DOBLEMENTE ERRANTE

No está claro si los hombres alzaron la vista al cielo por curiosidad o por necesidad. Me inclino a pensar que fue por una mezcla de ambas. Lo cierto es que los astrónomos de la antigüedad estudiaron los cielos para predecir las estaciones y crear los calendarios. Los cielos se convirtieron pronto, por sus cambios regulares, en un reflejo de la aspiración humana de trascendencia. En un reflejo del deseo de algo más allá de nuestro alcance más ordenado, más perfecto, más longevo.

Con el estudio de esta esfera de estrellas fijas, se observó que existían otras que cambiaban su posición entre las constelaciones. Su movimiento, también regular, presentaba ciertos caprichosos avances y retrocesos que supondrían un quebradero de cabeza para las teorías geocéntricas. Un quebradero que Copérnico, finalmente resolvería situando al Sol en el centro. Por su movimiento, regular pero aparentemente caprichoso, estas otras estrellas “no fijas” se llamarían planetas, de la palabra griega para “errante”.

De modo que, esos cuerpos celestes que se desplazan en nuestro cielo a través de las constelaciones zodiacales, y nuestro propio terruño azul pálido, son cuerpos errantes. Errantes en su giro elíptico en torno al Sol.

La prensa ha decidido denominar al cuerpo celeste CFBDSIR J214947.2-040308.9 como “el planeta errante”. Yo decido denominar a esa prensa como errática o “herrática” que suena más parecido a herradura y a quien las calza. Otro sector de la prensa, tal vez más pendiente a la etimología de las palabras, decidió con más acierto llamarlo “planeta vagabundo”. Lo cierto es que el planeta o cuerpo en cuestión se desplaza perdido, solitario, ligado tal vez a un grupo de estrellas jóvenes situadas a unos 150 años luz (casi nada)

Sin entrar a valorar en que la potencia de nuestros nuevos telescopios y las nuevas técnicas nos están abriendo a un Universo más variado y lleno de objetos de lo que sospechábamos hasta hace apenas 10 ó 15 años, mi mente se interna en las profundidades de su memoria lectora.

George R. R. Martin, lanzado a la popularidad de las masas tras los éxitos de la serie de HBO “Juego de Tronos” basada en su ¿heptalogía? “Canción de Hielo y Fuego”; ya era conocido antes. Era conocido por ser un prestigioso autor de relatos y novelas de Ciencia Ficción y por haber ganado premios internacionales. Tal vez no fuera un Philipp K. Dick, pero a mi memoria acuden con la fuerza del agua que brota de un manantial las primeras palabras de su obra “Muerte de la luz”

Prólogo

 Un vagabundo, una esfera errante, el paria de la creación: este mundo era todas esas cosas.

Hacía siglos que caía, solo y sin rumbo, a través de los fríos y solitarios espacios interestelares. Sus cielos desolados habían visto generaciones de estrellas sucediéndose unas a otras en suntuosos enjambres. No pertenecía a ninguna de ellas. Era un mundo autosuficiente en, y para sí mismo. En cierto sentido ni siquiera formaba parte de la galaxia; sin itinerario fijo, surcaba el plano galáctico como un clavo al atravesar la tabla de una mesa redonda. No formaba parte de nada.

Y la nada estaba muy cerca. En el alba de la historia humana, este vagabundo atravesó una nube de polvo interestelar que cubría una región minúscula cerca del borde superior de la gran lente de la galaxia. Más allá flotaba un puñado de estrellas, no más de treinta. Después el vacío, una noche vastísima y desconocida.

Allí, mientras caía por esa zona fronteriza, el mundo errante bogó entre naciones devastadas.

Primero lo descubrieron los Imperiales de la Tierra, en plena fiebre de embriaguez expansiva, cuando el Imperio Federal de la Vieja Tierra aún intentaba gobernar a todos los mundos del reinohumano a través de abismos inmensos e imposibles. Un bombardero llamado Mao Tse-tung, averiado durante una misión contra los hranganos, con los tripulantes muertos en sus puestos y los motores encendiéndose y apagándose alternativamente, fue la primera nave del reinohumano que traspasó el Velo del Tentador.

El Mao era una ruina sin aire, repleta de cadáveres grotescos que se contoneaban por los corredores y una vez por siglo chocaban contra los tabiques; pero las computadoras de a bordo aún funcionaban y cumplían obstinadamente con sus ritos, escrutando atentamente el espacio, y cuando el planeta sin nombre pasó a pocos minutos-luz de la nave fantasma, quedó registrado en sus mapas. Casi siete siglos más tarde un carguero de Tóber tropezó con el Mao Tse-tung y con ese registro.

Por entonces no era novedad; ese mundo ya había sido redescubierto.

Quien lo descubrió por segunda vez fue Celia Marcyan, cuyo Perseguidor de Sombras circunvoló el planeta un día entero, durante la generación del interregno que siguió al colapso. Pero el planeta errante no tenía nada que pudiera interesar a Celia; sólo una roca, y hielo, y una noche interminable. De modo que ella siguió su camino poco después. Sin embargo sentía afición por los nombres, y antes de partir bautizó a ese mundo; lo llamó Worlorn, y nunca dijo porqué ni qué significaba. Y Worlorn le quedó. Y Celia partió hacia otros mundos y otras historias.

El próximo visitante fue Kleronomas, en di-46. Su nave de reconocimiento sobrevoló rápidamente el planeta y trazó mapas de las extensiones desiertas. Worlorn reveló sus secretos a los sensores de Kleronomas; era un planeta más vasto y rico que la mayoría, con océanos helados y una atmósfera helada que sólo esperaban la liberación.

Algunos dicen que Tomo y Walberg fueron los primeros en desembarcar en Worlorn, en di-97, mientras acometían la trasnochada empresa de atravesar la galaxia. ¿Cierto? Probablemente no. No hay mundo humano que no tenga su anécdota sobre Tomo y Walberg, pero la Prostituta Soñadora no regresó jamás…, y nadie puede saber dónde desembarcó.

Los contactos visuales posteriores fueron más realistas y menos legendarios. Worlorn, vagabundo, inútil y sólo marginalmente interesante, se transformó en un lugar común en las cartas estelares del Confín, ese puñado de mundos escasamente colonizados entre los gases brumosos del Velo del Tentador y el Gran Mar Negro.

Luego, en di-446, un astrónomo de Lobo se dedicó a estudiar sistemáticamente a Worlorn, y por primera vez alguien se tomó la molestia de atar todos los cabos sueltos. Entonces las cosas cambiaron. El nombre del astrónomo lobuno era Ingo Haapala, y salió de su sala de computación visiblemente excitado, algo frecuente en las gentes de Lobo. Pues Worlorn iba a tener un día, un día largo y brillante.

La constelación llamada La Rueda de Fuego ardía en los cielos de todos los mundos exteriores, una maravilla visible aun en la Vieja Tierra. El centro de la formación era la supergigante roja, el Cubo de la Rueda, el Ojo del Infierno, el Gordo Satanás…, tenía muchos nombres. En órbita alrededor de ella, equidistantes, cuidadosamente dispuestas como seis canicas de llama roja rodando por el mismo surco estaban las otras: los Soles Troyanos, los Hijos de Satanás, la Corona del Infierno. Los nombres no importaban. Lo que importaba era la Rueda misma, el enorme amo rojo al que seis estrellas amarillas de tamaño mediano rendían homenaje: el sistema estelar múltiple más desconcertante —y curiosamente el más estable— que se había descubierto hasta entonces. La Rueda fue un suceso pasajero, un nuevo misterio para la humanidad ahíta de los viejos misterios. En los mundos más civilizados, los científicos propusieron teorías para explicarla; más allá del Velo Tentador, se organizó un culto religioso, y hombres y mujeres hablaban de una raza extinguida de ingenieros estelares que habían desplazado soles enteros para erigirse un monumento a ellos mismos. Tanto la especulación científica como la adoración supersticiosa se propagaron febrilmente varias décadas y progresivamente perdieron impulso; poco después el asunto cayó en el olvido.

El hombrelobo Haapala anunció que Worlorn se desplazaría una vez alrededor de la Rueda de Fuego, trazando una hipérbole lenta y ancha, sin entrar realmente en el sistema pero acercándose bastante; cincuenta años de sol; luego se internaría nuevamente en las tinieblas del Confín, más allá de las Estrellas Últimas, para perderse en el Gran Mar Negro del vacío intergaláctico.

Eran los siglos turbulentos en que Alto Kavalaan y los otros mundos exteriores saboreaban por primera vez la soberbia, y ansiaban encontrar un lugar en las descalabradas historias de la humanidad. Y todos saben lo que ocurrió. La Rueda de Fuego siempre había sido la gloria de los mundos exteriores, pero hasta el momento había sido una gloria estéril, sin planetas.

Mientras Worlorn se aproximaba a la luz, hubo un siglo de tormentas: años de hielo derretido y actividad volcánica y terremotos. Una atmósfera helada despertó paulatinamente a la vida, y vientos devastadores aullaron como niños monstruosos. La gente de los mundos exteriores afrontó y combatió estos fenómenos.

Los terraformadores vinieron de Tóber-en-el-Velo, los ingenieros climáticos de Oscuralba, y también acudieron equipos de Lobo y Kimdiss y di-Emerel y el Mundo del Océano Vinonegro. Los hombres de Alto Kavalaan lo supervisaron todo, pues Alto Kavalaan se atribuía la propiedad del planeta errante. La lucha duró más de un siglo, y los que murieron son casi un mito para los hijos del Confín.

Pero finalmente Worlorn fue pacificado. Entonces se fundaron ciudades, y extraños bosques florecieron bajo la luz de la Rueda, y se soltaron animales para dar vida al planeta.

En di-589 se inauguró el Festival del Confín. El Gordo Satanás llenaba un cuarto de cielo, rodeado del esplendor de sus hijos. Ese primer día los toberianos hicieron brillar el estratoescudo, de modo que las nubes y la luz solar se diluían en diseños caleidoscópicos. Transcurrieron los días y llegaron las naves. Desde todos los mundos exteriores, y desde mundos más remotos, de Tara y Daronne, al otro lado del Velo; de Avalon y el Mundo de Jamison, de lugares tan distantes como Nueva Ínsula y Viejo Poseidón, y de la misma Vieja Tierra. Durante cinco años Worlorn se acercó al perihelio, durante cinco años se alejó. En di-599 el Festival terminó.

Worlorn entró en el crepúsculo y se desplazó hacia la noche.

De “Muerte de la luz” por George R. R. Martin.

2 pensamientos en “DOBLEMENTE ERRANTE”

  1. La importancia de los pioneros, enorme, parecerá una chorrada, seguramente lo sea, cuando cocino arroz siempre pienso quién fue el primero que descubrió que esos granos tan duros, cociéndolos tanto tiempo en agua, se podían comer.

    Por eso creo que hay más de necesidad que otra cosa en cualquier descubrimiento, incluído el de los antiguos astrónomos, el por qué se me escapa, la razón concreta, pero evidentemente mérito lo tenían, incluso equivocándose, casi todos los pioneros tienen un mérito enorme.

    Del planeta ese ni sabía de su existencia, incluir la palabra “herrante” un detalle que me ha hecho mucha gracia 😀

    Saludos.

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