DEL ÁRBOL DE LA MONTAÑA

En este texto de Así habló Zarathustra de F. Nietzsche, Zarathustra se encuentra con un joven que algo tuvo que ver conmigo unos años después de haberlo leído:

DEL ÁRBOL DE LA MONTAÑA

Zarathustra había visto que cierto joven le rehuía. Mas una tarde, mientras caminaba solo por las montañas que rodean la ciudad denominada “la Vaca de Muchos Colores”, se topó en su caminar con aquel joven, sentado en el suelo y recostado en un árbol, mientras contemplaba el valle con mirada cansada. Zarathustra abrazó el árbol contra el cual se apoyaba el mozo, y dijo:

“Si yo quisiera sacudir con mis manos este árbol no podría. Por el contrario, el invisible viento lo maltrata y lo dobla a su gusto. Manos invisibles son las que nos doblan y maltratan.”

Entonces el muchacho se levantó, consternado, y dijo:

“Estoy oyendo la voz de Zarathustra, ahora justamente, cuando en él pensaba.”

Y Zarathustra le contestó:

“¿Y por eso te asustas? Ocurre con los hombres lo mismo que con los árboles. Cuanto más intentan erguirse hacia la altura y hacia la luz, tanto más profundamente hunden sus raíces en el suelo, hacia lo oscuro, hacia lo hondo, hacia el mal.”

“¡Hacia el mal, es muy cierto! -exclamó el joven-. ¿Cómo es que puedes saber cuanto está ocurriendo dentro de mi alma?”

Zarathustra sonrió, y le respondió:

“Almas hay que jamás se descubren, como no sea que antes se las invente.”

“¡En el mal, es muy cierto! -volvió a exclamar el joven-. Tú has dicho la verdad, Zarathustra. Desde que quiero elevarme hacia la altura, yo ya no creo en mí, y nadie cree en mí. ¿Cómo ha sido eso? Me transformo demasiado aprisa. Mi Hoy contradice a mi Ayer. A menudo salto los peldaños, mientras subo -eso ningún peldaño me lo perdona.

Cuando estoy arriba, me hallo siempre solo. Entonces nadie me habla, y el frío de la soledad me hace estremecer. ¿Qué es lo que busco en la altura? Mi desprecio y mi anhelo crecen juntos; cuanto más arriba llego, desprecio más a quienes suben. ¿Qué buscan ésos en las alturas?

¡Cuánto llego a avergonzarme de mis ascensos y de mis tropezones! ¡Cuánto me mofo de mi violento jadear! ¡Cuánto odio al que vuela! ¡Cuánto cansancio siento en la altura!”

Entonces enmudeció el joven, y Zarathustra, mirando hacia el árbol junto al cual se hallaban, habló así:

“Este árbol se encuentra aquí, solitario, en la montaña; ha crecido muy por encima de hombres y animales. Si quisiera hablar, nadie le entendería: tanto es lo que ha crecido.

Ahora va esperando y va esperando…, ¿qué es lo que va esperando? Habita demasiado cerca del asiento de las nubes. ¿Esperará, acaso, un primer rayo?”

Tras oír esas palabras de Zarathustra, el joven exclamó con viveza:

“Sí, Zarathustra, tú dices la verdad. Cuando yo quería llegar a lo alto, anhelaba mi caída. ¡Y tú eres el rayo que yo esperaba! Contémplame y dime: ¿Qué es lo que soy, desde que apareciste entre nosotros? ¡La Envidia de ti es lo que me ha aniquilado!”

Así habló el muchacho, y lloró con amargura. Mas Zarathustra le asió por el talle y se lo llevó consigo.

Y, tras haber caminado un breve trecho, Zarathustra volvió a tomar la palabra, y dijo:

“Me has desgarrado el corazón. Mucho mejor que tus palabras, es tu ojo el que me advierte el peligro que te amenaza.

Todavía no eres libre. Todavía buscas la libertad. Tu búsqueda te ha vuelto insomne y te ha desvelado en demasía.

Quieres llegar libre a la altura, tu alma está sedienta de estrellas. Mas también tus malos instintos están sedientos de libertad.

Mientras tus perros salvajes quieren libertad y ladran de placer en su cueva, tu espíritu se propone abrir todas las cárceles.

Para mí sigues siendo un prisionero que sueña con la libertad. ¡Ay, el alma de esos prisioneros se vuelve inteligente, pero también astuta y mala!

Quien liberó su espíritu sigue necesitado de purificación: queda aún en él mucho de cárcel y de moho: su ojo tiene aún que volverse puro.

Sí, en verdad conozco tu peligro. Mas por mi amor y mi esperanza te conjuro: ¡no arrojes de ti tu amor ni tu esperanza!

Aún te sientes noble, y aún te estiman como noble los demás, que te aborrecen y te miran con envidia: saben que un noble les estorba  a todos en su camino.

Hasta a los buenos les es el noble obstáculo en su caminar: y aun cuando le llamen bueno, lo que con eso buscan es alejarle de su camino.

El noble quiere crear algo nuevo, y una nueva virtud. El bueno quiere lo viejo, y que lo viejo se  conserve.

Mas el peligro que amenaza al noble no es volverse bueno, sino insolente, sarcástico y demoledor.

¡Ay, también he conocido nobles que perdieron su más alta esperanza, y desde entonces calumniaron todas las esperanzas elevadas!

A partir de entonces, viven insolentemente, entre breves placeres, y apenas se trazan metas de más de un breve día.

«El espíritu es también voluptuosidad», así se dijeron. Y entonces se les quebraron las alas del espíritu: éste se arrastra ahora de un lado a otro, y mancilla todo lo que roe.

Antaño soñaron con ser héroes, pero se han quedado en libertinos. Pesadumbre y horror es para ellos el héroe.

Mas yo te conjuro con mi amor y con mi esperanza: ¡no expulses al héroe que hay en tu alma! ¡Conserva santa tu más alta esperanza!”

Así habló Zarathustra. 

7 pensamientos en “DEL ÁRBOL DE LA MONTAÑA”

  1. ¿Cómo has podido descubrir mi alma? preguntó el joven.
    Hay almas que no las descubrimos hasta que no nos la inventamos. Contestó Zaratustra.
    Te sigo los pasos, en una de las mejores obras de la literatura universal.
    Un abrazo

  2. Es como si me desnudasen. Pero pienso entonces que esta lucha no se puede ganar en soledad. Siempre hemos sido iguales. No alabo esto como producto de una sabiduría especial. Creo que él se conocía bien, muy bien, y fue lo suficientemente honesto como para decirlo, y suficientemente astuto y humilde como para esconderse en las sombras. Gracias. Un buen recordatorio. Tengo más de cuarenta años de seguir en esa misma lucha y en el mismo dilema.

  3. La sabiduría toma sus referencias de lo que se denomina memoria a largo plazo. En otras palabras, lo vivido ha de haberse experimentado con suficiente frecuencia o intensidad como para que no se borre de nuestro recuerdo, se inserte en los esquemas de lo que consideramos bueno o
    malo y se tome en cuenta como parte de los procesos de supervivencia del individuo. Algunos consideran la sabiduría como una cualidad que incluso un niño, de otra forma inmaduro, puede poseer con independencia de la experiencia o el conocimiento completo. La Sabiduría según una definición muy explícita de la misma es: “La forma correcta de aplicar el conocimiento” y va mucho más allá que el mismo intelecto, mostrando así lo elemental de la Vida.(Wikipedia)

  4. Es cierto, se suele confundir conocimiento con sabiduría. En efecto, la definición bíblica de sabiduría es esa precisamente: la aplicación correcta y en el momento preciso del conocimiento, tal como se expresa en los Proverbios de Salomón. Mi digresión se debe a que yo pensaba en la idea central de F. N. y que desarrolla en el relato: “¿Y por eso te asustas? Ocurre con los hombres lo mismo que con los árboles. Cuanto más intentan erguirse hacia la altura y hacia la luz, tanto más profundamente hunden sus raíces en el suelo, hacia lo oscuro, hacia lo hondo, hacia el mal.” Esto concuerda con el hecho de que, aunque busquemos explicaciones psicológicas a nuestros errores, es un hecho que nuestra imperfección (sin importar qué origen le atribuyan) nos inclina al mal, y nos hace errar constantemente, o pecar, para usar un término más coloquial, que no es más, en el sentido hebreo de la palabra, errar al blanco de la perfección moral. Así pues, nadie tiene razones válidas para envanecerse a causa de su conocimiento. Es banal, pues al final lo que nos espera es la inexistencia.

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