TOMA LA PALABRA EL BARBERO SILENCIOSO: Aproximación a las 1000 y 1 noches (III)

Esta historia viene de http://lascosasdeunciempies.com/2012/12/17/el-barbero-silencioso-y-nada-locuaz-una-aproximacion-a-las-1000-y-1-noches/ (parte 1) y de http://lascosasdeunciempies.com/2012/12/23/continua-la-historia-del-barbero-el-samet-el-silencioso-ejemplo-de-virtud-prudencia-y-discrecion-aproximacion-a-las-1000-y-1-noches-ii/

ADVERTENCIA TIPO CAJETILLA DE TABACO:

ATENCIÓN: esta lectura no pretende ofender ni mostrar ningún criterio sexista del autor del blog. Si te consideras especialmente sensible o consideras que las palabras pueden ofender tu moral o tu fe, eres libre de no leer. Puede que la lectura no sea apropiada para niños, moralistas o mujeres feministas sin sentido del humor.

(Sherezade narra a su esposo el rey Schahriar la historia de un sastre, un médico judío, un comerciante cristiano y un intendente. Dentro de esta historia el Sastre continúa con el siguiente relato ante el sultán que los indultará a todos del homicidio de su bufón jorobado si consiguen sorprenderlo con sus relatos)

                                     PERO CUANDO LLEGO LA 30ª  NOCHE

       Scherezade dijo:

       He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que el kadí, sorprendido, les dijo: “¿Qué ha hecho vuestro amo para que yo lo mate? ¿Y por qué está entre vosotros ese barbero que chilla y se revuelve como un asno?” Entonces el barbero exclamó: “Tú eres quien ha matado a palos a mi amo, pues yo estaba en la calle y oí sus gritos”.

       Y el kadí contestó:

     baños arabes  “¿Pero quién es tu amo? ¿De dónde viene? ¿Adónde va? ¿Quién lo ha traído aquí?” Y el barbero dijo: “Malhadado kadí, no te hagas el tonto, pues sé toda la historia, la entrada de mi amo en tu casa y todos los demás pormenores. Sé, y ahora quiero que todo el mundo lo sepa, que tu hija está prendada de mi amo, y mi amo la corresponde. Y le he acompañado hasta aquí. Y tú lo has sorprendido en la cama con tu hija, y lo has matado a palos, sin ayuda de tu servidumbre. Y yo te voy a obligar ahora mismo a que vengas conmigo al palacio de nuestro único juez, el califa, como no prefieras devolvernos inmediatamente a nuestro amo, indemnizarle de los malos tratos que le has hecho sufrir y entre­gárnoslo, sano y salvo, a mí y a sus parientes. Si no, me obligarás a entrar a viva fuerza en tu casa para libertarlo. Apresúrate, pues, a entregárnoslo”.

       Al oír estas palabras, el kadí quedó cortado y lleno de confusión y de vergüenza ante toda aquella gente que estaba escuchando. Pero de todos modos, volviéndose hacia el barbero, le dijo: “Si no eres un embaucador, te autorizo para que entres en mi casa y busques a tu amo por donde quieras, y lo libertes”. Entonces el barbero se precipitó dentro de la casa.

      Y yo, que asistía a todo esto detrás de una celosía, cuando vi que el barbero había entrado en la casa, quise huir inmediatamente. Pero por más que buscaba escaparme, no hallé ninguna salida que no pudie­se ser vista por la gente de la casa o no la pudiese utilizar el barbero. Sin embargo, en una de las habitaciones encontré un cofre enorme que estaba vacío, y me apresuré a esconderme en él, dejando caer la tapa. Y allí me quedé bien quieto, conteniendo la respiración.

       Pero el barbero, después de rebuscar por toda la casa, entró en aquel cuarto, y debió mirar a derecha e izquierda y ver el cofre. Enton­ces, el maldito comprendió que yo estaba dentro, y sin decir nada, lo cogió, se lo puso a la cabeza y buscó a escape la salida, mientras que yo me moría de miedo. Pero dispuso la fatalidad que el populacho se empeñase en ver lo que había en el cofre, y de pronto levantaron la tapa. Y yo, no pudiendo soportar aquella vergüenza, me levanté súbi­tamente y me tiré al suelo, pero con tal precipitación, que me rompí una pierna, y desde entonces estoy cojo. Y luego sólo pensé en escapar y esconderme, y como me vi entre una muchedumbre tan extraordinaria, me puse a echar puñados de monedas, y mientras se detuvieron a reco­ger el oro, me escurrí y escapé lo más aprisa que pude. Y así recorrí las calles más oscuras y más apartadas. Pero juzgad cuál sería mi temor cuando de pronto vi al barbero detrás de mí. Y decía a gritos: “¡Oh buenas gentes! ¡Gracias a Alah que he encontrado a mi amo!” Des­pués, sin dejar de correr detrás de mí me dijo: “¡Oh mi señor! Ya ves ahora cuán mal hiciste en obrar con impaciencia y sin atender a mis consejos, porque, según has podido comprobar, no eras hombre de muchas luces, pues eres muy arrebatado y hasta algo simple. Pero señor, ¿adónde corres así? ¡Aguárdame!” Y yo, que no sabía ya cómo desha­cerme de aquella calamidad a no ser por la muerte, me paré y le dije: “¡Oh barbero! ¿No te basta con haberme puesto en el estado en que me ves? ¿Quières, pues, mi muerte?”

       Pero al acabar de hablar vi abierta delante de mí la tienda de un mercader amigo mío. Me precipité dentro y supliqué al mercader que le impidiera entrar detrás de mí a ese maldito. Y pudo lograrlo con la amenaza de un garrote enorme y echándole miradas terribles. Pero el barbero no se fué sin maldecir al mercader y también al padre y al abuelo del mercader, vomitando insultos, injurias y maldiciones tanto contra mí como contra el mercader. Y yo di gracias al Recompensador por aquella liberación que no esperaba nunca.

       El mercader me interrogó entonces, y le conté mi historia con este barbero, y le rogué que me dejara en su tienda hasta mi curación, pues no quería volver a mi casa por miedo a que me persiguiese otra vez ese barbero de betún.

       Pero por la gracia de Alah mi pierna acabó de curarse. Entonces cogí todo el dinero que me quedaba, mandé llamar testigos y escribí un testamento, en virtud del cual legaba a mis parientes el resto de mi fortuna, mis bienes y mis propiedades después de mi muerte, y elegí a una persona de confianza para que administrase todo aquello, encar­gándole que tratase bien a todos los míos, grandes y pequeños. Para perder de vista definitivamente a este barbero maldito, decidí salir de Bagdad y marcharme a cualquiera otra parte donde no corriese el riesgo de encontrarme cara a cara con mi enemigo.

       Salí, pues, de Bagdad, y no dejé de viajar día y noche hasta que llegué a este país, donde creía haberme librado de mi perseguidor. Pero ya veis que todo fué trabajo perdido, ¡oh mis señores! pues me lo acabo de encontrar entre vosotros, en este banquete a que me ha­béis invitado.

       Por eso os explicaréis que no pueda tener tranquilidad mientras no huya de este país, como del otro, ! y todo por culpa de ese malvado, de esa calamidad con cara de piojo, de ese barbero asesino, a quien Alah confunda, a él, a su familia y a toda su descendencia!”

*          *          *

       Cuando aquel joven -prosiguió el sastre, hablando al rey de la China- acabó de pronunciar estas palabras, se levantó con el rostro muy pálido, nos deseó la paz, y salió sin que nadie pudiera impedírselo.

      barbero En cuanto a nosotros, una vez que oímos esta historia tan sorpren­dente, miramos al barbero, que estaba callado y con los ojos bajos, y le dijimos: “¿Es verdad lo que ha contado ese joven? Y en tal caso, ¿por qué procediste de ese modo, causándole tanta desgracia?” En­tonces el barbero levantó la frente, y nos dijo: “¡Por Alah! Bien sabía yo lo que me hacía al obrar así, y lo hice para ahorrarle mayores calamidades. Pues a no ser por mí, estaba perdido sin remedio. Y tiene que dar gracias a Alah y dármelas a mí por no haber perdido más que una pierna en vez de perderse por completo. En cuanto a vosotros, ¡oh mis señores! Para probaros que no soy ningún charlatán, ni un indiscreto, ni en nada semejante a ninguno de mis seis hermanos, y para demostraros también que soy un hombre listo y de buen criterio, y sobre todo muy callado, os voy a contar mi historia, y juzgaréis”. Después de estas palabras, todos nosotros -continuó el sastre- nos dispusimos a escuchar en silencio aquella historia, que juzgába­mos había de ser extraordinaria.

                  HISTORIAS DEL BARBERO DE BAGDAD Y DE SUS SEIS HERMANOS

                              (Contadas por el barbero y repetidas por el sastre)

                                                      HISTORIA DEL BARBERO

       El barbero dijo:

       “Sabed, pues, ioh mis señores! Que yo viví en Bagdad durante el el reinado del Emir de los Creyentes El-Montasser Billah (El victorioso con ayuda de Alah)  Y bajo su gobierno vivíamos, porque amaba a los pobres y a los humildes, y gustaba de la compañía de los sabios y poetas.

       Pero un día entre los días, el califa tuvo motivos de queja contra diez individuos que habitaban no lejos de la ciudad, y mandó al gobernador-lugarteniente que trajese entre sus manos a estos diez indi­viduos. Y quiso el Destino que precisamente cuando les hacían atravesar el Tigris en una barca, estuviese yo en la orilla del río. Y vi a aquellos hombres en la barca, y dije para mí: “Seguramente esos hom­bres se han dado cita en esa barca para pasarse en diversiones todo el día, comiendo y bebiendo. Así es que necesariamente me tengo quo convidar para tomar parte en el festín”.

       Me aproximé a la orilla, y sin decir palabra, que por algo soy el Silencioso, salté a la barca y me mezclé con todos ellos. Pero de pronto vi llegar a los guardias del walí, que se apoderaron de todos, les echaron a cada uno una argolla al cuello y cadenas a las manos, y acabaron por cogerme a mí también y ponerme asimismo la argolla al cuello, y las cadenas a las manos. Y yo no dije palabra, lo cual os demostrará ¡oh mis señores! mi firmeza de carácter y mi poca locuacidad. Me aguanté, pues, sin protestar, y me vi llevado con los diez individuos a la presencia del Emir de los Creyentes, el califa Montasser Billah.

       Y en cuanto nos vió, el califa llamó al portaalfanje, y le dijo: “¡Corta inmediatamente la cabeza a esos diez malvados!” Y el verdugo nos puso en fila en el patio, a la vista del califa, y empuñando el alfan­je, hirió la primera cabeza y la hizo saltar, y la segunda, y la tercera, hasta la décima. Pero cuando llegó a mí, el número de cabezas cortadas era precisamente el de diez, y no tenía orden de cortar ni una más. Se detuvo, por lo tanto, y dijo al califa que sus órdenes estaban ya cumplidas. Pero entonces volvió la cara el califa, y viéndome todavía en pie, exclamó: “¡Oh mi portaalfanje! Te he mandado cortar la cabe­za a los diez malvados! ¿Cómo es que perdonaste al décimo?” Y el portaalfanje repuso: “¡Por la gracia de Alah sobre ti y por la tuya sobre nosotros! He cortado diez cabezas”. Y el califa dijo: “Vamos a ver; cuéntalas delante de mí”. Las contó, y efectivamente, resultaron diez cabezas. Y entonces el califa me miró y me dijo: “¿Pero tú quién eres? ¿Y qué haces ahí entre esos bandidos, derramadores de sangre?”     Entonces, ¡oh señores! y sólo entonces, al ser interrogado por el Emir de los Creyentes, me resolví a hablar. Y dije: “¡Oh Emir de los Cre­yentes! Soy el jeique a quien llaman El-Samed, a causa de mi poca locuacidad. En punto a prudencia, tengo un buen acopio en mi per­sona, y en cuanto a la rectitud de mi juicio, la gravedad de mis pala­bras, lo excelente de mi razón, lo agudo de mi inteligencia y mi nin­guna verbosidad, nada he de decirte, pues tales cualidades son en mí infinitas. Mi oficio es el de afeitar cabezas y barbas, escarificar pier­nas y pantorrillas y aplicar ventosas y sanguijuelas. Y soy uno de los siete hijos de mi padre, y mis seis hermanos están vivos.

       Pero he aquí la aventura. Esta misma mañana me paseaba yo a lo largo del Tigris, cuando vi a esos diez individuos que saltaban a una barca, y me junté con ellos, y con ellos me embarqué, creyendo que estaban convidados a algún banquete en el río. Pero he aquí que, apenas llegamos a la otra orilla, adiviné que me encontraba entre criminales, y me di cuenta de esto al ver a tus guardias que se nos echaban encima y nos ponían la argolla al cuello. Y aunque nada tenía yo que ver con esa gente, no quise hablar ni una palabra ni protestar de ningún modo, obligándome a ello mi excesiva firmeza de carácter y mi ninguna locuacidad. Y mezclado con estos hombres fui conducido entre tus manos, ¡oh Emir de los Creyentes! Y mandaste que cortasen la cabeza a esos diez bandidos, y fui el único que quedó entre las ma­nos de tu portaalfanje, y a pesar de todo, no dije tan siquiera ni una palabra. Creo, pues, que esto es una buena prueba de valor y de fir­meza muy considerable. Y además, el sólo hecho de unirme con esos diez desconocidos es por sí mismo la mayor demostración de valentía que yo sepa.    Pero no te asombre mi acción, ¡oh Emir de los Creyentes pues toda mi vida he procedido del mismo modo, queriendo favorecer a los extraños”.

       Cuando el califa oyó mis palabras, y advirtió en ellas que en mí era nativo el valor y la virilidad, y amor al silencio y a la compostura, y mi odio a la indiscreción y a la impertinencia, a pesar de lo que diga ese joven cojo que estaba ahí hace un momento, y a quien salvé de toda clase de calamidades, el Emir dijo: “¡Oh venerable jeique. barbero espiritual e ingenio lleno de gravedad y de sabiduría!

       Dime: ¿y tus seis hermanos son como tú? ¿Te igualan en prudencia, talento y discreción? Y yo respondí: “¡Alah me libre de ellos! ¡Cuán poco se asemejan a mí, oh Emir de los Creyentes! ¡Acabas de afligirme con tu censura al compararme con esos seis locos que nada tienen de co­mún conmigo, ni de cerca ni de lejos! Pues por su verbosidad imper­tinente, por su indiscreción y por su cobardía, se han buscado mil disgustos, y cada cual tiene una deformidad física, mientras que yo estoy sano y completo de cuerpo y espíritu. Porque, efectivamente, el mayor de mis hermanos es cojo; el segundo, tuerto; el tercero, mella­do; el cuarto, ciego; el quinto, no tiene narices ni orejas, porque se las cortaron, y al sexto le han rajado los labios.

       Pero ¡oh Emir de los Creyentes! no creas que exagero con esto mis cualidades, ni aumento los defectos de mis hermanos. Pues si te contase su historia, verías cuán diferente soy de todos ellos. Y como su historia es infinitamente interesante y sabrosa, te la voy a contar sin más dilaciones.

  HISTORIA DE BACBUK, PRIMER HERMANO DEL BARBERO

       Así, ¡oh Emir de los Creyentes! que el mayor de mis hermanos, el que quedó cojo, se llama El-Bacbuk, porque cuando se pone a char­lar parece oírse el ruido que hace un cántaro al vaciarse. Su oficio ha sido el de sastre en Bagdad.

       Ejercía su oficio de sastre en una tiendecilla cuyo propietario era un hombre cuajado de dinero y de riquezas. Este hombre habitaba en lo alto de la misma casa en que estaba situada la tienda de mi herma­no Bacbuk. Y además, en el subterráneo de la casa había un molino donde vivían un molinero y el buey del molinero.

       Pero un día que mi hermano Bacbuk estaba cosiendo, sentado en su tienda, teniendo debajo de él al molinero y al buey del molinero, y encima al enriquecido propietario, he aquí que mi hermano Bacbuk levantó de pronto la cabeza, y vió asomada en una de las ventanas altas a una hermosa mujer como la luna saliente, que se distraía mi­rando a los transeúntes. Y esta mujer era la esposa del propietario de la casa.

      cuatrocalifas Al verla mi hermano Bacbuk sintió que su corazón se prendaba apasionadamente de ella, y le fué imposible coser ni hacer otra cosa que mirar a la ventana. Y se pasó todo el día como aturdido y en contemplación hasta por la noche. Y al día siguiente, en cuanto ama­neció, se sentó en su sitio de costumbre, y mientras cosía, muy poco a poco, levantaba a cada momento la cabeza para mirar a la ventana. Y a cada puntada que daba con la aguja se pinchaba los dedos, pues tenía los ojos en la ventana constantemente. Y así estuvo varios días, durante los cuales apenas si trabajó ni su labor valió más de un dracma.

       En cuanto a la joven, comprendió en seguida los sentimientos de mi hermano Bacbuk. Y se propuso sacarles todo el partido posible y divertirse a su costa. Y un día que estaba mi hermano más entonte­cido que de costumbre, la joven le dirigió una mirada asesina, que se clavó inmediatamente en el corazón de Bacbuk. Y Bacbuk miró en seguida a la joven, pero de un modo tan ridículo, que ella se quitó de la ventana para reírse a su gusto, y fué tal su explosión de risa, que se cayó de trasero sobre el piso. Pero el infeliz de Bacbuk llegó al límite de la alegría pensando que la joven le había mirado cariñosamente. 

(continuará)

   

8 pensamientos en “TOMA LA PALABRA EL BARBERO SILENCIOSO: Aproximación a las 1000 y 1 noches (III)”

  1. Perdona mi ignorancia, pero después de haber leído las tres partes del barbero, no comprendo por qué pones siempre al principio eso de que te pueda dañar la sensibilidad y tal y tal.

    1. Por si acaso.
      La verdad es que la historia que he escogido es, aparentemente, bastante inocente por centrarse en un personaje tan peculiar como el barbero. Pero si te fijas con atención en el texto hay muchísimas referencias a la nobleza de los hombres frente al vicio y la perversión de las mujeres.
      Por otra parte, siempre he creído que un mensaje de advertencia anima mucho a la lectura.

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