

Al oír estas palabras que le hablaban de su hermano Daul’makán, cuya existencia ignoraba por completo, quedó Scharkán desagradablemente sorprendido, pues sólo sabía el nacimiento de Nozhatú. Y volviéndose hacia el rey Omar Al-Nemán, le dijo: “¡Oh padre! ¿tienes otro hijo que no sea yo?” Y contestó el rey: “Ciertamente; un hermano gemelo de Nozhatú, que tiene seis años, hijos ambos de mi esclava Safía, hija del rey de Constantinia”.

Entonces Scharkán, trastornado por aquella noticia, apretó las manos y se estrujó la ropa a causa del despecho, pero de todos modos se detuvo. Y exclamó: “¡Ojalá estén ambos bajo la protección de Alah el Altísimo!”

Y su padre que había notado su agitación y su despecho, le dijo: “¡Oh hijo mío! ¿Por qué te pones así? ¿No sabes que la sucesión del trono te ha de corresponder a ti solo cuando yo muera? ¿No te he dado, en primer lugar, la más bella de las tres gemas, llena de maravillas?”

Pero Scharkán no se sintió en disposición de contestarle, y no queriendo contrariar ni apenar a su padre, salió del salón del trono con la cabeza baja. Y se dirigió hacia el aposento de Abriza; y Abriza se levantó en seguida para recibirle, y le dio las gracias por lo que había hecho por ella, y le rogó que se sentara a su lado. Después, al verle entristecido y con cara sombría, le dirigió tiernas preguntas. Y Scharkán le contó el motivo de su pena, y añadió: “Pero lo que más me preocupa, ¡oh Abriza! es que he sorprendido en mi padre intenciones nada dudosas respecto a ti, y he visto que sus ojos se encendían con el deseo de poseerte.

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