EL BARBERO SILENCIOSO Y NADA LOCUAZ: Una aproximación a las 1000 y 1 noches (I)

Acercarse a las “Mil y una noches” es internarse en un mundo que nos es ajeno. Para internarnos en él, es preciso prevenirnos, saber que estamos tratando con una cultura muy diferente de la nuestra. No sólo la religión o los siglos nos separan, sino la propia forma de entender la vida y el mundo que nos rodea.

Es preciso decir que, en gran parte de los relatos, la visión de la mujer resulta denigrada. Ella es la corruptora, la pecadora. Este hecho puede llevarnos al escándalo, así como el diferente castigo que reciben hombres y mujeres y su distinto trato por el adulterio. No obstante, esa es la concepción del mundo en aquella cultura que recopiló estos cuentos allá por los siglos XII y XIII en la zona del Cercano Oriente. Si pretendemos con ello juzgar a los musulmanes, deberemos tener presente joyas de nuestra propia cultura, como el Malleus maleficarum y la persecución y quema de mujeres por parte de nuestra religión, o la imagen de Eva en el Antiguo Testamento.

Es conveniente, también, tener en cuenta que muchas versiones y traducciones han sido intencionadamente edulcoradas para no producir el escándalo de nuestra moral europea y cristiana. La versión que ha llegado a mis manos, tras la lectura de las primeras 80 noches, ha ido ganando mi favor por la crudeza y sinceridad con que nos sumerge en aquel mundo en el que había mucho más que genios, sultanes y lámparas. J.C. Mardus, sirio de nacimiento, y francés de nacionalidad (Siria fue protectorado francés) nos facilita esta traducción, libre de las amputaciones de otras versiones como la proporcionada por los jesuitas.

Compartiremos a lo largo de 4 ó 5 artículos la increíble historia del barbeo Al Salem, el Silencioso, llamado así por su carácter firme y prudente y su “ninguna” locuacidad.

1001 noches

ATENCIÓN: esta lectura no pretende ofender ni mostrar ningún criterio sexista del autor del blog. Si te consideras especialmente sensible o consideras que las palabras pueden ofender tu moral o tu fe, eres libre de no leer.

FRAGMENTO DE LAS MIL Y UNA NOCHES EXTRAÍDO DE LA 28ª NOCHE

(Sherezade narra a su esposo el rey Schahriar la historia de un jorobado, un sastre, un médico judío, un comerciante cristiano y un intendente. Dentro de esta historia el Sastre cuenta el siguiente relato a un sultán)

RELATO DEL SASTRE

       “Sabe, pues, ¡oh rey del tiempo! que antes de mi aventura con el jorobado me habían convidado en una casa donde se daba un festín a los principales miembros de los gremios de nuestra ciudad: sastres, zapateros, lenceros, barberos, carpinteros y otros.

       Y era muy de mañana. Por eso, desde el amanecer, estábamos to­dos sentados en corro para desayunarnos, y no aguardábamos más que al amo de la casa, cuando le vimos entrar acompañado de un joven fo­rastero, hermoso, bien formado, gentil y vestido a la moda de Bag­dad. Y era todo lo hermoso que se podía desear, y estaba tan bien ves­tido como pudiera imaginarse. Pero era ostensiblemente cojo. Luego que entró adonde estábamos, nos deseó la paz, y nos levantamos todos para devolverle su saludo. Después íbamos a sentarnos, y él con nosotros, cuando súbitamente le vimos cambiar de color y disponerse a salir. Entonces hicimos mil esfuerzos para detenerlo entre nosotros. Y el amo de la casa insistió mucho y le dijo: “En verdad, no entendemos nada de esto. Te ruego que nos digas qué motivo te impulsa a dejarnos”.

       Entonces el joven respondió: “¡Por Alah te suplico, ¡oh mi señor! que no insistas en retenerme! Porque hay aquí una persona que me obliga a retirarme, y es ese barbero que está sentado en medio de vosotros”.

       Estas palabras sorprendieron extraordinariamente al amo de la casa, y nos dijo: “¿Cómo es posible que a este joven, que acaba de llegar de Bagdad, le moleste la presencia de ese barbero que está aquí?”

Entonces todos los convidados nos dirigimos al joven, y le dijimos: “Cuéntanos, por favor, el motivo de tu repulsión hacia ese barbero”.

       El contestó: “Señores, ese barbero de cara de alquitrán y alma de betún fué la causa de una aventura extraordinaria que me sucedió en Bagdad, mi ciudad, y ese maldito tiene también la culpa de que yo esté cojo. Así es que he jurado no vivir nunca en la ciudad en que él viva ni sentarme en sitio en donde él se sentara. Y por eso me vi obligado a salir de Bagdad, mi ciudad, para venir a este país lejano. Pero ahora me lo encuentro aquí. Y por eso me marcho ahora mismo, y esta noche estaré lejos de esta ciudad, para no ver ese hombre de mal agüero”.

       Y al oírlo, el barbero se puso pálido, bajó los ojos, y no pronunció palabra. Entonces insistimos tanto con el joven, que se avino a con­tarnos de este modo su aventura con el barbero.

 HISTORIA DEL JOVEN COJO CON EL BARBERO DE BAGDAD

                          (Contada por el cojo y repetida por el sastre)

       “Sabed, oh, todos los aquí presentes, que mi padre era uno de los principales mercaderes de Bagdad, y por voluntad de Alah fui su único hijo. Mi padre, aunque muy rico y estimado por toda la población, lle­vaba en su casa una vida pacífica, tranquila y llena de reposo. Y en ella me educó, y cuando llegué a la edad de hombre me dejó todas sus riquezas, puso bajo mi mando a todos sus servidores y a toda la fa­milia, y murió en la misericordia de Alah, a quien fue a dar cuenta de la deuda de su vida. Yo seguí, como antes, viviendo con holgura, po­niéndome los trajes más suntuosos y comiendo los manjares más exqui­sitos. Pero he de deciros que Alah, Omnipotente y Gloriosísimo, había infundido en mi corazón el horror a la mujer y a todas las mujees de tal modo, que sólo verlas me producía sufrimiento y agravio. Vivía, pues, sin ocuparme de ellas, pero muy feliz y sin desear nada más.

       Un día entre los días, iba yo por una de las calles de Bagdad, cuando vi venir hacia mí un grupo numeroso de mujeres. En seguida, para librarme de ellas, emprendí rápidamente la fuga y me metí en una calleja sin salida. Y en el fondo de esta calle había un banco, en el cual me senté a descansar.

       Y cuando estaba sentado se abrió frente a mí una celosía, y apa­reció en ella una joven con una regadera en la mano, y se puso a regar las flores de unas macetas que había en el alféizar de la ventana.

       ¡Oh, mis señores! He de deciros que al ver a esta joven sentí nacer en mí algo que en mi vida había sentido. Así es que en aquel mismo instante mi corazón quedó hechizado y completamente cautivo, mi ca­beza y mis pensamientos no se ocuparon más que de aquella jo­ven, y todo mi pasado horror a las mujeres se transformó en un deseo abrasador. Pero ella, en cuanto hubo regado las plantas, miró distraí­damente a la izquierda, y luego a la derecha, y al verme me dirigió una larga mirada que me sacó por completo el alma del cuerpo. Después ce­rró la celosía y desapareció. Y por más que la estuve esperando hasta la puesta del sol, no volvió a aparecer. Y yo parecía un sonámbulo o un ser que ya no pertenece a este mundo.

       Mientras seguía sentado de tal suerte, he aquí que llegó y bajó de su mula, a la puerta de la casa, el kadí de la ciudad, precedido de sus negros y seguido de sus criados. El kadí entró en la misma casa en cuya ventana había yo visto a la joven, y comprendí que debía ser su padre.

       Entonces volví a mi casa en un estado deplorable, lleno de pesar y zozobra, y me dejé caer en el lecho. Y en seguida se me acercaron todas las mujeres de la casa, mis parientes y servidores, y se sentaron a mi alrededor y empezaron a importunarme acerca de la causa de mi mal. Y como nada quería decirles sobre aquel asunto, no les contesté palabra. Pero de tal modo fué aumentando mi pena de día en día que caí gravemente enfermo y me vi muy atendido y muy visitado por mis amigos y parientes.

       Y he aquí que uno de los días vi entrar en mi casa a una vieja, que en vez de gemir y compadecerse, se sentó a la cabecera del lecho y empezó a decirme palabras cariñosas para calmarme. Después me mi­ró, me examinó atentamente, y pidió a mi servidumbre que me dejaran solo con ella. Entonces me dijo: “Hijo mío, sé la causa de tu enferme­dad, pero necesito que me dés pormenores”. Y yo le comuniqué en confianza todas las particularidades del asunto, y me contestó: “Efecti­vamente, hijo mío, esa es la hija del kadí de Bagdad, y aquella casa es ciertamente su casa. Pero sabe que el kadí no vive en el mismo piso que su hija, sino en el de abajo. Y de todos modos, aunque la joven vive sola, está vigiladísima y bien guardada. Pero sabe también que yo voy mucho a esa casa, pues soy amiga de esajoven, y puedes estar seguro de que no has de lograr lo que deseas más que por mi mediación.

¡Aní­mate, pues, y ten alientos!”

       Estas palabras me armaron de firmeza, y en seguida me levanté y me sentí el cuerpo ágil y recuperada la salud. Y al ver esto se ale­graron todos mis parientes. Y entonces la anciana se marchó, prome­tiéndome volver al día siguiente para darme cuenta de la entrevista que iba a tener con la hija del kadí de Bagdad.

       Y en efecto, volvió al día siguiente. Pero apenas le vi la cara comprendí que no traía buenas noticias. Y la vieja me dijo: Hijo mío, no me preguntes lo que acaba de suceder. Todavía estoy trastornada. Figúrate que en cuanto le dije al oído el objeto de mi visita, se puso de pie y me replicó muy airada: “Malhadada vieja, si no te callas en el acto y no desistes de tus vergonzosas proposiciones, te mandaré cas­tigar como mereces”. Entonces, hijo mío, ya no dije nada, pero me propongo intentarlo por segunda vez. No se dirá que he fracasado en estos empeños en los que soy más experta que nadie. Después me dejó y se fué.

       Pero yo volví a caer enfermo con mayor gravedad, y dejé de co­mer y beber.

       Sin embargo, la vieja, como me había ofrecido, volvió a mi casa a los pocos días, y su cara resplandecía, y me dijo sonriendo: “Vamos, hijo, ¡dame albricias por las buenas nuevas que te traigo!” Y al oírla sentí tal alegría, que me volvió el alma al cuerpo, y le dije en seguida a la anciana: “Ciertamente, buena madre, te deberé el mayor benefi­cio”. Entonces ella me dijo: “Volví ayer a casa de la joven. Y cuando me vió triste y abatida, y con los ojos arrasados en lágrimas, me pre­guntó: “¡Oh, mísera! ¿por qué está tan oprimido tu pecho? ¿Qué te pasa?” Entonces se aumentó mi llanto, y le dije: “¡Oh, hija mía y se­ñora! ¿no recuerdas que vine a hablarte de un joven apasionadamente prendado de tus encantos? Pues bien: hoy está por morirse por culpa tuya”. Y ella, con el corazón lleno de lástima, y muy enternecida, pre­guntó: “¿Pero quién es ese joven de quien me hablas?” Y yo le dije: “Es mi propio hijo, el fruto de mis entrañas. Te vió hace algunos días, cuando estabas regando las flores, y pudo admirar un momento los encantos de tu cara, y él, que hasta ese momento no quería ver a nin­guna mujer y se horrorizaba de tratar con ellas, está loco de amor por ti. Por eso, cuando le conté la mala acogida que me hiciste, recayó gra­vemente en su enfermedad. Y ahora acabo de dejarle tendido en los almohadones de su lecho, a punto de rendir el último suspiro al Crea­dor. Y me temo que no haya esperanza de salvación para él”. A estas palabras palideció la joven, y me dijo: “¿Y todo eso por causa mía?” Yo le contesté: “¡Por Alah, que así es! ¿Pero qué piensas hacer ahora? Soy tu sierva, y pondré tus órdenes sobre mi cabeza y sobre mis ojos”. Y la muchacha dijo: “Vé en seguida a su casa y transmítele de mi parte el saludo, y dile que me da mucho dolor su pena. Y en seguida le dirás que mañana viernes, antes de la plegaria, le aguardo aquí. Que venga a casa, y yo diré a mi gente que le abran la puerta, le haré subir a mi aposento, y pasaremos juntos toda una hora. Pero tendrá que marcharse antes que mi padre vuelva de la oración”.

       Oídas las palabras de la anciana, sentí que recobraba las fuerzas y que se desvanecían todos mis padecimientos y descansaba mi cora­zón. Y saqué del ropón una bolsa repleta de dinares y rogué a la anciana que la aceptase. Y la vieja me dijo: “Ahora reanima tu corazón v ponte alegre”. Y yo le contesté: “En verdad que se acabó mi mal”. Y en efecto, mis parientes notaron bien pronto mi curación y llegaron al colmo de la alegría, lo mismo que mis amigos.

       Aguardé, pues, de este modo hasta el viernes, y entonces vi llegar a la vieja. Y en seguida me levanté, me puse mi mejor traje, me per­fumé con esencia de rosas, e iba a correr a casa de la joven, cuando la anciana me dijo: “Todavía queda mucho tiempo. Más vale que entre­tanto vayas al hammam a tomar un buen baño y que te den masaje, que te afeiten y depilen, puesto que ahora sales de una enfermedad. Verás qué bien te sienta”.

       Y yo respondí: “Verdaderamente, es una idea acertada. Pero mejor será llamar a un barbero para que me afeite la cabeza y después iré a bañarme al hammam”.

       Mandé entonces a un sirviente que fuese a buscar a un barbero, y le dije: “Vé en seguida al zoco y busca un barbero que tenga la mano ligera, pero sobre todo que sea prudente y discreto, sobrio en palabra y nada curioso, que no me rompa la cabeza con su charla, como hacen en su mayor parte los de su profesión”. Y mi servidor salió a escape y me trajo un barbero viejo.

       Y el barbero era ese maldito que veis delante de vosotros, ¡oh, mis señores!

       Cuando entró, me deseó la paz, y yo correspondí a su saludo de paz. Y me dijo: “¡Que Alah aparte de ti toda desventura, pena, zozo­bra, dolor y adversidad!” Y contesté: “¡Ojalá atienda Alah tus buenos deseos!” Y prosiguió: “He aquí que te anuncio la buena nueva, ¡ah, mi señor! y la renovación de tus fuerzas y tu salud. ¿Y qué he de ha­cer ahora? ¿Afeitarte o sangrarte? Pues no ignoras que nuestro gran Ibn-Abbas dijo: “El que se corta el pelo el día del viernes, alcanza el favor de Alah, pues aparta de él setenta clases de calamidades”. Y el mismo Ibn-Abbas ha dicho: “Pero el que se sangra en viernes o hace que le apliquen ese mismo día ventosas escarificadas, se expone a per­der la vista y corre el riesgo de coger todas las enfermedades”. Entonces le contesté: “¡Oh, jeique! basta ya de chanzas; levántate en seguida para afeitarme la cabeza, y hazlo pronto, porque estoy débil y no puedo hablar, ni aguardar mucho”.

       Entonces se levantó y cogió un paquete cubierto con un pañuelo, en que debía llevar lá bacia, las navajas y las tijeras; lo abrió y sacó, no la navaja, sino un astrolabio de siete facetas. Lo cogió, se salió al medio del patio de mi casa, levantó gravemente la cara hacia el sol, lo miró atentamente, examinó el astrolabio, volvió, y me dijo: “Has de saber que este viernes es el décimo día del mes de Safar del año 763 de la Hégira de nuestro Santo Profeta; ¡vayan a él la paz y las mejores bendiciones! Y lo sé por la ciencia de los números, la cual me dice que este viernes coincide con el preciso momento en que se verifica la conjunción del planeta Mirrikh con el planeta Hutared, por siete grados y seis minutos. Y esto viene a demostrar que el afeitarse hoy la cabeza es una acción fausta y de todo punto admirable. Y claramente me indica también que tienes la intención de celebrar una entrevista con una persona cuya suerte se me muestra como muy afortunada. Y aun podría contarte más cosas que te han de suceder, pero son cosas que debo callarlas”.

       Yo contesté: “¡Por Alah! Me ahogas con tanto discurso y me arrancas el alma. Parece también que no sabes más que vaticinar cosas desagradables. Y yo sólo te he llamado para que me afeites la cabeza. Levántate, pues, y aféitame sin más discursos”. Y el barbero replicó: ¡Por Alah! Si supieses la verdad de las cosas, me pedirías más por­menores y más pruebas. De todos modos, sabe que, aunque soy barbero, soy algo más que barbero. Pues además de ser el barbero más reputado de Bagdad, conozco admirablemente, aparte del arte de la medicina, las plantas y los medicamentos, la ciencia de los astros, las reglas de nuestro idioma, el arte de las estrofas y de los versos, la elocuencia, la ciencia de los números, la geometría, el álgebra, la filosofía, la arquitectura, la historia y las tradiciones de todos los pueblos de la tierra,. Por eso tengo mis motivos para aconsejarte, ¡oh, mi señor! que hagas exactamente lo que dispone el horóscopo que acabo de obtener gracias  a mi ciencia y al examen de los cálculos astrales. Y da gracias a Alah que me ha traído a tu casa, y no me desobedezcas, porque sólo te acon­sejo tu bien por el interés que me inspiras. Ten en cuenta que no te pido más que servirte un año entero sin ningún salario. Pero no hay que dejar de reconocer, a pesar de todo, que soy un hombre de bastante mérito y que me merezco esta justicia”.

       A estas palabras le respondí: “Eres un verdadero asesino, que te has propuesto volverme loco y matarme de impaciencia.

    En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la ma­ñana y se calló discretamente.

Según traducción del doctor J.C.Mardrus 

8 pensamientos en “EL BARBERO SILENCIOSO Y NADA LOCUAZ: Una aproximación a las 1000 y 1 noches (I)”

  1. Nuestros cuentos occidentales también se han edulcorado con el paso de los siglos, sobre todo los finales, que distaban mucho de ser felices.

    Evidentemente es otra cultura y otro tiempo, tal y como nosotros, nuestros antepasados, eran muy distintos a nosotros, quizá la pega es que en alguna parte del mundo el tiempo parece haberse detenido, eso es lo malo, no que la figura de la mujer en las mil y una noches quede denigrada, sino que ahora, hoy, sigue estándolo.

    Saludos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s