LA VERDAD DE LA SANGRE

Muchas veces la confusión se cierne sobre aquellos que piensan acercarse a la obra de F. Nietzsche. La confusión, la falaz identificación de su filosofía con la Alemania nazi, con la violencia, con el fascismo. Si alguien se acerca a este blog buscando “sangre”, se equivocó, aquí no la hay. 

Ya en una entrega anterior 

http://lascosasdeunciempies.com/2011/11/20/de-las-moscas-del-mercado/ 

podíamos apreciar una frase que marcaba la gran distancia, no sólo temporal, sino también conceptual,  con tales “ismos”.

Y es que, así como “La verdad nunca se colgó del brazo de un incondicional”, “la sangre es el peor testimonio de la verdad: la sangre envenena hasta la doctrina más pura, la trueca en ilusión y odio de los corazones”.

DE LOS SACERDOTES

Cierta vez Zarathustra hizo seña a sus discípulos, y les habló así:

«Ahí hay sacerdotes. Aun cuando sean mis enemigos, pasad por su vera en silencio, con las espadas dormidas. También entre ellos hay héroes. Muchos de ellos han sufrido demasiado. – Por eso quieren hacer sufrir a otros.

Son enemigos malos. Nada hay más vengativo que su humildad: fácilmente se mancha quien les ataca. Mas mi sangre es parienta de la suya; y hasta en la suya quiero que sea honrada mi sangre.»

Y cuando hubieron pasado a su lado, a Zarathustra le embargó la tristeza; después de haber luchado algún tiempo con su dolor, habló así:

«Estos sacerdotes me dan lástima; y también me repugnan: si bien esto es para mí lo menos, desde que vivo entre los hombres.

Pero yo sufro y he sufrido con ellos. Réprobos y cautivos son para mí. Aquel a quien llaman ellos su Redentor les ha cargado de cadenas. ¡De cadenas de valores falsos, y de palabras ilusorias! ¡Ah, quién pudiera redimirles de su redenor!

En otro tiempo creyeron llegar a una isla, cuando el mar les arrojaba lejos: pero se trataba de un monstruo dormido.

Valores falsos y palabras ilusorias: ésos son los monstruos peores para los mortales. La fatalidad duerme y aguarda en ellos largo tiempo. Mas al fin llega, despierta y devora aquello que construyó cabañas sobre ella.

¡Mirad las cabañas que se han construido los sacerdotes! Iglesias llaman a sus antros de empalagoso aroma.

¡Qué luz tan falsa la suya, qué aire con olor a moho! ¡Ahí no es lícito al alma subir volando hasta su propia altura!

Pues su fe les exhorta: “¡Subid las escaleras de rodillas, pecadores!”

En verdad, prefiero ver a un hombre sin pudor, antes que los ojos torcidos de ese pudor y esa devoción.

¿Quién creó para sí tales antros y escaleras de mortificación? ¿No sería alguien que quería esconderse y se avergonzaba del cielo puro?

Y sólo cuando el cielo puro mire de nuevo, a través de las bóvedas derruidas, y llegue hasta las hierbas y la roja amapola crecida entre las grietas -sólo entonces querré yo volver mi corazón hacia las moradas de ese dios.

Ellos llamaron Dios a cuanto les contrariaba o causaba dolor: y en verdad, su devoción tuvo mucho de heroísmo.

¡Y no supieron amar a su Dios como no fuera crucificando al hombre!

Como cadáveres quisieron vivir, y amortajaron de negro su propio cadáver: hasta en sus discursos percibo el hedor de las cámaras mortuorias.

Quien vive cerca de ellos vive cerca de negros estanques, y desde éstos el sapo, melancólico, entona sus canciones.

PAra que yo aprendiese a creer en su redentor tendrían que cantarme mejores canciones; y sus discípulos tendrían que parecerme más redimidos.

Desnudos querría vrles, pues solamente la belleza debería predicar penitencia. Mas ¿a quién persuade esa tribulación embozada?

¡En verdad, sus mismos redentores no vinieron de la libertad, ni del séptimo cielo de la libertad! ¡En verdad, no caminaron nunca sobre las alfombras del conocimiento!

De huecos estaba constituido el espíritu de tales redentores. En cada hueco colocaron su quimera, su tapahuecos, al que llamaban Dios.

En su piedad se había ahogado su espíritu, y cuando se henchían y desbordaban de piedad, siempre sobrenadaba en la superficie una gran tontería.

Con celo y griterío conducían su rebaño, por su propia vereda. ¡Como si no existiera más que una vereda que condujera hacia el futuro! En verdad, también esos pastores formaban parte de las ovejas.

Espíritus enanos y almas voluminosas tenían esos pastores; pero, hermanos, ¡cuán diminutos países han sido hasta ahora las almas más voluminosas!

En los senderos que recorrieron escribieron signos de sangre. ¡Y su tontería predicaba que la verdad se demuestra con sangre!

Mas la sangre es el peor testimonio de la verdad: la sangre envenena hasta la doctrina más pura, la trueca en ilusión y odio de los corazones.

Y si alguien entra en la hoguera por defender su doctrina, ¿qué prueba eso? ¡Mejor es que del propio incendio salga la propia doctrina!

Corazón ardiente y cabeza fría: cuando coinciden surge el torbellino, el “redentor”.

¡Ha habido en verdad hombres más grandes y de más alta cuna que esos denominados redentores por el pueblo; esos vientos arrebatadores y violentos!

¡Hermanos míos, si queréis hallar el camino hacia la libertad, tendréis que ser redimidos por hombres más grandes que todos los redentores!

Aún no ha llegado el Superhombre. Mas ya he visto desnudos a los dos hombres, el más grande y el más diminuto.

Aún se parecen demasiado los dos. En verdad, al más grande le hallé todavía -¡demasiado humano!»

Así habló Zarathustra.

9 pensamientos en “LA VERDAD DE LA SANGRE”

  1. Yo firmaría el comentario de Mertxe, sin más, solo añadir que este tipo, Nietzsche, nunca me llamó especialmente la atención, pero estoy empezando a replantearme el tema, porque estas letras desde luego si lo hicieron.

      1. Veo veo, de cualquier forma y aunque esté mal decirlo, para qué engañarnos, comprar lo que se dice comprar, pues no pensaba en eso tampoco, más bien en descargarlo gratis apoyándome en la bandera de la libre circulación de la cultura y tal, pero vaya, que es una mera excusa, es por el precio.

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