MALAS LENGUAS: “Reflexiones filológicas de un no-filólogo”

Mi amigo W es autor de un magnífico blog, repleto de experiencias y reflexiones siempre acordes con su tremenda personalidad. En uno de sus post “El juego, la vida y las palabras”, analiza la situación de nuestra lengua madre.

http://mareundarum.wordpress.com/2010/05/23/el-juego-la-vida-y-las-palabras/

W se situa lejos de cualquier visión de la lengua como reducto de resistencia de los eruditos frente a la chabacanería general, el mal uso de la misma en los medios de in-comunicación, el alarmante zapateado de claqué sobre la misma, que cual Fred Astaire, realizan nuestras autoridades: políticos, jueces y tecnócratas varios.

W, en una visión vitalista y evolutiva de la lengua, entiende que la lengua ni se crea ni se destruye, sino que se transforma. Es pues, desde este punto de vista, un ente vivo que nace (de una lengua madre, como transformación de la misma), crece, y se transforma con el paso del tiempo, reproduciéndose en nuevos dialectos. En definitiva, en un perenne acto de nacer y morir a la vez que engendra nuevas vidas.

Este proceso fue el que hizo que el latín “renaciera” en su contemporánea forma de las lenguas romances (francés, portugués, italiano, español, etc). ¿Puede alguien decir en qué momento murió el latín? ¿Murió acaso ensartada cuando los romanos se desembarazaron de su cultura etrusca y se abrazaron a la cultura helénica?¿Murió con las cabalgadas de Atila el rey de los Hunos? ¿Con el Concilio Vaticano II? … Curioso entonces que digamos, sin que tercie reflexión alguna por nuestra parte, que el latín es una lengua muerta.

Discrepo, no obstante, y me sitúo en este caso en una equidistancia entre mi amigo W y los señores y señoras (pocas) que ocupan los sillones de la R.A.E., eruditos que, como Lázaro Carreter, desnudan nuestros “malos” hábitos lingüísticos con su “El dardo en la palabra”.

Discrepo con algunas de las reflexiones que mi buen amigo W realiza en su post. Interpreto que, en la parte final de su discurso, cierta languidez, cansancio o cierta filantropía le llevo a disculpar lo que son netamente errores, por no decirlo en negrita, horrores, que se dan en nuestra comunicación tanto escrita como hablada.

Entendiendo que la lengua es, en esencia, una herramienta humana cuyo objetivo es la comunicación, no puedo obviar el hecho de que nuestros malos hábitos lingüísticos, amén de empobrecer, vulgarizar y empequeñecer las aspiraciones estéticas de la lengua, también generan imprecisión al no emplearse las palabras y expresiones con su auténtico significado.

Nuestra pobreza de vocabulario, nuestra falta de tiempo o afición a la lectura, nuestro desinterés alimentan estas imprecisiones y esta falta de eficacia de la comunicación lingüística. Sí a la imprecisión le añadimos la falta de construcción lógica (sujeto + verbo + complementos diversos), y la incoherencia al no pensar antes de abrir la boca, tenemos los ingredientes perfectos para que nuestro vehículo de comunicación patine y se salga de la carretera.

Si tenemos en cuenta la falta de empatía en la gran mayoría de los humanos y ese subjetivismo/relativismo desde el que contemplamos con indiferencia el discurso y el parecer de la persona que tenemos enfrente. Si a eso le añadimos unas gotas de error y de imprecisión, el resultado es que el objetivo de la comunicación se pierde en el desagüe de la in-comunicación.

Por todo ello, amigo W, no puedo estar plenamente de acuerdo con tu visión de evolución de las lenguas. Acepto la vitalidad de las lenguas. Huyo del purismo y fanatismo exacerbado de los señores académicos (y señoras). Pero no puedo aceptar todos los cambios como una Evolución de la lengua, o al menos no como una Evolución positiva.

Por ello, si cuando mantengo una conversación con alguien me repite incesantemente la pregunta “¿Vale?”, no lo puedo evitar le replico: “No, no me vale”.

2 pensamientos en “MALAS LENGUAS: “Reflexiones filológicas de un no-filólogo””

  1. Estoy de acuerdo y no estoy de acuerdo; que no es lo mismo, pero es igual. En efecto, esa filológica observación de un no filólogo es justamente un punto medio (si los hay) entre la norma culta y la aceptación de que la lengua “evoluciona” (aunque no de la “espontánea” manera de los descuidados, porque el habla de quienes piensan antes de decir las cosas es un acto de pura creación). Siempre estoy atento a la norma, pero también escucho las palabras del mercado de la calle. Uniéndolas, engarzándolas, garabateándolas… al final encontraremos la mejor palabra de todas: la adecuada, la exacta. Y cuando el que dome al chúcaro caballo de su lengua sea tanto espontáneo como agradable a los tímpanos, la afabilidad de su palabra despertará muchas suspicacias. Saludos.

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