LOS IMPRUDENTES HERMANOS DEL BARBERO: Una aproximación a las 1000 y 1 noches (V)

Esta lectura es continuación de

http://lascosasdeunciempies.com/2013/01/03/toma-la-palabra-el-barbero-silencioso-aproximacion-a-las-1000-y-1-noches-iii/

Además, la historia se ha ido desgranando en los artículos anteriores:

http://lascosasdeunciempies.com/2012/12/17/el-barbero-silencioso-y-nada-locuaz-una-aproximacion-a-las-1000-y-1-noches/ http://lascosasdeunciempies.com/2012/12/23/continua-la-historia-del-barbero-el-samet-el-silencioso-ejemplo-de-virtud-prudencia-y-discrecion-aproximacion-a-las-1000-y-1-noches-ii/

y en la precuela aclaratoria:

http://lascosasdeunciempies.com/2013/01/12/una-precuela-a-la-historia-del-barbero-aproximacion-a-las-mil-y-una-noches-iv/

De manera que, resumiendo:

zoco2(Sherezade narra a su esposo el rey Schahriar la historia de un sastre, un médico judío, un comerciante cristiano y un intendente, acusados de matar al bufón jorabado del sultán. Los reos serán perdonados si con sus historias consiguen sorprender al sultán. En la historia expuesta por el sastre, un joven habla de las calamidades que se suceden tras conocer a un barbero. Posteriormente el barbero cuenta su historia y la de sus seis hermanos. ¿rocambolesco? es así, historias dentro de historias dentro de historias… precisamente como las imágenes de los espejos en las viejas barberías)

Con esta entrega nos aproximamos al desenlace final, pero antes de entrar en materia, una advertencia:

ATENCIÓN: esta lectura no pretende ofender ni mostrar ningún criterio sexista del autor del blog. Si te consideras especialmente sensible o consideras que las palabras pueden ofender tu moral o tu fe, eres libre de no leer. Puede que la lectura no sea apropiada para niños, moralistas o mujeres feministas sin sentido del humor

HISTORIA DE BACBUK, PRIMER HERMANO DEL BARBERO

       Así, ¡oh Emir de los Creyentes! que el mayor de mis hermanos, el que quedó cojo, se llama El-Bacbuk, porque cuando se pone a char­lar parece oírse el ruido que hace un cántaro al vaciarse. Su oficio ha sido el de sastre en Bagdad.

       Ejercía su oficio de sastre en una tiendecilla cuyo propietario era un hombre cuajado de dinero y de riquezas. Este hombre habitaba en lo alto de la misma casa en que estaba situada la tienda de mi herma­no Bacbuk. Y además, en el subterráneo de la casa había un molino donde vivían un molinero y el buey del molinero.

       Pero un día que mi hermano Bacbuk estaba cosiendo, sentado en su tienda, teniendo debajo de él al molinero y al buey del molinero, y encima al enriquecido propietario, he aquí que mi hermano Bacbuk levantó de pronto la cabeza, y vió asomada en una de las ventanas altas a una hermosa mujer como la luna saliente, que se distraía mi­rando a los transeúntes. Y esta mujer era la esposa del propietario de la casa.

       Al verla mi hermano Bacbuk sintió que su corazón se prendaba apasionadamente de ella, y le fué imposible coser ni hacer otra cosa que mirar a la ventana. Y se pasó todo el día como aturdido y en contemplación hasta por la noche. Y al día siguiente, en cuanto ama­neció, se sentó en su sitio de costumbre, y mientras cosía, muy poco a poco, levantaba a cada momento la cabeza para mirar a la ventana. Y a cada puntada que daba con la aguja se pinchaba los dedos, pues tenía los ojos en la ventana constantemente. Y así estuvo varios días, durante los cuales apenas si trabajó ni su labor valió más de un dracma.

       En cuanto a la joven, comprendió en seguida los sentimientos de mi hermano Bacbuk. Y se propuso sacarles todo el partido posible y divertirse a su costa. Y un día que estaba mi hermano más entonte­cido que de costumbre, la joven le dirigió una mirada asesina, que se clavó inmediatamente en el corazón de Bacbuk. Y Bacbuk miró en seguida a la joven, pero de un modo tan ridículo, que ella se quitó de la ventana para reírse a su gusto, y fué tal su explosión de risa, que se cayó de trasero sobre el piso. Pero el infeliz de Bacbuk llegó al límite de la alegría pensando que la joven le había mirado cariñosamente.

       Así es que al día siguiente no se asombró, ni con mucho, mi hermano Bacbuk, cuando vió entrar en su tienda al propietario de la casa, que llevaba debajo del brazo una hermosa pieza de hilo envuel­ta en un pañuelo de seda, y le dijo: “Te traigo esta pieza de tela para que me cortes unas camisas”. Entonces Bacbuk no dudó que aquel hombre estaba allí enviado por su mujer, y contestó: “¡Sobre mis ojos y sobre mi cabeza! Esta misma noche estarán acabadas tus cami­sas”. Y efectivamente, mi hermano se puso a trabajar con tal ahínco, privándose hasta de comer, que por la noche, cuando llegó el pro­pietario de la casa, ya tenía las veinte camisas cortadas, cosidas y empaquetadas en el pañuelo de seda. Y el propietario de la casa le preguntó: “¿Qué te debo?” Pero precisamente en aquel instante se presentó furtivamente en la ventana la joven, y dirigió una mirada a Bacbuk, haciéndole una seña con los ojos, como indicándole que no aceptase nada. Y mi hermano no quiso cobrarle nada al propietario de la casa, por más que en aquella ocasión estuviese muy apurado y cualquier dinero habría sido para él una gran ayuda. Pero se consideró dichoso con trabajar para el marido y favorecerle por amor a la linda cara de la mujer.

       Y al día siguiente al amanecer se presentó el propietario de la casa con otra pieza de tela debajo del brazo, y le dijo a mi hermano Bacbuk: “He aquí que acaban de advertirme en mi casa que necesito también calzoncillos nuevos para ponérmelos con las camisas nuevas. Y te traigo esta otra pieza de tela para que me hagas calzoncillos. Pero que sean muy anchos. Y no escatimes para nada los pliegues ni la tela”. Mi hermano contestó: “Escucho y obedezco”. Y se estuvo tres días completos cose que te cose, sin tomar otro alimento que el estric­tamente necesario, pues no quería perder tiempo, y además no tenía ni un dracma para comprar comida.

minarete

       Y cuando hubo terminado los calzoncillos, los envolvió en el pa­ñuelo, y muy contento, fué a llevárselos él mismo al propietario de la casa.

       No es necesario decir, ¡oh Emir de los Creyentes! que la joven se había puesto de acuerdo con su marido para burlarse del infeliz de mi hermano y hacerle las más sorprendentes jugarretas. Porque cuando mi hermano le presentó los calzoncillos al propietario de la casa, éste hizo como que iba a pagarle, pero inmediatamente apareció en la puerta la linda cara de la mujer, sonriéndole con los ojos y haciéndole señas con las cejas para que no cobrase. 

       Y Bacbuk se negó en redondo a recibir nada del marido. Entonces el marido se ausentó un instante para hablar con su esposa, que había desaparecido tam­bién, y volvió en seguida junto a mi hermano y le dijo: “Para agra­decer tus favores, hemos resuelto mi mujer y yo casarte con nuestra esclava blanca, que es muy hermosa y muy gentil, y de tal suerte serás de nuestra casa”. Y Bacbuk se figuró en seguida que era una excelente astucia de la mujer para que él pudiera entrar con libertad en la casa. Y aceptó en el acto. Y al momento mandaron llamar a la esclava, y la casaron con mi hermano Bacbuk.

       Pero cuando llegó la noche, quiso acercarse Bacbuk a la esclava blanca, y ésta le dijo: “¡No, no! ¡Esta noche no!” Y por mucho que lo deseara Bacbuk, no pudo darle ni siquiera un beso.

       Además, el propietario de la casa había dicho a mi hermano Bacbuk que aquella noche, en lugar de dormir en la tienda, durmiese en el molino que había en el sótano de la casa, a fin de que estuviesen más anchos él y su mujer. Y como la esclava, después de resistirse a la copulación, se subió a casa de su señora, Bacbuk tuvo que acos­tarse solo. Y al amanecer aun dormía Bacbuk, cuando entró el moline­ro y dijo en alta voz: “Ya ha descansado bastante este buey. Voy a engancharlo al molino para moler todo ese trigo que se me está amon­tonando en cantidad considerable”. Y se acercó entonces a mi hermano, fingiendo confundirle con el buey, y le dijo: “¡Vaya, arriba, holgazán, que tengo que engancharte!” Y mi hermano Bacbuk no quiso hablar, tal era su estupidez, y se dejó enganchar al molino. Y el molinero lo ató por la cintura al cilindro del molino, y dándole un fuerte latigazo, exclamó: “¡Yallah!” Y cuando Bacbuk recibió aquel golpe no pudo menos que mugir como un buey. Y el molinero siguió dándole fuertes latigazos y haciéndole dar vueltas al molino durante mucho tiempo. Y mi hermano mugía absolutamente como un buey, y resoplaba al recibir los estacazos.

       Y no tardó en llegar el propietario de la casa, que, al verle en tal estado, dando vueltas y recibiendo golpes, fué en seguida a avisar a su mujer, y ésta envió a la esclava blanca, que desató a mi hermano y le dijo muy compasivamente: “Mi señora acaba de saber el mal trato que te han hecho sufrir, y lo siente muchísimo. Todos lamentamos tus sufrimientos”. Pero el infeliz Bacbuk había recibido tanto palo y esta­ba tan molido, que no pudo contestar palabra.

       Hallándose en tal estado, se presentó el jeique que había escrito su contrato de matrimonio con la esclava blanca. Y le deseó la paz, y le dijo: “¡Concédate Alah larga vida! ¡Así sea bendito tu matrimonio! Estoy seguro de que acabas de pasar una noche feliz y que has gozado los transportes más dulces y más íntimos, abrazos, besos y copulacio­nes desde la noche hasta la mañana”. Y mi hermano Bacbuk le con­testó: “¡Alah confunda a los embaucadores y a los pérfidos de tu clase, traidor a la milésima potencia! Tú me metiste en todo esto para que diese vueltas al molino en lugar del buey del molinero, y eso hasta la mañana”. Entonces el jeique le invitó a que se lo contase todo, y mi hermano se lo contó. Y entonces el jeique le dijo: “Todo eso está muy claro. No es otra cosa sino que tu estrella no concuerda con la estrella de la joven”. Y Bacbuk le replicó: “¡Ah, maldito! Anda a ver si pue­des inventar más perfidias”.    Después mi hermano se fué y volvió a meterse en su tienda, con el fin de aguardar algún trabajo que le per­mitiese ganar el pan, ya que tanto había trabajado sin cobrar.

      Y mientras estaba sentado, hete aquí que se presentó la esclava blanca, y le dijo: “Mi ama te quiere muchísimo, y me encarga te diga que acaba de subir a la azotea para tener el gusto de contemplar­te desde el tragaluz”. Y efectivamente, mi hermano vió aparecer en el tragaluz a la joven, deshecha en lágrimas, y se lamentaba y decía: “¡Oh querido mío! ¿por qué me pones tan mala cara y estás tan enfadado que ni siquiera me miras? Te juro por tu vida que cuanto te ha pasado en el molino se ha hecho a espaldas mías. En cuanto a esa esclava loca, no quiero que la mires siquiera. En adelante, yo sola seré tuya”. Y mi hermano Bacbuk levantó entonces la cabeza y miró a la joven. Y esto le bastó para olvidar todas las tribulaciones pasadas y para hartar sus ojos contemplando aquella hermosura. Des­pués se puso a hablarle por señas, y ella con él, hasta que Bacbuk se convenció de que todas sus desgracias no le habían pasado a él, sino a otro cualquiera.

       Y con la esperanza de ver a la joven, siguió cortando y cosiendo camisas, calzoncillos, ropa interior y ropa exterior, hasta que un día fué a buscarle la esclava blanca, y le dijo: “Mi señora te saluda. Y como mi amo y esposo suyo se marcha esta noche a un banquete que le dan sus amigos, y no volverá hasta la mañana, te aguardará im­paciente mi señora para pasar contigo esta noche entre delicias y lo que sabes”. Y el infeliz de Bacbuk estuvo a punto de volverse loco al oír tal noticia.

       Porque la astuta casada había combinado un último plan, de acuerdo con su marido, para deshacerse de mi hermano, y verse libres, ella y él, de pagarle toda la ropa que le habían encargado. Y el pro­pietario de la casa había dicho a su mujer: “¿Cómo haríamos para que entrase en tu aposento para sorprenderle y llevarle a casa del walí?” Y la mujer contestó: “Déjame obrar a mi gusto, y lo engañaré con tal engaño y lo comprometeré en tal compromiso, que toda la ciudad se ha de burlar de él”.

        Bacbuk no se figuraba nada de esto, pues desconocía en abso­luto todas las astucias y todas las emboscadas de que son capaces las mujeres. Así es que, llegada la noche, fué a buscarle la esclava, y lo lle­vó a las habitaciones de su señora, que en seguida se levantó, le sonrió, y dijo: “¡Por Alah! ¡Dueño mío, qué ansias tenía de verte junto a mí!” Y Bacbuk contestó: “¡Y yo también! ¡Pero démonos prisa, y ante todo, un beso! Y en seguida…”

       ¡Pero aun no había acabado de hablar, cuando se abrió la puerta y entró el marido con dos esclavos negros, que se precipitaron sobre mi hermano Bacbuk, le ataron. le arrojaron al suelo y empezaron por acariciarle la espalda con sus lá­tigos. Después se lo echaron a cuestas para llevarle a casa del walí. Y el walí le condenó a que le diesen doscientos azotes, y después le mon­taron en un camello y le pasearon por todas las calles de Bagdad. Y un pregonero iba gritando: “¡De esta manera se castigará a todo ca­balgador que asalte a la mujer del prójimo!”

       Pero mientras así paseaban a mi hermano Bacbuk, se enfureció de pronto el camello y empezó a dar grandes corcovos. Y Bacbuk, como no podía valerse, cayó al suelo y se rompió una pierna, quedan­do cojo desde entonces. Y Bacbuk, con su pata rota, salió de la ciudad. Pero me avisaron de todo ello a tiempo, ¡oh Príncipe de los Creyentes! y corrí detrás de él, y le traje aquí en secreto, he de confesarlo, y me encargué de su curación, de sus gastos y de todas sus necesidades. Y así seguimos.

Y cuando hube contado esta historia de Bacbuk, ¡oh mis señores! el califa Montasser-Billah se echó a reír a carcajadas, y dijo: “¡Qué bien la contaste! ¡Qué divertido relato!” Y yo repuse: “En verdad que no merezco aún tanta alabanza tuya. Porque entonces, ¿qué dirás cuando hayas oído la historia de cada uno de mis otros hermanos? Pero temo que me tomes por un charlatán indiscreto”.

        Y el califa con­testó:    

        “¡Al contrario, barbero sobrenatural!

        Apresúrate a contarme lo que ocurrió a tus hermanos, para adornar mis oídos con esas histo­rias que son pendientes de oro, y no temas entrar en pormenores.. pues juzgo que tu historia ha de tener tantas delicias como sabor”.

        Y en­tonces dije:

                        HISTORIA DE EL-HADDAR, SEGUNDO HERMANO DEL BARBERO

       “Sabed, pues, ¡oh Emir de los Creyentes! que mi segundo herma­no se llama El-Haddar, porque muge como un camello. Y además está mellado. Como oficio no tiene ninguno, pero en cambio me da muchos disgustos. Juzgad con vuestro entendimiento al oír esta aventura.

       Un día que vagaba sin rumbo por las calles de Bagdad, se le acer­có una vieja y le dijo en voz baja: “Escucha, ¡oh ser humano! Te voy a hacer una proposición, que puedes aceptar o rechazar, según te plazca”. Y mi hermano se detuvo, y dijo: “Ya te escucho”. Y la vieja prosiguió: “Pero antes de ofrecerte esa cosa, me has de asegurar que no eres un charlatán indiscreto”. Y mi hermano respondió: “Puedes decir lo que quieras”. Y ella le dijo: “¿Qué te parecería un hermoso palacio con arroyos y árboles frutales, en el cual corriese el vino en las copas nunca vacías, en donde vieras caras arrebatadoras, besaras mejillas suaves, poseyeras cuerpos flexibles y disfrutaras de otras cosas por el estilo, gozando desde la noche hasta la mañana? Y para disfru­tar de todo eso, no necesitarás más que avenirte a una condición”.     Mi hermano El-Haddar replicó a estas palabras de la vieja: “Pero ¡oh señora mía! ¿cómo es que vienes a hacerme precisamente a mí esa proposición, excluyendo a otro cualquiera entre las criaturas de Alah? ¿Qué has encontrado en mí para preferirme?” Y la vieja contestó: “Ya te he dicho que ahorres palabras, que sepas callar, y conducirte en silencio. Sígueme, pues, y no hables más”.

       Después se alejó precipita­damente. Y mi hermano, con la esperanza de todo lo prometido, echó a andar detrás de ella, hasta que llegaron a un palacio magnífico, en el cual entró la vieja e hizo entrar a mi hermano Haddar. Y mi her­mano vió que el interior del palacio era muy bello, pero que era más bello aún lo que encerraba. Porque se encontró en medio de cuatro muchachas como lunas. Y estas jóvenes estaban tendidas sobre riquí­simos tapices y entonaban con una voz deliciosa canciones de amor.

       Después de las zalemas acostumbradas, una de ellas se levantó, llenó la copa y la bebió. Y mi hermano Haddar le dijo: “Que te sea sano y delicioso, y aumente tus fuerzas”.

       Y se aproximó a la joven, para tomar la copa vacía y ponerse a sus órdenes. Pero ella llenó in­mediatamente la copa y se la ofreció. Y Haddar, cogiendo la copa, se puso a beber. Y mientras él bebía, la joven empezó a acariciarle la nuca; pero de pronto le golpeó con tal saña, que mi hermano acabó por en­fadarse. Y se levantó para irse, olvidando su promesa de soportarlo todo sin protestar. Y entonces se acercó la vieja y le guiñó el ojo, como diciéndole: “¡No hagas eso! Quédate y aguarda hasta el fin”. Y mi hermano obedeció, y hubo de soportar pacientemente todos los capri­chos de la joven. Y las otras tres porfiaron en darle bromas no menos pesadas: una le tiraba de las orejas como para arrancárselas, otra le daba papirotazos en la nariz, y la tercera le pellizcaba con las uñas. Y mi hermano lo tomaba con mucha resignación, porque la vieja le se­guía haciendo señas de que callase.

      viajero arabe Por fin, para premiar su paciencia, se levantó la joven más hermosa y le dijo que se desnudase. Y mi hermano obedeció sin protestar. Y entonces la joven cogió un hisopo, le roció con agua de rosas, y le dijo: “Me gustas mucho, ¡ojo de mi vida! Pero me fastidian las barbas y los bigotes, que pinchan la piel. De modo que, si quieres de mí lo que tú sabes, te has de afeitar la cara”. Y mi hermano contestó: “Pues eso no puede ser, porque sería la mayor vergüenza que me podría ocurrir”. Y ella dijo: “Pues no podré amar­te de otro modo. No hay más remedio”. Y entonces mi hermano dejó que la vieja le llevase a una habitación contigua, donde le cortó la barba y se la afeitó, y después los bigotes y las cejas. Y luego le em­badurnó la cara con coloretes y polvos, y lo condujo a la sala donde estaban las jóvenes. Y al verle les entró tal risa, que se doblaron sobre sus posaderas.

       Después se le acercó la más hermosa de aquellas jóvenes, y le dijo: “¡Oh dueño mío! Tus encantos acaban de conquistar mi alma. Y sólo he de pedirte un favor, y es que así, desnudo como estás y tan lindo, ejecutes delante de nosotras una danza que sea graciosa y su­gestiva”. Y como El-Haddar no pareciese muy dispuesto, prosiguió la joven: “Te conjuro por mi vida a que lo hagas. Y después lograrás de mí lo que tú sabes”. Entonces, al son de la darabuka, manejada por la vieja, mi hermano se ató a la cintura un pañuelo de seda y se puso a bailar en medio de la sala.

       Pero tales eran sus gestos y sus piruetas, que las jóvenes se des­ternillaban de risa, y empezaron a tirarle cuanto vieron a mano: los almohadones, las frutas, las bebidas y hasta las botellas. Y la más bella de todas se levantó entonces y fué adoptando toda clase de pos­turas, mirando a mi hermano con ojos como entornados por el deseo, y después se fué despojando de todas sus ropas, hasta quedarse sólo con la finísima camisa y el amplio calzón de seda.

       El-Haddar, que había interrumpido el baile tan pronto como vió a la joven desnuda, llegó al límite más extremo de la excitación.

       Pero entonces se le acercó la vieja y le dijo: “Ahora te toca correr detrás de ella. Porque cuando se excita con la bebida y con la danza, acostumbra desnudarse por completo, pero no se entrega a ningún amante sin haber examinado su cuerpo desnudo, su zib en erección y su ligereza para correr, juzgándole entonces digno de ella. De modo que la vas a perseguir por todas partes, de habitación en habitación, hasta que la puedas atrapar. Y sólo entonces consentirá que la ca­balgues”.

       Y mi hermano, al oír aquello, se quitó el cinturón de seda y se dispuso a correr. Y la joven se despojó de la camisa y de lo demás, y apareció toda desnuda, cimbreándose como una palmera nueva. Y echó a correr, riéndose a carcajadas y dando dos vueltas al salón. Y mi hermano la perseguía con su zib erguido”.

      En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la ma­ñana, y se calló discretamente.

                                          PERO CUANDO LLEGO LA 31ª  NOCHE

       Ella dijo:

       He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el barbero prosiguió su relato en esta forma:

“Mi hermano Haddar, con su zib erguido, empezó a perseguir a la joven, que, ligera, huía de él y se reía. Y las otras jóvenes y la vieja, al ver correr a aquel hombre con su rostro pintarrajeado, sin barbas, ni bigotes, ni cejas, y erguido su zib hasta no poder más, se morían de risa y palmoteaban y golpeaban el suelo con los pies.

       Y la joven, después de dar dos vueltas a la sala, se metió por un pasillo muy largo, y luego cruzó dos habitaciones, una tras otra, siem­pre perseguida por mi hermano, completamente loco. Y ella, sin dejar de correr, reía con toda su alma, moviendo las caderas.

       Pero de pronto desapareció en un recodo, y mi hermano fué a abrir una puerta por la cual creía que había salido la joven, y se en­contró en medio de una calle. Y esta calle era la calle en que vivían los curtidores de Bagdad. Y todos los curtidores vieron a El-Haddar afei­tado de barbas, sin bigotes, las cejas rapadas y pintado el rostro como una ramera. Y escandalizados, se pusieron a darle correazos, hasta que perdió el conocimiento. Y después le montaron en un burro, poniéndole al revés, de cara al rabo, y le hicieron dar la vuelta a todos los zocos, hasta que lo llevaron al walí, que les preguntó: “¿Quién es ese hom­bre?”

       Y ellos contestaron: “Es un desconocido que salió súbitamente de casa del gran visir. Y lo hemos hallado en este estado”. Entonces el walí mandó que le diesen cien latigazos en la planta de los pies, y lo desterró de la ciudad. Y yo ¡oh Emir de los Creyentes!, corrí en bus­ca de mi hermano, me lo traje secretamente, y le di hospedaje. Y aho­ra lo sostengo a mi costa. Comprenderás, que si yo no fuera un hom­bre lleno de entereza y de cualidades, no habría podido soportar a se­mejante necio.

       Pero en lo que se refiere a mi tercer hermano, ya es otra cosa, como vas a ver.

                          HISTORIA DE BACBAC, TERCER HERMANO DEL BARBERO

“Bacbac el ciego, por otro nombre el Cacareador hinchado, es mi tercer hermano. Era mendigo de oficio, y uno de los principales de la cofradía de los pordioseros de Bagdad, nuestra ciudad.

       Cierto día, la voluntad de Alah y el Destino permitieron que mi hermano llegase a mendigar a la puerta de una casa. Y mi hermano Bacbac, sin prescindir de sus acostumbradas invocaciones para pedir limosna: “¡Oh donador, oh generoso!”, dió con el palo en la puerta. Pero conviene que sepas, ¡oh Comendador de los Creyentes! que mi hermano Bacbac, igual que los más astutos de su cofradía, no con­testaba cuando, al llamar a la puerta de una casa, le decían: “¿Quién es?”

        Y se callaba para obligar a que abriesen la puerta, pues de otro modo, en lugar de abrir, se contentaban con responder desde adentro: “¡Alah te ampare!” Que es el modo de despedir a los mendigos.

       De modo que aquel día, por más que desde la casa preguntasen “¿Quién es?”, mi hermano callaba. Y acabó por oír pasos que se acer­caban, y que se abría la puerta. Y se presentó un hombre al cual Bacbac, si no hubiera estado ciego, no habría pedido limosna seguramente.

        Pero aquel era su Destino. Y cada hombre lleva su Destino atado al cuello. Y el hombre le preguntó: “¿Qué deseas?” Y mi hermano Bacbac respondió: “Que me des una limosna, por Alah el Altísimo”. El hombre volvió a preguntar: “¿Eres ciego?” Y Bacbac dijo, “Sí, mi amo, y muy pobre”. Y el otro repuso: “En ese caso, dame la mano para que te guíe”. Y le dió la mano, y el hombre lo metió en la casa, y lo hizo subir esca­lones y más escalones, hasta que lo llevó a la azotea, que estaba muy alta. Y mi hermano, sin aliento, se decía: “Seguramente, me va a dar las sobras de algún festín”.

       Y cuando hubieron llegado a la azotea, el hombre volvió a pregun­tar: “¿Qué quieres, ciego?” Y mi hermano, bastante asombrado, respon­dió: “Una limosna, por Alah”. Y el otro replicó: “Que Alah te abra el día en otra parte”. Entonces Bacbac le dijo: “¡Oh tú, un tal! ¿no podías haberme contestado así cuando estábamos abajo? A lo cual replicó el otro: “¡Oh tú, que vales menos que mi trasero! ¿por qué no me contes­taste cuando yo preguntaba desde dentro: “¿Quién es? ¿Quién está a la puerta? ¡Conque lárgate de aquí en seguida, o te haré rodar como una bola, asqueroso mendigo de mal agüero!” Y Bacbac tuvo que bajar más que de prisa la escalera completamente solo.

       Pero cuando le quedaban unos veinte escalones dió un mal paso, y fué rodando hasta la puerta. Y al caer se hizo una gran contusión en la cabeza, y caminaba gimiendo por la calle. Entonces varios de sus com­pañeros, mendigos y ciegos como él, al oírle gemir le preguntaron la causa, y Bacbac les refirió su desventura. Y después les dijo: “Ahora tendréis que acompañarme a casa para coger dinero con qué comprar comida para este día infructuoso y maldito. Y habrá que recurrir a nuestros ahorros, que, como sabéis, son importantes, y cuyo depósito me habéis confiado”.zoco

       Pero el hombre de la azotea había bajado detrás de él y le había seguido. Y echó a andar detrás de mi hermano y los otros dos ciegos, sin que nadie se apercibiese, y allí llegaron todos a casa de Bacbac. Entraron, y el hombre se deslizó rápidamente antes de que hubiesen cerrado la puerta. Y Bacbac dijo a los dos ciegos: “Ante todo, regis­tremos la habitación por si hay algún extraño escondido”.

       Y aquel hombre, que era todo un ladrón de los más hábiles entre los ladrones, vió una cuerda que pendía del techo, se agarró de ella, y silenciosamente trepó hasta una viga, donde se sentó con la mayor tranquilidad. Y los dos ciegos comenzaron a buscar por toda la habi­tación, insistiendo en sus pesquisas varias veces, tentando los rincones con los palos. Y hecho esto, se reunieron con mi hermano, que sacó en­tonces del escondite todo el dinero de que era depositario, y lo contó con sus dos compañeros, resultando que tenían diez mil dracmas juntos.

        Después, cada cual cogió dos o tres dracmas, volvieron a meter todo el dinero en los sacos, y los guardaron en el escondite. Y uno de los tres ciegos marchó a comprar provisiones y volvió en seguida, sacando de la alforja tres panes, tres cebollas y algunos dátiles. Y los tres compañe­ros se sentaron en corro y se pusieron a comer.

       Entonces el ladrón se deslizó silenciosamente a lo largo de la cuerda, se acurrucó junto a los tres mendigos y se puso a comer con ellos. Y se había colocado al lado de Bacbac, que tenía un oído exce­lente. Y Bacbac, oyendo el ruido de sus mandíbulas al comer, exclamó: “¡Hay un extraño entre nosotros!” Y alargó rápidamente la mano hacia donde oía el ruido de las mandíbulas, y su mano cayó precisamente sobre el brazo del ladrón. Entonces Bacbac y los dos mendigos se precipitaron encima de él, y empezaron a gritar y a golpearle con sus palos; ciegos como estaban, y pedían auxilio a los vecinos, chillando: “¡Oh musul­manes, acudid a socorrernos! ¡Aquí hay un ladrón! ¡Quiere robarnos el poquísimo dinero de nuestros ahorros!” Y acudiendo los vecinos, vieron a Bacbac, que, auxiliado por los otros dos mendigos, tenía bien sujeto al ladrón, que intentaba defenderse y escapar. Pero el ladrón, cuando llegaron los vecinos, se fingió también ciego, y cerrando los ojos, exclamó: “¡Por Alah! ¡Oh musulmanes! Soy ciego y socio de estos tres, que me niegan lo que me corresponde de los diez mil dracmas de ahorros que poseemos en comunidad. Os lo juro por Alah el Altísimo, por el sultán, por el emir. Y os pido que me llevéis a presencia del walí, donde se comprobará todo”. Entonces llegaron los guardias del walí, se apoderaron de los cuatro hombres y los llevaron entre las manos de walí.

       Y el walí preguntó: “¿Quiénes son esos hombres?” Y el ladrón exclamó: “Escucha mis palabras, ¡oh walí justo y perspicaz! y sabrás lo que debes saber. Y si no quisieras creerme, manda que nos den tormento, a mí primero, para obligarnos a confesar la verdad. Y somete en seguida al mismo tormento a estos hombres para poner en claro este asunto”. Y el walí dispuso: “¡Coged a ese hombre, echadlo en el suelo, y apaleadle hasta que confiese!” Entonces los guardias agarraron al ciego fingido, y uno le sujetaba los pies, y los demás principiaron a darle de palos en ellos. A los diez palos, el supuesto ciego empezó a dar gritos y abrió un ojo, pues hasta entonces los había tenido cerrados. Y después de recibir otros cuantos palos, no muchos, abrió ostensiblemente el otro ojo.

       Y el walí, enfurecido, le dijo: “¿Qué farsa es ésta, miserable em­bustero?” Y el ladrón contestó: “Que suspendan la paliza y lo explicaré todo”. Y el walí mandó suspender el tormento, y el ladrón dijo: “Somos cuatro ciegos fingidos, que engañamos.a la gente para que nos dé limos­na. Pero además simulamos nuestra ceguera para poder entrar fácilmente en las casas, ver las mujeres con la cara descubierta, seducirlas, cabal­garlas y al mismo tiempo examinar el interior de las viviendas y prepa­rar los robos sobre seguro. Y como hace bastante tiempo que ejercemos este oficio tan lucrativo, hemos logrado juntar entre todos hasta diez mil dracmas. Y al reclamar mi parte a estos hombres, no sólo se negaron a dármela, sino que me apalearon, v me habrían matado a golpes si los guardias no me hubiesen sacado de entre sus manos. Esta es la verdad, ¡oh walí! Pero ahora, para que confiesen mis compañeros, tendrás que recurir al látigo, como hiciste conmigo. Y así hablarán.

        Pero que les den de firme, porque de lo contrario no confesarán nada. Y hasta verás cómo se obstinan en no abrir los ojos, como yo hice”.

       Entonces el walí mandó a azotar a mi hermano el primero de todos. Y por más que protestó y dijo que era ciego de nacimiento, le siguieron azotando hasta que se desmayó. Y como al volver en sí tampoco abrió los ojos, mandó el walí que le dieran otros trescientos palos, y luego tres­cientos más, y lo mismo hizo con los otros dos ciegos, que tampoco los pudieron abrir, a pesar de los golpes y a pesar de los consejos que les dirigía el ciego fingido, su compañero improvisado.

       Y en seguida el walí encargó a este ciego fingido que fuese casa de mi hermano Bacbac y trajese el dinero. Y entonces dió a este ladrón dos mil quinientos dracmas, o sea la cuarta parte del dinero, y se quedó con lo demás.

       En cuanto a mi hermano y los otros dos ciegos, el walí les dijo: “¡Miserables hipócritas! ¿Conque coméis el pan que os concede la gracia de Alah, y luego juráis en su nombre que sois ciegos? Salid de aquí y que no se os vuelva a ver en Bagdad ni un solo día”.

       Y yo, ¡oh Emir de los Creyentes! en cuanto supe todo esto salí en busca de mi hermano, lo encontré, lo traje secretamente a Bagdad, lo metí en mi casa, y me encargué de darle de comer y vestirlo mien­tras viva.

       Y tal es la historia de mi tercer hermano, Bacbac el ciego.

       Y al oírla el califa Montasser Billah, dijo: “Que den una gratifica­ción a este barbero, y que se vaya en seguida”. Pero yo, ¡oh mis señores! contesté: “¡Por Alah! ¡Oh Príncipe de los Creyentes! No puedo aceptar nada sin referirte lo que les ocurrió a mis otros tres hermanos”.

       Y con­cedida la autorización prosiguió:

HISTORIA DE EL-KUZ, CUARTO HERMANO DEL BARBERO

       Mi cuarto hermano, el tuerto El-Kuz, El Assuaní, o el botijo irrom­pible, ejercía en Bagdad el oficio de carnicero. Sobresalía en la venta de carne y picadillo, y nadie le aventajaba en criar y engordar carneros de larga cola. Y sabía a quién vender la carne buena y a quién des­pachar la mala. Así es que los mercaderes más ricos y los principales de la ciudad sólo se abastecían en su casa y no compraban más carne que la de sus carneros; de modo que en poco tiempo llegó a ser muy rico y propietario de grandes rebaños y hermosas fincas.

       Y seguía prosperando mi hermano El-Kuz, cuando cierto día entre los días, que estaba sentado en su establecimiento, entró un jeique de larga barba blanca, que le dió dinero y le dijo: “¡Corta carne buena!” Y mi hermano le dió de la mejor carne, cogió el dinero y devolvió el saludo al anciano, que se fué.

       Entonces mi hermano examinó las monedas de plata que le había entregado el desconocido, y vió que eran nuevas, de una blancura des­lumbradora. Y se apresuró a guardarlas aparte en una caja especial, pen­sando: “He aquí unas monedas que me van a dar buena sombra”.

       Y durante cinco meses seguidos el viejo jeique de larga barba blanca fué todos los días a casa de mi hermano, entregándole mone­das de plata completamente nuevas a cambio de carne fresca y de buena calidad. Y todos los días mi hermano cuidaba de guardar aparte aquel dinero. Pero un día mi hermano El-Kuz quiso contar la cantidad que había reunido de este modo, a fin de comprar unos hermosos car­neros, y especialmente unos cuantos moruecos para enseñarles a luchar unos con otros, ejercicio muy gustado en Bagdad, mi ciudad. Y apenas había abierto la caja en que guardaba el dinero del jeique de la barba blanca, vió que allí no había ninguna moneda, sino redondeles de papel blanco. Entonces empezó a darse puñetazos en la cara y en la cabeza, y a lamentarse a gritos. Y en seguida le rodeó un gran grupo de transeúntes, a quienes contó su desventura, sin que nadie pudiera expli­carse la desaparición de aquel dinero. Y El-Kuz seguía gritando y di­ciendo: “¡Haga Alah que vuelva ahora ese maldito jeique para que le pueda arrancar las barbas y el turbante con mis propias, manos!”

       Apenas había acabado de pronunciar estas palabras, cuando apa­reció el jeique. Y el jeique -atravesó por entre el gentío, y llegó hasta mi hermano para entregarle, como de costumbre, el dinero. En seguida mi hermano se lanzó contra él, y sujetándole por un brazo, dijo: “¡Oh musulmanes! ¡Acudid en mi socorro! ¡He aquí al infame ladrón!” Pero el jeique no se inmutó para nada, pues inclinándose hacia mi her­mano le dijo de modo que sólo pudiera oírle él: “¿Qué prefieres, callar o que te comprometa delante de todos? Y te advierto que tu afrenta ha de ser más terrible que la que quieres causarme”.

       Pero El-Kuz contestó: “¿Qué afrenta puedes hacerme, maldito viejo de betún? ¿De qué modo me vas a comprometer?” Y el jeique dijo: “Demostraré que vendes carne humana en vez de carnero”. Y mi hermano repuso: “¡Mientes, oh mil veces embustero y mil veces maldito!” Y el jeique dijo: “El embus­tero y el maldito es quien tiene colgando del gancho de su carnicería un cadáver en vez de un carnero”.

       Mi hermano protestó violentamente, y dijo: “¡Perro, hijo de perro! Si pruebas semejante cosa, te entre­garé mi sangre y mis bienes”. Y entonces el jeique se volvió hacia la muchedumbre y dijo a voces:     “¡Oh vosotros todos, amigos míos! ¿veis a este carnicero? Pues hasta hoy nos ha estado engañando a todos, infringiendo los preceptos de nuestro Libro. Porque en vez de matar carneros degüella cada día a un hijo de Adán y nos vende su carne por carne de carnero, Y para convenceros de que digo la ver­dad, entrad a registrar la tienda”.

Continuará…

     

3 pensamientos en “LOS IMPRUDENTES HERMANOS DEL BARBERO: Una aproximación a las 1000 y 1 noches (V)”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s