YA NO ME LO CUENTA NINGÚN PAJARILLO

Siempre que se inicia un debate sobre la libertad de expresión, inevitablemente surge la controversia de sus límites. ¿Es lícito hacer apología del terrorismo? ¿Es lícito hacer apología de las drogas? ¿Es lícito hacer apología de Hitler, Stalin o Franco?

Cualquiera de dichas apologías me repugna tanto como si lo fueran de la pedofilia o de la violencia contra las mujeres. Pero siempre se plantea el mismo problema dónde y cómo ponerle puertas a la mar.

En un país cristiano occidental, es posible hacer bromas sobre curas y monjas, blasfemar como forma de dar más peso a conversaciones que por lo general no lo tienen. No obstante, la Iglesia tiene su poder y sus muchas vertientes en que manifestarlo. En un país musulmán, por lo general la religión está entremezclada a tal punto con el estado que cualquier insulto al Corán o al Profeta son severamente punibles. Si el autor de tal insulto es un dibujante de un periódico danés, es igual, porque Alá lo ve todo.

En España existe el delito contra el honor a las personas y el delito contra la intimidad, también de las personas. Lo sabemos por las muchas demandas de famosos, famosetes y famosillas que han circulado por los juzgados ralentizando la justicia y sonriendo detrás de sus gafas de sol. Pero existen también los delitos de insultos a la Corona (tenedlo presente republicanos) a la Bandera y al Rey. A los dibujantes de “El Jueves” (aquella revista que sigue saliendo los miércoles) ya les supuso un disgusto hará tres o cuatro años. También tenemos instaurado el delito de apología del terrorismo. Hemos tenido la desgracia de cinco décadas de terrorismo de E.T.A. y a fin de aislar a los grupúsculos políticos de apoyo a la banda, hubo que desarrollar una ley de partidos problemática y sospechosa de anticonstitucionalidad.

En países aparentemente más civilizados, habría que residir una larga temporada en ellos para verificarlo, también hay limitaciones en la libertad de expresión. En Francia y en Alemania existen condenas por hacer apología del nazismo. Las viejas cicatrices de la vieja Europa aún no se han cerrado por completo.

Internet se ha constituido en un mundo paralelo. Integrado en el capitalismo, y a la vez alternativo, paralelo al sistema. La publicación de los papeles del pentágono por Wikileaks que nos mostraron a los humanos de a pie las vergüenzas y las impudicias del stablishment no habría sido posible sin internet.

La denominada “Primavera árabe” funcionó con convocatorias a golpe de Twitter, amén de la participación de otros intereses en ese área del mediterráneo. La “Spanish Revolution” del 15 de Mayo, se planificó meses antes, también a golpe de Twitter, y sucesivamente sus seguidoras a lo largo y ancho del mundo.

En nuestra expresión cotidiana se han consolidado dos convenciones muy populares. La primera es la de la sencillez para que nos des-entendamos todos y no digamos cosas muy complicadas. La segunda es lo llamado “idioma políticamente correcto”. Juntar idioma con política y corrección ya de por sí se me antoja indigesto como un tiramisú relleno de jalapeños sobre costra de nueces de macadamia. Sé de más de un cojo que me arrearía con su muleta si le llamara “Persona de movilidad parcialmente reducida”. En el trasfondo se recortar lo que parece incorrecto está aquel aprendiz de jardinero que empezó a podar el árbol y recorte a recorte dejó solo el tronco desnudo, eso sí, perfecto. Ojo con la censura y la auto-censura. Con educación y empatía podemos evitar las brusquedades y las inconveniencias, pero estas censuras de las que abusan sobre manera los medios de comunicación nos llevan al silencio.

Los poderes no son ajenos a todos estos movimientos. El círculo de sus propósitos está casi completamente cerrado, pero siempre hay grietas, filtros, y el empeño entonces es evitar que esas grietas se comuniquen en brechas de mayor tamaño. Desde el año 68, en el que yo aún no vivía, y las revueltas pacifistas, hippies, en contra de la Guerra de Vietnam, por un mundo mejor, etc. Los poderes han aprendido mucho. Ya no dan la cara como antes. Anteponen a sus títeres haciendo manitas, y disponen las fichas de ajedrez en cumbres ocultas.

Ahora las guerras son de muchas clases. Las hay a balazos, en más puntos del planeta de lo que cuentan los telediarios enfermos de alzheimer. Pero también las hay a monedazos. Hoy, las economías emergentes sostienen un importante pulso con los tradicionales Estados Unidos en busca de un nuevo reparto de poderes. A una crisis le sigue otra, el ciudadano pasa necesidades, pero es necesario cuando estamos en una guerra.

La otra guerra es la de los bits. Ha llegado la hora de recortar ahí, de enseñarnos a usar internet en un provecho mayor para la humanidad. Ha llegado la hora de que mientras nos descargamos unas peliculitas no leamos cosas raras por ahí. Ha llegado la hora de que los pajarillos no nos cuenten “toda la verdad”

2 pensamientos en “YA NO ME LO CUENTA NINGÚN PAJARILLO”

  1. De cualquier manera internet es tan grande que aunque twitter censure parte de sus mensajes casi da igual, es más, el día que un medio de internet ofrezca algo parecido sin censura cogerá su relevo, como dices no se pueden poner puertas al mar.

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